COLUMNA — CABEZA DE TURCO

Un muchacho como yo

Washington Abdala

Palito Ortega
Palito Ortega en la película "Un muchacho como yo".

"Un muchacho como yo que vive simplemente, que confía en los demás y dice lo que siente, un muchacho como yo, preciso exactamente, una chica como tú, definitivamente… Una chica como tú, que sabe lo que espero, que quiere de verdad, las cosas que yo quiero”.

Así arrancaba una canción de Palito Ortega que deambulaba su narrativa sobre lo que somos las personas, con miradas sencillas, con sentimientos primarios y con mucha buena fe.

No es por mal tipo, pero ese mundo de Palito Ortega se hizo humo. Estamos en otro donde nadie confía en nadie.

El mundo del presente tiene al primer presidente del planeta gobernando por Twitter (¿tenía otra forma de hacerse oír y respetar en un país con un sistema comunicacional dominado por el Partido Demócrata?) y en medio de peleas retóricas cotidianas. La pelea empieza virtual y luego se transforma en real. De la posverdad a la verdad.

El mundo actual adora al capitalismo y lo asumió como objetivo existencial cuando hace unas décadas era el pecado. ¿Cuántos “progresistas” del ayer que clamaban por justicia social, el día que hicieron tres mangos pasaron a adorar al billete verde y dejando al “Che” como un recuerdo simpático de su juventud? Se les fue la “sencillez” a la gran siete y en el fondo no eran “eso” romántico que cantaba Palito. El día que les pintó, se las tomaron, dejaron a la vieja en el barrio de la niñez, pero los flacos rajaron para Miami a bailar Reggaetón y laburar en la jungla.

Por eso, en estos tiempos donde ya no existe un mundo sencillo y básico, hasta la política es un loquero, con algunas gentes que están tronadas, con oportunistas a bordo, con buscadores de fama en la proa y en la popa, lo mismo que pasa en buena parte del planeta. No sé, nunca pensé que el sistema político uruguayo pudiera albergar tanto loco en serio. Me equivoqué una vez más. Fadol o Tortorelli eran lo que eran por eso la gente se mofaba de ellos. Ahora (no doy nombres, pero sobran) emergen personajes de naturaleza alienante por todos lados y creyendo (de veras se la creen) que gritando cuatro burradas las masas ciudadanas los votarán entusiastas. Y lo raro es que, como todo requiere acting y buenas “performances”, los medios masivos alimentan “monstruitos” que luego andá a saber dónde terminan.

En estas semanas varias líderes (eran todas mujeres) del pensamiento internacional le han recriminado a los dueños de Silicon Valley sus responsabilidades en la afectación en la calidad de las democracias del presente, por la accesibilidad genérica que Internet le dispensó a tanto protagonista inesperado. ¿Trump y Brexit existirían sin Facebook? Me temo que no. Pero ¿no es mejor ser lo que realmente queremos ser? ¿O nos tienen que servir el té a las cinco? Con franqueza pienso que si Internet fuera solo para públicos cultos, con un coeficiente intelectual determinado, en realidad volveríamos al elitismo. ¡La democracia al garete!

Lo que nos tiene que preocupar es el “populismo” y en eso las plataformas no deberían discutir sobre “privacidad” sino sobre “autenticidad”. El asunto no se arregla con prohibiciones. Nunca nada se soluciona prohibiendo nada.

De lo que se trata es si la ira y el enojo valen en Trafalgar Square en Londres o la Place de la Republique en París porque el reclamo es legítimo, y no porque cuatro cretinos les dieron manija cínicamente a un grupo de jóvenes para movilizarlos por sus intereses pueriles. Pero digamos las cosas como son: los millones que ladran no parecen ser Blancanieves. Son gente que está furiosa de verdad y que las redes sociales solo “motorizan”. Pero las redes sociales no inventan las broncas: las broncas existen.

Por eso el mundo ya nunca más será el de Palito Ortega. Saberlo no viene mal para no llamarse a sorpresa con algún que otro comportamiento social de la gente.

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