EL PERSONAJE

Marina Sánchez: "En el arte se trata de llegarle a las personas"

Fue bailarina solista del Ballet Nacional del Sodre y ahora integra el equipo artístico de la campaña como maestra y coreógrafa. Está trabajando en La Tregua, espectáculo que la compañía estrena el año que viene. 

Marina Sánchez, coreógrafa y maestra del Ballet del Sodre
Marina Sánchez, coreógrafa y maestra del Ballet del Sodre . Foto: Francisco Flores

Era 1988 y llovía en Montevideo. Hacía dos años que Marina Sánchez, (entonces 9 años), tomaba clases de ballet todos los lunes con una profesora que iba a su colegio. Era 1988 y llovía en Montevideo. A las ocho de la mañana, Marina llegó a hacer la prueba para ingresar a la Escuela Nacional de Danza acompañada de su mamá. Era una de las pocas escuelas que daba ballet todos los días y Marina quería bailar siempre. Lo había decidido hacía tiempo. A las doce del mediodía le tocó entrar a la audición. No la hicieron bailar. Solo tuvo que mostrar su físico y hacer algunas pruebas de flexibilidad y postura. Eso fue todo. Era 1988 y Marina lloró cuando le dijeron que no. Con lo que ella amaba el ballet, ¿cómo no la iban a aceptar en la Escuela de Danza?

Cuando llegó a casa, sus padres decidieron que no la iban a hacer pasar por una prueba similar nunca más. Pero el amor por bailar que tenía Marina podía más que un par de lágrimas. Se secó la cara y calculó que todavía le quedaban tres años para dar la prueba y poder entrar a la escuela, que aceptaba a niños hasta los 12. Se preparó y al año siguiente regresó. Se probó y entró. Lo que siguió después fue un camino lleno de entrega, trabajo y resistencia, que siempre la tuvo como bailarina del Ballet Nacional del Sodre (BNS).

Ahora es una mañana de julio de 2019. En el cuarto piso del Auditorio Nacional del Sodre, donde están los salones y las oficinas del BNS, los bailarines y las bailarinas calientan en un salón antes de una clase. Marina, 39 años, buzo y pantalón negro, ya no baila pero a las diez y diez de la mañana tiene que dar una clase. Ahora está del otro lado. Dejó de bailar en 2017 y un año después, Igor Yebra, director del Ballet Nacional, la incorporó a su equipo artístico como maestra de la compañía. Este año, aunque sigue dando clases, Marina es coreógrafa residente del BNS y está trabajando en La tregua para celebrar cien años del nacimiento de Mario Benedetti; esta será una de las grandes producciones de la compañía el año que viene.

No es la primera vez que Marina va a crear una coreografía para el BNS. De hecho, la primera vez que lo hizo ella todavía era bailarina. Aunque nunca pensó que ser coreógrafa pudiese ser un camino posible en su carrera, desde que lo descubrió en 2014 dice que una coreografía es como un hijo: desde la idea inicial que casi siempre surge con la música y una historia que se le dispara, hasta verla en el escenario y en la reacción del público, hay que quererla, dedicarle tiempo, cabeza y corazón, cuidarla, pulirla, hacerla crecer. “Ver tu coreografía te genera una emoción y un orgullo muy grande. Me dan unos nervios y un estrés enorme, pero a medida que van pasando las funciones me voy relajando de a poco y es muy lindo. Y si después ves que el público responde y de repente empieza a captar lo que vos querías expresar, ahí es cuando decís ‘Bueno, valió la pena’, y te sentís feliz. Porque de eso se trata el arte: de llegarle al público, de encontrar esa sensibilidad de las personas y que les llegue”. También, dice, hacer una coreografía para ella “es como escribir una historia, pero con el lenguaje de la danza”.

Un camino largo 

Marina Sánchez fue bailarina solista del Ballet del Sodre
Marina Sánchez fue bailarina solista del Ballet del Sodre. Foto: F. Flores

El primer año de la Escuela Nacional de Danza a Marina no le fue tan bien como hubiese querido. El carné de calificaciones siempre decía “regular: no conforma”, pero ni Marina ni su familia sabían muy bien qué era lo que no conformaba. “En esos momentos es cuando agradezco haber tenido una madre que me apoyaba, porque fue a hablar con Margaret Graham, la directora de la Escuela, para ver qué era lo que yo tenía que mejorar. Le dijo que tenía que trabajar más los pies, y que además yo era muy dispersa. Entonces mi madre me retó y me dijo que si no me tranquilizaba me iban a echar. Ahí hice un clic y me cocí la boca aunque me costara mucho, porque no quería que me echaran por nada del mundo”.

La Escuela de Danza es eliminatoria, es decir, que si en cada año los alumnos no tienen las notas suficientes como para pasar de clase, quedan eliminados. El primer año Marina pasó con condicional: le iban a dar tres meses de prueba en el segundo año para ver si podía o no seguir. Ese verano se pasó tomando clases de ballet con Graciela Martínez, la maestra con la que había estudiado María Noel Riccetto, que estaba en su misma generación, antes de entrar a la escuela.

“Esa maestra me ayudó muchísimo, pero no eran clases de ballet, eran casi torturas para que yo mejorara mis condiciones —se ríe— como en las películas, me ponía contra la pared abierta de piernas, me ataba las piernas, me ponía una pesa en el pie para tener más empeine. Me pasé todo ese enero haciendo esas cosas hasta lograr las condiciones que tanto me exigían en la escuela ese primer año. Cuando arranqué segundo, todos veían que había un cambio en mí. Pasaron los tres meses, tuve la prueba y me pusieron bueno regular”. Y entonces no quedaban dudas: Marina iba a ser bailarina. También, iba a hacer lo que fuera para lograrlo.

