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Memorias del verano

Historias de quienes siempre vuelven al mismo lugar para disfrutar del vínculo con esa playa o ese paseo especial.

verano, vacaciones
Foto: Gentileza

Año tras año y verano tras verano eligen pasar sus vacaciones siempre en el mismo lugar. Tranquilos, rodeados por las cosas que le generan más satisfacción y así poder desconectarse de sus rutinas. Para algunos, lo más lindo está en los recuerdos. Para otros, es el ruido del agua que solo es escucha en ese lugar. Algunas personas sienten que lo mejor es romper el día a día y cambiar radicalmente la forma de vivir en verano. Estas cuatro familias uruguayas deciden año tras año pasar su descanso veraniego en el mismo balneario, en la misma carpa o en la misma casa y generaron un vínculo especial con el lugar.

Veranear desde la panza

Caminar, andar por andar, dejar la vista en un punto fijo y la mente en blanco mientras que los pies avanzan prácticamente de memoria por un suelo conocido desde siempre y un paisaje que hace el resto del trabajo para dar tranquilidad. Esa es una de las cosas que más disfruta Joana Da Silveira (26) cuando va a veranear a Playa Hermosa. Al balneario lo conoce mucho más que al propio barrio donde vive todo el año y por eso disfruta salir a caminar por las calles de pedregullo con intersecciones de asfalto y bordeada por la costa. Ahí es donde pueden apagar sus pensamientos para conectarse con la naturaleza o, mejor dicho, desconectarse de la ciudad.

vacaciones Playa Hermosa Joana Da Silveira
Foto: Gentileza Joana Da Silveira

Desde que estuvo en la panza de su mamá, siempre fue a veranear ahí. Sus padres eligieron Playa Hermosa para descansar durante la licencia y la historia de correspondencia con ese lugar empezó antes de que ella naciera.”Fui toda mi vida. Siempre íbamos. A veces, hasta tres meses de vacaciones y después se generó eso de pertenencia al lugar”, cuenta Da Silveira.

Hasta los 14 años, ella fue con su familia a la casa que habían heredado de sus abuelos. Luego, vendieron esa casa. Pero aún así los Da Silveira siguieron veraneando ahí, porque alquilaron otro lugar durante casi 12 veranos consecutivos.

“La casa se vendió pero seguimos siendo fieles al lugar”, indica y agrega: “Al principio fue medio difícil. Lo que tiene alquilar es que siempre te estás adaptando a un lugar nuevo. Pero el barrio sigue siendo el mismo”.

El primer verano luego de que vendieron la casa de los abuelos, Da Silveira se propuso cambiar y buscar un destino diferente. Un poco para probar desenchufarse en otro entorno. Otro poco para ver si podía superar la nostalgia de estar en Playa Hermosa.

“Al año siguiente fuimos a La Paloma para cambiar”, comenta. Pero si bien el balneario rochense le gustó y le sigue gustando, la experiencia familiar no fue lo mismo que en Playa Hermosa. “Es como que no te hallás, es distinto. Estamos acostumbrados al agua chata sin olas como si fuera una piscina. No nos acostumbramos al lugar como para pasar las vacaciones familiares”, cuenta.

La arena, un balde y sus padres bien cerca de ella mirando el atardecer es de esos recuerdos que le quedaron detenidos, ilustrados como una fotografía eterna en su memoria. Los lugares también son recuerdos, experiencias y vivencias. Por eso, para Da Silveira, “si no vas de vacaciones a ese lugar, sentís que te falta algo” porque “generás esa costumbre, ese hábito de estar en el lugar aunque sea una semana en el verano”.

Documental y vínculo de por vida

El primer encuentro empezó mal. Salieron de Melo para San Gregorio de Polanco y cuando llegaron a Cerro Chato la ruta estaba tan pesada que se demoraron tres horas en hacer 90 kilómetros para llegar al destino. Al otro día, se cayó el paragolpes del auto y se quemaron los calentadores.
Pero Virginia Rivero (47) y su marido Joaquín Becerro (49) se acuerdan más de las otras cosas. Por ejemplo, de ver al ya fallecido comunicador y figura Omar Gutiérrrez con su hija cruzando en la misma balsa que ellos para llegar al camping. Y que cuando lo hicieron, los vecinos fueron de lo más amables con su familia y los ayudaron a acomodarse y a elegir el lugar para poner la carpa.

Virginai Rivero - Joaquín Becerro
Foto: Gentileza Virginai Rivero y Joaquín Becerro.

Aunque hace catorce años todo empezó de manera engorrosa, cuando la pareja y su hija de 7 años se instalaron con la carpa quedaron enamorados del lugar y sintieron que era el sitio para pasar el resto de sus veranos.

