SALUD

Nadar para divertirse, cuidarse y aprender

Este año, 20.000 personas se anotaron para aprender a nadar en alguna de las más 20 piscinas públicas que existen en buena parte del país. 

Natación
Aprender a nadar en familia. Foto: Julián Villanueva.

Si fuese así que descendemos de ese primer organismo que hace millones de años salió del agua para empezar a andar sobre la tierra, meternos en ella sería como honrar el primer hábitat de la vida en este planeta. Tal vez por eso a algunos les sobreviene una sensación de trascendencia cuando entran en el Océano Atlántico en las playas de Rocha. Quizás también por esa razón, un bebé reacciona con una mezcla de asombro y alegría cuando su madre o padre lo lleva por primera vez a una piscina.

En un país tan playero como Uruguay, las piscinas para nadar o hacer actividades acuáticas no gozan de una gran popularidad. ¿Para qué tirarse a la pileta cuando tenemos tan cerca la costa? La respuesta más concisa y contundente: para aprender a nadar.

La natación es una de las actividades físicas más completas y beneficiosas que hay. Involucra a todos los músculos del cuerpo, algo de lo que no siempre se es consciente. “Cuando empezás a nadar, te enterás de algunos músculos que no sabías que tenías”, dice la profesora de educación física y entrenadora de natación Luciana Varela, que trabaja tanto en el sector privado como en el público.

Ella empezó a nadar a los 7 años, por recomendación de su médico. Era asmática y uno de los efectos benéficos de la natación es que estimula el desarrollo del sistema respiratorio. Pero a Luciana le gustó tanto nadar que pronto empezó a entrenar y luego a competir. A los 19 años, sin embargo, se dio cuenta de que no podría compatibilizar la cantidad de horas requeridas para mantenerse en un nivel competitivo y, además, estudiar para recibirse de profesora de Educación Física. Dejó la competencia, se recibió y hoy entrena a un grupo de una 25 personas en un club de deportes, además de dar clases de educación física en distintas escuelas.

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Foto: Pixabay

Empezar en alguno de los tantos clubes deportivos es una de las maneras más eficaces y rápidas de meterse en el mundo de la natación, pero existe una etapa intermedia que combina clases de natación con diversas actividades recreativas y al aire libre, para disfrutar al mismo tiempo del verano y del goce acuático.

Al agua

Desde hace tres años, la Secretaría Nacional del Deporte lleva adelante el programa Tirate Al Agua, que abarca 25 piscinas en gran parte del país (tanto al aire libre como cerradas y climatizadas), una playa (la de Carmelo en Colonia) y el lago Calcagno, en Ciudad de la Costa.

A cargo del programa está Carolina González, que explica que Tirate Al Agua arrancó el 1° de diciembre y concluirá el 28 de febrero. Además, agrega que para inscribirse se necesitan tres cosas: carné de salud al día, cédula de identidad vigente y pagar una tasa que, dependiendo de algunos factores como la edad y si la piscina es abierta o cerrada, es 400, 600 o 900 pesos. “Igual, no queremos que nadie quede afuera. Si no está en condiciones de pagar”, acota la jerarca, “puede hacer la gestión ante la Secretaría y becamos a esa o a esas personas”.

Este año, el primero en el cual la gente se puede anotar a través de la web de la Secretaría Nacional de Deportes, se inscribieron 20.000 personas al programa, una baja en comparación al verano pasado, que González atribuye a las condiciones climáticas.

Ana Godoy, magister de Educación Física, también trabaja con González en el programa, y colabora en todo lo que que hace a las actividades físicas, desde las clases de natación a las de waterpolo, hidrogimnasia y matronatación, que es la natación para bebés y niños de hasta tres años. Las clases de natación para niños y jóvenes constituyen la actividad más importante, por varias razones según Godoy. “Por un lado, es un deporte y esto puede ser un primer paso en un recorrido hacia la práctica deportiva. Pero también se apunta a aprender a hacer un buen uso del tiempo libre, y hacerlo en un ambiente agradable, divertido, donde se comparte una experiencia con otros”, comenta Godoy.

