DE PORTADA

Mujeres que se ganaron un lugar allí donde los hombres siempre dominaron

Cuatro historias de mujeres que se hicieron un camino allí donde los varones fueron siempre mayoría.

collage mujeres
Cuatro mujeres que se hicieron un lugar destacado allí donde siempre dominaron los hombres: Estela Escobar, Patricia Rodríguez, Claudia Umpiérrez y Sabrina Clavijo.

A ninguna le resultó fácil llegar. Al principio eran “bichas raras”, pero poco a poco lograron hacerse lugar. De todos modos, el llamado techo de cristal sigue sobre sus cabezas. Queda mucho camino por recorrer, pero no se sienten intimidadas en lo más mínimo. Como no se sintieron la primera vez que se pusieron el uniforme, o se colocaron el casco, o hicieron sonar el silbato, o pusieron a prueba sus conocimientos.

Cuatro mujeres que trabajan en lugares tradicionalmente dominados por varones cuentan sus historias. Las cuatro se ganaron sus lugares con esfuerzo y tesón. Comprobaron la realidad cruda de eso que se llama brecha de género que, lejos de ser una entelequia, es el porfiado impulso que las relega cada vez. Tal vez eso que Simone de Beauvoir llamó “la fuerza de las cosas”.

Si bien parece existir la idea bastante generalizada de que las mujeres ocupan cada vez más posiciones destacadas en la sociedad, basta hablar con alguna de ellas para comprobar que eso dista mucho de ser así. Es cierto que algunas organizaciones han promovido el ascenso de mujeres a puestos de decisión. El País fue una de ellas, cuando nombró el año pasado a la exeditora de Domingo —Déborah Friedmann-—coordinadora de redacción. Históricamente, ese sitio ha sido siempre ocupado por varones en casi todos los medios. Pero estas son aún excepciones.

Estela Escobar, 53 años

Estela Escobar
Foto: Francisco Flores

Las pioneras

Estela no se paró a pensar en lo cuesta arriba que podía hacérsele cuando en 1999 decidió tomar un curso de construcción y reparación de veredas. Ella y otras mujeres que siguieron su camino formaron un grupo que se denominó a sí mismas como “Las Pioneras”.

Estela es oriunda de Paysandú y en 1981 llegó a Montevideo en busca de horizontes. En sus pagos había trabajado como overloquista en un taller de confecciones. “Pero a la hora de venirme a Montevideo, encontré una realidad totalmente diferente y para poderme venir tuve que ponerme a trabajar en casas de familia”, cuenta.

Durante muchos años continuó trabajando como empleada doméstica, al principio “con cama”. Luego se casó y tuvo dos hijos, y continuó trabajando como doméstica, aunque había intentado probar suerte en talleres de confección sin éxito. Por esos años, había logrado establecerse en una cooperativa de viviendas: por primera vez, tenía una casa propia. Pero ello también implicaba que había que poner manos a la obra para arreglar ciertas cosas.

“Había cosas de construcción para hacer, pero yo no las sabía hacer y tampoco tenía la posibilidad de pagar. Entonces, preguntándoles a los vecinos cómo se hacía tal cosa o cómo se hacía tal otra, aprendí e hice lo que necesitaba para mi casa. Y me gustó”, recuerda.

Así, cuando escuchó en la radio el aviso de un curso de capacitación para mujeres en construcción no lo dudó y fue a anotarse de inmediato.

“El 99 era un año muy complicado, mis hijos ya estaban medianamente grandes, eran adolescentes, yo ya tenía otros tiempos”, dice Estela.

Cuando terminaron el curso, salieron a trabajar en las calles. Por aquel entonces se estaba haciendo el ensanche de Bulevar Artigas y la obra había dejado inconclusas varias esquinas en ochava. En eso comenzaron a trabajar las pioneras. “Obviamente, el instructor era un varón. Los ingenieros de la Intendencia eran varones. Y, bueno, el ingeniero prácticamente se tiraba en el piso para ver qué ‘dientes’ le habían quedado a las baldosas. Nos miraban con lupa”, recuerda.

Y así, cada día entre la una de la tarde y las cuatro y media, las obreras tuvieron su primera experiencia, que no estuvo exenta de reacciones hostiles. Los automovilistas les gritaban, a veces burlándose, a veces insultándolas. “Ahí ya vimos que nos íbamos a encontrar con cosas más fuertes que nos mandaran a lavar los platos. Éramos mujeres muy guerreras, éramos mujeres rompiendo estereotipos. Y eso genera reacciones”, dice Estela.

Ese fue solo el primer paso. Poco después, ya estaba trabajando de lleno en obras de construcción. El trabajo de un obrero requiere de gran esfuerzo físico y para una mujer que trabaja a la par de sus compañeros varones, eso puede suponer un desafío mayor. Un decreto emitido en 2014 impuso severas condiciones de higiene laboral para el sector y —entre otras cosas— se limitó el peso de las cargas que podían transportar los operarios. Hasta entonces, eran comunes las bolsas de portland de 50 kilos que los trabajadores cargaban al hombro, con las consecuencias que ello acarreaba. A partir de la reglamentación las bolsas pasaron a ser de 25 kilos. “Un hombre que cargaba 50 kilos a los 40 años ya tenía la columna hecha pedazos”, dice Estela.

