VEA LA FOTOGALERÍA

Manya, ¿mi buen vecino?

El día llegó. Peñarol inaugura hoy su estadio. Y el barrio lo recibe con una mezcla de expectativa por mejoras y temor a desmanes.

El estadio desde Mariápolis, un centro del movimiento católico Focolares. (Foto: Fernando Ponzetto)
El estadio desde Mariápolis, un centro del movimiento católico Focolares. (Foto: Fernando Ponzetto)
El estadio desde la chacra Tierra Franca, bien al lado. (Foto: Fernando Ponzetto)
El estadio desde la chacra Tierra Franca, bien al lado. (Foto: Fernando Ponzetto)
El estadio desde Zonamérica, el otro gran referente de la zona. (Foto: Fernando Ponzetto)
El estadio desde Zonamérica, el otro gran referente de la zona. (Foto: Fernando Ponzetto)
El estadio desde la estación Ancap, en las intersecciones de rutas 8 y 102. (Foto: Fernando Ponzetto)
El estadio desde la estación Ancap, en las intersecciones de rutas 8 y 102. (Foto: Fernando Ponzetto)
Los vecinos sueñan con el dinamismo, pero se preocupan por posibles desmanes. (Foto: Fernando Ponzetto)
Los vecinos sueñan con el dinamismo, pero se preocupan por posibles desmanes. (Foto: Fernando Ponzetto)

LEONEL GARCÍA

Como tantas chacras para fiestas en la periferia de Montevideo, Tierra Franca, en el kilómetro 28.500 de ruta 102, la perimetral, tiene cuatro preciosas hectáreas de verde, tres salones, canchita de fútbol, piscina y arroyo. Quizá como ella sola tiene alpacas, un mamífero andino similar a la vicuña. Y, como ninguna más, tiene al estadio de Peñarol, ese que se inaugura hoy, al lado. La Tribuna Henderson del Campeón del Siglo y Tierra Franca están a apenas veinte metros de distancia, separados por alambradas y un polvoriento callejón sin nombre.

"Preocupado estuve al principio. Perdimos clientes porque pensaron que se había vendido esto también. Luego otros se preocuparon por la entrada al lugar. También algunos amigos me dijeron: Pah, se te van a meter las barras para adentro. Pero ahora no". Julio Castro, responsable y casero, vive en Tierra Franca con su familia, incluyendo dos hijos y una nieta, desde hace diez años. Es un hombre cincuentón, robusto, poco generoso en sonrisas y de hablar bajo, pero firme.

No le incomoda, dice, tener 40 mil personas agitando a pocos metros. Se preocupa, reconoce, por sus animales. Admite que si las fiestas comienzan 21.30, un partido nocturno un sábado puede ser un incordio para su negocio. Repite que la entrada a Tierra Franca por camino Mangangá, el mismo que lleva a la Henderson, siempre la tendrá disponible también él. Le satisface la reciente limpieza de un monte cercano y la posibilidad de más y mejores servicios, como saneamiento o caminería, gracias a la flamante mole.

Pero algo que le fastidia más que perder una reserva por un partido de Peñarol: "Mi molestia es con el Estado. A mí siempre me negaron todo: ampliaciones, luz, calle... La UTE me cobró la instalación y el transformador (los señala), y por diez años hice el mantenimiento del camino de balastro por Mangangá. Y a Peñarol le facilitó todo".

El estadio le gusta. Lo mira terminado y se permite una sonrisa. Es hincha de Peñarol, pero más hincha suyo. "Si yo no trabajo, Peñarol no me va a dar nada. Estoy tranquilo porque la gente responde por cómo trabajamos, no por el lugar". La barra brava y todo lo que significa no le asusta. "Si vamos a tener miedo antes que las cosas pasen no se hace nada".

Contraste.

En agosto de 2010 y en Maldonado, el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, dijo que nadie quería cerca de su casa "ni una cárcel, ni la basura, ni la cancha de Peñarol". La frase, que generó protestas, perduró. Y Peñarol, que llevaba más de veinte años buscando casa propia, hoy inaugura su añorado estadio. Los vecinos y comerciantes de un barrio cuyo nombre nadie parece ponerse de acuerdo —¿Bañados de Carrasco?, ¿Punta de Rieles?, ¿Villa García?, ¿Villa Don Bosco? ¿Villa Prosperidad?, ¿Zonamérica?, ¿"Sabés que ni idea"?— esperan el acontecimiento con partes iguales de expectativa e inquietud. Lo primero responde a una dinamización de una zona hoy semirrural que se traduzca en mejores servicios y más consumo. Lo segundo refiere al miedo a una turba de hinchas enardecidos —más allá de la postura del club de alejar a los violentos— o al caos de tránsito en una intersección de dos rutas nacionales, la 8 y la 102.

