COMPORTAMIENTO

La moda de ser igual a todos

La filosofía del normcore es optar por un look anodino, sin pretensiones, cómodo y alejado de los estilos que proponen las grandes marcas. Lo cool es no destacarse.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Los jeans, los polerones de polar y las medias deportivas son clásicas del "no estilo"

El artículo apareció en New York Magazine, un año atrás. Su título destilaba ironía y provocación: "Normcore: La moda para quienes se dan cuenta de que son uno entre siete mil millones". El texto, escrito por la periodista Fiona Duncan, analizaba el auge y la expansión de una propuesta estética entre los seguidores de la moda que, ilógicamente, se oponía a los principios que todos siguen a la hora de vestirse o imitar un estilo. Lo que el normcore (o normocore, si queremos castellanizarlo) propone es optar deliberadamente por prendas de vestir sin personalidad, de apariencia anodina y de origen masivo con la idea de crear un look cómodo, sin pretensiones ni riesgos excesivos. La intención, explicaba Duncan, es estructurar una nueva forma de resultar cool, en lugar de esforzarse por ser supuestamente diferente al resto.

Así el normcore se puede resumir como la revancha de quienes no quieren seguir la moda o, más tajante aún, como el estilo de las personas a las que no les interesan las tendencias ni pretenden ser únicos y originales en sus guardarropas. El antónimo de uno de los mandamientos que la moda viene proponiendo desde sus orígenes —una de las frases más celebres de Coco Chanel fue "para ser irremplazable, uno debe buscar siempre ser diferente"— y que en los últimos años había sobrepasado todos los límites con la aparición de figuras y celebridades para quienes la excentricidad era la consigna. Especialmente los fashion freaks —como fueron bautizados los personajes que pululan por los desfiles con looks fuera de todo lo establecido — que asumían la originalidad como lucir tan raro y atrevido como fuera posible y se jactaban de llevar todas las prendas y accesorios de última moda que soportaran sus humanidades, sin importarles el resultado visual de la mezcla. Esta propuesta también reniega de la independencia hipster que tan rápido como apareció fue adquirida por el mainstream y luego copiada y reinventada por millones de jóvenes en el mundo. Y si nos apegamos a la esquizofrénica lógica con que se mueve el negocio de la moda, lo único que faltaba era renegar de ella. Porque cuando una mayoría busca la originalidad, la única forma de diferenciarse es ser antimoda.

La locura fashionista por la excentricidad como la mitificación del fenómeno hipster prepararon la tierra para que surgiera el normcore. Para que repentinamente los pantalones ajustados con estampados excesivos o firma de diseñador le dieran paso a jeans gastados, casi sin forma y con tiro alto como elemento central de un look desaliñado y, supuestamente, poco preparado. Para que las faldas a media pierna o vestidos sin mayor gracia se impusieran frente a los modelitos ajustados o saturados de adornos. Para que los tacos aguja y los zapatos ultra sofisticados dejaran de ser los más deseados y en su lugar aparecieran championes —mientras más fuera de moda mejor— o sandalias de goma como las de Adidas, de turista o de abuelo en día domingo tipo Birkenstock. Otras de las prendas más nombradas entre los cultores de este look serían las chaquetas o polerones de polar, las camisas blancas sin marca vistosa, las medias gruesas casi deportivas y las camisetas básicas de la etiqueta Fruit of the Loom. Pero las enumeraciones de detalles clave son contraproducentes a la moral de esta tendencia antimoda. El secreto del normcore tiene letra pequeña: no requiere el más mínimo esfuerzo. Aboga por la espontaneidad, la despreocupación. Nada de pretensiones. Tampoco ironías contra la moda, porque hacerlo significa tomarla en cuenta.

Además, dicen los normcorers, no todo es cuestión de la ropa: la clave no está en el look, sino en la actitud.

El origen.

El término normcore es una mezcla de las palabras normal y hardcore. Fue acuñado por el colectivo cazatendencias neoyorquino K-Hole en noviembre de 2013, cuando publicó un informe que analizaba los hábitos de consumo de los veinteañeros neoyorquinos. La muestra se llamó Moda joven: un reporte sobre la libertad, fue escrita en un lenguaje casi académico y curiosamente a pedido de una galería de arte londinense que preparaba un proyecto conceptual, no por alguno de sus clientes habituales, como agencias de publicidad y casas de moda.

Según el informe de K-Hole, la idea de normcore poco tenía que ver con la moda, porque estaba más relacionada con una actitud sociológica de un grupo de jóvenes cercanos al mundo del arte, más interesados en definirse como personas que en seguir una tendencia. La definición oficial decía así: "Se trata de alejarse de lo cool basado en la diferencia, para acercarse hacia una postautenticidad dentro de la igualdad". Y remataba: "El normcore busca la libertad que viene al renunciar a la exclusividad. Si lo indie era la celebración de la diferencia, lo normcore es la celebración de lo igual".

Emily Segal, una de creadoras de K-Hole, explicó a la edición británica de Vogue la idea detrás de este estilo hipernormalizado: "Hay un agotamiento de intentar parecer diferente. La gente está realmente cansada pues para lograrlo, tiene que ser diferente a todos quienes los rodean. Y eso es imposible".

