IGOR YEBRA

"Mi mayor responsabilidad es no defraudar al público"

Dejó el fútbol por el ballet y en la danza encontró su vocación. El español llegó para tomar la dirección del Ballet Nacional del Sodre con el objetivo de hacerlo más visible fuera de fronteras.

Igor Yebra, el nuevo director del Ballet Nacional del Sodre

Hay una convicción. Hay una certeza que no deja lugar a ninguna duda. Hay algo que sabe, Igor Yebra, y que lo impulsa a seguir. Y a siempre querer más. Y a soñar más lejos y a volar más alto. Fue la misma convicción que lo hizo bailar y sonreír durante una lesión grande y grave, para que nadie más supiera de su dolor; la misma que lo hace levantarse cuando todo se viene abajo. Y es la certeza de que "esto es muy corto". Esto, para Igor, es la vida. "Aunque dure cien años sigue siendo corta. Pero es que además no tenemos seguridad de que pueda durar cien años, cien horas, cien minutos o cien segundos. Entonces, no desaprovechemos el tiempo, en ningún sentido", dice.

Y así es cómo ha transitado toda su carrera este bailarín español de 44 años que llegó a Uruguay a comienzos de 2018 para tomar las riendas de la dirección del Ballet Nacional del Sodre (BNS), tras la decisión de Julio Bocca de dar un paso al costado. Sin embargo, al menos por la primera parte del año, la vida de Igor, padre de una niña de dos años, lo mantiene repartiéndose el tiempo entre sus dos países: España y Uruguay, donde incluso ya tiene cédula. Va cada tanto a Madrid; primero porque es parte del elenco de una obra de teatro, con la que estaba comprometido previo a que surgiera la posibilidad de venir; luego porque tiene una escuela de danzas en Bilbao, su ciudad; y después, porque forma parte de Fama, a bailar, un programa de la televisión española. "Tengo muchas otras cosas, mi vida y mi carrera siempre han sido así, lógicamente la prioridad en estos momentos es el BNS, hay mucho por hacer aquí".

Gracias a ellos.

A veces nuestro futuro no depende de nosotros. Eso, al menos, es lo que le pasa a los niños: depende de las personas que tengan alrededor. Eso, al menos, es lo que le sucedió a Igor, o es lo que él cree.

Nació en la ciudad de Bilbao, al Norte de España. Sus padres hubieran querido ser bailarines, pero no pudieron. Sin embargo, la cultura siempre estuvo presente en su casa y en su vida. "A veces eso puede estar ligado a una clase social alta. Para nada, al menos en nuestro caso, y más cuando mi madre se separó, hacía unos esfuerzos muy grandes para que pudiéramos tener un vaso de leche, pero siempre nos pusieron eso a nuestro alcance: teníamos libros, podíamos ver algo de danza cuando había, que tampoco era muy a menudo. Todo eso fue creando un pozo dentro de mí, hasta que un día, eso se despertó".

Fue a los 13 años. Decidió dejar el fútbol (jugaba en las inferiores del Athletic de Bilbao) y estudiar danza. Y en la danza, encontró su vocación, y con ella, una pasión. En Bilbao, por entonces, no había ninguna escuela de ballet. Por eso, a los 14, sus padres decidieron darle una chance para estudiar en Madrid. Igor tenía un año para dedicarse por entero a sus estudios y, si daba resultado, se quedaba; de lo contrario, regresaba. Casualidad o no —aunque suena difícil que en esta historia haya algo casual—, la escuela a la que llegó estaba abriendo una compañía, que es la que actualmente se conoce como el Ballet de la Comunidad de Madrid (de la que salieron bailarines como Ángel Corella o Tamara Rojo). "Yo entré a esa compañía inmediatamente, porque aunque tenía 14, siempre fui muy alto y aparentaba más años de los que tenía, y como había una necesidad de chicos, empecé a trabajar muy rápido. Por eso mi formación no fue en la escuela de ballet y en la clase, mi formación fue directamente subirme al escenario, allí aprendí a hacer un plié", cuenta.

Cree que su carrera ha sido "un poco surrealista". Cree, también, que no es un gran ejemplo de cómo se tiene que hacer una carrera, pero que también demuestra que no hay un único camino para lograrlo. "Solo existe una forma que hay que seguir, y esa sí es la única: el trabajo, eso es innegociable para todos y absolutamente todas las carreras".

Así, la forma que Igor eligió se aleja de la que suelen elegir los grandes bailarines. Él prefirió ser freelance y no establecerse en un lugar. Estuvo en la compañía de Madrid por ocho años y, aunque tuvo una "muy buena formación de ballet", no hacían un gran repertorio clásico. Y él quería bailar los grandes clásicos de la danza. Optó por salir al mundo e ir de compañía en compañía. De esa forma, llegó a bailar 14 versiones diferentes de Giselle e interpretó para un mismo ballet a un Romeo que cambiaba de acuerdo a cada una de sus tres Julietas. "Además soy una persona que me gusta viajar y sentir que estoy constantemente aprendiendo y evolucionando, no me gusta mirar hacia atrás, por lo tanto no me veía dentro de una compañía". De esta forma, bailó con los ballets de las óperas de Burdeos y Roma, con el Nacional de Cuba y La Scala de Milan, entre otros.

Un desafío.

La primera vez que Igor vino a Uruguay fue en 2012, para bailar La viuda alegre, como invitado del BNS. "Desde entonces ya me hice fan del BNS porque vi a lo que podía llegar la compañía y el trabajo que estaban haciendo. Luego lo he constatado con el paso del tiempo y creo que todavía hay más trabajo por hacer y se puede llegar a cuotas más amplias. Por eso también estoy aquí, si fuera simplemente estar por estar, pues no estaría".

