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Montevideo cortazariano

Una exposición y un safari fotográfico organizado por el Grupo Cultural del Plata permiten reencontrar al aclamado escritor argentino en las calles de una ciudad por la que supo caminar.

Tour "El Montevideo de la Maga". Foto: @sanantoniostudiouy
Tour "El Montevideo de la Maga". Foto: @sanantoniostudiouy

Del Cervantes, aquel hotel que tuvo a Julio Cortázar en la habitación 205, ya no queda mucho. Sobrevive la fachada, la caja de escaleras y el recuerdo de que él, el del boom latinoamericano, no solo estuvo ahí, sino que en esas paredes y en una puerta se inspiró para escribir uno de sus tantos cuentos: La puerta condenada. No se puede conocer la habitación, porque de lo que era tampoco queda mucho: “En la habitación había una pequeña ventana que daba a la azotea del cine contiguo; a veces una paloma se paseaba por ahí. El cuarto de baño tenía una ventana más grande, que se abría tristemente a un muro y a un lejano pedazo de cielo, casi inútil. Los muebles eran buenos, había cajones y estantes de sobra. Y muchas perchas, cosa rara”, describe Cortázar en el cuento.

Detrás de “la puerta condenada”

“Leo El lado de la sombra de Bioy Casares (...) Curiosa coincidencia: En un cuento de ese tomo, que se llama Un viaje o el mago inmortal, el protagonista busca pieza en el Hotel Cervantes (donde yo ubiqué mi ‘puerta condenada’), y como no la encuentra, se pasa a otro hotel donde, desde su cuarto, oye lo que pasa en el de al lado (...) De ninguna manera insinúo que Bioy conocía ya mi cuento (...); pero en cambio me maravilla el poder mágico de los hoteles montevideanos”, cuenta Cortázar en una carta. A La puerta condenada, uno de los cuentos que publicó en Final del juego (1956), Cortázar la ubicó en el ex Hotel Cervantes, donde vivió un mes, a fines de 1954, en la habitación 205. Trata sobre Petrone, un argentino que viaja a Montevideo por negocios y por las noches escucha el llanto de un bebé a través de una puerta tapada por un armario.

El tiempo y las reformas hoteleras la actualizaron. Pero estar ahí, aunque sea en el hall del hotel, es, para sus seguidores, compartir el espacio que, saben, pisó su ídolo entre noviembre y diciembre de 1954. Allí estuvo por lo menos un mes, cuando vino a Montevideo para aburrirse “con la Unesco y sus delegados” (como escribió en una carta de enero de 1955 al historiador argentino Damián Bayón). De aquel “hotel sombrío, tranquilo, casi desierto”, no queda nada, pero parece ser el punto ideal para invocar una vez más a un campeón de las letras latinas.

Carmen, de unos 60 años, viste una capelina negra, una remera blanca que tiene la cara estampada de Cortázar, y usa un bolso de tela oscura que también lleva al escritor grabado. Espera, junto a un grupo de más de 40 personas, a que arranque el tour que los llevará por “el Montevideo de la Maga”. Porque —sabrán los que lo leyeron— Lucía, la Maga, la protagonista de Rayuela, era montevideana, nació en el Cerro, y eso, claro, es algo de lo que los lectores orientales aficionados a Cortázar se jactan. Carmen no lleva ni cámara ni celular (no usa), y aunque el tour organizado por el Grupo Cultural del Plata fue promocionado como un “safari fotográfico”, lo que le interesa a la fan de la remera estampada es acercarse una vez más al escritor y, más que seguirle los pasos a la Maga, seguirle los pasos a Cortázar. Lo lee, cree, desde los años 60. No se acuerda bien, pero es una enamorada, comparte que alguna vez lo vio de lejos, alto, caminando por la ciudad. Comenta que le sorprende ver tantas caras jóvenes entre los anotados para el safari.

Una de esas caras es Gabriela, estudiante de Literatura que conoció a Cortázar en el Liceo y no lo largó más. Se enteró del tour esa misma mañana, cuando se levantó y lo leyó en internet. Inmediatamente despertó a su hermana y le pidió que la acompañara. Además, cree que está bueno que haya opciones así para los que viven un verano en la capital. Cultura y turismo de la mano.

Circuito fotográfico

El paseo, curiosamente, no es solo de aficionados. También hay brasileños y franceses, turistas que estaban en el hotel y aprovecharon el momento para conocer la ciudad de una forma diferente. Además hay montevideanos que no leen a Cortázar, pero como nunca salen a pasear por la ciudad, les pareció oportuno. Y unos cuantos más que van porque sacar fotos escuchando historias entremedio, tiene su gracia.