“Te atrapa, es tan lindo, tan tranquilo y eso no lo tenés en otro departamento. Podés dejar la carpa con todo adentro que nadie te entra. Es un paraíso. La península es divina”, asegura Rivero.

Ellos eligieron San Gregorio de Polanco haciendo zapping con el control remoto. Estaban viendo la televisión en su casa de Cerro Largo y entre el pasaje de canal y canal frenaron en un documental sobre el lugar y quedaron encantados. Después de eso decidieron ir a conocerlo y así empezó ese vínculo que sigue vigente hasta la fecha.

“En 2003 vimos un documental donde mostraban San Gregorio de Polanco, entonces mi esposo dijo: ‘El año vamos a ir a conocer’. Fuimos por 15 días y nos encantó”, recuerda Virginia.

Eligieron veranear en carpa porque no les gusta quedarse encerrados en una casa todo el verano. Prefieren romper la rutina y vacacionar en camping para disfrutar de otras cosas.

“Tiene que ser algo diferente, entonces lo diferente es acampar. Lo hemos hecho en Mercedes, en Paysandú y en Durazno”, dice y excepto Mercedes, el resto de los departamentos no le gustaron como para acampar. “Paysandú no nos gustó, nos fuimos enseguida y en Durazno tampoco nos gustó el entorno”, agrega. También acamparon en Paso de los Toros y si bien el lugar les gustó, ninguno “es como San Gregorio de Polanco”, afirma.

Una cantidad enorme de piolas, muchas lonas, manguera, la cama entera, una canoa con motor y una cachila para su hija, es lo que cargan cada vez que van al camping. Al llegar, se encuentran con los de siempre. El lugar les resulta paradisíaco pero también disfrutan mucho de todos “los amigos de verano” que fueron haciendo a lo largo de los años. “Los lindos recuerdos son la amistades que se hicieron y que todavía perduran”, agrega.

Ellos hicieron amigos de edades distintas, de otros departamentos y por eso uno de sus momentos preferidos del verano es cuando todos se juntan a conversar y pasar el tiempo. “A mi esposo le encanta cocinar y siempre nos juntamos 19 o 20 personas para cenar. Le gusta hacer guisos carreteros, porotos, esas cosas. O mucho pescado”, cuenta.

Hace tres años cambiaron la carpa por las cabañas, pero siempre se mantuvieron fieles al camping. “Nos cansábamos mucho por toda la carga que llevábamos, porque yo llevaba hasta la cama, cocina, horno. Ya uno se va poniendo con unos añitos de más y no quiere pasar tanto trabajo”, dice Rivero y explica que al pasar todo un mes de camping también se pasaba mucho calor, días de frío, ventosos, lluviosos y eso fue haciendo que decidieran pasarse a las cabañas. “Tenés las cuatro estaciones en pleno enero”, comenta.

Para ellos, esa ciudad de Tacuarembó es mucho más que una ciudad. Es donde eligen ir a descansar, reencontrarse con amigos, compartir silencios y conversaciones. Ahí es donde se levantan todos los días hacen el mate y van a la rambla del lugar, porque como dice Rivero “la mañana y la tardecita son del camping”.

la pedrera

Más de medio siglo de fidelidad

Dice Gabriel Retamoso que con 80 años puede contar con los dedos de la mano y sobrarle algunos cuantos si tiene que enumerar las playas en las que se bañó. Dice que se acuerda de que un hombre pasaba todos los días por las casas con tarros de leche que venían de un tambo cerca de Cabo Polonio. Dice también tener la imagen presente de cómo sus hijos -siendo muy chicos- corrían con alguna lágrimas en los ojos atrás del ómnibus de la ONDA cuando el volvía por trabajo a Montevideo. Dice que La Pedrera es su lugar, ese que desde casi 60 años elige para veranear.
Lo conoció por primera vez en 1961 cuando fue con su novia y le encantó.

Más tarde el padre de ella compró una casa y a partir de ahí la pareja -que hoy lleva 56 años de matrimonio- fue a veranear todos los veranos de corridos. “No he faltado ni uno, pocas veces he hecho playa en otro lado. “Fue un descubrimiento, estoy hablando del año 60, 61 que era un pueblito chiquito con unas cuantas casas viejas y alguna desperdigada. Después eran todos unos grandes arenales y greda, mucha greda y montes atrás”, recuerda.

En casi 60 veranos, la casa de La Pedrera se convirtió en mucho más que paredes, techo y una construcción cerca de la playa. Se convirtió en una estructura de vivencias, recuerdos y momentos familiares. Con los años, Retamoso y su esposa tuvieron seis hijos y ellos le dieron a la pareja 20 nietos y hoy por hoy todos comparten el cariño hacia el balneario.

