CABEZA DE TURCO I washington Abdala

Mafiositos.uy

Desde siempre a los humanos nos seduce el mal. Felicitamos a los que hacen el bien, a los solidarios y a los que luchan por los demás —y queremos que nos vean aplaudiendo semejantes actividades— pero algo pasa en nuestras cabezas que igualmente nos enganchamos con el "mal".

WASHINGTON ABDALA

Por algo llegamos, incluso, a fascinarnos ante obras maestras del cine como El Padrino, Buenos Muchachos o Taxi driver, quizás para entender la lógica con la que algunos tipos destrozan con violencia los dispositivos lógicos de la vida en sociedad. Los humanos somos así, contradictorios.

Los griegos y los romanos, siempre claros con nuestras patologías, armaron una serie de dioses jorobaditos que los (nos) mostraban sin vergüenza. Imponente la sinceridad del pasado ante la hipocresía del presente.

El mal, además, cuando se fusiona con el poder —en sus patologías nefastas— tiene un momento particularísimo en que no siempre se nos muestra racional, y si no lo entendemos, tampoco lo podemos desarticular. El poder, además, nunca es puro, ya lo deberíamos saber de memoria, pero como ese asunto nos hipnotiza, eso anula buena parte de la racionalidad ante el poderoso.

Aunque más no sea en nuestras mentes, los tipos con poder seguirán haciendo lo que les venga en gana (el dinero y la autoridad compran casi todo) y los simples mortales solo nos quejaremos como ranas en estanque ante semejantes atropellos. Por esa razón, más de algún imbécil le concede a los inquilinos del poder libertades que jamás se concedería a sí mismo. ¿No se han encontrado en debates con personas honestas con sus vidas pero que sin argumentos lógicos o racionales defienden las arbitrariedades de los Hitler, los Castro o los Maduro y otras lacras semejantes? ¿No es misterioso que exista esa taradez hija del prejuicio o la ignorancia de manera flechada hacia algunos lados?

La seducción que tiene el mal, a su vez, nos somete a debates morales insospechados. ¿Podemos hacer lo incorrecto porque es "bueno" en su sentido final? ¿Robin Hood era un ladrón o era un individuo que hacía justicia con los bienes que incautaba ? ¿Cuál es el límite que puede tener la acción política para hacer el bien con instrumentos del mal? (¿la bomba?) ¿Nos podemos asociar con alguna forma de mal para obtener el bien? (¿espiar privadamente?). ¿Cuánta "violencia" se puede aplicar para hacer el "bien"? (¿torturar?). Supongamos que se pudiera salvar la vida a cien niños matando a un jerarca de un gobierno (elíjalo usted). ¿Es posible ese planteo dentro de una civilización democrática o no?

Parecen preguntas banales, pensará más de uno de ustedes, sin embargo en el pacto democrático o el contrato de convivencia entre nosotros tiene momentos en los que no siempre está todo claro. Por eso, la sociedad del desencanto grita, abuchea, cacerolea y escracha, porque sabe que por allí están sus límites dentro del estado de derecho.

El Uruguay siempre ha tenido una cultura particularista que le ha ganado a la universalista por paliza. Acá el vivo, el garronero, el piola, el ventajero, el que tiene padrino político, el que se acomoda en el Estado, el que hace lobby con el poder público de turno (ayer y hoy) siempre fue más exitoso que el que se rompe el alma. En ese viaje muchos ciudadanos "exitosos" —que no respetan las reglas universales— fueron siempre escondidamente admirados. Hay un enorme cinismo oculto en la sociedad uruguaya que nos muestra duales, ambiguos y jodidos. Está lleno de "mafiositos" de los que no se dice abiertamente pero se admira tupido por sus resultados (guita, poder, influencia o visibilidad). Y todos sabemos quienes son. Plagado de roscas repugnantes de tipejos de pelo político diverso pero con "sueños compartidos". Lo sabemos todos. Eso no habla bien de una nación, más bien la hunde en lo más pútrido de su alma. No quejarse luego cuando no somos Islandia. Somos lo que queremos ser. Ni más, ni [email protected]

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