MARCEL KEOROGLIAN

"Me juego la ropa y doy la vida por el Carnaval"

Luego de diez años, vuelve a la murga una de sus mayores figuras. Y vivirá la inédita experiencia de salir a recorrer tablados y a las ocho estar de pie.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"En tu trabajo la tele es divertir estés como estés". (Foto: Darwin Borrelli)

Está cansado Marcel Keoroglian (45) y se nota. Es casi mediodía en Canal 12, ya hizo su aporte humorístico a Desayunos informales y a Las cosas en su sitio, de la vecina Radio Sarandí. Bosteza. Hasta la medianoche ensayar con Don Timoteo, preparando su regreso tras diez años a su lugar más querido: las murgas. Luego pensar sus personajes, Montelongo, Saltombide Durán o cualquiera de sus imitaciones, hasta las tres o cuatro de la mañana. Dormir poco y mal hasta las ocho, cuando comienzan sus salidas al aire y divertir a una audiencia que le exige risas y sátiras de la realidad. Hará falta una necesaria siesta. Y el Carnaval, lo sabe, es muy exigente. Pero vale la pena.

"Hago muchas más cosas que diez años atrás y tengo que complementarlas decentemente, mantener un buen nivel en todo. Es un desafío, no es fácil: no sé lo que es hacer Carnaval y estar al otro día al firme a las ocho de la mañana".

Hoy es un humorista consagrado presente en radio, tevé y eventos particulares. Un artista al que el director Fernando Toja le vio cosas como para llevarlo al teatro y a quien el cineasta Germán Tejeira le dio el protagónico en la película Una noche sin luna. Pero todo eso se lo debe al Carnaval, al que conoció de niño en el tablado cercano al hogar paterno, en Millán y Bell, llevado por unas "vecinas grandes". Era en Sayago, donde aún vive, ya casado con Patricia Tardi y con dos hijas, Catalina de 15 años y Matilde de cinco. Momo no era venerado en casa. Su padre, Krikor, le legó el amor por la causa armenia y el fanatismo por Rampla Juniors. Pero este inmigrante, trabajador incansable, renegaba de la bohemia de los murguistas. Para peor, los disgustos que le daba su hijo mayor (ver aparte) no ayudaban.

"Yo empecé a hacer murga a los ocho o diez años con los chiquilines de mi cuadra. Éramos Los Josepiantes. Mi padre odiaba el Carnaval, ¡era una guerra tremenda!". Pero a la pasión no hay con qué darle. Marcel se enamoró de las murgas de La Teja primero y de las de la Unión después. De Los Josepiantes fue a La Estrella de Sayago y de ahí a El Firulete, la murga infantil surgida en el Complejo Mesa 3, en Garzón y Propios, germen de esa revolución llamada Contrafarsa, ya en el Carnaval grande. Ahí debutó a los 15 años, sufrido permiso del menor mediante. En El Firulete ya había cambiado el redoblante por pasar al frente. "Me puse a cantar y de entrada me dieron un cuplé. Pero fue por descarte, nadie quería hacerlo y yo me metí de careta". Antes que cualquier otra cosa, él es cupletero.

Al agua.

En los años 90 los videoclubes eran furor y los Keoroglian instalaron uno, Woody, en Millán y Raffo. Aún existe el local, reconvertido en bazar. "Se trabajaba muy bien pero yo iba solo a cumplir un horario, tres o cuatro horas por día. No era lo mío. Lo mío era el Carnaval, solo que no se había convertido en una profesión".

Eso fue, estima, en 2000, año del recordado El tren de los sueños de Contrafarsa, gran actuación individual y del conjunto. Ganó su cuarto primer premio y dejó las ocho (bah, tres o cuatro) horas. "Me largué al agua y me empezaron a surgir cosas como actor, teatro y cortos. Cuando uno suelta la piola se te abren más oportunidades". Sin embargo, la actuación que recuerda con más cariño fue la de un año que Contrafarsa no ganó, 2003, cuando el país comenzaba a asomarse del fondo del pozo. "Era un espectáculo que hablaba de la sobrevivencia, yo hacía de kioskero y de presidente. La murga estaba en un alto nivel pero la producción no, ni lo grabamos, por eso no quedó tanto en el recuerdo como El tren... Perdimos por un punto con los Diablos Verdes. Y si escuchás a uno u otro no podés creer quién ganó, ¡lo digo en serio!".

Su última vez en murgas fue en 2007, con Asaltantes con Patente. Ahí ganó por sexta vez. Sí ha libretado otros grupos. Sí ha salido con la comparsa C1080, a la que le ha escrito textos junto con su esposa, y donde ganó otros dos títulos. Pero Marcel no sentía ahí sobre sus hombros igual responsabilidad que en su categoría favorita.

La vuelta con Don Timoteo, el conjunto de Álvaro Recoba y Antonio Pacheco, responde a varios factores: "Tiene todo lo que me puede gustar a mí. Está la dirección del Pitufo (Eduardo Lombardo, compinche en Contrafarsa y La Matinée). Dependemos uno del otro, nos acostumbramos a salir en yunta. ¡Así estuvimos diez años sin salir! Hay buen ambiente y buenas condiciones económicas para trabajar tranquilo. Eso es fundamental porque cuando termina Carnaval, ya estás en marzo y la tenés que remar. Eso me pasó siempre. Yo me juego la ropa por el Carnaval, doy la vida por el Carnaval. Por eso quedo siempre sin un mango y físicamente hecho pedazos. Y si pierdo... ahora no me pasa tanto, pero perder no me caía muy bien. Alguno te meterá el discurso no, el Concurso no importa, ¡y es todo mentira! ¡Cuando llegan al Teatro de Verano se pintan hasta las cejas!".