Durante mucho tiempo, las obras en construcción fueron un verdadero dolor de cabeza para las mujeres que pasaban cerca. Obviamente, a Estela le tocó ser testigo de alguna escena de acoso o piropos ofensivos. Y, por supuesto, no se quedó callada.

Iban a bordo de un montacargas cuando el compañero que viajaba junto a ella lanzó su andanada verbal. “Le dije: ‘Por favor, compa, respetá. Es una compañera’”, lo increpó Estela. “Si no te gusta bajate”, respondió él. El trabajador que conducía el montacargas debió intervenir para calmar los ánimos. Lo cierto es que luego del incidente en la obra, se resolvió aplicar severas sanciones a quienes incurrieran en ese tipo de conductas.

Estela Escobar lleva casi dos décadas como trabajadora de la construcción y actualmente es dirigente del Sindicato Único Nacional de la Construcción y Afines (Sunca). Dentro del gremio está a cargo de la secretaría del Sunca Solidario y su tarea es —entre otras— la de estar junto a las familias de aquellos obreros que han fallecido en accidentes laborales. También es una de las principales impulsoras de un centro de cuidados para niños en edad escolar, que acogerán a los hijos de los y las trabajadoras durante la jornada laboral, un tema clave para las obreras y jefas de hogar.

Patricia Rodríguez, 43 años

Patricia Rodríguez
Foto: Marcelo Bonjour

Una madre

Llegó a ser policía de una forma bastante accidental. Se había recibido de auxiliar de enfermería y pretendía trabajar en la profesión cuando se le ocurrió postular al Hospital Policial. Y alguien le dijo que lo mejor sería cursar para agente. Para entrar sin problemas. Luego supo que no era necesario, pero ya vestía el uniforme y había empezado a gustarle la idea.

Patricia Rodríguez hoy tiene el cargo de cabo en la Policía Nacional y preside el Sindicato de Funcionarios Policiales. Cuando se formó para ser agente, en su tanda había 50 varones y solo tres mujeres. “No es fácil, ni fue fácil”, reconoce con una sonrisa.

“En esa época era complicado para las mujeres porque primero no se las reconocía. Había ciertas tareas que no nos dejaban hacer. Además, uno de los insultos, cuando te llamaban la atención en la Escuela Departamental de Policía, era decirte que eras ‘una madre’: ‘¿Y usted qué es? ¿Una madre?’, le decían a los compañeros, ‘que no puede hacer tal cosa’”, recuerda Patricia. “Yo ya era madre”, agrega enseguida.

Mientras cursaba, se dio cuenta de que su formación previa como enfermera tendría alguna utilidad y terminó dando los cursos de primeros auxilios a los reclutas. Y eso se convirtió en su trabajo, el primero, dentro de la Policía. Fue así hasta que un buen día le llegó el traslado y comenzó a cumplir servicio en una comisaría, un baño de realidad que terminó de moldearla.

Como a cualquier agente en comisaría, le tocó hacer de todo un poco. Cumplía el servicio en la 3°, en pleno centro montevideano y seguía viajando desde Canelones cada día. Le tocó custodiar la entrada de la comisaría (“puerta” como le dicen en la jerga); la guardia interna (que incluía los calabozos); el control en partidos de fútbol, y el patrullaje.

Como cualquiera de sus colegas, Patricia hacía el viaje en ómnibus de uniforme, lo cual solía ponerla más en problemas que a salvo de ellos. “Si me tocaba por ejemplo los sábados de mañana entrar a la seccional, y yo salía a las seis de la mañana, agarraba todas las salidas de los boliches. Eso era un caos (ríe). Y bueno, siempre tenía algún problema”, recuerda.

“Siempre estás en el límite y siempre estás en la vidriera cuando estás uniformado”, observa.

Patricia sostiene que, en general, su relación con los ciudadanos es buena. Sin embargo, muchas veces al igual que sus colegas, se enfrenta a la incomprensión sobre el papel de la Policía. Si actúan porque lo hacen y si no actúan porque no lo hacen. De todas formas, está convencida de que con la existencia de los sindicatos se ha logrado conectar mejor con la población. “La sindicalización en la Policía ha marcado un antes y un después en la consideración de la gente. Antes era imposible que un policía pudiera salir a la prensa a explicar en qué condiciones se trabaja, qué carencias tenés, la parte más humana de la profesión”, señala.

Paralelamente a su carrera policial, Patricia ha sido madre todo este tiempo. No es sencillo para cualquier trabajadora ser madre y mantener la actividad. Para una mujer policía lo es menos aún. Su hija mayor cumplió 23 años y acaba de recibirse de maestra, pero su hijo menor sigue en la escuela.

