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Esos juguetes que son para siempre

Llegaron a sus vidas en fechas muy especiales como Navidad. Algunos crecen con sus dueños, que los conservan por décadas.

Raquel y Juanmartín con la guitarra de madera. Foto: Darwin Borrelli.
Mujercitas fue uno de los libros de la infancia de Vanessa. Foto: Gerardo Pérez
Natacha y Santiago con Serafín y Pepe. Foto: D. Borrelli.
Sebastián guarda su primer auto a control remoto. Foto: Marcelo Bonjour.
Carolina Jacinta, un títere de peluche que tiene más de 20 años. Foto: D. borrelli.

A la mona me la regaló mi papá en diciembre de 1997. En el jardín de infantes al que iba habíamos tenido una idéntica como "mascota" durante todo el año y cuando las clases terminaron, mi padre consiguió una igual, lo único que la ropa era diferente: la del jardín estaba vestida de marinera y la mía de enfermera. Pero no importaba. Yo tenía mi propia mona y, aunque no lo supe hasta que fui más grande, desde ese día y hasta ahora, sería mi fiel compañera y estaría conmigo siempre. 

Carolina Jacinta es un títere de peluche marrón, a la que ahora, 20 años después de conocerla, le falta un ojo y ya no tiene ropa. Fue mi compañera desde el día en que me la regalaron, era mi confidente, mi amiga a la que le contaba todo, a la que abrazaba cuando estaba triste o a la que sentaba en una silla para que me viera bailar. También, fue la mona la que se mudó a Montevideo conmigo cuando cumplí 18 y me vine a estudiar. Hoy, aunque ya no duermo con ella, está arriba de mi cama y ahí (espero) va a estar siempre.

Como la mona, Raquel guarda una guitarra de madera, Santiago un oso que se llama Pepe, Natacha su conejo Serafín, Sebastián un auto a control remoto y Vanessa el libro Mujercitas. Hayan llegado en Navidad o en otro momento del año, por alguna razón, (aunque no sepan explicar muy bien cuál es) esos juguetes son especiales y hasta hoy los conservan casi como una reliquia. Es que ellos forman parte importante de su historia y tenerlos es, a veces, encontrarse.

Serafín creció.

A Serafín se lo regalaron junto con Conejina cuando Natacha Cortabarría (26) cumplió un año. Serafín y Conejina eran dos conejos de peluche iguales: uno amarillo y la otra rosada. Nadie en su familia sabe muy bien por qué el conejo amarillo se llama Serafín. Su madre cree que puede haber sido por el poeta Serafín García, ya que en ese tiempo ella estudiaba literatura, su padre cree que quizás cuando se lo regalaron le dijeron que se llamaba así. "O capaz en ese momento los conejos se llamaban Serafín, no sé, nadie sabe", recuerda Natacha.

Lo cierto es que a Serafín y a Conejina se los regaló un amigo de su padre que era como su padrino y a partir de entonces fueron inseparables. Pero esta no es la historia de unos conejos de peluche cualquiera. Esta es la historia de Serafín, un conejo que, con el tiempo, creció.

Cuando Natacha tenía casi dos años, se fue de vacaciones con sus padres a Brasil y, por supuesto, Serafín viajó con ella. Un día se olvidó del conejo en el comedor del hotel y al otro, cuando volvieron a buscarlo, ya no estaba: "El mozo dijo que lo había encontrado y lo había dejado aparte pero que un niño dijo que era suyo y se lo llevaron. Así que me quedé sin Serafín y casi me muero, era el único que llevaba a los viajes, era mi favorito". Sus padres intentaron encontrar a un conejo igual al suyo, pero no hubo caso. Natacha se tuvo que volver a Uruguay sin su Serafín.

Pasaron tres meses y un día, cuando su padre regresó de un viaje, trajo a Serafín de regreso. Era el mismo, lo único que le habían crecido las piernas, los brazos y las orejas. Su papá le dijo que así como ella había crecido, también lo había hecho Serafín, y a Natacha le pareció fascinante que su conejo hubiese crecido durante el tiempo que no estuvieron juntos.

Serafín no era el mismo. Se dio cuenta de eso cuando ella creció y el conejo quedó igual. Pero no importaba. Serafín era el peluche que se había perdido y había vuelto a ella (más grande) y con eso era suficiente para que fuera el más especial de todos sus juguetes.

