NOMBRES

La mejor profesora del mundo

Hanan Al Hroub, la mujer palestina que ganó un galardón, considerado el Nobel de la Educación.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Este premio refleja cómo la adversidad puede ser superada", dijo.

Las calles y edificios blancos de Ramala parecen salpicados al azar, como si alguien los hubiera tirado sin ninguna consideración ni plan. Donde quedó esta casa, quedó. Donde quedó este camino, quedó. La capital provisional de Palestina es un laberinto de construcciones de piedra difícil de descifrar para el recién llegado, pero que se mueve a toda velocidad como cualquier ciudad grande del mundo, con un centro que se desborda de comercio hacia todos lados, caos vial y una población más musulmana que cristiana. Pero habría que agregar una segunda y hasta una tercera impresión. Por ejemplo, que hay belleza en este desorden, pese a que no se ven plazas ni áreas verdes, y que esta ciudad vive apretujada en sus 16 kilómetros cuadrados. Como si no pudiera expandirse más allá, hacia los cerros semidesérticos y ondulados que la rodean. Y una última impresión: si no se supiera que esto es Palestina y que está en el corazón del conflicto árabe-israelí, se podría decir que aquí hay paz, que la gente vive tranquila y que las ideas que uno trae de Ramala no son totalmente ciertas.

—¿Dónde te alojaste anoche?, me pregunta Hanan Al Hroub cuando le hablo sobre eso.

—Aquí en Ramala, claro.

—¿No sentiste los balazos?

La sala donde hace clases Hanan Al Hroub, 43 años, es colorida y luminosa. Hace cuatro meses, ella pasó de ser una sencilla maestra en una escuela pública en Ramala a ser una celebridad en el planeta. Tras ganar el Global Teacher Prize, el premio que la elevó como la mejor profesora del mundo, su vida se ha convertido, como ella misma describe, en un torbellino: ha sido invitada a compartir su experiencia en países como Alemania e Italia. Y muchos profesores y escuelas de todas partes quieren aprender su fórmula y entender cómo ha logrado resultados sorprendentes en niños golpeados por el conflicto con Israel, con un método basado en la no violencia, la confianza, el respeto y la tolerancia.

La idea parece extraña no solo por la situación política de la zona, sino porque desde la misma ventana de su sala, sobre la colina más alta de Ramala, se ve a pocos metros el asentamiento de colonos israelíes de Psagot, uno de los más antiguos construidos en territorio palestino. La ciudad está rodeada de ellos.

Sin embargo, en muchas escuelas de Cisjordania se ha comenzado a aplicar su propuesta y hoy su agenda tiene pendientes viajes a Jordania, Turquía, España y Suiza. También le pidieron exponer en Washington, Harvard y la Fundación Clinton. También viajo a Chile. Antes nunca había salido de Palestina.

La noche de la premiación, en el centro de Ramala había una pantalla gigante para ver la ceremonia, transmitida en vivo desde Dubái. A muchos les pareció un evento similar a la entrega de los Oscar. Después de todo, entre el público aplaudían Salma Hayek, Matthew McConaughey y el exprimer ministro británico Tony Blair. Además, cada uno de los 10 profesores finalistas, provenientes de India, Kenia, Finlandia, Australia, Japón, Pakistán, Reino Unido y Estados Unidos, eran presentados a través de un video por el físico Stephen Hawking. De la misma manera, todos fueron felicitados por Bill Clinton y el anuncio de Hanan como la ganadora fue hecho por el Papa Francisco. Cuando pronunció su nombre, en el centro de Ramala, la multitud estalló en aplausos y ondeó la bandera de Palestina.

"A veces, todo parece un sueño", dice recordando el momento en que, sobre el escenario, recibió el trofeo vestida con un traje bordado tradicional.

Esta mañana aparece en su sala de la escuela pública Samiha Jalil, de Al Bireh, un barrio de Ramala, cubierta con su hiyab y hablando del calor húmedo. Ella y sus alumnos están de vacaciones de verano y se ríe cuando se ve a sí misma en una gigantografía que puso la escuela con una foto donde aparece con los brazos arriba, celebrando el premio.

Su voz es suave, pausada y segura. "Gran parte de lo que el mundo ve y escucha sobre Palestina es de un conflicto constante, pero para mí ganar este premio es un gran ejemplo de cómo la adversidad puede ser superada. Demuestra cómo podemos reparar el daño que sufren los más jóvenes y que es posible preparar a nuestros hijos para que creen un mundo mejor".

Sus alumnos llegan a su clase traumatizados por la violencia que viven a diario en sus barrios, dice. Muchos han sido testigos de tiroteos. Algunos han presenciado el arresto de familiares o hasta ellos mismos han sido detenidos. Otros han sufrido allanamiento en sus casas o han sido intimidados cuando pasan por un control fronterizo. Y la tensión que viven afuera, en las calles, la trasladan adentro, a la sala de clases.

