EL PERSONAJE

Leandro Núñez: "Darlo todo es mi forma de agradecer"

Llegó al teatro de casualidad. Es parte del elenco de la Comedia Nacional desde 2008 y ahora está haciendo, dice, uno de los mejores personajes de su carrera. 

Leandro Núñez es parte de la Comedia Nacional desde 2008
Leandro Núñez es parte de la Comedia Nacional desde 2008. Foto: Francisco Flores.

"Escuchame asesino, yo estoy ahí también. ¿Querés matarme a mí, a papá, a mamá? No se puede hacer de cuenta que uno es otro y eliminar lo vivido ¿Por qué me duele solo a mí si sos vos el que decide suicidarse?”. Es domingo seis de octubre. Leandro Ibero Núñez (41), que es Tomás Stockmann, tiene los ojos rojos de lágrimas, la voz potente pero cortada, los lentes en una mano, la camisa verde transpirada, el pelo desarreglado. Camina entre medio de la escenografía de la versión libre de Enemigo del pueblo que está haciendo la Comedia Nacional en la Zavala Muniz del Teatro Solís. Mira hacia abajo y hacia Luis Martínez, que es Pedro Stockmann, a quien le habla. Y sigue. “¿Querés bañarme con tu sangre nueva, con tu ADN actualizado? ¿Cómo sucedió esto y yo no me di cuenta, cuándo pasó?” En la sala, dispuesta con cuatro plateas que rodean al escenario hay un silencio que corta, que tensa, que hace eco de la voz de Leandro que está haciendo uno de los trabajos más potentes de su carrera. Es uno de esos trabajos de los que la gente habla cuando sale del teatro, de esos que rompen los moldes, de esos que incomodan por tanta realidad.

“Con Enemigo del pueblo me volví a enamorar. Siento que es una responsabilidad la obra en su totalidad, es un clásico, una obra conocida. Individualmente siento que estoy en una etapa actoral nueva. No estoy hablando de calidad artística actoral, pero sí de nuevos desafíos. Creo que esta obra es un mojón, uno de los que me ha pasado, el último. Estaba esperando esta oportunidad. Muchas veces los directores me convocan para espectáculos netamente de comedia o personajes que tienen una impronta muy particular en relación a la energía, al humor, al entretenimiento, y me encanta, lo disfruto y ha salido bien. Pero también he tenido que luchar contra eso porque a veces te lleva a un lugar de encasillamiento actoral”. De luchar. De eso se ha tratado siempre.

De barrio

Leandro Núñez protagoniza Enemigo del pueblo
Leandro Núñez protagoniza Enemigo del pueblo. Foto: F. Flores

Leandro demoró siete años en hacer quinto y sexto de secundaria. No encontraba la forma de estudiar ni tampoco el motivo para hacerlo. Le gustaba el liceo. Por eso insistió durante tanto tiempo. Había algo en aquel liceo del Prado que le atraía, que lo hacía sentir bien.

Nació en el barrio Lavalleja de Montevideo. Creció jugando al fútbol y a perderse en la selva con sus hermanos y sus amigos. La selva era un monte de eucaliptos en frente a la casa de su abuela, una persona especial con la que le gustaba compartir tiempo a pesar de que no hablaran demasiado. En la casa de la abuela también vivía uno de sus tíos. En la casa de la abuela había árboles, chanchos, gallinas, conejos, plantaciones de todas las verduras y de todas las frutas. Era, dice, como estar en el campo pero en el medio de la ciudad.

Con el tiempo el barrio empezó a cambiar y con el barrio también cambió Leandro. Cuando tenía diez años su padre, que lo había llevado al tablado municipal por primera vez, se fue de la casa. “Mis hermanos y yo estuvimos pila de tiempo un poco solos porque ahí mi madre tuvo que empezar a trabajar. Nos decía todos los días ‘cuídense, estudien’. Sí, claro, pero vos si estás solo hacés lo que querés”. Por eso el liceo del Prado era lo que era, por eso no abandonó, se quedó, insistió. “Yo veía que mis compañeros se iban de vacaciones con sus familias, que había una integración, que había grupos de amigos, gente educada. Yo iba al liceo en otro barrio porque la realidad con la que convivía en el mío era complicada, entonces el contraste era muy grande. Era otra realidad y yo creía que algo de todo eso que veía en el liceo tenía que seguir estando en mí”.

En la adolescencia, dice, quiso ser jugador de fútbol o tener una banda de rock. Había descubierto la música y realmente creía que podía hacerlo. “A todo esto estaba mucho tiempo en la calle. Eso tenía sus cosas buenas y otras cosas no tan buenas como algunos riesgos al santo botón. Yo siempre fui de mis amigos o de mi entorno del barrio uno de los que bajaba más a tierra todo, pero igual no alcanzaba con eso, la realidad me llevaba por ahí”.

Un día escuchando Código 90, un programa radial sobre rock, conoció a La Tabaré. Y otro día, con Richard, un amigo del liceo, se enteraron que Tabaré Rivero, al frente de la banda uruguaya, daba clases de teatro en el Centro Comunal de Sayago. Fueron.

