CABEZA DE TURCO

Mala onda

El uruguayo no suele ser un individuo al que se le puedan decir las cosas de frente porque se ofende rápido ante demasiada sinceridad. Acá la sinceridad es sinónimo de agresividad.

WASHINGTON ABDALA

Si le llegás a decir a alguien que lo notás "algo pasado de quilos" te compraste un problema; si le expresas a otro que es "radical con esa forma de expresar sus ideas políticas" es porque tu sos "un" intolerante y si le hacés algún chistecito a la moda ("¡Que hashé Licenciauuu!") ya estás haciendo política mezquina. Somos así, nos ofendemos al toque. Somos tirando a necios (bien cosa de aldea).

Las mujeres —en este asunto de la ofensa— tienen, además, códigos propios ininteligibles. Si te preguntan cómo les queda tal o cual vestido y te tomás la libertad de expresar que "te queda mejor el de color blanquito porque es más natural", ya te ponen cara de Tabaré recibiendo al PIT-CNT. Muchas damas no te piden opinión para que la expreses con sinceridad, solo quieren una ratificación de sus deseos (?). Ya aprendí la lección y ahora manifiesto que todo está bárbaro, aunque lleven un pato en la cabeza con un sombrero de Josephine Baker.

En Montevideo, por ejemplo, si en un restaurante te sirven un plato frío y ponés rostro de desagrado, y hasta llegas a reclamar por el mal servicio, el que se ofende es el dueño del restaurante porque tu sos un rompe quinotos que molesta. O sea, el ofendido no es al que jodieron con un plato mal presentado. No, acá el ofendido es el ofensor. El que se queja es impertinente (y después uno siente que te miran como si fueras Al Pacino en Scarface y hasta tenés temor a que te metan el dedo en los ravioles por venganza).

La mala onda permanente de los empleados municipales (no todos pero hablo de muchos que tienen contacto con el público) es algo atroz. Parece que eligen a los peores de la clase. Nadie te sonríe, todos te hacen sentir como un boniato tirado en medio del campo y no hacen el menor esfuerzo por ambientar un clima cordial. Hace un tiempo tuve que ir a consultar por una multa de la Intendencia capitalina. Aquello era como ir a una cárcel en las mazmorras. Me sentí una oruga a la que le tiraban sal por todos lados. La cara de la que me atendía era entre "jodete" y "me importás un pepino". No es que uno ande buscando novia en esos momentos, es que alguien tendría que enseñar alguna práctica de diálogo civilizado que hiciera más digna esa instancia de calentura que vive el ciudadano-gil. En los sistemas de pago diferidos privados (no hago propaganda) cuando te cobran las multas te ponen cara de "oh, lo lamento". Hermoso gesto de cinismo-solidario que valoro más que una sonrisa de López Mena (¿se ríe alguna vez?).

Observen los rostros de la gente en las calles, miren por 18 de Julio el talante actitudinal de la ciudadanía que anda por allí y verán que no alucino. La mayoría tiene cara de gruñido eterno (de las del tipo que riman con Pascual Angúlo), postura distante y cierta furia individual. Mala onda. ¿Vieron el look de Carolina Cosse cuando habla en la televisión que siempre parece que está constipada y que te concede la nota de manera asquerosita y con cierto desprecio hacia el infeliz que le quita su valioso tiempo? Bueh, esa moda gana terreno día a día. Agréguesele a esto que la gente anda con sus celulares y sus vidas metidas en el ciberespacio y se advertirá que el grado de delirio colectivo es relevante.

Yo no digo que hagamos como hacen en la tiendas gringas que te sonríen como si estuvieran recibiendo a Brad Pitt (excepto en las torres de Trump donde al ver venir a los mexicanos, ahora ya no les sonríen más). No, no digo eso, pero tampoco estas caras de perros con aroma a resentimiento y bronca de barra brava en domingo perdidoso.

Vamos a entendernos: una sonrisa ayuda a vivir, mejora el encare con la gente, dispara buena onda, alimenta la energía y atrae cosas positivas (o algo así). El rostro adusto, la mirada torva, el ceño fruncido es para gente que vive refunfuñando y masticando odio. Si se puede, querido lector, súbase el barco de la buena onda. Sobran los plomos de la segunda categoría. Son demasiados. Demasiados mismo.

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