Desde entonces la ha acompañado a todos sus viajes: tiene fotos con Serafín en México, Disney, Miami, Chile, Brasil y Argentina. En su adolescencia dejó de llevarlo, pero hasta el día de hoy sabe que si se va por un tiempo largo, Serafín va con ella. "Cuando mis padres se divorciaron yo lo llevaba a de la casa de mi madre a la de mi padre y al revés, todo el tiempo y siempre que me sentía mal, abrazaba a Serafín". No sabe por qué eligió a un conejo amarillo como confidente, pero lo que sí sabe es por qué Serafín se convirtió en un juguete especial: como en las películas, fue el único de sus peluches que creció (literalmente) con ella.

El auto de Trelles.

"Siempre fue mi sueño tener un autito a control remoto y este fue el primero", dice Sebastián Custodio (38) sobre un auto que guarda hace casi 30 años. No era un auto cualquiera: era el Mitsubishi Lacer Evolution en el que corría Gustavo Trelles y desde que había salido a la venta, él lo quería. Antes, lo más parecido a un auto de ese tipo, recuerda, eran unos que venían con un cable, pero ninguno era como el de Trelles.

Pero este también es un auto especial para Sebastián porque es el único de sus juguetes que "sobrevivió". "A los demás los desarmaba a todos. Pasaban todos al desarmadero, tenía una manía de desarmar los autos. A los de metal, por ejemplo, los desarmaba para pintarlos pero después nunca los volvía a armar", dice. El de Trelles, sin embargo, aún está intacto.

Con ese modelo, el piloto uruguayo de rally ganó el campeonato cuatro años consecutivos así que Sebastián lo quería sí o sí. Además, cuenta, en esa época tener un auto a control remoto no era "normal". Ni bien salió a la venta en las estaciones de servicio, se agotó.

El recuerdo más claro que Sebastián tiene con el auto es salir a la vereda a medir la distancia que alcanzaba: "Hacía media cuadra, me acuerdo que lo perdía de vista o quedaba chiquito. Y me encantaba porque le podía regular la velocidad y la dirección para que no se fuera para los costados". Dice que jugaba todo el tiempo con él y que, mientras vivió en la casa de su madre con sus hermanos, lo tenía colgado con tanzas del techo de su cuarto. Incluso en un momento, señala, se las ingenió para adaptarle un transformador y así no gastar en las baterías.

Hoy, casi 30 años después de que los Reyes Magos se lo dejaran en los zapatos, el auto sigue funcionando, aunque ahora está en una repisa de su casa, junto con otro que él mismo se compró cuando fue más grande. "Para mí este auto es una reliquia", sostiene. Es que este no es solo el auto de Gustavo Trelles, es también, el auto más especial de Sebastián.

La guitarra de la tía.

Si Raquel Laxalt (56) piensa en su guitarra de madera, lo primero que se le viene a la cabeza es que el amor por ella era tan grande que no se la prestaba a nadie y cuando iban visitas a su casa, la escondía para que no se la tocaran. Si le daba el tiempo de ocultarla bien, la metía en su placard, entre la ropa, pero cuando llegaban de sorpresa, apenas le daba el tiempo para sacarla de circulación.

Una de las tantas veces que sus primos fueron a visitarla, la metió adentro de su cama. Cuando se fueron, Raquel se olvidó de que estaba allí y sin querer la pisó. "Fue un trauma muy grande", dice. Es que, al pisarla, quebró el brazo de la guitarra. "Después papá en su taller me la arregló".

Sus padres se la regalaron cuando ella tenía 5 años y desde entonces, la guitarra de madera que ahora le regaló a su sobrino nieto (foto de portada), estuvo encima de su cama, "como si fuese un peluche, pero era una guitarra", dice. Se la compraron en un Palacio de la Música que está en 18 de Julio y Paraguay, aunque no sabe muy bien por qué. Sin bien a sus padres les gustaba la música, nadie en su familia tocaba ningún instrumento. Sin embargo, fue la "guitarrita de madera" la que, quizás, mirando hacia atrás, detonó en Raquel el amor por la música.

Al año siguiente le compraron una guitarra más grande, empezó a tomar clases y cuando tenía nueve años, junto con una de sus primas que también estudiaba, formaron un dúo de folklore con el que cantaron hasta que tuvieron 19 años más o menos. Después cada una hizo su vida, pero Raquel no se alejó de la música: estudió ópera, hizo zarzuela y después perteneció a distintos coros.

Raquel tiene recuerdos de domingos de almuerzos familiares en los que las guitarras y algún tamboril no faltaban. Sin embargo, la guitarra de madera nunca salía de su casa. Fue con ella de mudanza en mudanza y siempre tenía un rincón para guardarla.

