De portada

Ojos uruguayos mirando al cielo

Todos los años se anotan 20 estudiantes en Astronomía. Y, contra todo, se reciben uno o dos.

La Asociación de Aficionados tiene 175 miembros.
La Asociación de Aficionados tiene 175 miembros.
Tres generaciones (desde la izq.): Fernández, Gallardo y Pérez (Foto: Ariel Colmegna)
Tres generaciones (desde la izq.): Fernández, Gallardo y Pérez (Foto: Ariel Colmegna)
Roland y el mayor telescopio del país, en Los Molinos (Foto: Francisco Flores)
Roland y el mayor telescopio del país, en Los Molinos (Foto: Francisco Flores)
El planetario es el más viejo en su tipo funcionando. (Foto: Agustín Martínez)
El planetario es el más viejo en su tipo funcionando. (Foto: Agustín Martínez)

Cuando Magela Pérez (22) cuenta que estudia Astronomía, sus interlocutores se asombran y repiten las mismas preguntas: "¿Y dónde estudiás?", "¿Cómo descubriste (sic) que eso se estudia acá?" y, finalmente e infaltable, "¿Y de qué vas a vivir?".

Tímida, informalmente vestida y con un pelo enrulado que le acentúa el aspecto aniñado, Magela está a meses de convertirse en licenciada en Ciencias Físicas, opción Astronomía. Se recibiría a fin de año. "De la generación que comenzó conmigo, solo quedo yo", dice. Es habitual ser el último de los mohicanos. Cada año, se anotan unos 20 estudiantes; cuatro años después, egresarán uno o —con suerte— dos. Ella superó todos los filtros del curso: una fuerte formación teórica en física y matemática, pasar mucho más delante de una computadora que mirando a través de un telescopio, que la carrera en Uruguay tenga un fuerte énfasis en las ciencias planetarias y no en otras ramas de la astronomía, y una salida laboral acotada. "A mí me gusta esto, dije que lo iba a hacer y cumplí. Jamás pensé en tirar la toalla. Quizá las áreas que se estudien acá no son las que más me gusten, ¡aunque analizar imágenes es lindo (risas)! Pero igual me imagino desarrollándome en el exterior, en temas que más me gustan, como astronomía galáctica".

Ella es una de las tres generaciones presentes en un espacioso salón del Instituto de Física de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar). También está Julio Ángel Fernández (68), licenciado en Astronomía en 1974, actual presidente de la Sociedad Uruguaya de Astronomía (SUA), docente grado 5, exdecano de esta Facultad y algo así como el responsable del resurgimiento del estudio de esta ciencia en Uruguay, cuando regresó al país junto con la democracia. El otro es Tabaré Gallardo (53), también docente, recibido en 1991, e integrante de una generación que, pese a las carencias de recursos y gente, ha puesto a Uruguay en el mapa astronómico internacional.

Masa Crítica.

El cielo estrellado ha sido musa de artistas y científicos. Es imposible no conmoverse ante el infinito del universo y la pequeñez del ser humano. Y muchos comienzan a hacerse preguntas. Claro, no es lo mismo hacerse estas preguntas en Europa o Estados Unidos (o Chile) que en Uruguay. "¡El tipo que acá estudió Astronomía se tuvo que pelear con todo el mundo, familia y amigos, para hacerlo!", resume Santiago Roland (33), coordinador del Observatorio Astronómico Los Molinos (OALM), el mayor del país, al norte de Montevideo.

El Departamento de Astronomía se creó hace 60 años, en el mismo 1955 en el que se inauguró el Planetario, en la entonces Facultad de Humanidades y Ciencias, por el físico y astrofísico Félix Cernuschi. Hoy tiene un presupuesto de unos 20 mil dólares al año (de programas como Pedeciba y CSIC) y cuatro docentes con dedicación total. Un espejo telescópico de un metro de diámetro cuesta unos 200 mil dólares y está prácticamente fuera del alcance. El mayor del país está en el OALM y tiene 46 centímetros. Eso permite captar objetos unas diez mil veces más débiles que los detectables a simple vista. La geografía conspira: según Gonzalo Tancredi, docente universitario, licenciado en 1989 y doctorado en Uppsala (Suecia), no tiene sentido tener un telescopio de gran potencia y tamaño en un país donde las alturas máximas apenas superan los 500 metros (los principales se erigen a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar). Y el ya histórico Planetario de Montevideo, definido por su director Oscar Méndez como un "disparador de vocaciones científicas", que el 11 de febrero cumplió las seis décadas y recibe entre 120 y 150 mil visitantes anuales (la mitad escolares), pasó de ser el primero en Iberoamérica al más viejo funcionando en el mundo.

