COLUMNA — CABEZA DE TURCO 

Me saca de casillas

Washington Abdala

puño, enojo
Foto: Pixabay

Cuando un empleado público me atiende con cara pesuca creyendo que soy súbdito y no ciudadano (intendencias, entes o administración central me da igual).

Cuando las motos andan en zigzag a mil y nadie hace nada y la Intendencia MVD emboca solo a los automotores giles. A los que me garronean en la cola del cajero automático, los surtiría. Los que se quejan de todo y son incapaces de ir a una reunión de vecinos. Los que se creen cultos y citan autores que nunca leyeron. Las conchetas y conchetos que todo lo miran desde su munditos odiador me pudren con su sensibilidad selectiva ante el dolor. Los que te estornundan en la cara (mugrientos) y no se dan cuenta de semejante inmundicia. Los humoristas berretas que hacen del lugar común algún chiste para afanarte una sonrisa (sos berreta man con o sin sombrero).

Los que te llaman a cualquier hora y encaran charla telefónica ploma sin entender que hay horas y horas en las vidas familiares. Los compañeros de trabajo que alcahuetean. Me joden los porteros mala onda, chusmetas o que saben la vida de todos. Me molestan los vecinos que se meten en el edificio, te ven, pican, te cierran la puerta del ascensor en la cara para que no subas con ellos y te dejan pagando (necios). Me chupan las conferencias presidenciales trasmitidas por cadenas televisivas, me hacen sentir que estamos con Luis XV (vos Taba sos el uno, mago). Me calientan los que en los grupos de Whatsaap la pudren con sus visiones guasas y creen que los tenemos que seguir en sus chotadas. Me calientan los amigos que no se bañan y huelen “complicado”. Jabón pibe.

Me chupan los que dicen que soy amargo. ¿Qué sabés de mí Naboleón? Me sublevan los que no entienden el sarcasmo, la ironía o la picardía. Eso sí que es ser amargo: burrito y burrita. Me calienta mucho que los empleados de algunos shoppings me salten a la yugular y no me dejen ver en paz lo que se me da la gana. Me saca la gente que grita en un bar, en el bondi o en cualquier lado y creen que sus conversaciones hay que oírlas. ¡Jodés! ¡No nos importás tarado, bajá un cambio!

Otros que me sacan son los que creen que si pensás como ellos sos bárbaro y si pensás distinto sos un traidor a la república. ¡Tuve compañeros de facultad que eran así! ¡No los vi nunca más y fui feliz! ¡Buena vida muchachos, sigan el en club del dogmático revoleta! La vida les enseñó que comieron gofio (realismo socialista, pero dejate de joder ).

Me calientan los trepadores, los insoportables renacuajos que venden lo que no tienen (principios) por una milanesa. Me siguen molestando los que no te miran a los ojos. Me sofoca la gente que solo se oye y no le podés pasar un aviso porque sus narcisismos no se lo permiten (¿Pa’ qué me llamás macho?) Me jode que me abrace gente cínica. ¡No me toquen, carajo! Me sofoca cuando un alumno cree que solo existe él y no advierte que una clase es una interacción colectiva. Me enloquecen las personas que me hablan sin respetar mis centímetros existenciales. Odio los malos alientos y no quiero sentirlo de nadie (me lavo los dientes todo lo que puedo). Me pudren los borrachos que en asados de amigos me gritan. Toman dos y gritan (yo grito sin tomar). Me jode mucho cuando viajás y no visitaste algo de tal ciudad, y luego me espetes: “Que pena lo que te perdiste” (sos cretino).

Me enloquecen los amigos que solo te hablan de los hijos. (debo haber sido así, perdón). Me aburren los amigos que solo hablan de trabajo (gente muy chota). Me cansan los que siempre te buscan el tema político para pelear (andá a terapia, así no pudrís a la humanidad). Me chupan los soberbios que venden humildad o las soberbias que juegan de Madre Teresa. Me jode mucha gente. El anacoretismo no es una mala opción. O poner cara de que te importa algo y solo dejar la cara.

Suerte en pila.

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