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Mamá, me voy a jugar con cracks de la NBA

Crónica de una jornada de representantes de la organización más importante del básquet mundial con niños uruguayos en el Club Biguá: aprendieron, se divirtieron y se llevaron una medalla.

Los niños esperan el comienzo de la clínica.
Los niños esperan el comienzo de la clínica.
Carlos Delfino charla con los niños.
Carlos Delfino charla con los niños.
Horace Grant indica algunos ejercicios (Foto: Fernando Ponzetto)
Horace Grant indica algunos ejercicios (Foto: Fernando Ponzetto)
Hugo, la mascota que divirtió a los niños (Foto: Fernando Ponzetto).
Hugo, la mascota que divirtió a los niños (Foto: Fernando Ponzetto).
Vista general de la clínica en el Biguá. (Foto: Fernando Ponzetto)
Vista general de la clínica en el Biguá. (Foto: Fernando Ponzetto)

LUIS PRATS

Mamá, ¿qué hora es?, pregunta Manuel, quizás por enésima vez en el día. La madre solo le responde: "Ya te lo dije hace cinco minutos…" El niño está vestido con el uniforme gris y azul del club Tabaré y forma junto a pequeños colegas un mosaico con los colores de los clubes del básquet uruguayo en la calle Martin Luther King, en la entrada del gimnasio del Biguá de Villa Biarritz. Un mosaico también ruidoso e impaciente.

Junto a ellos pasa Nicolás Mazzarino, el jugador de Malvín, también con su bolso, recordando la primera vez que vio una final de la NBA: fue en 1991, cuando era apenas mayor que esos chicos, en la sede de Nacional, donde habían conseguido el video de Chicago Bulls-Los Angeles Lakers.

En aquel entonces, los cracks de la NBA norteamericana eran poco menos que inalcanzables, estrellas míticas de otra galaxia. La del 91 fue la final de los Bulls de Michael Jordan contra los Lakers de Magic Johnson, pero también Horace Grant contribuyó al triunfo de Chicago.

Las vueltas de la vida y la política de la NBA de difundir el básquet por el mundo presentando a sus figuras hicieron que la tarde del viernes 25 coincidieran en la cancha de Biguá Horace Grant, Nicolás Mazzarino, Manuel y otros setenta y pico de niños. "Mirá si yo hubiera tenido la posibilidad de jugar con los cracks cuando era niño", comenta Mazzarino.

La posibilidad de participar en una clínica de la NBA desveló a las promesas infantiles de 15 clubes montevideanos (y también a sus entrenadores). Cada institución designó un equipo de cuatro niños, de los cuales un integrante debía ser mujer, de entre siete ydoceaños, según las detalladas regulaciones de la actividad, la segunda realizada bajo un acuerdo de tres años entre Antel y la organización deportiva estadounidense.

El coordinador y maestro de ceremonias fue Adrián Álvarez, un mexicano que trabaja en la división Operaciones de Básquetbol de la NBA y cuyo objetivo consiste en ofrecer este tipo de tareas de difusión en diferentes países. Antes de venir a Montevideo pasó por Nueva York, República Dominicana y Bermudas. Siempre se realizan con una leyenda del básquet (en este caso Grant, cuatro veces campeón de la NBA, ya retirado) y un jugador en actividad (el argentino Carlos Delfino, campeón olímpico con su país, últimamente en Los Angeles Clippers). Y se complementa con basquetbolistas locales: aquí fueron los uruguayos Mazzarino y Fernando Martínez, más dos americanos de clubes montevideanos, Reque Newsome y Brian Craig, seleccionados para ese papel por el técnico Marcelo Signorelli. Como atracción extra, Hugo, la mascota de los Charlotte Hornets.

"Fundamentos".

Un rato después de la hora prevista, las puertas de Biguá se abren y los chicos entran apurados. Se registran y toman su lugar en el gimnasio. Luego aparecen los cracks de la NBA. En un mundo de gigantes, Grant impresiona con sus dos metros ocho. Viste una remera roja y un pantalón de los Bulls. Delfino usa un equipo deportivo y la remera blanca de Antel, igual que los demás instructores. Los niños llevan camisetas azules con uno de los lemas de la clínica: "Yo jugué con los mejores".