El estadio carbonero está en una zona de contrastes. A 300 metros, cruzando ruta 8, está Zonamérica, un parque de negocios de 92 hectáreas, en las que unas diez mil personas en más de 350 empresas distribuidas en 200 mil metros cuadrados edificados generan el 1,8% del PIB del país. La seccional policial correspondiente es la 18, en el kilómetro 16 de ruta 8 (el Campeón del Siglo está a la altura del 17.500), en cuya jurisdicción hay 40 barrios de contexto crítico. Vecinos y referentes sociales califican a la zona como tranquila; sin embargo, en los últimos días la sociedad quedó conmovida por dos homicidios ocurridos en esa órbita: el de un taxista el martes 15 y el de un hincha de Nacional el viernes 18.

Desde el séptimo piso del Edificio Celebra, en Zonamérica, hay una hermosa vista del Montevideo verde y rural y a lo más icónico del horizonte capitalino. Por supuesto, está el estadio; en obras desde diciembre de 2013 y una flamante realidad hoy. "Desde acá lo vimos crecer... fue rápido, ¿no?", mira y comenta Lucas Etcheverry, del Departamento de Marketing de este complejo que también incluye Jacksonville, con su capilla, restaurantes, bodegas, centro ecuestre y el Regency Hotel & Spa. "Yo creo que genera un nuevo punto de referencia para la zona. La mayoría de la gente solo sabía que aquí estaba Zonamérica. En cierta manera, achica a Montevideo. Y puede repercutir en más líneas de transporte", dice. El 103 de Cutcsa y los servicios suburbanos son las formas de acceso más comunes. Teresa Korondi, gerenta de Comunicación del Regency, un hotel de cuatro estrellas y 50 habitaciones, orientado sobre todo al turismo familiar y corporativo, también se expresa con optimismo: "Hemos analizado desde los inicios del proyecto el potencial impacto que (el estadio) tendrá en toda la zona, y en particular en nuestro hotel, y es sin dudas positivo".

Pero más allá de los mejores presagios, existe inquietud. "Zonamérica ha expresado sus preocupaciones por posibles desmanes", afirma Francisco Fleitas, alcalde del Municipio F, al que pertenece toda la zona. Eso incluye, agrega, las paradas de ómnibus frente al complejo, cómodas, techadas, funcionales y con aspecto excesivamente frágil pensando en una eventual horda embravecida. Esas preocupaciones, por ellos "y por el barrio", fueron admitidas —bajo reserva— por altas fuentes del propio parque, añadiendo que van a tomar previsiones los días de partido: "¡Obvio que vamos a reforzar la seguridad! ¡Si no sabemos con qué nos vamos a encontrar!".

Prepararse.

Según estiman distintos referentes sociales, en un radio de tres kilómetros del estadio de Peñarol viven unas 25 mil personas. Aunque el coloso parece estar en el medio de la nada, no faltan servicios: desde Camino Repetto al Norte, por la 8, el paisaje urbano muestra un supermercado, un local de pagos, un consultorio odontológico, el liceo 25, comercios de todo tipo y un laboratorio del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. Tomando la perimetral, desde el aeropuerto de Carrasco, el medio rural está salpicado por chacras para eventos, cementerios privados, complejos deportivos, un haras y la Escuela Técnica de Aeronáutica. Hay pocas casas, la mayoría humildes. Donde se cruzan ambas rutas, frente a Zonamérica, pronto comenzará la construcción de la nueva sede de la Facultad de Veterinaria. Y hay una estación de Ancap.

Esa estación, una de las más grandes de Montevideo, que incluye minimercado, red de cobranzas y cajero automático, es el local comercial más cercano al Campeón del Siglo. Las 40 personas que ahí trabajan están divididas. Los hinchas de Peñarol están locos de la vida con el nuevo vecino; a los de Nacional maldita la gracia les hará ver caravanas amarillas y negras cada quince días.

"Esto va a servir para la zona no solo para partidos sino para eventos musicales, creo yo". Celestino Duarte, gerente de la estación, mira primero el vaso medio lleno. "Y el inconveniente grande que me vemos es que alguna hinchada medio brava se desquite más de lo necesario con algo que haya alrededor. Y lo que hay alrededor somos nosotros...". Confían en que haya suficiente presencia policial, prometida por el Ministerio del Interior.

