Martín Sarthou: “En 2010 supe lo que era la miseria humana”

Estudió relaciones internacionales pero dedicó su vida al periodismo. Cubrió conflictos internacionales, estuvo en Telemundo por 15 años y ahora lo cambió todo por Nacional.

Martín Sarthou
Martín Sarthou. Foto: Francisco Flores

Febrero de 1995 en Irlanda del Norte. Unionistas y republicanos irlandeses se enfrentaban en un conflicto que por aquel entonces ya llevaba más de dos décadas y que, sin saberse, estaba a tres años de llegar a un acuerdo, con 3524 muertos a cuesta (1857 civiles). Martín McGuinness —luego viceministro principal del Gobierno de Irlanda del Norte— era líder en la clandestinidad del brazo armado del IRA (Ejército Republicano Irlandés), estaba escondido y el foco estaba puesto en él. Febrero de 1995, Martín Sarthou tenía 25 años, estaba en Irlanda del Norte y quería entrevistar a McGuinness. De ese entonces, nunca se va a olvidar ni de las caras, ni de las voces, ni del frío, ni del miedo.

Para conseguir la entrevista Sarthou tuvo que ir hasta una casa en Belfast. El barrio católico estaba rodeado de alambres de púa, pero en la casa todo parecía tranquilo. Una familia miraba tele en un cuarto, y a Sarthou lo dirigieron a otro, donde por un placard pasó a la casa de al lado, abandonada. Una enredadera falsa en el fondo era otro pasadizo que lo llevó a un pub. En el pub estaban los hombres que lo llevarían hasta McGuinness.

“Tuve que tomar una cerveza, después dijeron ‘dale tomate otra’, y te van midiendo”. Cervezas, charlas sobre fútbol y bromas con muchachos que no eran amigables. Le explicaron que para no saber a dónde iba lo llevarían con los ojos vendados en el piso del auto. Tenía que entregar pasaporte y dinero como garantía. En el auto contó mentalmente unos 35 minutos. “No me golpearon. Me lo plantearon de antemano, pero no era agradable”, dice Sarthou. Tampoco compartía moralmente la violencia del grupo, pero quería la entrevista. Cuando terminó lo dejaron en una parada de ómnibus con tres libras esterlinas. “El vasco del ETA que me consiguió el contacto me abrió las puertas y confió. Yo le devolví la confianza haciendo una entrevista, publicándola y listo”.

—¿Hasta dónde estabas dispuesto a ir por una nota?

—Tuve que ganarme la confianza estando más de una semana conviviendo en esos lugares, con activistas políticos que eran un grupo terrorista. Sabía dónde se juntaban y no lo contaba, y no era un límite ético cuestionable. Pero nunca vi a nadie salir o entrar a matar a alguien como para saber ‘este es asesino.’

—Te gustaba analizar la cabeza perversa, porque la bondad está en todos lados. ¿La maldad no?

—También. Entrevisté a gente que había cometido crímenes atroces, y nunca voy a decir que se justificaba su acción, es inaceptable por donde lo mires, pero todos tenían en el fondo algo que por lo menos me llevaba a comprender el porqué. Cómo pibes de 16 años mataban en nombre de un movimiento político. Muchos eran chiquilines que sentían que no tenían nada, y te decían frases como: "De golpe viene una persona y te explica de dónde sos, te hace entender por qué estás en este lugar y cuando te ponen un arma en la mano y agarrás la bandera, entendés todo. Para qué estás y por qué tenés que luchar”. La radicalización es un fenómeno que lo hablamos sobre todo de Medio Oriente, pero está en todos lados. Acá estoy hablando de Belfast, que hoy es una capital moderna europea.

   

Esa fue la primera cobertura en una zona de conflicto que hizo Sarthou. Había estudiado Relaciones Internacionales, pero al periodismo lo estaba aprendiendo en la redacción de El Observador. Después fue corresponsal en Uruguay de CNN y luego vino Teledoce, con coberturas que lo llevaron desde Estados Unidos, México, Cuba o Haití al Líbano, Siria, Afganistán, Gaza, Israel. “Hay lugares que son maravillosos. Por momentos estabas en un país que miraba al mediterráneo en un día de playa hermoso. Llenos de vida, pero amenazados. Hay otros que son puntos de conflicto o que sufrieron catástrofes sobrenaturales, con su olor a putrefacción y su miseria. A mí me impactaban más los olores que otras sensaciones”.

Martín Sarthou
Martín Sarthou. 

Vivía por y para esos momentos en el año”, dice Sarthou. Acercarse geográficamente lo ayudó a confirmar convicciones, y también a derribar preconceptos. “Hacía falta ir, llegar, olerlo, sentirlo o escuchar a la gente o a los hechos para entender, y eso era lo que queríamos transmitir en las coberturas. No voy a traer el debate de la objetividad, porque si uno filma para una esquina deja de filmar la otra. Pero teníamos como premisa mostrar y contar lo que veíamos, transmitir lo que escuchábamos y lo que se siente de la forma más neutra posible”.

