washington abdala i Cabeza de turco

El nuevo heroísmo

Algo está pasando, es algo propio de ésta época, algo que no sucedió en otros tiempos. Nada bueno por cierto, algo sórdido que viene cambiando aspectos centrales de las sociedades actuales donde el bien y el mal están confusos para mucha gente.

Quizás tuvo algo que ver la caída del socialismo real (sus regentes eran solo cleoptócratas que escudados en su filosofía depredaron los estados) o la coja sobrevivencia de un capitalismo fané y descangallado que solo salva a quien logra depredar su tajada. Es cierto, no estamos en el mejor de los mundos posibles.

No es entonces invento mío esta desazón que se vive actualmente, es la evidencia que nos muestra un tiempo donde las "depresiones y ansiedades" y las "frustraciones colectivas" son un dato de la realidad en buena parte del mundo occidental producto de esta intemperie filosófica en que se vive. Nunca supimos tanto de nosotros mismos y nunca se nos hizo tan difícil ser felices. ¡Y nunca se medicaron tantos antidepresivos y drogas permitidas para soportar la realidad! De locos, digamos (psicólogos y psiquiatras rebosantes.)

Si ponen atención, series televisivas como Breaking Bad o House of Cards, que tanto éxito tienen, revelan con proverbial elocuencia que el corrupto, el malo, el jodido, es el personaje a ser aplaudido. De alguna forma, lo malo es bueno y lo bueno es absurdo. Ganó la velocidad y la imprudencia. Algo debe significar este asunto que nos ubica del otro lado del mostrador y nos resulta normal y pacífico semejante cabriola. En mi época Los intocables corrían a los mafiosos y ese paradigma nos parecía lógico. Hoy sería al revés.

Miro la actual (y subyugante) serie inglesa Luther , es un policial duro, inteligente pero amoral en su mensaje de fondo, porque el policía protagonista (será el nuevo James Bond afrodescendiente ¡Uuups!) como no puede resolver nada por la vía formal (burocracia y conspiraciones del Estado lo frenan, ¿te suena algo?) termina adoptando decisiones antijurídicas (violentas y con sangre de todo tipo) para dirimir los conflictos a que se enfrenta. Y yo estoy en el living de mi casa, mirando la pantalla y aplaudiendo cual foca con pescado nuevo a la "vendetta" que se arma para hacer justicia. Estoy mal, lo sé, pero me engancharon en el juego (Netflix , a esta altura, hace de mí lo que se le antoja).

Existen otras series con las que me río mucho pero al pensarlas luego las encuentro con un mensaje tenuemente ruin, es el caso de Lilyhamer Es la historia de un mafioso italo-norteamericano que expulsado de Nueva York se va a vivir a Noruega a un pueblito ignoto. Pues bien, allí los corrompe a casi todos, les inyecta los valores capitalistas "non sanctos" y los enloquece a esos puros norueguitos socialdemócratas, naif y algo tontines. Por cierto es una gigantesca humorada, mordaz y recomendable pero el mensaje subliminal no deja de ser preocupante. Cambiar una sociedad a costa de todo lo ilegal no es un buen encare (ni hablar de Homeland donde los juegos de espionaje ubican al espectador en un rol en el que hay que odiar al mundo islámico a extremos inauditos para entender su lógica).

En fin, ha muerto el heroísmo tal como lo conocíamos. O sea, ya no habrá un Batman como el de antes. El que anda por estos tiempos tiene odio, rencor y necedades varias. Hoy, se puede robar, mentir, odiar, asesinar y se puede ser igualmente un ídolo de masas. Estamos hechos pelota porque estas series, de alguna manera, reflejan lo que somos, lo que apetecemos o como nos creemos que somos.

Habría que volver a Shakespeare para entender lo sensato. Él nos enseñó que el mal puede estar confuso, mareado, ambientado como ambición, soberbia o traición, pero siempre será el mal y jamás merece el aplauso. Por eso Shakespeare se ocupaba de poner en boca de bufones y locos un hilo de cordura en sus obras teatrales. Alguien tenía que decir la verdad. Hoy, no hay hilo de cordura, no aparecen los arrepentimientos y casi resulta correcto ser una basura. Shakespeare nunca traficó mensajes burdos. Por eso me gusta porque en él hay principios, sentimientos y valores que están por encima de la inmundicia del pequeño hombre. Volver a él nunca hace mal en medio de tanto desconcierto. Es como respirar un aire que ya no existe.

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