Hay cosas que resolverán sobre la marcha. Una es la posibilidad de habilitar más lugares de estacionamiento los días de partido (hoy la estación tiene unos 50 lugares disponibles). En esas ocasiones no podrán vender bebidas alcohólicas; de hecho, están considerando la posibilidad de tener cerrado el minimercado. "Todo va a depender cómo se desarrolle la cosa", dice Duarte y mira la intersección de las rutas, que parece será tan protagonista de los fines de semana como los jugadores.

Igual incertidumbre hay en la Seccional 18. Los 70 funcionarios policiales que ahí trabajan también están a la espera de qué pase. No han percibido fervor desencajado ni preocupaciones desmedidas en la gente. Tampoco saben de operativos de seguridad ya que, según dijeron fuentes de esa dependencia, no han participado de ninguna reunión en la que se haya programado algún dispositivo especial. Por protocolo, explican, de haber detenidos por incidentes no los llevarían a la comisaría local. Sí, en cambio, vaticinan complicaciones por el tránsito antes y después de los partidos en el cruce de las rutas por el posible aluvión de autos y ómnibus: por caso, el estadio cuenta con tres estacionamientos con capacidad para 2.150 autos.

Mejorías.

Detrás de la Tribuna Damiani está el Camino Siete Cerros, que separa los dos estacionamientos destinados al público en general. Entre tierra y balastro, une la ruta 102 con —ya convertido en camino Leandro Gómez— la 8 y puede ser considerado una salida alternativa. Por ahí funciona la línea de saneamiento del estadio. Fue ampliado e iluminado. Varios vecinos, incluso aquellos reacios al emprendimiento, reconocen que es más seguro caminar por ahí de noche. Y por ahí se levantan, a tres cuadras larguísimas, las casas más cercanas al Campeón del Siglo.

"La expectativa es buena. Ahora, con seguridad van a traer el saneamiento... Tendrá sus inconvenientes por las barras, pero eso puede pasar en todos lados", dice Lourdes, hincha de Danubio, cuyos seis años viviendo en la zona aún no le han dado certeza sobre cómo se llama su barrio. Su vecino Alejandro tiene un discurso calcado: "El barrio está feliz, ¡si están arreglando las calles! Yo, chocho, ¡además soy manya! Y sobre los líos, ¿vos conocés un barrio donde no haya líos?", pregunta y no espera respuesta.

Más cauta es Silvana, residente de toda la vida en la zona. Vive en la calle Justo Alonso y tendría al estadio como postal al salir de su casa, de no ser por un matorral bien espeso, bien frente suyo, que sería selvático si no fuera por el exceso de mugre, antesala de un barrio de casas bajas, casas en construcción y callejones poco recomendables de noche. "Si me sacaran este matorral sería buenísimo... está bárbaro lo de los servicios y de que haya más comercio, pero yo tengo miedo que venga gente de todos lados, que se meta por acá, yo tengo dos hijos adolescentes...". A su lado, gruñe un pitbull albino que no invita a pedirle la patita. A diferencia de sus vecinos, que minimizan la peligrosidad del barrio, ella no tiene empacho en decir que vive en una zona "jodida, ya de antes del estadio": el delivery de Farmacia va solo de día, el de la pizzería despacha casi sin detenerse y a ella hay que buscarla a la parada por la ruta —a tres cuadras interminables— cuando vuelve del trabajo, a medianoche.

Más al Norte, María Angélica Spinelli mira el alambrado caído y una bajada pluvial de cuatro metros de profundidad que la separa del estacionamiento del flamante estadio. Le va a pedir a Peñarol un tejido más alto. Ella es una de las residentes permanentes del Centro Mariápolis El Pelícano, en el kilómetro 28 de la 102. Es un bucólico bosque-jardín de cuatro hectáreas, cuatro casas, piscina, barbacoa y cascada propia perteneciente al Movimiento de los Focolares, católicos, utilizado tanto para retiros espirituales, encuentros empresariales o campamentos de colegios. Por año unas 3.000 personas usan sus instalaciones, incluyendo una casona de tres pisos, 50 camas y sala de yoga.

Lo que más le preocupa es el tránsito y la polución sonora ya que, sostiene la mujer, el club les ha dado todas las garantías en lo referido a seguridad. Han visto crecer al Campeón del Siglo desde los cimientos, soñando con un mejor saneamiento, disfrutando una mejor iluminación, aunque padeciendo cortes periódicos de luz e Internet. Tienen la agenda completa hasta diciembre. "Con mucha delicadeza, Peñarol nos mandó el fixture con los partidos ya programados. Nos llama un grupo y les recordamos que ahora hay un estadio. Que ellos hagan lo suyo y nosotros lo nuestro, nos dicen. Por suerte no ha habido cancelaciones".