Fueron varios de sus sobrinos los que le pidieron a Raquel que se las regalara, pero a ninguno se las dejaba utilizar. Sin embargo, hace unas pocas semanas, Juanmartín, su sobrino nieto, cumplió dos años y la guitarra fue parte de la decoración del cumpleaños. Cuando terminó, se la quiso llevar para su casa y esta vez, Raquel accedió: "Se la regalé porque le gusta. En la escuela a la que va hay un profesor que toca y él tardó cinco minutos en aprender a agarrar la guitarra como correspondía y bueno, capaz que lo sacamos músico", dice, mientras Juanma improvisa una melodía en la guitarra de madera de su tía abuela.

El oso Pepe.

Pepe estuvo siempre en el mismo lugar: arriba de la cama que tiene Santiago García (24) en la casa de sus abuelos, en Melo. Cuando se vino a estudiar a Montevideo, el oso se quedó allí. Eso sí, cada vez que visita a sus abuelos, pasa por el cuatro solamente a mirar que Pepe esté en su lugar.

Cuando él y Agustina, su hermana melliza, cumplieron un año, sus abuelos Chiquita y Chiche, les regalaron a dos osos de peluche: Pepe para Santiago y Pepa para su hermana. A partir de ese día, el oso estuvo en todos y cada uno de los momentos "importantes" de la vida de Santiago: "Está en todas las fotos de mis cumpleaños, en Navidad yo abría los regalos con Pepe en la mano. Cuando tuve ocho o nueve años, como me daba vergüenza que mis amigos lo vieran, lo llevaba a mis cumpleaños pero lo dejaba escondido en un rincón". Pero Pepe siempre estaba. Y a donde fuera, iba con él. Jugaban juntos a los autitos (sentaba al osos contra la pared y los autos rebotaban en él), dormían juntos, viajaban juntos.

Santiago recuerda una ocasión en la tenía cinco o seis años y que la "pasó mal". Era verano y estaba en la Laguna Merín con sus abuelos y su hermana. Un día fueron a la casa de unos amigos de la familia, que tenía una nieta de su edad. Santiago guardó a Pepe en la mochila pero cuando llegaron, antes que nada, subió al segundo piso de la casa y escondió a Pepe. Al regresar a la casa de sus abuelos, Santiago se dio cuenta de algo: el oso había quedado escondido en la casa de su amiga y esa noche tendría que dormir sin él. Sin embargo, fue tan grande el desconsuelo de estar sin Pepe, que su abuelo regresó a buscarlo.

Otra vez, también en la Laguna, fueron con su papá a pescar a la encandilada. Al otro día cuando amaneció, Pepe no estaba en su cama y despertó a los gritos a su padre: el oso los había acompañado a pescar y lo habían olvidado en la playa. Cuando volvieron, Pepe estaba sentado en la arena. Ese peluche es el único juguete que guarda de su infancia. Y aunque Santiago esté en Montevideo, Pepe siempre va estar en Melo en lo de Chiquita y Chiche: "Nunca lo traje porque como es algo que me regalaron ellos, lo dejé en su casa para que mis abuelos sintieran que yo estoy ahí".

El libro de siempre.

A Mujercitas se lo regaló su mamá. En realidad, lo compraron juntas uno de los tantos domingos en los que iban a la feria de Tristán Narvaja. "Era mi paseo favorito, es, en realidad. Siempre le pedía a mamá que me llevara pero no me gustaba que mis amigos supieran que yo iba a la feria a comprar libros", dice Vanessa Cánepa (23). Eso sucedió en 2007 y a partir de ese domingo, el libro de Louisa May Alcott fue de esos que por alguna razón, dejan una marca.

Cuando lo leyó por primera vez tenía 12 años. A Vanessa le fascinaba el mundo de las hermanas con sus historias y vestidos, pero, recuerda, se identificó particularmente con una de ellas: Jo, la segunda de las mujercitas. "Después de la introducción del libro hay un capítulo para cada una de las hermanas y cada una tiene un problema. El de Jo es la ira, el enojo, y yo me sentía muy identificada con ella, porque además a ella le gustaba escribir y a mí también, yo quería ser escritora y me enojaba con el mundo".