Durante un par de meses el concepto solo fue motivo de conversaciones y teorías dentro de un reducido circuito de arte neoyorquino, hasta que llegó a oídos de Fiona Duncan, quien lo reporteó entre jóvenes de escuelas de diseño y arte, en los barrios hipster de Brooklyn, entre blogueros de moda y estilistas de revistas alternativas. Luego publicó su artículo en New York Magazine.

Lo irónico es que esa postura volvía cool a sus seguidores. Y para peor, los puso de moda. El término normcore fue replicado infinitas veces en las redes sociales con tuits y memes que se burlaban de la idea. También fue reportado por The New York Times, The Guardian y diferentes revistas de moda. Vogue París escribió sobre la nueva antimoda y Lucky —una publicación adolescente— publicó una guía con lo complementos esenciales del "no estilo". Hoy, una rápida revisión en las búsquedas en Google de la palabra normcore arroja más de un millón de aciertos.

El neologismo también ha dado origen a diversas teorías en internet. Una de las opiniones más repetidas es que el normcore es la respuesta de una sociedad cansada de la omnipresencia de la maquinaria de la moda: revistas, websites, fotografías de las pasarelas infinitamente publicadas, alfombras rojas, listados de bien o mal vestidos, y un largo etcétera de derivados que la replican hasta el cansancio. Y también aburridos de la sobrepoblación de tribus urbanas que imponen códigos de vestir cada vez más intrincados y excéntricos, cuyas prendas emblemáticas luego son reversionadas por las grandes cadenas de fast fashion que logran neutralizar comercialmente las propuestas que en algún momento fueron alternativas o fuera del sistema. En este punto es donde vuelve a aparecer el fenómeno hipster, que poco duró con su postura independiente, antes de ser comercializada como el look de los últimos modernos y de popularizar su gusto por los anteojos gruesos y su estética retro inocente.

Muchos no han dudado en relacionar esta antimoda con otra corriente similar que surgió en los 90, primero con el estilo grunge —vestidos y ropas estudiadamente desestructuradas— y la imagen de Kate Moss para las campañas de Calvin Klein con jeans holgados y camisetas básicas. La normalidad fashion de esa época.

El estilo de la seguridad.

El editor de la publicación de moda Garmento y estilista de varias otras publicaciones alternativas, Jeremy Lewis, aseguraba hace un tiempo al blog The Cut que el concepto de normcore representaba un "sentimiento antimoda, lineal hasta la extenuación que ha ido devorando todas las tendencias en cuestión de meses" y que surgió porque seguir la moda actualmente se asocia con ser consumista más que con buscar una herramienta de identidad. "Nace como una declaración de intenciones frente al hecho de que no hace falta la ropa para defender nuestra personalidad", escribía Lewis, quien nombró como grandes representantes de la tendencia a Steve Jobs y al comediante Jerry Seinfeld, dos personas que ningún conocedor de la moda nombraría como íconos de estilo. En este listado de personajes iconográficos del "no estilo" también pueden estar Mark Zuckerberg —quien no se despega de sus camisetas y polerones— y hasta Barack Obama, involuntario paradigma de la normalidad.

Pero el normcore no se limita a los hombres. Y quizás una de las claves entre sus seguidoras sea que su búsqueda de uniformidad les exige ser mujeres con autoridad y confianza interior. Un estudio de la Harvard Business School apoya esta teoría: luego de examinar cómo los vendedores de varias tiendas de lujo de Milán se comportaban frente a un compradora vestida con chaqueta deportiva y aspecto despreocupado y frente a otra vestida más formalmente, descubrieron que ante la primera mostraban mayor atención. La percibían como más segura y decidida a comprar.

En este punto surge una de las grandes críticas al normcore como propuesta de estilo, porque podría tratarse de un capricho de lucir normal de una clase privilegiada que perfectamente puede llevar ropa costosa a la que la mayor parte de la población no puede acceder.

Paradoja inevitable

Para desgracia de sus seguidores, el normcore ya ha comenzado a dar señales de su existencia en las colecciones femeninas. Para Chanel, Karl Lagerfeld transformó la pasarela en un supermercado (¿hay algo más normcore que eso?) por donde las modelos enfundadas en pantalones tipo buzos deportivos y chaquetas caminaban arrastrando sus carros de mercadería. Antes, Givenchy, Céline y Prada habían reinventado las sandalias deportivas en diseños de lujo y otras etiquetas habían hecho lo mismo con los bolsos-banano, tradicionalmente patrimonio de los turistas de clase económica. En la revista Lucky, la periodista Alison Syrett Cleary confirmó que, a pesar de lo que querían sus cultores, esta antimoda terminó siguiendo el camino de todas las tendencias: convertirse en un fenómeno comercial. Los normcorers, escribió, "están trabajando con la mezcla del estilo tradicional de la clase media norteamericana que se viste con ropa del centro comercial, pero tratan de ponérsela de una manera que resulta poco halagadora. Lo hacen como opción para ser distintos, aunque renieguen de eso".

Los iconos famosos

Steve Jobs (recordado por su gusto por los jeans y suéteres de cuello alto), el comediante Jerry Seinfeld, el creador de Facebook Mark Zuckerberg o las actrices Kristen Stewart y Chloë Sevigny son algunos normcorers famosos e involuntarios. El uso de jeans sin forma, remeras blancas, chancletas o zapatos casi ortopédicos los ponen allí.

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