Pero la astronomía uruguaya vive y lucha. Hay un cometa y nueve asteroides con nombres uruguayos. Una investigación de Julio Ángel Fernández junto con su colega chino Wing-Huen Ip, en 1984, descubrió gracias a un experimento numérico el fenómeno de la migración planetaria: por primera vez se decía que los planetas del Sistema Solar no habían estado siempre en el mismo lugar. En 2006, la argumentación de Tancredi, apoyada por Fernández, fue fundamental para degradar a Plutón de planeta a planeta enano, y reducir de nueve a ocho el número de planetas del Sistema Solar (ver aparte).

Tancredi dice que la idea de Fernández de apuntar los estudios hacia la ciencia planetaria ayudó a posicionar a Uruguay en este universo. "Así se logró generar masa crítica, un grupo de investigación estable, con gran productividad". Montevideo será sede en 2017 de la conferencia mundial Asteroides, cometas y meteoros en la que participarán 500 expertos de todo el mundo. Y eso que el país tiene suspendida la afiliación a la Unión Astronómica Internacional (UIA) desde el año 2002, al no poder pagar la cuota que hoy está en unos 2.800 euros (nadie sabe a ciencia cierta a qué entidad le corresponde hacerse cargo). Eso no le da voto en las asambleas —aunque sí voz, y tan convincente como para fulminar a Plutón— y lo mantiene bastante por fuera de distintos eventos, cursos y congresos.

"A juzgar por cómo les ha ido a nuestros egresados, no estamos haciendo las cosas mal", señala Fernández. Cuando él volvió al país, luego de trabajar en España, Alemania y Brasil, prácticamente había todo para hacer. Ciencias y Humanidades estaban en una misma Facultad. Dado que en los 80, recuerda Tancredi, solo 4 o 5 estudiantes se anotaban en Astronomía —muchos arribados de Ingeniería, una carrera "en serio"—, los 20 de hoy cobran otra significación. "Pero aún nos falta más masa crítica. Somos pocos y eso no permite crecer", piensa el también presidente de la SUA.

Rara dualidad. Por un lado, Fernández y Tabaré Gallardo sostienen que no hay tantos egresados como los necesarios. Ergo: hay trabajo. El primero recuerda que hace unos años un cupo en el Planetario quedó vacante. Gallardo añade que tanto ahí como en los observatorios liceales, en Los Molinos, en la propia Universidad y en emprendimientos privados como el Planetario Kappa Crucis, hay oportunidades laborales. Sin embargo, este docente reconoce que el camino suele apuntar al aeropuerto. "Llega un momento en que nuestros egresados se sienten... ciudadanos del mundo. Cualquiera de nuestros alumnos puede hacer un postgrado en el extranjero y está bueno que aprovechen esa oportunidad que acá no tienen. ¡Es imprescindible! El problema (sonríe amargamente) es que no vuelven...".

Esto no es algo nuevo. En 1968, Sayd Codina —ya fallecido— se transformó en el primer licenciado en Astronomía de Uruguay (trece años después de creado el departamento); emigró a Brasil, donde llegó a ser el director del Observatorio Nacional de Rio de Janeiro.

Observar.

En Montevideo, pero más cerca de La Paz que del centro de Colón, reina la calma rural en Los Molinos. Aún está en licitación la empresa encargada de cortar el pasto y se nota. Hay una casa para que los científicos descansen al alba, la sala de control y tres cúpulas de los tres telescopios; dos de ellos pertenecen al OALM, inaugurado en 1994, que a su vez depende de la Dirección de Innovación, Ciencia y Tecnología (Dicyt), del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). El otro es de la Asociación de Aficionados a la Astronomía (AAA) de Uruguay. Esta fue fundada en 1952, se reúne dos veces a la semana en el Planetario y cuenta con 175 socios. Esta es una de las pocas ciencias en las cuales los investigadores amateurs pueden hacer aportes tan significativos como los profesionales. De hecho, un músico alemán llamado William Herschel, con un artefacto construido por él, descubriría Urano en 1781.