Después descubrió que también Mujercitas era uno de los libros de cabecera de su abuela paterna y volvía a él en ocasiones puntuales. Además de la historia, lo que le encantaba a Vanessa era el libro en sí, con sus ilustraciones, sus páginas viejas y con el aroma que tienen las páginas de un libro viejo. Pero ese, además, tenía algo particular: a donde fuera, lo llevaba con ella, por más que supiera que no lo fuera a leer. "Era como un peluche", dice. Eso es una costumbre que Vanessa inauguro con Mujercitas pero que mantiene hasta hoy: a donde quiera que vaya, guarda un libro en la mochila. "Es como mi boleto de protección y además sé que en donde esté, si tengo cinco minutos, voy a poder leer".

Así como a los 12 años Vanessa soñaba con ser escritora, (como Jo), a los 23 escribió su tercera obra de teatro, La agonía de Orfeo, sobre tres hermanas que buscan a otra de ellas. Al igual que en Mujercitas, cuando Amy, la más chica, ve llegar a su padre de la guerra, se tropieza y le abraza los pies, en una escena del texto de Vanessa en la que una de las hermanas llega a la casa, dice: "Ambas corren a abrazar a Luisa. Belén (la menor) cae y le abraza los pies".

El objeto "preferido"

Es habitual que los niños pequeños tengan un juguete del que no se quieran separar en ningún momento. En general es un peluche, pero puede ser cualquier otro objeto. Ese es el que los especialistas llaman "objeto transicional" u "objeto de apego". El niño siente la necesidad de estar todo el tiempo con él e incluso, buscan en él consuelo. Es que el objeto de transición ayuda al desapego del niño con los padres, le brinda cierta seguridad y además, en ocasiones, ayuda a que el niño controle ciertas situaciones de ansiedad. En general, se elige de manera arbitraria. También es habitual que los adultos guarden alguno de sus juguetes de la infancia. En algunas ocasiones, el objeto que se conserva es el de transición, pero las razones por las que los adultos deciden hacerlo son diversas. Puede ser el deseo de mantener un vínculo directo con la historia de su infancia o existir un deseo de guardarlo para heredárselo a sus hijos y luego a sus nietos.

Los juegos y objetos noventosos.

Las personas entre los 20 y los 30 años seguramente recuerden a todos estos juguetes, y quizás alguien tenga alguno guardado. Uno de ellos es el Tamagotchi, que este año cumplió 20 años. Consistía, básicamente en una mascota virtual que había que cuidar y alimentar para mantenerla con vida. En la misma línea estaban las "maquinitas" para jugar al tetris o el Family Game con Mario Bros, las tolas o los muñecos de los Power Ranger a los que se les podía "intercambiar" la cara.

Hay otros de esa época que se convirtieron en clásicos: el universo Barbie y todo lo que él implica (ropero, casa y vestimenta). Pero también las "bolitas", los álbumes de figuritas, las cartucheras gigantes que vienen con todo lo necesario para dibujar y pintar por tardes enteras, el perfume de Mujercitas o el de Paco o los tazos, son solo algunos ejemplos.

¿Por qué ese y no otro? Porque fue el que los acompañó siempre

Vanessa Cánepa

Me encanta la historia de Mujercitas, pero me regalás otra edición y seguramente no lo leo ni loca. Este libro es especial también por lo material. Es uno de los pocos a los que forré, me parece horrible forrarlos, pero está tan viejo. Además, lo llevaba a campamentos o a viajes".

Natacha Cortabarría

"Mil veces cuando de niña me ponía a llorar, abrazaba a Serafín. Después cuando era más grande y tuve unos años difíciles, Serafín también estuvo. Después yo le regalé a mis otras dos hermanas más chicas uno porque quería que ellas también lo tuvieran. Pero el de ellas no se llaman así. Son Pinky y Peter Rabbit".

Sebastián Custodio 

"El de Gustavo Trelles fue mi primer auto a control remoto. Me acuerdo que como dos años después sacaron otro, pero no tenía nada que ver con este. Este era mucho mejor. Para mí este auto es un recuerdo muy grande, porque es lo único que guardo desde hace mucho tiempo".

Raquel Laxalt

"No me acuerdo si la guitarra de madera fue un regalo de Navidad o de Reyes. Por años la tuve guardada y con sus cuerdas originales, pero no dejaba que nadie la tocara. Era mi juguete y no lo tocaba nadie, ni mis hermanos".

Santiago García

"Mi madre vivía en Maldonado y un verano cuando yo tenía como 12 años fui a visitarla y me olvidé a Pepe. Ya era grande, pero hice que mi padre me lo mandara por ómnibus. Ya no dormía con el oso pero necesitaba que estuviera ahí, lo dejé adentro de la mochila pero estaba conmigo".
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