La aventura de contar

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Hay pocas ideas más equivocadas que creer que la teoría y la práctica son enemigas y excluyentes. Todo el quid de la cuestión está en saber ubicarse en el medio de ellas y no quedar atado a una sola. La pura teoría tiene el defecto de paralizar toda actividad: uno se queda sólo pensando y no cambia nada de la situación porque no actúa. Del otro lado, la mera práctica, estar todo el día haciendo cosas, tiene el defecto de que uno pierde la reflexión, se olvida de esa distancia necesaria para saber cuándo y cómo actuar. La clave entonces es ubicarse en el medio, ya que ambas son igual de necesarias.

Pero hay una situación más peculiar y es cuando uno no sabe la teoría que está por detrás de una práctica, es decir, cuando uno hace cosas pensando que son sólo acciones y desconoce que por detrás se despliega una larga reflexión teórica. Abundan ejemplos, pero hoy quisiera detenerme en uno: el concepto teórico de identidad narrativa aplicado a nuestra actividad diaria de contarnos historias. Se lo debemos al filósofo francés contemporáneo Paul Ricoeur, principal difusor de esta idea.

Ricoeur dice que somos lo que nos contamos que somos. En otras palabras: lo que define nuestra identidad es la narración que hacemos sobre nuestra vida. Cuando alguien me pregunta quién soy, debo contar una historia. ¿Qué cuento? ¿Cómo lo cuento? ¿Para qué lo cuento? Esas son algunas de las preguntas claves para el filósofo. Sus libros son extensos y profundos (Tiempo y narración tiene tres tomos), repletos de disquisiciones teóricas sobre la literatura, la ficción y los modos de construir narraciones. Desde allí, se apunta al problema práctico y cotidiano de contar la historia de nuestra vida.

Una de las claves de Ricoeur está en la dinámica del cuento, en el objetivo hacia el que se apunta con la historia. A diferencia de Freud, que tanto se preocupó por los sucesos traumáticos de la infancia y el pasado, el filósofo francés pone el acento en el proyecto, en el futuro. Este cambio es fundamental y tiene que ver justamente con para qué nos contamos la vida. Lo que en una determinada trama narrativa es un suceso desgraciado, en otra trama, esto es, en otra manera de contarlo, pasa a ser un hecho afortunado. Por ejemplo: Marcelo se tiró a una piscina y quedó cuadripléjico porque golpeó su cabeza contra el fondo. El hecho es una desgracia. Pero él lo cuenta de una manera que enseguida le quita toda tragedia, es más, para Marcelo ese accidente fue el comienzo de una nueva etapa de su vida que, entre otras cosas, hizo que se creara la asociación UDI 3 de diciembre para todas las personas con discapacidad de Cerro Largo.

En la filosofía de la identidad narrativa de Ricoeur, los hechos no son meramente sucesos objetivos sino que toman su valor en función del lugar que le asignamos en el cuento que hacemos sobre nosotros mismos. Otro ejemplo es la crisis de 2002. Hecho objetivo doloroso pero que podemos trocarlo en desafío si lo ubicamos en una historia que nos hizo repreguntar el sentido de nuestras actividades y las cosas a las que queríamos llegar. La clave está en hacia dónde apuntamos con la narración de nuestra historia. La importancia que tiene el pasado es en función del lugar futuro hacia el que queremos ir. Esto vale tanto para la historia de cada uno como para la de una comunidad, un pueblo, o una civilización.

Lo fascinante de escuchar a los abuelos es que cuando les hacés una pregunta nunca te responden sino que te cuentan una historia. Ricoeur dice que esa metodología es la clave para construir nuestra identidad. La aventura de contar es la aventura de saber quiénes somos.

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