La sobreviviente del clan

| Caroline Kennedy, la última heredera de JFK, cumplió 50 años. Dedicada a sus hijos, escribir libros, tareas benéficas y poco a la política, cultiva muy bajo perfil.

EL MERCURIO | GERMÁN ROMERO

La carrera profesional de Caroline Kennedy ha sido inmejorable. Hoy, la hija del más mítico presidente de Estados Unidos y de una de las mujeres más elegantes del mundo, se sacudió de la leyenda familiar y es una exitosa abogada, autora de varios libros de leyes y de litera-tura, incluso uno dedicado a su madre, con quien siempre tuvo una difícil relación. A diferencia de Jackie, Caroline nunca se destacó por su glamour, situación que preocupaba a su madre. Trató de corregirla en la adolescencia, pero sólo consiguió que su hija se mudara a Londres.

Hoy, con 50 años, es una mujer sencilla, que ha debido superar grandes pérdidas. De quinceañera, no quiso debutar en sociedad y menos tener un gran baile. Nunca tuvo ningún trato especial en la universidad y tampoco aceptó las comparaciones con su madre. Siempre intentó pasar inadvertida. "¿Se imaginan lo que es ser la hija de Jackie y tener el mundo esperando que uno sea una diosa?", se preguntó una vez el escritor Truman Capote. Esa actitud la protegió. Y lo sigue haciendo.

FAMILIA. Esta difícil relación madre-hija comenzó cinco años después de la muerte de JFK, cuando Caroline aún no cumplía 11 y su madre se volvía a casar. El padrastro no era un hombre cualquiera sino el más rico del mundo: Aristóteles Onassis. Quienes fueron al matrimonio, recuerdan que los ojos de la niña estaban a punto de estallar en llanto. Cuando Jackie murió de cáncer, en 1994, la relación entre ambas se había hecho estrecha.

Pero la muerte más dolorosa para Caroline fue la de su hermano John John, el 19 de julio de 1999. El mismo día de su aniversario de matrimonio y cumpleaños de su marido, el menor del clan estrelló su avioneta y murió junto a su mujer Carolyn Bessette y su cuñada.

La relación entre los hermanos Kennedy fue siempre muy cercana. Caroline cuidó a John como a un hijo. En más de una oportunidad él confesó que ella era la persona a la que más escuchaba.

Fue ella quien la noche antes del accidente llamó preocupada a su hermano porque temía que algo sucediera. "No te preocupes. Tengo planes de vivir hasta una edad avanzada", fue la respuesta.

A la mañana siguiente recibió un llamado del entonces presidente Bill Clinton. Antes de tomar el teléfono ya sabía lo que sucedía. Frente a la noticia de la desaparición de la avioneta, trató de mantener la calma. "¿Dónde fue el último lugar en que lo vieron? ¿Iba con un instructor de vuelo? ¿Existía un plan de vuelo?", preguntaba a Clinton.

Tres días después, encontraron su cuerpo en el Atlántico y Caroline no se reunió con el resto del clan Kennedy. Fue a su casa de Bridgehampton para mantenerse alejada de la prensa y pasar en compañía de sus hijos y su marido. Frente a las cámaras no derramó ni una lágrima, pero según sus conocidos lloró durante meses, siempre oculta tras las paredes de su casa. Algunos dicen que aún no se logra recuperar.

POLÍTICA Y LIBROS. Luego de la muerte de su hermano, un nuevo escenario se abrió en su vida. Desde 2000, sería la encargada de preservar el recuerdo familiar. Lo primero que hizo fue asistir a la convención demócrata para apoyar la campaña presidencial de Al Gore.

Caroline también ha recordado a su clan a través de la literatura. A mediados de 2003, presentó los poemas de amor favoritos de su madre e incluyó fotografías donde muestra a Jackie como una mujer común, realizando tareas del hogar.

Además ha continuado con las actividades como presidenta de la Fundación John F. Kennedy. En la biblioteca de Boston trabajó más de un año por el sueldo simbólico de un dólar recolectando fondos. "Las escuelas necesitan energía y compromiso. Puedo ayudar a canalizar esos esfuerzos para beneficiar a los niños de Nueva York", señaló en una de pocas entrevistas que ha dado.

LA ÚLTIMA. Sólo seis años tenía Caroline cuando debió asistir al entierro de su padre. Sin entender muy bien qué sucedía, lo despidió entre presidentes, parlamentarios y un país entero que se estremecía con la trágica muerte en 1963. Fue una imagen que la inmortalizó. Como aquella otra que inspiró una famosa canción. "Era una foto de una niñita vestida de blanco en su ropa de montar junto a un pony. Era una imagen inocente y maravillosa", explicó el cantante Neil Diamond al confesar que la protagonista de su famoso tema Sweet Caroline era ella. Ese retrato es el que existe en el inconsciente de la mayoría de los americanos de aquella época.

Con el tiempo, Caroline se alejó completamente de los medios y se convirtió en protectora de su propia intimidad. En la Universidad de Harvard estudió Artes y en 1988 se tituló como abogada, destacándose como una excelente alumna que nunca aceptó privilegios.

Su gran preocupación es su familia con la que trata de llevar una vida lo más normal posible. Se casó en 1986 con el decorador de interiores Edwin Arthur Schlossberg, con quien tiene tres hijos: Rose (17) Tatiana (15) y Jack (12). Su marido, 13 años mayor, es amante del arte y también cultiva un perfil bajo. Llevan una vida tranquila, sin grandes lujos. Caroline ha subastado buena parte de la herencia de su padre y hermano, ya que, dice, no necesita tantas pertenencias. Vive en una casa sencilla en Nueva York.

Cuando se casó en una ultraprivada celebración, enfrentó a los periodistas y muy tranquila les dijo: "Por favor, hoy no me molesten. Estoy tratando de casarme". Su hermano John diría durante el brindis: "Toda la vida fuimos tres: mamá, Caroline y yo, ahora somos cuatro".

Hoy sólo queda Caroline.

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