“Cuando trabajaba en la Escuela, me iba a las seis de la mañana, hacía de siete a una y a las dos entraba al servicio 222 hasta las siete de la tarde. Llegaba de noche a mi casa y mis hijos estaban durmiendo”, recuerda.

Desde la creación de los sindicatos Patricia comenzó a militar, creía que allí había mucho por hacer. Pero aún en ese ámbito dominaban sus colegas varones. Gracias a su formación llegó a estar a cargo del área de salud en el sindicato y así empezó a hacerse sentir en la directiva.

“Al principio, decían: ‘No es por su inteligencia que está acá, seguramente anda con alguien’. Todas las discusiones conmigo no eran políticas, eran de agresiones como mujer. Yo venía con proyectos, venía con planteos para mejorar algún aspecto, y de a poco fui ganándome mi lugar”, reconoce.

Y, claro, se lo ganó. Actualmente preside el sindicato e integra la Mesa Representativa del Pit-Cnt. “Había pocas mujeres, ahora hay una, y encima es milica (ríe)”, dice Patricia.

Claudia Umpiérrez, 36 años

Claudia Umpiérrez
Foto: El País

En la cancha

No es pionera, pero integra una franca minoría en un ambiente claramente dominado por varones, desde siempre. Es joven y se ha ganado el respeto aún en situaciones complejas.

Claudia Umpiérrez (36) es árbitra de fútbol en primera división. No de fútbol femenino, nada de eso. “Cuando nosotras ingresamos, los compañeros ya estaban acostumbrados a que hubiera árbitras y los equipos también”, cuenta Claudia.

La pionera había sido Laura Geymonat, que actualmente ocupa las primeras categorías en el arbitraje local. Claudia viene de una familia muy vinculada al fútbol, su padre fue entrenador y su tío Ruben Umpiérrez fue un jugador profesional con brillo en el exterior. Ella misma jugó al fútbol durante su infancia y su adolescencia. Cuando en 2003 llegó a las canchas para convertirse en jueza, nada de aquello le era ajeno.

Y cuando Geymonat subió a primera división, Claudia y sus compañeras creyeron que en el futuro estaría el camino allanado. “Pero bueno, el paso del tiempo demostró que no era tan fácil, que la resistencia existía realmente y que había gente en el Colegio de Árbitros, en los cuerpos técnicos, que tenía una cabeza muy cuadradita y que no entendían que nosotras teníamos la capacidad de hacerlo, a pesar de que genéticamente éramos diferentes porque éramos mujeres”, señala.

Desde hace cuatro años, Claudia Umpiérrez ejerce como árbitra en primera división. Nunca se sintió “desacreditada” por los jugadores, aunque le tocó tomar decisiones complicadas. Pero aún sigue chocando con una resistencia sorda. “No he tenido mayores problemas, los jugadores me han aceptado desde el primer momento. Al contrario, creo que a veces hasta se intimidan un poco, quizás porque no es lo mismo discutirle o írsele arriba a una mujer en un partido de fútbol que írsele arriba a un hombre”, dice.

Sabrina Clavijo, 36 años

Sabrina Clavijo
Foto: Marcelo Bonjour

Cuello de botella

Mientras fue estudiante nunca sintió la discriminación. Ni siquiera cuando obtuvo el doctorado en Ciencias Biológicas al coronar su carrera. Pero a partir de allí comenzó un verdadero “cuello de botella”. Sabrina Clavijo es docente e investigadora en Facultad de Ciencias, trabaja en el área de Etología y desarrolla un proyecto de investigación propio que estudia la relación entre el cambio climático y el desarrollo de vectores como la vinchucha, agente del Mal de Chagas.

Mientras formaba parte del Instituto Clemente Estable, Sabrina asistió a un seminario dictado por un investigador de la Universidad ORT, que daba cuenta de cómo las cuestiones de género estaban pesando en el reconocimiento a trabajos académicos. “El trabajo de este investigador de la ORT decía que frente al mismo currículum, una mujer que trabaje en ciencias médicas tiene 60 por ciento menos de posibilidades de pasar a las categorías altas que un hombre”, recuerda Sabrina.

Algo que luego constató en su medio profesional, cuando se enteró de que amigas y colegas suyas habían sido dejadas de lado en beneficio de un varón para, por ejemplo, estar al frente de un proyecto de investigación. Se considera bastante afortunada al ver aprobado su proyecto y su lugar como docente, pero no deja de ver el cuello de botella en los cargos más altos. “Tengo dos hijas, y trato de educarlas con el ejemplo”, dice Sabrina. Su esposo también es biólogo, por lo que las ciencias están muy presentes en su hogar. Sin embargo nota cómo estos temas no están “agendados” por sus colegas. “En los congresos internacionales, por ejemplo, nunca nadie me pregunta con quién dejé a mis hijas, es como que en ese sentido ni se habla del tema”, dice Sabrina.

Arbitrar entre varones, ser agente del orden, levantar paredes o poner la ciencia al servicio de la sociedad son tareas de todos. Un todos incluyente, por supuesto.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)