Alberto Sonsol

"El nivel del periodismo deportivo acá es muy bajo"

Hace 30 años comenzó en una profesión que abrazó luego de una crisis vocacional y, desde entonces, sigue vibrando frente al micrófono “con el mismo fuego que siempre”.

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Lleva 30 años de periodismo deportivo. Foto: Marcelo Bonjour.

TOMER URWICZ

Camina con paso lento, dominando la situación. En una mano trae los lentes de sol y un paquete de cigarros. En la otra, lleva la corbata y una camisa. Es lunes después del clásico de verano y faltan solo veinte minutos para salir al aire en Subrayado. Pero ni la adrenalina de estar en vivo ni la incertidumbre de saber qué va a decir parecen alterarlo. Pasa por maquillaje, entra al estudio en un corte, saluda, toma unos papeles que chequea con el coordinador y listo. Cuando se enciende la cámara Alberto Sonsol está más seguro que nunca. En este 2015 cumple 30 años en la profesión.

—¿Cómo lo encuentran estas tres décadas frente a un micrófono?

— Con el mismo fuego que al comienzo, el mismo entusiasmo y la tranquilidad de que conseguí todo lo que me propuse.

No importa que haya tenido un mal día porque algún anunciante no le pagó a tiempo —sí, todavía tiene que salir a conseguir avisos—, que sus equipos, Atenas en básquetbol y Peñarol en fútbol, hayan perdido por destrozo o que el físico ya "no le da" para aguantar los 200 partidos por año que llegó a relatar alguna vez. A la hora de la verdad, cuando tiene al público expectante del otro lado del televisor o la radio, Sonsol saca a relucir todo su entusiasmo. "Tengo mis orígenes, no oculto mis equipos de referencia ni nada que pase, pero al momento de prenderse el micrófono soy hincha mío".

Su personalidad es lo que en el campito se conoce como alguien que va "pa delante". Así vive este hombre de 57 años, padre de tres hijos, casado hace 28 y considerado el relator de básquetbol más exitoso del momento. Eso sin contar que en el fútbol es de los más populares y que le imprimió al periodismo deportivo el carácter de show. Como ejemplo, hace dos décadas, cuando tomó el timón de La Hora de los Deportes, decidió incorporar al panel a dos exjugadores para que haya efervescencia; hoy es una fórmula repetida en la inmensa mayoría de programas del rubro.

Cuando su rostro bien blanco se enrojece, las venas se le marcan en el cuello y pareciera que está a minutos de comerse a un colega o espectador, se muestra su forma de ser. Visceral.

Claro que ese mismo carácter lo llevó a confrontar —recibió más de lo que dio, admite— y a tener que descargar por otros lados.

Eligiendo cuidadosamente las palabras, cuenta que tiene "un gusto determinado y acentuado por lo lúdico". Lo cierto es que esa pasión por el juego le llegó a provocar problemas. "Antes era más fuerte que ahora, me generó muchos dolores de cabeza y al mismo tiempo sentía satisfacción, pero ahora estoy bastante controlado".

Control, justamente, es el término que prefiere para resumir esa etapa que no recuerda con exactitud cuando comenzó. "No es un tema de cantidad de dinero, sino también de tiempo", explica. Una vez fue a Las Vegas y estuvo tres días durante los cuales solo durmió diez horas; el resto jugó. "Es como el Disney para los adultos y vos sabés a qué vas".

—¿Solo va a casinos?

—No, también a casas particulares, hasta hoy me sigo juntando con amigos.

—¿Hizo terapia?

—Varias veces y sigo hasta hoy. Estuve en individuales y colectivas, pero no hay recetas para esto porque va en uno. No es ni más ni menos jodida que otras adicciones. Lo que genera es lo mismo, cambia el rubro. Con el paso del tiempo aprendí que hay otras adicciones. Por ejemplo, en el periodismo conocí que hay gente que si no está en el aire no puede vivir.

—¿Siente resquemor por sus colegas?

—No. Sí noto que el nivel del periodismo deportivo acá (en Uruguay) es muy bajo comparado con nosotros mismos. Son muy pocos los que generan conceptos. Hace tiempo vengo luchando contra las estadísticas, porque a mí nadie me va a explicar un partido con números. Si el arquero alemán Manuel Neuer hizo 422 pases acertados pero no lo marca nadie y Lionel Messi dio 400 pero con siete tipos encima, ¿qué me vas a decir?

Desde su comienzo en el periodismo deportivo —en la radio CX42, donde acompañó en un programa de básquetbol— dice que se mantuvo fiel a esos principios. Hizo lo mismo en Radio Centenario, en la Universal cuando lo llevó Alberto Kesman, con quien jugaba al fútbol en Hebraica y Macabi, en los mil y un planteles que integró e integra, incluso en el informativo central de canal 10. Y recién ahora, con los sueldos fijos que recibe de Tenfield y Subrayado siente que "se hizo justicia". ¿Por qué? "Hay colegas que ya pasaron la barrera del sonido y que por trayectoria tiene que llegar alguien y decir: Despreocúpese, lo suyo vale, acá tiene el dinero. No puede ser que todos tenemos que seguir consiguiendo anunciantes como cuando empezamos".

Botija

Era el único rubio que tocaba el tambor en Palermo. Al menos así se recuerda él, a quien por su aspecto físico lo apodaban "El Ruso". Y eso que sus cuatro abuelos eran turcos. En Minas y Cebollatí, muy cerca de la cancha de Atenas, Sonsol pasó sus primeros años. Esa fue su universidad: la calle.