González, por su lado, acota que aprender a nadar también tiene un componente de seguridad personal. “Cuando uno aprende a nadar, se puede manejar mejor en la playa o en otros ámbitos donde hay una cercanía al agua, como andar en canoa, o salir a navegar. También hay un aspecto utilitario en el aprendizaje de la natación”.

Además, el programa también incluye una parte dedicada a personas con distintos grados de discapacidades. Algunas pueden participar en las sesiones abiertas a todo público, mientras otras cuentan con instructores y ayudantes exclusivos solo en aquellas piscinas que tienen rampas. En total, el programa contrata a unas 250 personas para la temporada, entre auxiliares, personal administrativo, instructores de natación y guardavidas. Los domingos, además, no hay clases de natación o de otras actividades. Es solo para ir a tirarse a la piscina y divertirse sin tener que cumplir con objetivos.

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Foto: Julián Villanueva

Salud

Más allá de lo lúdico o competitivo, la natación tiene una faceta casi médica, dado que es a menudo recomendada para distintas dolencias. Por ejemplo, dice Godoy, es frecuente que se le recomiende a personas con diferentes patologías de la columna o vicios de postura que se metan en una piscina para nadar un poco, porque desenvolverse en la ingravidez acuática permite realizar movimientos que de otra manera serían dolorosos. “Mejora y preserva la salud”, agrega Godoy, “porque contribuye entre otras cosas a mejorar los índices de colesterol, contrarrestar el sedentarismo y bajar el sobrepeso”.

Sin embargo, también es cierto que hay que vencer algunos obstáculos internos antes de empezar a nadar. Uno de ellos puede tener que ver con una baja autoestima, con no querer mostrar el cuerpo fofo o con algunas cicatrices importantes. Otro, como apunta Varela, puede tener que ver con una experiencia traumática en la playa de niño. “He visto algunos casos en donde se tuvo una experiencia del tipo ‘casi me ahogo’ y eso da lugar a miedos e inseguridades a la hora de tirarse al agua”.

Pero una vez superadas algunas de esas trabas o dudas sobre el aspecto físico, la natación es una actividad a la que es comparativamente fácil entrar, porque no hay que prepararse mucho en lo previo. Varela recurre al ejemplo del fútbol: “Si uno no se prepara, al menos un poco, para rendir desde el punto de vista cardiovascular, se le puede complicar a la hora de empezar a jugar el partido como parte de un equipo”, explica la profesora. Uno enseguida recuerda a ese compañero que se suma al equipo de fútbol 5 y que rinde durante los primeros diez minutos. Pero que luego, cuando las exigencias del encuentro van aumentando, ve pasar la pelota jadeando y caminando por la cancha.

“En cambio, si alguien viene sin preparación a la pileta, como se trata de un deporte o actividad individual, puedo regular la exigencia. En vez de ponerlo a hacer diez piletas, le digo que haga solo cinco”.

Ella estima que a un niño o joven que arranca de cero le lleva un par de semanas desenvolverse en el agua no como un pez pero sí con fluidez. Para gente un poco más grande, Varela calcula que en un par de meses le agarran la mano a esta actividad, que combina el desafío de mantenerse a flote y la sensación de liberación de la ley de la gravedad.

Los beneficios de la natación son, como explican las fuentes consultadas en la nota central, varios: desde mejora del sistema respiratorio hasta la rehabilitación o el alivio de algunas patologías que tienen que ver con la columna y la postura del cuerpo. Pero ¿existen contraindicaciones? La magister en educación física Ana Godoy, de la Secretaría Nacional de Deportes, dice que son pocos los casos en los cuales hay que tener especial cuidado. “Hay algunas patologías que deben contemplarse. Aquellas personas con convulsiones por epilepsia deben ser supervisadas por guardavidas cuando están en la piscina. Tampoco hay que entrar a la pileta con heridas abiertas”.

La entrenadora de natación Luciana Varela, por su lado, aporta que conviene ser consciente de la presión sanguínea, y la temperatura del agua, antes de meterse a la misma. “Quienes tienen una presión por abajo de lo que se considera como normal deben ser conscientes de eso, porque si el agua está muy caliente, eso puede llegar a descompensarlos, porque la temperatura alta del agua tiene ese efecto, de bajar aún más la presión”.

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