Si a Sarthou le hubiese interesado transmitir su visión subjetiva de los hechos, habría hablado de cómo aprendió a fuerza de catástrofes lo que era el hombre miserable. “En el año 2010 entendí lo que era ser miserable, y creo que todos de alguna manera lo somos bastante”.

En enero fue a cubrir el terremoto de Haití. “Más de 200.000 muertes y un millón sin casa en el país más pobre de este hemisferio. Era el infierno y los incidentes, los codazos se daban cuando se repartían los elementos básicos: pañales, harina, medicamentos”. En febrero fue el terremoto y tsunami en Chile. En los saqueos a supermercados se llevaban televisores, celulares de alta gama y pisoteaban otros para que no le sirvieran a nadie. Quedaban la leche, los pañales y la harina en los estantes.

“No hay que generalizar, ¿pero quién es el miserable? Así como aprendí de miseria aprendí de dignidad, y tiene que ver con el desarrollo de nuestras sociedades. Si ocurriese en Montevideo creo que seríamos más parecidos a los chilenos, porque tenemos incorporado el consumo, y vamos por los objetos que nos seducen. La esperanza en Haití era llegar al día siguiente”, opina.

Nacional

Su última cobertura en el exterior fue cuando Lula se entregó a la justicia brasileña, en San Pablo. Antes de eso, ya había dejado de ir a las zonas de conflicto. En 2012 se casó con Victoria Zangaro, su hija ya era adolescente y, confiesa, había cosas que no le valían tanto la pena. Antes —ahora le cuesta, pero lo controla— sentía la necesidad de ir a esos lugares de los que todos se iban. “No es que yo sea valiente, porque tengo temores. Era una cosa irracional que nunca pude entender”.

Al periodismo lo dejó hace ocho meses, cuando se fue de Telemundo, donde estuvo 15 años, y se pasó al Club Nacional de Football como gerente de comunicaciones. Cree que en periodismo hay formatos que se agotan. También estaba perdiendo el entusiasmo. “Mi rol en el último año era estrictamente informativo, vi que perdía entidad lo que estaba haciendo. No estaba mal, estaba informando, y soy un asalariado y tenía que seguir. Pero un día me crucé a José Decurnex (presidente de Nacional) me contó de sus planes con el club, yo le hablé de un proyecto de comunicación que tenía, congeniamos y después la vida quiso que estuviera acá”.

Cuando entró, decidió que quería seguir trabajando con la gente que ya estaba, que se sumaron y son un respaldo. El proyecto es de estrategias digitales y se lanzó, entre otras cosas, NacionalTV, una plataforma para que los hinchas sigan por dentro todo lo que pasa con su club. “Está clarísimo que Nacional pasó a ser un lugar de trabajo, pero es el mejor. Es una causa con la que crecí, defendiéndola y amándola, con alegrías y tristezas. Ahora formo parte de los buenos y malos momentos de Nacional: tengo que ser responsable de los malos y saber dónde ubicarme cuando se dan los buenos”.

Todavía se levanta a las seis de la mañana y hace sus anotaciones mientras lee las noticias sobre fenómenos internacionales. Solo que después, en lugar de ir a un medio a comentarlos, se sube a su moto eléctrica y arranca para la sede del club de sus amores. Entra, saluda a uno por uno y se va a una oficina rodeada de camisetas, cuadros y almanaques en blanco, azul y rojo. A veces, cuando se mueve para una reunión, pasa por algún rincón que lo transporta a cuando de niño caminaba por ahí con su padre, abuelo y tíos: “Trabajo acá pero sigo teniendo la misma carga de sentimientos que antes. La sede es un monumento histórico, se mantiene casi inalterado, entonces a veces la transito y de repente me veo de niño de la mano de mi papá”.

Sus cosas

La última etapa de la Vuelta Ciclista del Uruguay. Foto: Marcelo Bonjour.
Otra pasión

Además de la cancha está la bicicleta. Sarthou es un apasionado por el ciclismo. Desde chico sigue la Vuelta Ciclista y las Rutas de América. Llegó a entrenar con el Club Fénix cuando tenía 14 años, fue vicepresidente en la Federación Ciclista del Uruguay y acompañó algún que otro campeonato internacional.

Planta de Chernóbil. Foto: Archivo
Materia pendiente

Su materia pendiente es conocer Chernobyl. Es un tema que para él nunca pierde vigencia. Hace 10 años se anotó en una lista de espera para ir a la parte de mayor radiación. En este tiempo ha investigado lo suficiente como para no estar tan decidido de hacer ese tour específico. Pero conociéndose, no puede garantizar una respuesta hasta que le llegue la invitación.

Andrés Alsina
Los maestros

Sarthou dice que a veces se siente un impostor por no haber estudiado comunicación. Pero sabe que hay generaciones que se formaban en el día a día. Sus escuelas fueron una redacción y un canal y sus maestros los colegas con los que compartió. Menciona a Andrés Alsina, a Pedro Silva o a Margarita Michelini entre “esa gente que te marca”.

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