—¿Por qué aceptaste la propuesta de dirigir el BNS?

—Lo que me gustó principalmente fue que en el país se estaba haciendo una apuesta por la cultura y poniendo dinero para que esta apuesta se realizara. Y eso es un camino inverso a lo que está sucediendo a nivel mundial y especialmente en Europa, que es donde yo he trabajado estos últimos años: en el momento en el que hay una crisis económica, lo primero que se retira es la cultura. Entonces al ver que había un sitio donde se hacía lo inverso y que estaba sobre todo apostando a la danza, que es lo que yo amo, me pareció maravilloso y pensé que tenía que apoyarlo.

El español tiene los objetivos claros. Habla con seguridad y sabe a dónde quiere que llegue la compañía. Sabe, también, de límites y de realidades. "Una de mis máximas prioridades es exteriorizar el trabajo de la compañía, que se vea afuera. Primero para darle el valor que tiene, y luego para que se den cuenta de que la tecnología está muy bien, pero que si no apostamos por la cultura, que son los valores sociales y lo que forma a las personas, corremos el riesgo de terminar como una película de Steven Spielberg o como los textos de Julio Verne. ¿O vamos a terminar vestidos todos de la misma manera, controlados por máquinas y teniendo un pensamiento único y global? Yo creo que la cultura es lo que nos aleja de eso y por eso tiene que ser primordial y estar al alcance del mayor número de gente posible".

Por eso, Igor quiere consolidar lo ya hecho, quiere consolidar un repertorio propio, quiere que la compañía siga creciendo, quiere formar bailarines, que la gente se identifique con ellos (como lo hacen como María Noel Riccetto). Pero para eso, dice, "tenemos que saber bien quiénes somos": "Con esta inercia a lo mejor uno se crece y se tira hacia adelante y nosotros no somos ni el Real Madrid ni el Barcelona, no tenemos esa tradición ni ese presupuesto. Tenemos que tener los pies sobre la tierra para tomar bien el impulso y ver a dónde llegar. Seamos honestos, francos y claros: yo soy el primero que aspira a llegar a la Luna pero, ¿cuánta gente llega a la Luna?"

Le preocupan las cuestiones burocráticas ("si no me preocuparan sería un estúpido"). Sabe que hay aspectos que exceden a sus ganas de trabajar, a su experiencia, y a la ilusión. "Si detrás no hay un soporte económico y burocrático, apaga y vámonos, no podemos llegar. Pero es igual a lo que ha conseguido el ballet hasta ahora. Aquí ha habido muchos problemas, efectivamente, pero sino hubiera habido un apoyo, no se hubieran conseguido las cosas que se consiguieron".

—Los uruguayos tenemos cierta ilusión con el BNS, ¿lo has notado?, ¿te preocupa mantenerla?

—Claro. Es la mayor responsabilidad de todo lo que yo tengo que hacer aquí: no defraudar a la gente, al público que tiene un amor y un cariño por el BNS, por lo que representa y por los valores que muestra.

Ser siempre un actor.

La primera vez que Igor Yebra se subió a un escenario fue a los 12 años y no fue necesariamente para bailar. "Fue en una obra de teatro en el colegio, se llamaba Los hombres grises y yo era el Agente XY384B. Fíjate si lo tendré marcado que tengo ese nombre dentro de mí".

Para él, ser bailarín implica ser actor. "Yo he sido siempre un actor", dice. Por eso, cuando le llegaron propuestas para hacer teatro, aunque tuvo dudas de si sería capaz de lograrlo, lo hizo. Prefiere intentarlo y no lamentarse luego por lo que hubiera podido ser. Y fue un éxito. Igor forma parte del elenco de Esto no es la Casa de Bernarda Alba, junto con actores como Eusebio Poncela y Óscar de la Fuente, en una interpretación de la obra lorquiana protagonizada por hombres y dirigida por Carlota Ferrer, una de las directoras "más pujantes en el panorama nacional". El espectáculo tiene seis nominaciones a los Premios Max, que reconocen lo mejor de las artes escénicas españolas. "Esta también fue una de las razones por las que decidí no bailar más el gran repertorio clásico, porque quería probarme y darme una chance en eso que era otra pasión y que siempre llamó mi atención, quería crear un personaje a través de la palabra".

SUS COSAS

Su inspiración

Las películas de Fred Astaire lo inspiraron a bailar
Las películas de Fred Astaire lo inspiraron a bailar

Siempre le prestó más atención a la parte de interpretación que a la técnica en la danza. De hecho, Igor empezó a bailar inspirado por Fred Astaire y sus películas: "Me apasionaba, yo veía los ciclos de musicales y me encantaba. Me sigue encantando Astaire".

Su escuela

Igor Yebra en su escuela de danza en Bilbao
Igor Yebra en su escuela de danza en Bilbao. Foto: Instagram Igor Yebra

Cuando se fue de Bilbao para poder estudiar danza, supo que volvería para poner una escuela de ballet en su ciudad, que mantiene desde hace 12 años: "La abrí porque yo no la tuve. No tiene sentido la carrera de quien sea, por muy alto que llegues, si luego las personas que te van a suceder tienen que seguir el mismo recorrido".

Su trabajo

La Bella Durmiente. Foto Ana Paula Chain
La Bella Durmiente. Foto Ana Paula Chain

La bella durmiente, que el BNS estrenó en marzo con récord de entradas, fue su primera producción. "Hubo un trabajo para que todo tuviera una armonía del que me siento personalmente orgulloso, porque aunque no fue una idea mía, hubo que ponerla a funcionar y no ha sido nada fácil".

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