CABEZA DE TURCO I washington abdala

Mundo Careta

Hubo una época en que las vidas de la gente se caracterizaban porque de casa para adentro eran hogares en los que nadie sabía a ciencia cierta qué sucedía allí adentro. Solo en los vecindarios, cuando se iba tejiendo la red social, se armaba la colmena y así se conocía algo de la vida de los otros como consecuencia inevitable de esas relaciones.

En los trabajos, la gente, inclusive, cuidaba su vida privada. Todos rumoreaban de fulano alguna cosa pero nadie podía conocer —si el tipo no lo quería contar— si estaba ennoviado o si tenía de amante a un perro.

Y eso que Uruguay es una sociedad chica y chusma, sin embargo había espacio para la privacidad. O sea, en el pasado se podía mantener niveles elevados de locura (y privacidad) sin redes sociales y sin esquizofrenia.

¿Qué estoy queriendo decir? Sencillamente que ese mundo de la reserva ya no existe más. Por alguna razón nos ocupamos de contarlo todo, de publicarlo todo, de mostrarlo todo y de desnudarnos ante todos con lo cual lo que hacemos (lamento pero es así) es debilitarnos cada día más. Todos somos Jorge Rial en algún sentido, la patología que creíamos ver en él, en su programa de televisión bizarro, la terminamos reproduciendo en las redes sociales. Publicamos lo nuestro, lo del vecino y lo del que no conocemos. Ya no hay límites para esto del streptease social. Nos voló la térmica en algún punto mientras Google y Facebook amontonan millones con nuestra imbecilidad actitudinal. Les damos los datos que necesitan para que luego nos vendan lo que nosotros mismos contamos que queremos. Somos bobitos.

Si uno mira las fotos en Instagram de la gente, al ratito nomás uno le saca el rango social, el estilo de vida y la posición económica que tiene el fulano que anda por allí. Con diez fotos alcanza para saber si es un ABC1, aspirante a clase media o un ser que anda galgueando en la vida. En Facebook es igual, todo rotula en qué anda el personaje —que no es tal— pero que nos relata su vida ahora que tiene su propio punto de exposición. Y podemos seguir con el resto de las aplicaciones hasta el infinito. El mundo careta gana. Y gana por paliza.

La sociedad actual pulverizó la intimidad y construyó una ostentación por la imagen obscena, pornográfica, no en su sentido literal sino en su dimensión filosófica y falsa. No son ciertas entonces las escenas que vemos a diario. Las selfies son la prueba viviente de la paranoia colectiva en la que estamos. Poner un rictus labial, sonreír cual barbies idiotas y producir una sonrisa trucha es todo una bizarrez que en muy poco tiempo no comprenderemos cómo nos pasó esto de ser tan cronopios por esta época. Todos nos creímos actores de Jolivú.

Claro, el presente es un tiempo narcisista como nunca antes lo fue. Es un tiempo en que la globalización impone pautas de belleza y desde ese lugar se ordenan criterios estéticos que le comen la cabeza a la gente haciéndola sentir sometida a esos valores. El que no se esclaviza es una oveja negra y no forma parte del grupo. Por eso reinan los SPA, los tratamientos de belleza, los gimnasios y los médicos que se hacen ricos poniendo lolas. Por eso, en un tiempo políticamente correcto nunca hubo tanta intolerancia —con desprecio real— hacia gordos, supuestos feos, etnias menores y estéticas "distintas". Si no se forma parte de los grupos dominantes (blancos y delgados) se está en un problemita inquietante. No agrego nada nuevo que no lo sepan de memoria las minorías.

¿Qué se debería hacer? Por lo pronto seleccionar un poco mejor lo que queremos mostrar en las redes sociales. No todo se debe subir allí. Esto, por supuesto no lo entienden los adolescentes que se creen inmortales y por eso deliran, pero los más grandecitos que son los que tienen un poco de sentido común tienen que ir advirtiendo y generando pautas al respecto. ¡Ojo porque somos lo que mostramos y esa no es la realidad! La realidad es la verdad pero para ello hay que laburar en no mostrar lo que no somos. Toda una tarea de sinceridad que hoy resulta ciclópea.

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