ARTE ESCÉNICO 

Una máquina de escribir solidaria

La compañía mexicana Borderline Teatro lleva adelante un proyecto para que personas en situación de vulnerabilidad puedan contar sus historias de vida.

Integrantes de "La máquina de los fines perdidos". Foto: EFE
"La máquina de los fines perdidos" para contar historias de quienes no tienen voz. Foto: EFE

Una máquina de escribir mecánica, de esas que desde hace años entraron en desuso, es el aparato mediante el cual un grupo de teatro en Ciudad de México intenta cambiar la vida, o al menos una pequeña parte de ella, de las personas vulnerables.

La máquina de los finales perdidos” es un proyecto interdisciplinario en el que un grupo de “actores-mecanógrafos” están dispuestos a escuchar y redactar las historias que algunos “especta-autores” deseen contarles con la particularidad de que estos, a menudo con un pasado repleto de dificultades, deben cambiar el final de la historia que vivieron.

Aunque comenzó como un ejercicio para modificar historias de amor y desamor, hubo un giro. Integrada por actores, artistas visuales, músicos y una psicóloga, la compañía Borderline Teatro, formada en 2012, impulsa el peculiar proyecto con el que busca explorar lugares de creación para visibilizar, dar voz y escucha a personas en situación de calle, migrantes, refugiados, presos o personas mayores. Ahora preparan un corto documental y planean continuar visitando lugares mientras la pandemia lo permita.

“Existen muchas razones por las que una persona tiene que migrar o termina en situación de calle, realidades que vemos pero que no conocemos a fondo”, contó en entrevista con Efe Itzel Enciso, directora del proyecto.

Para Enciso, en la sociedad mexicana existe la pésima idea de calificar a las personas en situación de calle como flojos o gente que no quiere trabajar, “pero nadie se cuestiona por qué viven así y mucho menos los escucha”.

Memoria e historias

“Son muchas historias que se entrecruzan para que una persona llegué a determinada situación y con este proyecto nosotros tenemos la oportunidad y el privilegio de hablar con las personas y que nos cuenten su historia personal, algo íntimo”, dijo la mujer.

Ante esa realidad, “La máquina de los finales perdidos”, una especie de máquina del tiempo, ofrece a las personas la posibilidad de reconstruir la memoria, ser escuchadas y apropiarse de su historia ya que son quienes deciden un nuevo final de un relato.

Integrantes de "La máquina de los fines perdidos". Foto: EFE
Integrantes de "La máquina de los fines perdidos". Foto: EFE

Explicó que en el ejercicio, el “especta-autor” es “un sujeto activo y creativo ya que es el creador de la historia y depende mucho de ellos cómo se desarrolle la actividad”, mientras que los actores-mecanógrafos “son el vehículo para contar su historia”, por supuesto, con la ayuda de la máquina de escribir.

Al ser una compañía interesada en el trabajo comunitario, su proyecto lo han presentado en diversos ambientes: casas, asilos, reclusorios y parques.

El ejercicio de escuchar

“En cada ejercicio nosotros llegamos sin ninguna expectativa y siempre hay muchas sorpresas”, dijo Ricardo Martínez, uno de los actores-mecanógrafos.

“Escuchar a las personas es todo un tema y un reto y la empatía es algo difícil de practicar”, reforzó su compañera Lorena Bojórquez, quien consideró que cada persona “tiene mucha necesidad de hablar” y aunque siempre está la expectativa de qué va pasar, tras “romper el hielo, esa barrera de ser desconocidos ambos cae y comienza la magia”.

Para los integrantes de Borderline Teatro, esa mirada horizontal que hay entre las personas en cada entrevista y la empatía que se muestra es lo que los hace sentirse cercanos en cada historia.

“Compartimos algo entre personas que no nos conocemos y pensamos que esto que hacemos es útil, sobre todo porque se trabaja con la dignidad de las personas y eso hace este trabajo maravilloso”, contó López.

Además de escuchar, para Ricardo Martínez este ejercicio exige una aguda observación, en toda la amplitud de la palabra, de las personas.

“Tenemos que observar qué es lo que la otra persona está diciendo con su cuerpo, con sus movimientos y sus palabras y aprender a ver desde un inicio”, apuntó.

Para Martínez, el ejercicio también es una práctica para “afirmar la existencia de las personas vulneradas que son invisibilizadas por la sociedad”.

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