El licenciado Santiago Roland, como dueño de casa, muestra orgulloso el mayor telescopio del país, ubicado en una cúpula de fibra de vidrio de 3,5 metros de diámetro. Con éste se descubrió en 2002 a Vaimaca y Guyunusa, únicos dos asteroides avistados por primera vez desde Uruguay. Y ellos, a su vez, también ayudan a confirmar descubrimientos de otras instituciones. En verano, las noches de trabajo en la sala de control, mirando, analizando y contactándose con otros observatorios, van de ocho a diez horas; en invierno, de 14 a 15. Estas noches —dos por semana para cada uno de los siete funcionarios del OALM— transcurren diferente que para el resto de los mortales. "Salvo una radio para escuchar música, no tenemos mucha distracción. Pero si estás sacando imágenes y viéndolas, se te hace llevadero. Estás solo, sí, pero hay un montón de observatorios con los que estás en contacto, recibiendo datos".

La observación de cometas, como el Halley (1986), el Halle Bop (1995) o el Lovejoy (2012) siempre generan gran interés en el público. La gente de la AAA pone sus telescopios a disposición; los observatorios en los liceos, como el del IAVA o el Dámaso, se abarrotan. Incluso el OALM, que mensualmente tiene una jornada de puertas abiertas, recibe aluviones de gente. La fascinación que ejerce el cielo es incuestionable. Sin embargo, para Roland, ese tipo de jornadas, star parties que duran una semana, "científicamente no generan mayor estrés". Más emocionante le resulta la idea de monitorear un "ocultamiento": esto es, cuando un asteroide transneptuniano pasa por delante de una estrella, formando una suerte de eclipse. "Esas son observaciones críticas donde tenés que estar bien operativo durante los 30 segundos que dura el fenómeno. Si sacás el tiempo de entrada y salida, sacás el tamaño del asteroide, ¡eso es una cosa rezarpada!".

Una vez, en octubre de 2008, recién levantado al mediodía tras una noche de vigilia, Roland se desayunó con 40 emails alertando que en 24 horas un asteroide iba a impactar la Tierra. "Fue una locura, había que aprontar todo". El asteroide 2008 TC3, de hasta cinco metros de diámetro, explotó sobre Sudán (África). Fue el primero descubierto antes de chocar contra el planeta y varias fotos sacadas desde Los Molinos, con un lente de 35 centímetros, estuvieron entre las últimas y más valiosas antes de que el bólido entrara al cono de sombra de la Tierra.

Roland lo cuenta con orgullo. Pero el entusiasmo se va cuando habla de las dificultades de ser un astrónomo observacional en Uruguay. No está de acuerdo con el enfoque más teórico que propone la Licenciatura en el país. "En mi opinión, acá podría haber perfectamente un telescopio de un metro de diámetro, que permitiría hacer más cosas, generar una mejor formación. Pero hay quien piensa que eso es tirar la plata. A mí me gustaría que mi país me pudiera sustentar y darme espacios para desarrollarme". También se queja de lo que llama "chacrismos": el no apuntar hacia la misma dirección. "Es como la maldición del pueblo chico, los de la Facultad piensan que los profesores y los aficionados no saben nada y los aficionados dicen que en la Universidad son unos engreídos". Todo eso, dice, conspira contra un mejor desarrollo de la ciencia.

Desde la Facultad, Gonzalo Tancredi —que también cree que un telescopio de un metro sería de gran utilidad— coincide en que hace falta más coordinación interinstitucional. Aún así, la parte observacional no tiene mucha presencia en la carrera. "Por ahora está en los últimos semestres. A partir de 2016, que cambia el programa, estará en segundo año".

Búsqueda.

Con capacidades limitadas para observar, necesidades de emigrar, presupuestos irrisorios (en el OALM, por caso, son básicamente siete sueldos de 20-25 mil pesos de promedio), campo laboral acotado y el multiempleo casi obligatorio en los escasos lugares donde trabajar, hace falta muchísima pasión para salir adelante. Eso y la humildad e incertidumbre que genera eso de saberse nada en el infinito. "A mí me atrae la incógnita constante de observar algo que la gente ve como estático, pero que pasa a millones de años luz. Es una gran contradicción. Mirás el cielo y mirás todo el universo, es algo muy fuerte", dice Roland.

"A los chicos les gusta mucho la Astronomía. Y si un docente formula buenas preguntas, genera más interés por averiguar", asegura Reina Pintos, inspectora de Astronomía de Secundaria, materia que tiene dos horas semanales en cuarto de liceo, dictada por unos 200 profesores en todo el país. Mucho tuvo que ver su gestión para que en todos los departamentos haya al menos un liceo público con telescopio. ¿Es una materia menospreciada en el liceo? Puede ser. "Eso pasa porque vivimos en un mundo muy utilitario donde todo tiene que tener una devolución a corto plazo. Y telescopio, desde la propia palabra (ver lejos en griego), es una imagen a distancia, donde nos hacemos cuestionamientos a largo plazo. Esta es una ciencia interdisciplinar por excelencia, que influyó en el arte y en el lenguaje. Y aporta una mirada más humilde: es que el foco de atención es tan inmenso que da grandes lecciones de humildad".