"Los profesores nos enfrentamos a menudo con alumnos que manifiestan su miedo siendo problemáticos, inestables o hiperactivos. Algunos de ellos incluso son violentos e intolerantes. La difícil situación en Palestina realmente afecta el proceso educativo y nuestra misión se ha vuelto más y más complicada. Todos los días vemos el sufrimiento en los ojos de nuestros estudiantes, y ese sufrimiento se mete en las aulas y los lleva a la frustración. El ambiente no es normal como en otras salas de otros países", sostiene.

Hanan da clases a niños de entre 6 y 10 años, y cuenta que su esfuerzo es lograr que ellos sientan el salón como un lugar seguro y un segundo hogar, donde puedan aprender en forma tranquila y pacífica. "Lo más importante, cuando cierro la puerta, es crear otro mundo aquí, distinto al exterior", explica.

Su aula está repleta de juegos educativos, la mayoría inventados por ella misma o sacados de Internet, pero adaptados para la edad de los alumnos. "A veces se me ocurren ideas con cosas que veo en la calle, o veo juguetes y pienso en cómo puedo usarlos como material educativo".

En un rincón puso unos neumáticos de auto, pintados de colores, que utiliza para hacer competencias de conocimientos. Unas cajas de manzana las usa como sillas en una minibiblioteca. Con unos retazos de alfombra verde creó un ambiente de jardín. Y un viejo secador de ropa lo convirtió en un teatro de marionetas, donde los niños inventan personajes con peluches que eran de sus hijos. Todo lo que se ve alrededor fue hecho con material que ella recicla: botellas plásticas, cajas de huevo, ganchos de ropa, juguetes desechables, vasos, piezas de Lego sueltas y libros en desuso, transformados en elementos para hacer cálculos mentales, aprender a leer, construir oraciones o solo resolver problemas de la vida diaria.

En otro sector instaló un pupitre que rescató de la basura, lo arregló, lo pintó de dorado y hoy es el asiento reservado para el alumno más destacado de la jornada. Sobre las mesas, puso una lámina para que los niños escriban y borren encima sin tener que ir hasta la pizarra. Algunas baldosas del piso las pintó de distintos colores para que los alumnos avancen según respondan bien o mal la pregunta. Y hasta se consiguió una peluca de colores. "La utilizo cuando veo a un alumno desmotivado o aburrido. Se la pongo y eso cambia inmediatamente su ánimo y contagia al resto. Lo recupero en la clase".

Hanan también usa métodos de enseñanza personalizada y dedica tiempo para conversar con ellos uno a uno. Habla de Karam, por ejemplo, que tenía problemas de aprendizaje y era incapaz de establecer relaciones de amistad con sus compañeros. Reaccionaba agresivamente. Hanan descubrió algo especial en él: que tenía una bonita voz. Se dedicó a potenciar ese aspecto positivo de él y el niño comenzó a ser más sociable y a llevarse bien con el resto. "Ahora muchos profesores de aquí se han dado cuenta de que ni los gritos ni los castigos eran el método correcto. Eso solo crea un círculo vicioso y mi trabajo es romper ese círculo". Algunos padres se han acercado a ella para agradecerle de haber salvado a sus hijos. *EL MERCURIO/GDA

TESTIMONIO.

Una docente hizo que ella quisiera seguir su ejemplo.

En los estrechos callejones de Dheisheh, un campo de refugiados en las afueras de Belén, viven 15 mil personas en menos de un kilómetro cuadrado. Es uno de los más grandes de Cisjordania y fue poblado durante la Nakba, éxodo palestino que siguió a la guerra árabe-israelí de 1948. Allí creció Hanan, hija de un agricultor que solo estudió hasta sexto grado y de una madre que nunca tuvo educación formal. Tiene nueve hermanos y vivió allí hasta los 18 años. "Nunca tuve una niñez como tal. Madurás rápido, porque ser un niño en un campo de refugiados es diferente a ser un niño en cualquier otro lugar del mundo", dice.

Se educó en una escuela para niñas, instalada por Naciones Unidas, donde conoció a la que hoy reconoce como su mentora. "En 1979, yo era una estudiante de segundo grado. Nuestra nueva profesora se presentó diciendo: "Mi nombre es Julia, de Belén, la cuna de Cristo. ¿Y tú?". A medida que nos presentamos, ella explicaba el significado de nuestros nombres en una forma que nos hizo sentir privilegiadas en la vida. Se ganó nuestros corazones desde ese primer momento, mostrando inmensa ternura. No podía esperar el día siguiente y volver a verla. Ella se convirtió en mi fuente de inspiración y cada vez que la miraba, me decía a mí misma: "Voy a ser como ella un día".

Muchos años más tarde, cuando dio clases por primera vez, también se presentó diciendo: "Mi nombre es Hanan, que significa afecto", pidió a los alumnos sus nombres y les explicó su significado.

Hanan se crió en condiciones muy duras y, tal como sus alumnos, también estuvo expuesta a la violencia. Cuenta que una vez algunos soldados israelíes allanaron su casa y golpearon a su familia, incluso a ella. Convivió, además, con carencias básicas, como la falta de médicos. "Recuerdo que solo había una pediatra en Belén. Mi padre siempre decía: yo quiero que seas médico, como ella. Pude haberlo sido, pero al salir de secundaria opté por entrar a pedagogía básica. Iba a terminar trabajando con niños de todos modos ", ríe.

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