vea la fotogalería

De Jime...a Benja

Desde siempre supo que había nacido en el cuerpo equivocado. Lo sufrió y se lo hicieron sentir. Ahora, con 22 años, decidió cambiar su identidad en los documentos y así empezar una nueva etapa.

Benja tramitó el cambio de nombre y espera empezar una nueva etapa. Foto: Fernando Ponzetto
Benja tramitó el cambio de nombre y espera empezar una nueva etapa. Foto: Fernando Ponzetto
Con Antonella, su mejor amiga, y un apoyo clave en este proceso.
Con Antonella, su mejor amiga, y un apoyo clave en este proceso.
Con Natalia, su hermana, mirando fotos de su niñez.
Con Natalia, su hermana, mirando fotos de su niñez.
Varias fotos de su niñez.
Varias fotos de su niñez.
Después de la audiencia judicial por el cambio de nombre. Foto: Darwin Borrelli
Después de la audiencia judicial por el cambio de nombre. Foto: Darwin Borrelli
Adriana Raggio, inspectora del Registro Civil e integrante de la comisión que entrevista a las personas que quieren cambiar su identidad de género.
Adriana Raggio, inspectora del Registro Civil e integrante de la comisión que entrevista a las personas que quieren cambiar su identidad de género.
Daniel Márquez, responsable de la policlínica del Saint Bois.
Daniel Márquez, responsable de la policlínica del Saint Bois.

DÉBORAH FRIEDMANN

Puse toda la voluntad para que Jimena no se fuera. Intenté mucho aceptarme. ¿Por qué? Para no defraudar, porque pensaba que era defraudar a mi familia, a mis amigos, a mi entorno. Pero no pude. Un día, el 2 de diciembre pasado, me desperté, tenía que entrar a trabajar a las 12. Esperé a que mi pareja se fuera, eran las nueve de la mañana. Me levanté y pensé: "Voy a ir al Registro Civil". Fue casi como de la nada. Había googleado cómo hacer el cambio de nombre, sabía que había una ley que nos avala y me dije "tá, voy a ir". Lo había meditado mucho pero no sabía que iba a terminar yendo. Me vestí y fui.

Llego y me recibe una chica súper simpática. Me atendió muy bien, me dijo que era bueno que me hubiera animado, me invitó a sentarme y me pidió los datos. Yo no podía creerlo. Pensaba, ¿tanta vuelta para esto?

Le dije que quería cambiar mi nombre por Santiago Benjamín. Santiago porque entre los 12 y los 16 años tuve una etapa en la que me hice pasar por hombre. Empezaron a salir los celulares, había chats y dije "es ahora". Ahí era Santiago, no sé por qué elegí ese nombre. Y Benjamín porque a mí no me gustaba mi nombre y entonces mi madrina me decía Benja de chiquito. Yo nací en Salto, ella es de Salto, y decía que había un nene parecido a mí que se llamaba así. Me encanta Benja, y quedó Benja.

En el segundo piso del edificio del Registro Civil de Uruguay y Río Branco hay largos pasillos y poco público. Bien al fondo una puerta dice Secretaría. Allí es donde acuden en primera instancia quienes pretenden cambiar su nombre por uno del otro sexo.

La ley 18.620 de 2009 estableció que toda persona puede solicitar la adecuación de la documentación cuando su nombre o sexo no coincida con su identidad de género. Es una petición que debe efectuarse ante los juzgados de familia, pero primero deben contar con un informe de un equipo constituido en la órbita del Registro.

Esa primera vez completan un formulario donde les piden su nombre y una forma de contactarlos. Después, tienen que esperar que los citen para una entrevista.

Desde que comenzaron a funcionar en 2011 hasta ahora, 523 personas fueron a solicitar que les hicieran el informe, dice Adriana Boggio, inspectora del Registro Civil e integrante de la comisión. De ellos, unos 10 casos eran menores de edad. La amplia mayoría, 478, pidió un cambio de masculino a femenino. "Desde que vienen hasta la entrevista pueden pasar una o dos semanas. Cuando se nos han atrasado es porque llamás y no pueden venir, porque no llegan a la cita o porque cambiaron el teléfono", comenta Boggio.

Cuando salí del Registro era una persona diferente. Llamé a mi mamá y le dije: "Fui al Registro". ¿A qué registro?", me contestó. "Al Civil, a cambiarme el nombre". Y se puso a llorar, llorar, llorar, llorar. Igual, a mí en ese momento no me importó nada. Llamé a mi novia y no lo podía creer. "Lo hiciste", repetía. Hasta ahí iba como uno a uno, un apoyo y un contra. Después les conté a mis hermanos, Natalia y Martín. A los días estuvo todo genial con ellos, me dieron para adelante. Poco tiempo después mi mamá, que se había descargado llorando y llorando, me llamó y me pidió perdón. "¿Es lo que sentís?, ¿estás seguro?", me preguntó. Le dije que sí. "Entonces está bien", me dijo. Ahí no me importó más nada. Tenía a mi familia, a mi pareja. Pasaron seis días, creo, y me llamaron del Registro para la entrevista, porque son ellos los que te dan un informe para presentar a la Justicia. Te preguntan de todo. Ella escribía, escribía y escribía.