—Y si dejás la vida por el Carnaval, ¿por qué diez años sin salir en murgas?

—Porque salí más de veinte años seguidos. Venía bien un descanso. El Carnaval es mucha pasión, sufrimiento, cabeza, obsesión. Me hizo bien no estar porque perdía la referencia de otras cosas importantes de la vida. Antes era la murga, el concurso y ese año, nada más. Y en este tiempo aparecieron otras cosas.

Sagrado.

En este tiempo llegó a la radio, se consolidó en la tele y nació su hija menor. Desarrolló su veta de imitador y siguió sufriendo por Rampla, club por el cual llegó a agarrarse a trompadas (y ser expulsado) en una cancha.

"El exceso es parte de mi personalidad", dice. Eso va desde comer hasta reventar hasta experimentar con drogas. Probó de todo y debió pedir ayuda para salir. Lo hizo. "Cuando salís, es como retroceder para tomar impulso". Y, de afuera, percibió cómo las murgas abandonaban su característica crítica al poder.

"El Carnaval tiene que ser palo a todas las tiendas. Yo le doy palo al Frente Amplio como loco. Yo escribí para Curtidores de Hongos el cuplé de la Intendencia (2008), la primera crítica fuerte que se le hizo a este gobierno desde el Carnaval. Muchas murgas han hecho buena letra, pero yo como letrista me paro en la vereda de enfrente del gobierno que esté. Yo combato esa postura oficialista. En los fallos se mete mucho la política, muchos hacen buena letra para terminar bien ubicados y yo siempre estuve dispuesto a pagar ese precio. Pero eso pasó con todos los gobiernos, ojo al gol...".

No hay casi nada del Carnaval actual que prefiera al de su niñez, menos profesional pero "con más espíritu". Le gustaban los tablados de barrio, hoy casi desaparecidos, como a los que iba con aquellas "vecinas grandes". Está de acuerdo con el mito del payaso triste. "Tengo buen humor, pero cuando estoy mal soy bravísimo, se me nota pila. Y en la tele, tu trabajo es estar bien, divertir al otro aunque estés hecho papilla".

El ser una persona conocida no le ha hecho cuidarse más en la calle. "Pasa que si tengo un lío en el tránsito el tipo dice: ¡Mirá quién es vieja! Montelongo me está puteando. Y nos terminamos cagando de risa los dos". ¿Qué pasaría si, como le pasó a don Krikor, sus hijas quieren ser murguistas? "Las voy a apoyar en lo que ellas decidan, pero tengo una cabeza un poco machista para la murga...", admite. Y tiene claras sus expectativas para este febrero del regreso: "Primero quiero medirme mucho cómo estoy, de la garganta, físicamente, con el público. Quiero hacer un buen Carnaval, no dejarme influir por el afuera y hacer disfrutar a la gente de todos los barrios. Pienso en los tablados que pone la Intendencia con las comisiones barriales (los escenarios populares). Esos son los que más me gustan. Son tablados donde la gente paga 50 pesos y pueden ver cuatro conjuntos. Yo adoro el Carnaval y a esos tablados. Si actúo y la doña que está sentada ahí con una reposera se manda una carcajada, yo soy feliz. No me importa más nada. Ahí considero que lo que hacemos nosotros es sagrado. Yo no sé si esa mujer se rió en todo el día".

M' HIJO EL MURGUISTA

Cuando Marcel dijo en casa que quería ser murguista, su padre se puso a llorar. "¡Mi hijo murguista! ¡Hice todo para que estudiaras! ¡Soy un almacenero honesto! ¡Soy un hombre de bien!". A regañadientes le firmó el permiso para que saliera en el Carnaval "grande", con 15 años.

"Mi viejo no quería porque en ese entonces las murgas provenían de los bajos, gente alcohólica, gente pesada... Era un bajo mundo. Yo era el único en mi liceo al que se le daba por las murgas y me decían que era un terraja".

Si en el liceo hubiera rendido, la resistencia quizá hubiera sido menor: pero su penosa escolaridad apenas llegó hasta segundo. "Fui a cinco liceos en dos años, públicos y privados, me echaron de todos lados. Era quilombero y no hacía nada, siempre en la payasada, llegaba tarde, los profesores me odiaban. Eso hizo que mi padre reprobara todas mis actividades lúdicas".

Pese a que lo fue a ver e incluso lo filmó, su padre nunca entendió el Carnaval. "Yo ya llevaba diez años, había ganado primeros premios y me decía: ¿Ya está? ¿Te sacaste el gusto? ¿Vas a seguir saliendo?. Le costó darse cuenta que esto es una pasión de la que se podía vivir responsablemente".

SUS COSAS

Su disco

Hombre muy musical, Marcel elige En familia (1982) de Ruben Rada. Era la época en que el Negro estaba radicado en Argentina y gozaba de éxito con La Banda. "Es el mejor disco suyo. Yo lo escuché a los 14. Fue el primer casete que llegó a mis manos", dice y tararea Blumana.

Su ídolo futbolero

A Marcel no le interesa el fútbol, le interesa Rampla. Como no puede ser de otra manera, su lugar en el mundo es el Estadio Olímpico y su ídolo tiene que vestir de rojiverde. "Un luchador que te emocionaba en todos los partidos era el Mono Candia (Gabriel Candia). No era un refinado, pero qué jugador que dejaba el alma...".

Su objeto

La pasión de Marcel es tocar. En su casa en Sayago tiene tres baterías. Y una de ellas es muy especial: la Gretsch color marrón madera que perteneció a Osvaldo Fattoruso. "Yo fui alumno de Osvaldo, fuimos amigos. Esa es la batería que usaba en la época de Opa".

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