EL PERSONAjE i El Gucci

"Mi sueño era dejar una huella, y lo logré"

Nunca estudió música pero siempre supo lo que quería. Se hizo un nombre en la movida tropical a fuerza de plena y carisma. Hoy, disfruta el reconocimiento de la gente y los colegas.

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"Con Rada pegamos tanta onda que me invitó a grabar con él", contó El Gucci.

DANIELA BLUTH

En Palermo, El Gucci (30) se mueve como pez en el agua. Todos lo conocen y él conoce a casi todos. Y si no, igual saluda. Responde al grito fanático de los niños en la puerta de la escuela. Paga "peaje" a los cuidacoches. Se abraza con el vecino que no veía hace meses. Deja pasar a la señora con el carro de feria que lo mira enmudecida. Le preguntan por su próximo show en el Teatro de Verano. Por el disco nuevo. Por sus hermanos y el viejo Serafini. Por el último partido de Nacional. El Gucci no escatima en gestos, sonrisas, afecto. No escatima en nada, en realidad.

Su camioneta Nissan —blanquísima y llamativa en un barrio de autos modestos—, circula por las calles al ritmo del nuevo disco de Ruben Rada, Tango, Milonga & Candombe, su más reciente adquisición. "El Negro cantó conmigo para mi próximo disco, lo conocí ahí, y pegamos tanta onda que me invitó a grabar con él... páhhh", dice mientras golpea el volante a ritmo de tamboril. La entrevista, que iba a ser en el bar El Gaucho, del cual es habitué, se traslada a la parrillada Recoleta, también en el barrio, donde su padre lo espera para un almuerzo, finalmente trunco. El Gucci invita a sentarse en la única mesa libre sobre la ventana. "Arrancá asesina", dice y se dispone a contar su historia. Se prende el grabador pero poco cambia. El Gucci, persona y personaje, es siempre el mismo.

Su celular no deja de sonar. Lo hace una, dos, tres... varias veces. Contesta algunas llamadas, otras las deja para después. El último en buscarlo es Robert Pintos, productor de su próximo álbum, La música es música, que saldrá en octubre. Él también quedó en almorzar con el requerido Gucci. Y también tendrá que esperar. El músico lleva su agenda en la cabeza, y por más recordatorios de WhatsApp, siempre algo le queda por el camino. "Soy un desastre, perdón", se excusa más de una vez. Es que en los últimos tiempos el sueño de cantar con banda propia trajo algo más que música. En 2014 un comercial de Claro lo volvió masivo entre el público que no consumía música tropical. El personaje estaba instalado. Aumentaron los shows, hubo participaciones especiales en discos, una nominación a los premios Graffiti, entrevistas en la TV. La semana pasada, sus "120 kilos de sabor" volvieron a ser el centro de atención por una campaña para pinturas Renner filmada en Rio de Janeiro en dupla con la modelo Patricia Wolf.

Sin embargo, para El Gucci los mojones son otros, bastante más lejanos en el tiempo. A nivel personal, la muerte de su madre Zulma, el 20 de febrero de 2012. "Podría haberme tirado en una cama, que era lo más fácil. Pero no. La postura que agarré fue si no lo hago por mí al menos tengo que salir adelante por ella", recuerda. A la semana él mismo coordinó un ensayo con la banda, "el peor de mi vida", recuerda, pero también el primero de una nueva etapa. A nivel artístico, el quiebre llegó con la grabación de Agua que me quemo, de Fragancia, el tema que lo hizo famoso y que, en un principio, tuvo la banda en contra. "Teníamos la idea de hacer guaracha, salsa, más de lo mismo... Cuando encontré este tema en realidad estaba buscando otro. Nadie lo quería hacer, pero yo veía el éxito a un paso".

Ese olfato es, sin duda, gran parte de su mérito. Pero también hay que sumar una buena cuota de carisma y mucho de oído. El Gucci siempre dice que no sabe nada de música, ni de métrica, ni de armonía, pero sí sabe lo que quiere. ¿Cómo lo transmite? Solo le basta tararear.

Personaje.

Gucci no es un nombre artístico sino el diminutivo en italiano de Gustavo. Así le dicen a Gustavo Serafini desde los tres años, incluso antes de empezar el preescolar en Palermo, el barrio en el que nació y creció. Cursó algunos años en la escuela Francia, de la que lo invitaron a retirarse por mala conducta. "De chico era muy malhumorado, no sé por qué... pero era un demonio de verdad. Siempre me peleaba con los más grandes, no me importaba nada. Estoy seguro de que muchos compañeros de aquella época no deben poder creer lo que me ha pasado". De ahí pasó a la escuela Suecia, donde llegó a ser escolta del pabellón nacional. "Acá eran todos indios y yo era el pollito mojado, aunque igual me las arreglaba para hacer de las mías", recuerda.

Nunca tuvo una vocación clara. Aquello de soñar con ser jugador de fútbol, astronauta o... músico, no pasaba por su cabeza. Por esa época, su punto fuerte era el dibujo. "Mi madre siempre decía que yo era el artista de la familia, que iba a terminar trabajando en Disney, porque dibujaba bien. Cuando todos hacían los fosforitos yo hacía las figuras con volumen, me salía natural, pero nunca me dediqué". Estudió hasta 5° año de liceo y nunca empezó ninguna facultad.

