CABEZA DE TURCO

Olores

Dicen los que saben que los perros huelen a la distancia. Debe ser cierto porque se les pide milagros a los bichos y los pobrecitos los hacen. 

Había una perrita que olfateaba droga en el aeropuerto de Carrasco y un día la jubilaron. Alguien, con sentido común y algo de amor, dijo: basta, ya está, vamos a dejarla descansar. En realidad yo venía a hablar de los olores. Se me ocurrió porque un mosquito me anduvo zumbando, y ni corto, ni perezoso me metí un antimosquito de una marca conocida, y automáticamente "ese" aroma me trasladó a mi adolescencia cuando usaba eso para andar acampando por el Uruguay. De allí derivó mi mente al algún verano en La Paloma (igual que los que tienen hoy los pendex, más hippies antes, más tecno ahora pero con el mismo afán de libertad.)

Los olores tienen relación directa con nuestros recuerdos. Para mí, el olor de chorizo del Estadio Centenario (ahora no me mando uno ni que vengan degollando) se asocia a mi niñez y por eso el aroma me gusta. Ir al estadio sin ese olor no se me pasa por la cabeza.

Yo huelo a los humanos. Lo confieso. No me discriminen por esto. Pero —en serio lo digo— distingo olores humanos diversos.

A mis hijos los huelo a los metros. Casi que sé cuándo no se bañan, cuándo están cansados y cosas así. Y todo por el olor. A mis amigos sé como están de ánimo por cómo huelen. Ellos no lo saben. Se están enterando por acá. Lamento: algún día tenía que confesarlo.

Cuando me presentan una persona la huelo con intensidad durante diez segundos. Inhalo sus aromas y me concentro en ese ser. Listo. Ya está, tengo las referencias. La escaneo con el olfato. No tengo necesidad de proximidad física, uso la distancia que usamos todos. Con eso me sobra para saber cosas de la gente que si supieran que conozco se preocuparían. Por ejemplo, cuando alguien me miente, huelo el aroma que produce su cuerpo, su sudor, lo que producen sus axilas y al toque me doy cuenta que me están paqueando. No necesito mirar su rostro, ni un análisis semiótico de nada… huelo y punto. (Es un problema tener semejante olfato porque a veces no querrías oler lo que se huele por allí en la vida: gente que no se baña, olor a ropa mal secada en la humedad, olor a perfumes viejos, pieles ácidas, huelo y detecto todo.)

Hay gente, además, que huele a lo que comen. Los que comen mucha carne huelen distinto de aquellos que no lo hacen. Los que comen pescado huelen distinto de los que comen hamburguesas. Yo sé quiénes comen lo uno y lo otro. No soy el autor de El Perfume pero olfateo casi todo. ¡No se pueden hacer una idea lo que es un vestuario masculino luego de un partido de fútbol entre amigos! ¡Qué olor! Huyo despavorido, se viene el fin del mundo. Dante no supo eso, de lo contrario, habría armado un círculo maldito para esta gente.

¡Ay los perfumes chillones de algunas damas! En serio, no sé cómo se animan pero algunos son tan agudos que uno no se puede concentrar en la conversación. Sepan disculpar, hay una tendencia que aumenta proporcionalmente con los años: a mayor edad, más perfume asesino en el cuerpo. (Los alimonados también son detectables al toque.) En fin. Los hombres, no sé, algunos se ponen perfume, pero en mis mundos no huelo demasiado eso. Ya van a decir que soy machista por esto. Me la banco porque no es cierto.

Nada me gusta más que el olor del mar intenso y el olor a pasto húmedo. Lugar común total. Sorry. Esos dos olores me parecen gloriosos. Y los claveles son mi flor preferida. Me anuncian el cambio de estación. Me traen lindos recuerdos. Es un poco embriagador su olor pero se aligera al rato. Y entra y sale de la conciencia.

Ya lo saben, si me ven y se acercan un poco, tengan claro que los estoy olfateando. No me miren la nariz por favor porque se me agrandan las fosas nasales y pasaríamos un momento incómodo. Ustedes hagan como que no pasa nada. Saludos.

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