COLUMNA — CABEZA DE TURCO 

Cuando me miro a los ojos

Washington Abdala

espejos
Foto: Getty

Cuando uno se mira el rostro en un espejo sucede algo extraño. Uno pretende que los dos ojos miren a nuestros dos ojos reflejados allí, y eso, al ser imposible, genera cierta locura interna que hace que un ojo mire a un ojo y salte raudo hacia el otro. En realidad, lo que quiero es atrapar al otro ojo con la mirada rápida. A la vez, al mirarse a los ojos (es lo que podemos hacer frente a un espejo) nos metemos adentro de nosotros mismos. No es ego. Así nos curioseamos y así nos reconocemos.

Los ojos son el asunto más expresivo que poseemos. Uno se piensa cuando se mira. Y la distracción es permanente. Que un granito que no habíamos advertido, que una arruga nueva, que cierta palidez de la oreja, que un pelo nuevo en la fosa nasal, que los labios quebrados, y volvemos a los ojos que son como eternos, identitarios y reveladores de quiénes somos. Por algo el mundo biométrico advierte en ellos tanta precisión.

Es verdad, algunos pueden descubrir lo que pensamos por detrás de nuestra mirada, porque no somos indescifrables. En los hechos, las miradas dicen mucho. Y es muy lindo jugar a sostener la mirada fija en otra persona. No la soportamos demasiado. Algo sucede con la mirada incisiva: es lacerante. Solo los enamorados se miran fijamente y se pierden en la abstracción de sus propias existencias fundidos en el otro ser. Ellos no lo saben pero se están mirando a sí mismos y están tomando conciencia de su efímera existencia —aunque en ese momento la creen eterna— dentro de la vida del otro.

Me he encontrado achicando el párpado superior y el inferior para ver qué daba mi mirada. Nada. ¿Qué iba a dar? Una estupidez humana que todos hacemos. Y el iris cuando se dilata o se achica según la cantidad de luz que ingresa, eso me hace sentir conexión con los reptiles. No sé si los reptiles hacen eso, pero me parece que algo de eso sucede. Será que de tanto ver documentales de esos bichos se me pegan cosas. O me las imagino. Cuando apareció el canal cable nos pudrieron con serpientes y tiburones.

Lo otro que hago, cuando me miro al espejo, es poner caras, impostar rostros de circunstancias, actuarme un poco, bajar los párpados, qué sé yo. Jugar. Todos hacemos caras ante el espejo. Los teen porque posan cual estrellas pop. Los de edad media para ver si la elegancia actitudinal aún está allí. Los veteranos para ver qué queda de aquella imagen que recuerdan de sí mismos de épocas pretéritas. Todos nos miramos al espejo y vemos algo que no es. ¡Esto es lo más increíble! En realidad no nos vemos, o vemos algo que se parece a nosotros pero que nuestra percepción no nos permite advertir a cabalidad. Nos andan mal los filtros, dijeran los chicos de hoy. ¿Cómo te das cuenta? Por la mirada del otro que te comenta algo de tu cansancio, de tus ojeras, de tu nariz, de tus “ojos” y de lo que sea, pero que de manera indirecta te saca de ese lugar cómodo en el que te instalaste creyendo que eras Brad Pitt y terminás siendo Don Francisco (¿sigue?).

Hay mucha gente que no mira de frente, que enseguida te retira la mirada. ¿La verdad? Les tengo desconfianza a estos especímenes humanos. ¿Tienen miedo? ¿Son asesinos seriales en potencia? ¿Son hipócritas? No lo sé, pero no me gustan. Y los que te miran y vos captás que están pensando en otra cosa, me vienen ganas de darles una cachetada como me daban a mí de chico por decir malas palabras. Claro, decir esto es políticamente incorrecto. Ok. Me retracto y punto (ya lo dije). Pero ese tipo de miradas me asfixian.

Ya lo he escrito hace mil años: leo miradas, no la mente, miradas, ojos, capto eso y para bien o para mal me permite entender algo más la vida. Suena loco, pero es así. Los que miran tranquilos son los niños. Ellos ellos miran y son lo que miran. Nosotros perdemos eso. ¿Cuál será la razón?

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