Sus padres se divorciaron cuando El Gucci era todavía un niño. Su padre trabajaba empleado en Metzen y Sena y su madre como administrativa con multiempleo. Su casa no era "muy musical", pero en la radio solía sonar Juan Luis Guerra y la española Rosana. Sin embargo, la primera canción que le quedó grabada fue una de Freddie Mercury. "Increíble, ¿no? Porque no tiene nada que ver con lo que hago ahora".

Mientras intentaba armar una banda tuvo una productora audiovisual con su hermano y trabajó en el rubro gastronómico. Empezó en un café de Carrasco del que guarda los mejores recuerdos. "Me llamaron como encargado y el primer día me mandaron para la bacha porque faltaba gente. ¡Y aguanté como un campeón!". Su último trabajo antes de meterse de lleno en la música fue en la heladería de un amigo. "Estaba en el seguro de paro y mi hermana me había dado el ultimátum. Empecé en la cafetería y después pasé a hacer los helados". Ahí, El Gucci, que no toma alcohol ni mate, probó de todo: helado de vino, de whisky y hasta de yerba.

—El alcohol está muy ligado al mundo de la noche y la música, ¿qué te llevó a la decisión de no tomar nunca?

—Es un tema de la cabecita de cada uno. Me indigna ver a la gente manejar borracha, por ejemplo. Yo viví en Palermo toda mi infancia y mi juventud, y creo que se te pega lo que vos querés que se te pegue. Yo nunca fumé un porro, nunca tomé merca, nunca me agarré un pedo, lo máximo que tomé fue sidra, y tampoco me gusta. Sé que suena raro, y más con mi personalidad... todo el mundo tiene esa idea de que yo soy el peor de la clase.

Por algún lado tiene que "canalizar", dice, y lo hace por la comida. "Festejo con asado y me pongo triste con asado", cuenta y se ríe. Pero además, admite, los kilos forman parte esencial del personaje. "Así soy un gordo desfachatado. Imaginate si fuera flaco y con mi actitud, hubiera quedado como un arrogante". Supo pesar 74 kilos. En el celular guarda una foto con orgullo; en su placard hay ropa de todos los talles, del M al actual XXL.

Abrazos.

Hoy El Gucci es una marca registrada. Hace un promedio de 12 shows por semana, que sobre fin de año casi se duplican. Tenerlo en tu fiesta cuesta alrededor de 30 mil pesos. Asesinos del sabor, la banda con 13 integrantes, hace una plena diferente. Algunos le dicen "plena cheta", él habla de un sonido propio y de estrechar lazos. "Siento que soy un nexo entre los géneros". Más que "la aceptación", valora "el reconocimiento" de los otros artistas. "Que vengan y te den un abrazo. El otro día fui al festejo por los diez años de La Santa en La Trastienda y cerraron conmigo. El grito de la gente y el reconocimiento de todos los roqueros fue lindo. Mi principal sueño era dejar una huella en la historia de la música tropical. Y creo que lo logré. Después se empezó a ir todo a la mierda, por suerte". En ese sentido, su máximo orgullo es su nuevo disco, del que por estos días ajusta detalles. En él canta junto a Rada, Jorge Nasser, Mandrake Wolf, Francis Andreu, Alejandro Balbis, el Chole y Tabaré Cardozo, entre otros.

—¿El éxito te cambió la vida?

—Sí, por completo, pero no solo por lo económico. No quiero ser hipócrita, me encanta vivir bien y vivir de esto, que me encanta, que es la música. Me encanta que me pidan fotos, pero ahora cada peso que agarro lo meto en sonido o en proyectos como el nuevo disco. ¡Me chupa un huevo la plata!

SUS COSAS.

Su casa.

Con el dinero de la música, El Gucci se compró una casa. Pero no en Palermo, sino en Neptunia, lejos del barrio de toda la vida. Es que el éxito que le trajo tanta felicidad también terminó con su vida privada. "No puedo sentarme en la Rambla a tomar un refresco tranquilo. Allá voy a poder alejarme y extrañar, que hace bien".

Su cuadro.

El Gucci es hincha de Nacional y asiduo espectador en el Parque Central. No se pierde un partido, ni siquiera cuando está cansado o de mal humor. Eso sí, a los 90 minutos de juego les tiene que sumar un par de horas dedicadas a los fans. "Los que se estresan son los que van conmigo, porque yo tengo una regla: me saco foto hasta con la última persona que me pide".

Sus tatuajes.

El primer tatuaje de El Gucci fue Juno, un perro al que paseó durante años. Después llegaron sus ídolos, en ambos brazos: Celia Cruz, Víctor Manuelle y Tito Puente, entre otros. En un muslo tiene a su familia; en el otro a una exnovia. La espalda quedó para sus dos perros Pitbull. "Son dos masitas, como mis hijos, solo les falta hablar".

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