Leandro había visto teatro dos veces en toda su vida. Una había sido en un club de la Avenida Millán, del Prado. La Comedia Nacional estaba haciendo una gira por los barrios con una obra de Bertolt Brecht. Leandro tenía 8 años y fue con su mamá, que no era una amante del arte pero le gustaba mirar todos los espectáculos que pudiera. La segunda vez fue cuando estaba en tercero de liceo. La profesora de Literatura los llevó al Teatro Solís a ver a la Comedia Nacional que estaba haciendo Las de Barranco. De esas veces no queda ni la trama ni la actuación ni los personajes. De esas veces ahora resisten algunas imágenes, algunas sensaciones.

Fueron al taller porque les gustaba la música. Porque admiraban a Tabaré Rivero y querían verlo de cerca. “Yo no esperaba nada de ese taller más que conocerlo. Pero hubo algo que me colgó. Tabaré es o era profesor de yoga y en esa primera clase hicimos muchos ejercicios de yoga relacionados al teatro y encontré una especie de tranquilidad que necesitaba. Yo tenía 19 años y me gustó muchísimo encontrar un lugar que me permitía expresarme”.

Se enteró que existía la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD) y que para entrar había que tener el liceo terminado. Dio los exámenes de quinto y de sexto libres y lo terminó. Lo hizo por el teatro y también porque a veces en la vida pasan cosas que llegan para cambiarlo todo. “Hubo algo muy importante para mí en ese momento que fue el nacimiento de mi hermana Maite. Mi madre la adoptó luego de una situación muy compleja y llegó a casa a los dos días de nacer. Eso también hizo que mis hermanos, mi madre y yo nos pusiéramos un orden. Yo tenía 20 años y su llegada fue muy importante para mi a nivel de orden, a nivel espiritual, de motivación. Fue como que en ese momento dije ‘basta de romper los cocos’”.

Entró a la EMAD y aunque al principio todos le decían que era una locura, que mejor buscara otra opción, siguió. “Empecé a hacer mis primeras obras e igual seguía siendo una locura. Pero yo tenía un grado de inconsciencia que me hacía seguir. No tenía consciencia pero sí convicción. Si eso me gustaba me importaba un carajo, no sabía si podía o no hacerlo, pero sí sabía que era lo que quería. Siempre hice todo por convicción”.

Empezó a trabajar profesionalmente mientras era estudiante. Primero como actor invitado por la Comedia Nacional en dos ocasiones y después en Mi muñequita, la obra de Gabriel Calderón que marcó las formas de hacer y entender al teatro de su generación y de las que vinieron después. En 2008 se presentó al concurso para entrar a la Comedia Nacional y desde entonces es parte del elenco.

—¿Qué significa para vos estar en la Comedia Nacional?

—Me encanta, me siento agradecido, lo disfruto mucho. Lo vivo con mucha responsabilidad también porque el lugar que ocupamos como colectivo e individualmente me parece que es un lugar relevante, decimos cosas que la gente escucha. Lo tomo como un lugar de seriedad. Y también responsabilidad desde el lugar del agradecimiento. Porque vos decís ‘está buenísimo estar acá’ pero hay que agradecer con hechos, no solo dar las gracias. Trabajar, dar lo mejor, relacionarme con mis compañeros o con un director que viene y deposita la confianza en mi trabajo es mi forma de agradecer. Dejarlo todo es una forma de dar las gracias.

A veces, cuando anda un poco aturdido, cuando necesita un rato para él, sube las escaleras escondidas del Teatro Solís que lo llevan hasta lo más alto de la sala principal, al paraíso. Se acuesta en la alfombra bordó y se queda ahí, en silencio, mirando hacia arriba, bien cerca del techo, donde nadie puede alcanzarlo. “El teatro es mi lugar, en todo sentido”.

sus cosas
Enemigo del Pueblo, por la Comedia Nacional
Tomás Stockmann
La Comedia Nacional está presentando una versión libre de Enemigo del pueblo de Henrik Ibsen, con dirección de Marianella Morena. Allí Leandro interpreta a Tomás Stockmann un médico que se opone a la instalación de una planta de celulosa en un pueblo. “Estaba esperando un personaje como este”.
"Si me dan a elegir qué espectáculo quiero hacer, elijo de vuelta el de Zíngaros"
El carnaval 
Creció yendo al tablado del barrio. Cuando era adolescente empezó a salir en carnaval. “Salía en Espantapájaros de Medianoche, un grupo de la Teja, después salí un año en Los Carlitos y tres años en Zíngaros. Paré, no salí por muchos años y cuando volví lo hice con parodistas Los Muchachos”.
Pelota de la Champions League 2019-2020
El fútbol
A veces, dice Leandro, se siente un poco niño. “Hay cosas que me gusta hacer y que no las quiero perder como tener ratos de divertimento, de ocio, de relax. A veces pienso podría haber ocupado el tiempo en otras cosas más productivas”. En esos ratos dice, le encanta jugar al fútbol o sentarse a dibujar.
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