A los 15 años supo lo que era el mundo del ballet realmente. Con un grupo de alumnos de la Escuela Nacional de Danza, entre los que estaba Riccetto, fueron a competir al Festival Bento Em Dança realizado en Rio Grande do Sul. “Ahí descubrimos que el ballet era otra cosa de lo que creíamos nosotros. Ahí conocimos la competencia, lo que era realmente el ballet. Ese festival era en Brasil con gente de todas partes, todos compitiendo por ver cuál era el mejor. Con María fue como si nos sacaran una venda de los ojos”.

Al año siguiente volvieron a competir en Brasil y regresaron con varios premios que fueron la señal de que iban por un buen camino, y de que tenían que seguir trabajando. Ese año, había audiciones para entrar al Ballet Nacional del Sodre y Marina convenció a Ricetto y a Javier Pérez (los tres se habían hecho amigos en la escuela) de presentarse. Dieron la prueba y entraron, pero al poco tiempo Ricetto y Pérez se fueron a bailar al exterior. “Cuando entré la compañía estaba en una racha buena, se estaban haciendo producciones grandes, teníamos funciones en el Teatro Solís, se hacían cosas. Eso sí, no teníamos teatro ni un lugar fijo. Después se vino un poco abajo”.

—¿Por qué decidiste quedarte?

En 2002, cuando la compañía estaba muy mal, estaba muy desmotivada y me fui a Paraguay porque me habían comentado que ahí el ballet estaba pasando un buen momento. Estuve un año y me fue muy bien. Paralelamente, me puse de novia, me casé muy joven y al poco tiempo quedé embarazada. Ahí esa ambición de decir ‘Me voy a Europa, me voy a Estados Unidos a probar suerte’, quedó en un segundo plano. Vi mi oportunidad de hacer carrera acá en Uruguay, volví y me fui quedando. Son elecciones. También estaba mi familia, mi papá se enfermó de cáncer y ahí se hizo un poco difícil el desarraigo.

En 2006, concursó y pasó a ser bailarina solista del Ballet Nacional del Sodre. Se separó del padre de Iván, su primer hijo, se volvió a casar y tuvo a Thomas. Justo cuando se acababa de reincorporar de la licencia maternal se enteró de que llegaba Julio Bocca a la dirección del BNS. “Yo me reintegro de la maternidad en mayo y en junio viene Julio Bocca y estrenamos el teatro; yo venía totalmente fuera de forma y trabajé durísimo para recuperar mi lugar de solista”.

En 2014 Marina creó su primera coreografía, Zitarrosa en todos, en un workshop para bailarines que hizo Bocca. “Ahí se me abrieron las puertas y por primera vez pensé a la coreografía como un camino posible. Siempre digo que Julio, al darme la oportunidad, vio más allá”. Esa pieza nunca fue estrenada oficialmente por la compañía, pero ahora será uno de los números que el BNS llevará a su gira por el interior del país. Con la compañía también estrenó Cuentos de la selva y Encuentros. El año pasado, además, la compañía llevó su coreografía Tango a la gira por España. El año pasado, el arte de Marina se expandió y le siguió confirmando que sí, que el camino en la creación es siempre la sensibilidad.

bns

Buscar la identidad

Marina cree que el Ballet Nacional del Sodre ha pasado por diferentes etapas desde que llegó a la dirección Julio Bocca, en 2010. El objetivo del argentino fue, en primer lugar, levantar a la compañía de la situación en la que se encontraba desde hacía varios años y en una segunda fase, posicionarla a nivel latinoamericano e internacional. “Pero el BNS tiene una historia de más de 80 años que no nos saca nadie. Si su llama se mantiene encendida es por todos los bailarines que siguieron peleando por la compañía cuando no había teatro y las condiciones para trabajar eran espantosas. Pienso que gracias a eso pudo venir después Julio y levantarla, darle una proyección internacional. Ahora el camino es el de buscar la identidad uruguaya y ese es el siguiente paso que es hacia donde apunta Igor (Yebra)”. Y en este plan de darle a la compañía una identidad, Marina y su forma de entender a la coreografía encajan perfecto.
“Como coreógrafa uruguaya lo que más quiero es esa identidad nuestra, buscar sacarle el jugo a nuestra música, a los elementos de danza típicos nuestros como el tango, el folklore y llevarlos al lenguaje del ballet”.

sus cosas
Mario Benedetti en una conferencia. Foto: Archivo El País.
Lo que viene
Desde hace un tiempo, Marina está concentrada en la coreografía de La tregua, que se estrena en septiembre del año que viene. Junto a Gabriel Calderón, Luciano Supervielle y Hugo Millán están creando un espectáculo para celebrar el aniversario número cien de su escritor, Mario Benedetti.
Cuentos de la selva
Para los niños
Cuentos de la selva, el espectáculo que desde 2017 ofrece el Ballet Nacional del Sodre con la Orquesta Juvenil del Sodre y la participación de la Escuela Nacional de Danza, El Sapo Ruperto y Ruperto Rocanrol, es una coreografía de Marina, junto con Andrea Salazar y Martín Inthamoussú.
Marina Sánchez y María Noel Riccetto
Una amistad
Marina conoció a María Noel Riccetto en el primer año de la Escuela Nacional de Danza y desde entonces tienen una amistad que se mantiene intacta hasta hoy. “Ella siempre fue la mejor de la generación y en la escuela yo trabajaba para llegar a tener sus condiciones. María siempre me ayudaba mucho”.
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