Al lado de un centro de recogimiento espiritual se instaló un estadio de fútbol. Ellos tienen fe en una buena convivencia pero, llegado el caso, no descartarían irse. Hay antecedentes: antes de instalarse ahí, en 1994, los Focolares estuvieron en Las Piedras, donde los corrió el crecimiento de un basural. "¿Qué puede pasar ahora en la zona? ¿Para bien o para mal? Solo Dios lo sabe", dice María Angélica, laica, sin perder la sonrisa. Quizá haya un aliado. Washington Cataldi, histórico dirigente aurinegro, inmortalizado hoy en una de las tribunas cabeceras, solía decir que Dios era hincha de Peñarol.

UNA BÚSQUEDA QUE YA CULMINÓ

El reciente deseo de la casa propia para Peñarol nació en 1993, según publicó Domingo la semana pasada. Fue entonces cuando el presidente José Pedro Damiani, padre del actual titular aurinegro, cansado de los costos de arrendar el Centenario, puso su mira en el Estadio Charrúa, en el Parque Rivera. La idea no cuajó y buscó reflotar Las Acacias, vieja cancha del club inaugurada en 1916. Diversos incidentes llevaron a abandonar también esta posibilidad en 1997.

En este siglo, ya con Juan Pedro Damiani al frente del club, se pensó en el Parque Roosevelt como un posible afincamiento pero luego de varias resistencias se consiguió la ubicación actual. Tras el mítico estadio de Pocitos de los años 20, Peñarol vuelve a tener su casa. En Pocitos se ovacionó a José Piendibene. Acá se ilusionan con los goles de Diego Forlán.

PREFERIBLE PENSAR EN LO POSITIVO

"Yo siempre pienso en lo bueno que pueda venir. El comercio puede progresar. La zona se puede dinamizar. Puede venir gente a poblarla para estar cerca del estadio. El saneamiento de la cancha puede tener un impacto en lo social a través de convenios con la Intendencia", se ilusiona Elbio Almirón, referente social de la zona en la que ha vivido más de 40 años, exconcejal vecinal y hoy concejal municipal por el Partido de la Concertación.

El maestro Javier Silva, referente social e integrante de la Asociación Civil Villa Centauro, del kilómetro 19 de ruta 8, resume la sensación encontrada de varios vecinos: expectativa por el dinamismo, preocupación por el aluvión de gente.

Al respecto, Francisco Fleitas, alcalde del Municipio F, dijo que los días de partido se van a tomar "las mismas medidas que en el Centenario" en los servicios de transporte.

Violencia: "Son pequeñísimos grupos reprobados por todos"

Javier, Daniel y Tony, hinchas de Peñarol los dos primeros, de Nacional y con camiseta puesta el tercero, están parados en una calle anónima, paralela a ruta 8, la primera de Villa La Esperanza, atrás de la estación Ancap, a un kilómetro del Campeón del Siglo. Están preocupados. Están dolidos. Están furiosos.

"Lo del estadio es un desastre, ya mataron a uno los de Peñarol, los del (kilómetro) 14", dice Javier, el mayor del trío. Se refiere a Pablo Montiel, un hincha de Nacional de 19 años asesinado por un tiro en la espalda, emboscado por fanáticos carboneros, en la madrugada del viernes 18. Eso fue tres kilómetros y medio al Norte del estadio, en Villa García.

"Todo esto es por la guerra de pintadas. Vienen unos y pintan de tricolor, vienen los otros y pintan de amarillo y negro", añade Tony, que es el que demuestra más rabia por la situación. La guerra de pintadas (visibles por toda ruta 8 desde el kilómetro 12), recrudecida hace un año, es señalada como la causa. Y temen más.

"Esto recién arranca", retoma Javier. "Ahora hay calles más lindas (señala al piso), más luz... pero también vino esta violencia de mierda...".

El domingo pasado, un grupo de personas realizó una concentración en Villa García como protesta por el crimen. Asistieron hinchas de las dos instituciones, con sus respectivas camisetas, bajo la consigna "Rivales siempre, enemigos nunca". En una nota publicada por El País el miércoles 23, el pastor Cardozo, de la parroquia Cristo de Toledo de Villa García, aseguró que esta violencia es reciente. "La muerte del joven fue el único episodio importante por temas de fútbol. Son protagonizados por pequeñísimos grupos que son reprobados por todos", expresó.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)