Desde el cielo poco contaminado de Jaureguiberry, en Canelones, Esmeralda Mallada recuerda cuando tenía 15 años y fue una joven fundadora de la Asociación de Aficionados, de la que hoy es presidenta honoraria. Fue docente de Cosmografía (así se llamaba antes la materia) muchos años y recién se licenció a los 61 años, ya jubilada. "Yo creo que lo que atrae de la Astronomía es que es una vuelta a las raíces. El primer hombre debió pasar muchas horas mirando al cielo, en lugares donde las noches duraban 14, 15 horas. Es que el cielo provocó la búsqueda de conocimiento de los hombres, la inspiración para el arte... todo nació ahí".

CUANDO URUGUAY TUMBÓ A PLUTÓN

Nunca la prensa le puso tanta atención a un astrónomo uruguayo. El 24 de agosto de 2006, la Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional, reunida en Praga, decidió que Plutón pasara a ser un "planeta enano". La propuesta fue escrita por Gonzalo Tancredi (foto) y apoyada, entre otros científicos, por Julio Ángel Fernández. La premisa era simple: los planetas, al formarse, dado su tamaño, "limpian" su órbita de objetos pequeños. Eso no pasó con Plutón. Había factores políticos: Plutón era el único planeta descubierto en Estados Unidos y a la potencia no le hacia ninguna gracia esa decisión. Finalmente, triunfó la ciencia.

ESPÍRITU MILITANTE Y AFICIONADO

La Asociación de Aficionados a la Astronomía (AAA) se fundó en 1952 y el Planetario en 1955. Ambos se retroalimentan: el Planetario les dio un lugar de reunión y la AAA aporta la "militancia".

"El Planetario existe gracias a nosotros", resume Carlos Cladera (39), vicepresidente de la AAA. "Y la Asociación ha sido la puerta de entrada a la mayoría de los profesores de Secundaria". A diferencia de la SUA, que tiene 35 miembros con una actividad sostenida en el mundo científico, los aficionados miran las estrellas como un hobbie, pero un hobbie que les ocupa tiempo y dinero (según Julio Fernández, hay buenos telescopios amateurs entre US$ 300 y 500 ).

"Cuando adquirís más conocimientos sos más exigente, buscás un mejor cielo. Hasta hace muy poco, el mejor lugar era Villa Serrana; ahora está estropeado porque mucha gente se instaló y colocó luces", señala Cladera.

EL PLANETARIO Y UN LIFTING: AIRE ACONDICIONADO, DOLBY, DIGITAL

Es viernes al anochecer en el Planetario Municipal. El profesor Alejandro Castelar ofrece para unas 70 personas su charla Encuentro con Plutón, sobre la misión New Horizons de este año. No hace calor y eso es bueno: la sala Galileo Galilei, con capacidad para 239 asistentes, no tiene aire acondicionado. A la charla, en lenguaje sencillo pero no apto para profanos, le vendría bien un micrófono. Los asistentes, que en su gran mayoría peinan canas, son habitués. "Hay muchas caras conocidas", dice el director, Oscar Méndez.

Es un público entendido, mucho más que los asistentes habituales: escolares, cadetes de marina (que deben entender la posición de las estrellas), animadores de campamento (para elaborar juegos) o familias. Distintos referentes de la Astronomía en el país, si bien reconocen su importancia e influencia, coinciden en que es una propuesta que se ha quedado en el tiempo, con poca renovación.

Méndez, director desde 2004, presentó en 2014 un proyecto que incluye un planetario digital (que permitiría proyectar el cielo desde todo punto de la galaxia), aire acondicionado, sonido Dolby y nuevas butacas (aún se usan las originales), con un costo estimado en 1,5 millones de dólares (el presupuesto de gastos del Planetario es de 630 mil pesos al año). Dice que en principio fue bien recibido por la Intendencia de Montevideo, "aunque ya no era viable para la altura en la que se encontraba la gestión departamental". De concretarse, Méndez asiente que sería el primer cambio grande de la institución en sus 60 flamantes años.

"El fuerte del planetario es el equipo", dice Méndez: tres maestras, cuatro profesores y él, también docente. "Somos pocos, pero con buena formación y gran identificación. Sin ellos, no podríamos hacer las cosas que hicimos con estos presupuestos tan bajos, como cursos, propuestas de guiones y videos".

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