Desde chico tuvo atracción "por igual" por el fútbol y el básquetbol. Los fines de semana iba al estadio a ver a su Peñarol y al Nacional de sus amigos. Recuerda que se estilaba hacer fila hasta que abrieran las puertas a falta de quince minutos para terminar el partido y ahí entraban.

En Atenas llegó a ser "un mediocre" jugador y se enrogullece de haber entrenado con el plantel principal de Manolo Gadea. Eso sí, aclara, a la hora de relatar no hay favoritismos. De hecho, tras la crisis de 2002 se quiso rematar la cancha de Aguada y gracias a sus palabras en la radio fue revertida la situación. "Era un disparate", cuenta, "es como si quisieran rematar la Plaza Independencia".

De chico su vida era la de un clásico pibe de clase media cuyos padres querían que estudiara. Los 20 fueron años complicados para Sonsol. Finalizó el bachillerato para ingresar en Odontología, pero por conflictos en la Universidad no lo concretó. Mientras tanto fue un activo miembro del movimiento juvenil judío Macabi Tzair y, para juntar dinero, trabajó con su padre en la venta de maquinaria vial. Estuvo seis meses en Inglaterra capacitándose en la temática. Aun así, su vida era un sinsentido. Probó armar una administración de propiedades sin éxito. Le siguió un negocio de decomiso de aduana que no prosperó. Y a los 27 probó suerte yéndose para Israel.

Fue mozo en un hotel, cadete en la Embajada de Argentina en Tel Aviv y atendió una parrillada que abrieron unos uruguayos y argentinos. Le prometieron ganar cuatro veces más y, durante el tiempo que estuvo, no tenía ni para irse "a comer una pizza los viernes en la noche". Un día, sentado en una mesa al fondo del local mientras esperaba el cambio de turno, tuvo una conversación con él mismo. "¿Qué es lo que más te gusta en el mundo?", se preguntó. La respuesta fue aplanadora. "El periodismo deportivo". A la semana estaba de regreso en Uruguay pronto para cumplir su sueño.

Fue entonces que revivió las veces que de chico escuchaba a Heber Pinto o el gusto por Víctor Hugo Morales, de quien admiraba su facilidad de palabras y la emoción.

"Un relator no puede preparar un partido porque vive de la impronta del momento. Cuando se inventó el triple en el básquetbol, me quemaba el seso pensando qué podía decir cuando alguien anotaba de tres y que tenga pegue para diferenciarlo de un doble. No encontré nada. Una vez, estaba en vivo en una cancha, un jugador la pudrió y así surgió el clásico pa-pa-pa".

Su voz parece, por momentos, un subibaja capaz de mantener la atención de sus escuchas. Hoy, admite, está un poco más cascoteada debido a la operación de las cuerdas vocales a la que se sometió hace 15 años y a que "los años no vienen solos" y el relato radial lo va cansando. Sobre todo le sucede con el básquetbol en donde debe gritar al menos 80 tantos de gol por partido. "Con la experiencia uno va moderando y manejando los momentos de tensión".

Pero hay otro detalle que atrapa. Sonsol habla como en la calle, como quiere la gente. Es que "el deporte no distingue entre el gerente del banco y el albañil, está metido en la sangre". Y así lo vive él.

Relato de padre a hijo

El domingo 15 de abril de 2012 ocurrió un hecho inédito en el fútbol uruguayo. Fue la primera vez que un padre relató a su hijo en Primera División. Y Alberto y Diego Sonsol (por entonces jugador de Cerrito) fueron los protagonistas. "Fue un momento especial que escapa al trabajo profesional", recuerda el relator. La Sport 890 optó por rendir un homenaje pasando de fondo Hoy puede ser un gran día, de Joan Manuel Serrat. Los Sonsol se desearon suerte y cada uno fue a cumplir con su tarea. El 6 a 1 final con el que Nacional vapuleó a Cerrito dejaron al hecho en una anécdota. Si a hazañas se refiere, Alberto se queda con tres relatos: el gol de Richard Morales en el repechaje ante Australia, el de Darío Silva a Brasil por lo que implica el Maracaná para los uruguayos y el penal que erró Santiago Silva ante Peñarol en la Libertadores de 2011. "Mi abuela, que era turca, cada vez que pretendía que no pasara algo gritaba ich. Y eso fue lo que hice: repetí ich-ich-ich; y se cumplió". La tradición le importa y con los valores, dice, no transa. Por eso cuando el presidente de Peñarol se refirió a él como "este judío de mierda", Sonsol aclaró que siente orgullo de su identidad. Y hoy añade: "Damiani se salvó porque no lo escuché al aire".

Sus cosas

Su libro

La literatura vinculada al deporte ocupa el mayor espacio dentro de la biblioteca de Sonsol. Ahora está leyendo Once Anillos, sobre las reflexiones de Phil Jackson, exentrenador de los Bulls y los Lakers en la NBA. "No es solo una lección de básquetbol de quien más títulos ganó, sino toda una enseñanza de vida", cuenta.

Su cantante

La voz de Sonsol no solo lo hacen quedar bien en el relato, también cuando tiene que cantar. "Soy más bien romántico", admite sobre sus gustos musicales cuya lista la encabeza Sandro y, más recientemente, Abel Pintos. Sus hijos lo aggiornan. El mayor, incluso, fue vocalista de una banda. Eso sí: "Nada de punchi-punchi", aclara.

Su fe

Una vez al año Sonsol va a la sinagoga. Es durante el Día del Perdón. Esa jornada no trabaja y le pide a sus hijos que le concendan solo una hora para acompañarlo. "Soy un judío tradicionalista", cuenta. "A mí cuando me dicen judío lejos de agredirme, me enorgullece".

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