Si no puede ver el video haga clic aquí

Las entrevistas las hace una de las tres integrantes de la comisión. Si se juntan cinco personas de un mismo lugar del interior que quieren adecuar su nombre, alguna técnica va hasta ese sitio. De lo contrario, deben ir a la capital (el Mides les paga el pasaje en el caso de ser necesario). El cuestionario consiste en un "paseo" por la vida de la persona. En general, dice Boggio, esa identidad que ahora quieren formalizar la tienen desde la primera infancia. "Notás desde niño un fuerte sentimiento hacia el sexo no biológico, con el que se identificaban. Para ellos no era un juego disfrazarse de lo que tradicionalmente se considera el sexo opuesto, sino un sentimiento. Suelen decir: Ahí me daba cuenta de que yo era yo", relata.

A su vez, en muchas entrevistas cuentan que sufrieron discriminación y que, en general, eso derivó en que dejaran el estudio o no consiguieran trabajo. Lo que suele suceder es que sí los llaman para entrevistas pero cuando el empleador ve su documento —con un nombre de otro género— no los contratan. Las pocas oportunidades que tienen hace que la prostitución termine siendo de las pocas salidas laborales, en especial para las trans mujeres, reconoce Boggio.

Si el caso presenta dudas el equipo puede convocar a una segunda o tercera reunión. También tienen la posibilidad de consultar a un especialista que los asesore, por ejemplo, en salud mental.

Ahí conté sobre mi infancia y todo lo demás. Lo primero que me acuerdo es cuando tenía tres o cuatro años. Rompía con tijeras la ropa que me ponían, camisitas, vestiditos, todo eso. No quería usar nada. A mí me gustaba el fútbol. Hay una foto mía a los cuatro años con una pelota. Soy de Nacional, claro. Tengo dos hermanos más grandes, yo me crié más con ellos que con mi madre que trabajaba todo el día. Mi papá estuvo ausente desde los tres años en adelante. No tengo recuerdos.

Después, en la escuela, el tema pasó súper desapercibido. Había dos chicas iguales a mí, marimachos digamos. Entonces fue súper leve, me salvó un poco. Iba a la escuela pública, la Haití, en el Centro. A veces pienso qué hubiese sido hoy de mí si hubiera pasado bullying en la escuela. Al principio me vestía como mi madre decía. Después de los ocho años me dejó ponerme lo que yo quisiera. No hubo más rosado. Con mi familia me sentí súper libre. Cuando terminé la escuela no tenía un pensamiento sólido del tema. No había información alguna, era simplemente sentir.

El liceo también lo hice en el Centro, en el José Enrique Rodó. Fue un poco más complicado. Tuve problema con los profesores, no con los compañeros; con ellos era muy leve, hubo alguna pelea que otra pero nada más. El primer problema fue en primero, con la profesora de Biología. Me decía: "¿Por qué no te vestís bien? ¿Por qué no te cortás el pelo y te volvés del todo?". En ese momento era horrible, súper doloroso.

Después tuve un profesor de inglés que era gay, pensé que por ser una persona diversa me podía entender. Pero fue peor, me decía directamente marimacho. También llegué a tener problemas con la adscripta por vestirme así. Así es así como me ves: cangurito, pantalón deportivo y championes, nada inapropiado. Era un tema de personalidad, era varón. Pero mi cédula decía Jimena.

A los 14 fue un quiebre rotundo. Ahí usaba el pelo largo, atado en una cola baja. Jamás suelto. El problema serio fue con ese profesor de inglés. Me dijo marimacho, yo le contesté, me mandó a la adscripción y la adscripta me dijo: "Y si sos un marimacho". Fue horrible. Terminé el Ciclo Básico, empecé Bachillerato de Informática. El problema fue cuando me corté el pelo. La profesora de Química me dijo: "¿Qué pasó? ¿Ya te vas a hacer hombre?". Yo ya me había definido. En casa había contado que me gustaban las chicas. Ahí no quise ir más. No quería estudiar. No quería nada.

La ley plantea que hay 150 días —prorrogables por una única vez— para que el equipo técnico le entregue a la persona su informe, que es lo que necesita para presentarse ante un Juzgado de Familia y solicitar que se efectivice el cambio de nombre. En estos cinco años de trabajo la comisión no ha emitido ningún análisis desaconsejando esa opción. Lo que no sabe es cuántas solicitudes fueron aceptadas por la Justicia, ya que no hay obligación de que se lo comuniquen.