Grant y Delfino se saludan con sus colegas locales. El argentino ya conoce a los uruguayos y charlan animadamente. Grant no sabe español, pero no parece preocupado por establecer distancias. Acepta el pedido del fotógrafo de El País y realiza una espectacular hundida. Claro que tampoco le demandó un gran esfuerzo, apenas levantar los brazos y saltar un poco. Mientras esperan el comienzo de las actividades, los profesionales se entretienen haciendo lo que hacen siempre: tirar al aro.

Dos hombres con un equipo deportivo de los Charlotte Hornets —inconfundible combinación de turquesa y violeta— dan vueltas con un gigantesco bolso deportivo. ¿Será la mascota?, pregunta un espectador. "Secreto profesional", responde uno de los organizadores. Al rato aparece Hugo. Es un avispón gigante en un traje inflable. El muñeco baila, saluda, simula tropezarse y cae de trompa. De pronto se reincorpora, se para de cabeza y en esa posición vuelve a bailar. Los niños aplauden, sin imaginar las contorsiones que debe estar haciendo el hombre dentro del traje de goma para cumplir su parte del espectáculo. Al rato Hugo regresa con otro atuendo, con mayor facilidad de movimientos. Trepa a la tribuna, saluda a los niños, besa la mano a algunas madres y se presta para las fotos.

Fundamentos.

Cuando todo está listo en la cancha, Álvarez hace sonar su silbato y convoca a los chiquilines. Les pide un aplauso. Los niños comienzan a batir palmas, pero él aclara que es un solo aplauso. Luego pide "dos aplausos", después "tres aplausos". Lleva todo en términos joviales.

Explica cuáles serán los ejercicios. "Los fundamentos son esenciales", les dice. Incluso saber correr y saltar. La fila entonces corre y salta como lo harían los profesionales. A continuación, el instructor divide a los niños en grupos y organiza "estaciones de trabajo", cada una a cargo de un jugador. Algunos tiran al aro con Delfino, otros aprenden a llevar la pelota con Martínez, saltan a la cuerda con Craig o hacen ejercicios con Mazzarino y Newsome. Grant está a cargo de los ejercicios de saltos. La mole se pone en movimiento para una demostración previa. Sin el dominio del idioma, se hace entender y premia a los participantes con sonrisas o pulgares en alto.

Mientras tanto, la flamante doble pantalla gigante del Biguá ofrece imágenes de Grant y Delfino en acción, pero casi nadie las mira: sus protagonistas están ahí abajo, en carne y hueso.

Después de un rato, los grupos van rotando, de manera de pasar por todas las "estaciones" y sus "profesores". Estos parecen entusiasmados con su tarea, pero no están fingiendo. "Los jugadores se postulan para las clínicas y la NBA los elige. También se atiende su perfil. No vamos a invitar a un Dennis Rodman, porque con tantos tatuajes no sería un buen ejemplo para los niños", comentó después Álvarez a Domingo. Rodman, compañero de Grant en Chicago, hizo tan bien su papel de chico malo que terminó haciendo de villano en el cine.

Algunos niños, por su altura, presagian que jugarán en primera en unos años. Otros son más pequeñitos. También se aprecian diferentes habilidades. Pero todos demuestran estar muy compenetrados con el aprendizaje.

"Recuerden estos ejercicios. Los llevan a sus casas y cuando puedan los hacen en el patio, en la escuela, donde sea", les dice Álvarez, como si se tratara de los deberes.

Grant tiene que marcharse porque lo espera el avión para regresar a Estados Unidos. Antes pide el micrófono y se despide, traductor mediante. "Me gustó ver cómo trabajaban. Estoy honrado por compartir esta clínica e impresionado por el talento que encontré. Espero que alguno de ustedes llegue a la NBA", les dice a los niños.

La gente de Antel le hace algunos regalos: un libro de lujo del Estudio Testoni, otro libro de la Federación Uruguaya de Basketball, una matera de cuero, una botella de tannat (los otros representantes de la NBA tendrán luego los suyos). Por el camino hasta la puerta tiene que seguir firmando autógrafos. Cuando lo hace, se nota el detalle: lleva uno de los anillos de campeón de la NBA, que parecen diseñados para gente de talle extra extra large.

La clase se cierra con un concurso de tiros al aro. Hay aliento de los compañeros del que tira, aplausos para los que embocan. Y al final, medallas para todos.

"Me divertí mucho", resume Maite, de once años, representante de Cordón, que supo embocar más de una. Algún día le contará a sus nietos que jugó con los cracks de la NBA.

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