Generación espontanea | HUGO BUREL

Leí Galveston

Acabo de leer Galveston, la primera novela de Nic Pizzolatto, guionista de la exitosa serie True Detective de HBO. 

Por lo que había apreciado al ver la serie, Pizzolatto es un buen dialoguista y alguien capaz de dotar a sus personajes de una carnadura existencial y conflictos personales que escapan a los criterios adocenados que suelen fatigar a la mayoría de las historias televisivas. Creo que, más allá de las notables actuaciones de Matthew McConaughey y Woody Harrelson y la firme y sobria dirección de Cary Fukunaga, lo que distingue a True Detective es lo que se dice, más que lo que sucede y ese aire verdadero que sugiere el propio título del proyecto y que indudablemente parte del pulso narrativo de Pizzolatto.

Por supuesto que una cosa es guionar capítulos de una serie televisiva y otra es escribir una novela de casi trescientas páginas que mantenga en vilo al lector aún en los momentos —que Galveston los tiene— en los que aparentemente nada sucede. Por supuesto que en la novela sucede mucho, a partir de un comienzo trepidante que parece preludiar una historia muy negra que habrá de seguir por un sendero de violencia creciente hasta el mismo final. El escritor Dennis Lehane —autor de Shutter Island y Río Místico— ha dicho que Galveston es el mejor noir que ha leído en la última década. Creo que esa definición, quizá verdadera, se queda corta en cuanto a los notables valores que contiene la novela de Pizzolatto. Porque a mi modo de ver, el autor nacido en Nueva Orleans se destapa como uno de los mejores novelistas norteamericanos surgidos en el presente siglo y las resonancias de su prosa aluden no solo al género negro, sino que convocan, ya que del sur se trata, al inmenso magisterio de Faulkner cruzado con la prosa precisa y lacónica de Cormac McCarthy.

Por lo anterior, la novela me ha sacudido y sometido a su lectura hipnótica y al inquietante embrujo de sus paisajes desolados, del despojamiento de su geografía que ubica a Galveston, Texas, como centro conceptual, paraíso perdido e infierno recuperado. Como en la serie de HBO, que tiene una fotografía cruda, desoladora y de inmenso atractivo, diálogos envolventes y un misterio que se va armando de a poco como una gran tormenta, la novela mantiene ese estilo de laconismo y expresividad condensada en mínimos detalles pero se abisma en una deriva existencial que también es un ejercicio de redención para sus dos personajes centrales. Así, el matón texano Roy Cody y la joven Rocky emprenderán una imposible huida por carreteras, moteles de segunda y lugares del sur, que la soberbia cadencia de la prosa de Pizzolatto registran con una condición hiperreal deslumbrante. Por momentos, parece que nos hemos metido en uno de esos cuadros de Edward Hopper que de pronto son habitados por antihéroes que lo han pedido todo menos la dignidad.

No voy a develar aquí la trama de Galveston, que oscila en dos planos temporales que al principio sorprenden pero que luego sirven para develar un desenlace que escapa a varios lugares comunes que podían haber precipitado la novela hacia un fiasco previsible. La habilidad de Pizzolatto consiste en bascular entre la dimensión específica de la novela negra y otras, que apelan a una mirada desencantada que no desconoce la piedad, la autocompasión, la lucidez para indagar en los dramas personales del protagonista y su partner y detenerse en un par de personajes secundarios de impecable formulación.

Pizzolatto ha desarrollado un relato sórdido y a la vez poético, violento y lírico, salvaje y conmovedor. No hace trampas en el argumento ni tampoco abusa de los clisés del género, sino que los dosifica y aplica en los momentos indicados. Por todo eso, la lectura de Galveston es una experiencia dura y a la vez aleccionadora en la que muchos conceptos morales quedan en entredicho y a la vez se reafirman. Hay una delgada línea entre lo correcto y lo condenable que el autor traza con inteligencia para cuestionarnos y forzarnos a mirar los hechos desde otra perspectiva.

Por supuesto que ya hay un proyecto de película para llevar esta historia a la pantalla. La dirigirá Jean Doumanian con Matthias Schoenaerts en el rol de Roy Cody.

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