Antes de empezar el recorrido, se aclara la consigna: será un circuito para sacar fotos, con cinco puntos aparte del hotel (Plaza Independencia, Teatro Solís, Plaza Matriz, Plaza Zabala y Mercado del Puerto) en los que nos detendremos para que Sylvia Gonfilio, profesora de literatura argentina y especialista en la obra de Cortázar, lea fragmentos de Rayuela. Además de la docente, acompañará el paseo la fotógrafa Rox Boyer, miembro del Grupo Cultural del Plata, también argentina y quien se encuentra exponiendo Cortázar en París en el ex Hotel Cervantes, ahora Hotel Esplendor. A ella se debe ese trayecto distinto por Ciudad Vieja.

Como muchos rioplatenses, Rox Boyer estudió a Cortázar en el colegio. Volvió a darse de frente con él cuando hizo un curso de escenografía, ambientación e iluminación, y su trabajo final fue crear una escenografía para una adaptación teatral de Casa Tomada. “Volví a tener contacto, pero no era fanática”, enfatiza. Entonces se fue a París, después de exponer obras en una galería de Amsterdam, y empezó a encontrarse con la literatura de Cortázar en rincones de la ciudad. Los fotografió. “Volví con todo a Julio”, dice, y desde el 25 de enero expone el resultado de ese ensayo en el Esplendor, donde estará desde el 21 de abril. La idea es que la exposición itinere tanto por Montevideo como por el interior del país.

Y lo que le sucedió en su recorrido por París, Rox Boyer intenta recrear en Montevideo. Vino de la mano de Sylvia Gonfilio y sus lecturas sobre las amigas de la infancia montevideana de la Maga, sobre el Cerro y el puerto, sobre esa ciudad que para Oliveira era lo mismo que hablar de Buenos Aires, sobre el “bondi” que lleva a Pocitos, los lagartos a la orilla del río y las campanas fundidas después de la batalla.

Después de cada lectura, que parece la parte favorita de los turistas (locatarios y extranjeros) que usan la cámara más como excusa, está el intercambio de análisis literarios exprés entre aficionados, los obturadores de otros, y así hasta terminar de caminar todos los puntos. “Quería más sobre Cortázar”, se escucha decir a una de las paseantes. Pero el motivo del tour no era ese (la lectura fue solo un mimo al alma) sino el tratar de captar la esencia del Montevideo que de alguna manera atrapó a Cortázar, tanto como para convertirlo en un punto de referencia en su libro más celebrado.

Cruzar el río

“Y yo me quemo la sangre en esta aburrida ciudad a la espera del día de cruzar el río color de león”, escribió el argentino en una carta al artista Eduardo Jonquières el 27 de noviembre de 1954. Esa ciudad era Montevideo y el color de león era del Río de la Plata. Porque sí, en algún momento Cortázar aborreció la ciudad al frente de la suya, pero le bastó ese mes que pasó en el Cervantes para encontrar inspiración y maravillarse con el “poder mágico de los hoteles montevideanos”, como escribió nueve años después al traductor y editor Francisco Porrúa en otra carta.

En esas misivas y otras tantas (publicadas en cinco tomos editados por Aurora Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga) se pueden trazar los puntos del escritor (y no solo de sus personajes): era un asiduo a Carrasco (porque se hizo muy amigo de Marta Llovet y Jean Barnabé, franceses residentes en Uruguay que tenían su casa en ese barrio), le gustaba la playa de Pocitos, caminar por 18 de Julio y parece que frecuentaba el café Tupinambá, el que estaba en Juncal y Buenos Aires. Entonces sí, Montevideo, además del hogar poco querido, pero a la vez añorado de la Maga, fue escenario de caminatas cortazarianas. Y al que guste seguir esos pasos, aunque sea los de Lucía, el “safari”, aún sin fecha concreta, se repetirá entre marzo y abril.

La capital francesa por Rox Boyer
Tour "El Montevideo de la Maga". Foto: @sanantoniostudiouy

Hasta el 21 de abril se podrá visitar la exposición Cortázar en París, en el Hotel Esplendor. Luego, la muestra, con fotos de la argentina Rox Boyer, irá por otros espacios de la capital uruguaya y por el interior. El siguiente punto confirmado es el Ateneo de Montevideo.

Las fotos surgieron de un viaje de Boyer a la capital francesa, donde caminando por la ciudad empezó a toparse con señales de la literatura cortazariana, a las que terminó por transformar en un ensayo fotográfico dándoles su punto de vista a postales parisinas.

El vínculo con colegas uruguayos
Julio Cortázar. Foto: AFP

“Hablando de Montevideo, tuve una de las mejores recompensas de mi vida: una carta de Onetti en la que me decía que El Perseguidor lo tuvo quince días a mal traer”, decía Julio Cortázar en una carta de 1961 a Francisco Porrúa. Porque si de unir a Cortázar con Uruguay se trata, una de las puntas puede ser su intercambio con escritores orientales. Sabida es su admiración por Felisberto Hernández. Pero también está su contacto con Marcha (donde escribió) y su gente o su intercambió epistolar con Ida Vitale, de quien celebraba su poesía.

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