“Es difícil que hoy se junten todos, van en distintos momentos”, dice y explica que se trata de una casa grande y que entre toda la familia tienen una sociedad en común en la cual dividen los gastos, se pone un fondo común y todos aportan para el mantenimiento. “Como La Pedrera no tiene saneamiento hay que llamar a la barométrica y se hace un fondo entre todos los que van”, agrega.

Si bien a lo largo de los años algunas cosas naturalmente cambiaron, el gusto por el entorno y la tranquilidad se mantuvieron. Retamoso disfruta del silencio del luga. En Montevideo, agrega, “es difícil escucharlo”.

A La Paloma

vista La Paloma
Foto: El País

La mezcla perfecta de cosas naturales hace del lugar algo especial. Lo agreste, el centro tranquilo y variado y el agua oceánica que rodea toda su costa e invita a bañarse durante el día y a disfrutar el sonido de su oleaje cuando el balneario duerme.

A Fernando Trillo La Paloma le gusta tanto que llegó a estar dos meses acampando en la colonia de vacaciones para los funcionarios de su trabajo. Durante esos 60 días, muchos familiares lo iban a visitar, se quedaban unos días, se iban, luego volvían otros y así sucesivamente. Para él, el camping es algo que se siente distinto.

A Trillo le gusta llegar y pasar los dos primeros días armando el campamento, organizando cada detalle para después poder quedarse el tiempo que quiera. Le gusta armar la carpa, elegir el lugar abajo del mejor árbol, preparar los dos toldos -uno para evitar que la carpa se moje y el otro para que el sol no la caliente demasiado- y finalmente dedicarse a acomodar todo lo relacionado con la cocina y acondicionarse al lugar.

“Creo que parte del disfrute es el armado del nicho de convivencia. Hay gente que le gusta la playa, a mí me gustaba mucho armar todo, cocinar para todos, lavar los platos. Lo único que nunca me gustó fue asar, me gusta comer el asado pero disfruto que otro lo haga”, comenta Trillo y agrega: “Todo mi equipamiento está muy armado para eso. Incluso llegué a tener un trailer con todo, medio como que me acomodé a eso”.

camping La Paloma
Foto: Fernando Trillo

Se define como un tipo rutinario que no le gustan mucho los cambios. Por eso hace 10 años que sigue yendo a la colonia de vacaciones a pasar su descanso, ya que ahí encontró todos los condimentos necesarios para sentirse a gusto. “Los cambios son a largo plazo, así que me acomodé a eso y no me da para ir a otros lugares”, acota, aunque cuenta que en alguna ocasión fue a acampar a las termas. Pero no fue lo mismo.

La tierra del famoso faro blanco ya lo había conquistado cuando entre los 20 y 30 años iba a acampar a ese lugar. Más tarde pasó algunos veranos en Brasil, hasta que finalmente tuvo una casa en otro balneario. En 2004 la vendió. “Ante la carencia de una casa y teniendo una familia grande optamos por lo del campamento. A ellos (su familia) no les disgustaba y me siguieron durante bastante tiempo”, cuenta Trillo.

Fue en 2008 que empezó la aventura familiar de ir a un camping. “Cargamos el auto hasta arriba del techo. Atiborrado de cosas arrancamos para allá. Y pasamos de novela”, recuerda.

“Mis hijas tenían 14 o 15 años y no tenían otra así que me siguieron y disfrutaron pila, porque además venían con sus amigos en campamentos aparte”, dice. Una de las razones por las cuales La Paloma lo arrastró hasta sus costas fue el gusto por bucear. ”Encontraba unos cuantos días que se podía bucear y era un lugar muy agradable, por lo menos cuando tenía 30 años”, rememora.

En las memorias, y los sentimientos que estas provocan está buena parte del encanto para quienes siempre están volviendo a esos lugares cargados de afecto.

Lo familiar es rentable

Veranear o tomarse licencia en aquellos lugares con los cuales se ha forjado un vínculo es, también, un negocio. El año pasado, la edición de España de la revista Traveler hizo un relevamiento que arrojó que “más de 40% de los clientes repiten destino en busca de la familiaridad, los servicios y las novedades que ofrecen cada temporada los establecimientos hoteleros. Cuando el foco se fija en el destino, el porcentaje se dispara: hasta 85% de los veraneantes europeos optan por el mismo país y, según las estadísticas del Departamento de Estado de España, hasta 80% de los turistas que vienen a este país repite una y otra vez. Está claro: la felicidad engancha”. Además, es una manera de reducir incertidumbres y dudas. Cuando viajan, las personas se exponen a diferentes riesgos, desde perder el equipaje a perderse en una ciudad nueva. Regresar a un destino ya transitado muchas veces le quita al viajante algo del estrés que puede sentir si enfila hacia rumbos desconocidos.

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