Mientras esperaba el informe yo estaba trabajando. Conseguir trabajo fue difícil por no estudiar, pero también por tener el pelo corto, por ser marimacho. Trabajé primero en un almacén en la esquina de mi casa. Ahí estuvo bien dentro de todo. Luego estuve en un negocio de celulares y cuando me corté el pelo bien corto me echaron. No dijeron que fue por eso pero fue medio obvio. Después estuve tres años en un bar como mozo, hasta este febrero que me fui porque quería vivir tranquilo este proceso. Ahí fue lo mejor, me dieron todo el apoyo.

La gente le preguntaba a mis compañeros si yo era hombre o mujer. Ellos contestaban: "Decile mozo que está bien". Con los clientes todo estaba más que bien, había algunos que iban a la caja y los felicitaban por tenerme trabajando.

Cuando decidí pasar a ser Benja primero hablé con la dueña, que es psicóloga. Le expliqué toda la situación y me dijo que estaba encantada con seguir mi proceso. A mis compañeros les conté a todos en grupo. Ellos sabían cómo yo lo vivía pero no sé si me creían capaz de hacerlo. Pensaban que yo podía tener el pelo corto, ser varoncito, pero hasta ahí. ¿Y cómo vas a hacer?, me preguntaron. Todo el mundo te pregunta, porque está el caso de las mujeres trans, que es súper visible, pero el nuestro está súper oculto. Pasamos desapercibidos.

Las hormonas las empecé el 15 de diciembre, por mi cuenta, cosa que no se hace, pero lo hice. Googleé y además tengo un amigo que me ayudó en este proceso, que me guió un poco. Me dijo que con el tema de las hormonas no había drama si no tenía problemas de salud. Fue como lo mejor que me podrían haber dicho. Como yo, la mayoría empiezan solos. Comencé con testosterona, son inyecciones. La primera dosis me la regalaron mis compañeros de trabajo. Yo les había contado que quería pero no sabía cuándo y ellos juntaron la plata. Es cara, ¿entendés? Sale 1.300 pesos cada dosis y es cada 21 o 28 días. Me la dio una amiga que se inyecta insulina de toda la vida. Es un segundo, en la cola. Es re doloroso. Igual, eso no importaba.

Después fui al Saint Bois, el 21 de diciembre, porque ahí están con todo este tema. Nunca me preguntaron mi nombre anterior, me atendieron de novela. Me hicieron un montón de preguntas, todavía más que en el Registro. Me dijeron: "¿Vos te diste cuenta de que toda tu vida fuiste heterosexual?". Yo nunca me había puesto a pensar en eso. "Porque vos sos hombre, tenés otro nombre en la cédula", me explicaron.

Les dije que ya estaba con hormonas, me pidieron que parara el proceso para hacerme análisis. Me saqué análisis, me los perdieron. Ahí pensé, dos meses más sin hormonas….y volví. Porque las hormonas en tu cuerpo son una revolución. Primero me cambió la cara, la mandíbula, se me hinchó todo. Eso fue lo primero y la voz, por suerte, porque tenía una voz horrible, de pito. Después, anímicamente, estás un ratito bien y al otro no. Volví al Saint Bois pero a acompañar amigos, no a atenderme. Sí pienso volver porque tengo planes de futuras operaciones, y ahí es el lugar para empezar ese camino. Hay chicos que no quieren sacarse las mamas. Yo lo primero que haría es eso. No tengo pero lo haría. Me haría todo, pero cada proceso es un mundo.

La Policlínica de Medicina Familiar y Comunitaria de ASSE y la Udelar que funciona en el Saint Bois es una unidad docente asistencial que se ha convertido en un centro de referencia para las personas transexuales. Hace dos años recibió la primera consulta. "No le ofrecimos más que buen trato. Esa persona le dijo a otra persona y a otra, y cuando quisimos acordar teníamos muchas personas trans. Ahí dijimos: Tenemos que tomar este guante y empezamos a capacitarnos y especializarnos", dice Daniel Márquez, responsable del servicio.

Hasta ahora llevan atendidos 130 pacientes trans, 47% del interior. Comparados con otros países, allí consultan muchos más trans masculinos como Benja: son 41% de quienes concurren, cuando a nivel internacional no suelen superar el 10%. "Acá es una policlínica donde no atendemos a la persona porque es trans, sino como persona desde la medicina familiar. Viene si tiene una cefalea, si le duele el estómago, para recibir atención en salud mental, endocrinológica, y también para recibir hormonización. Como me dijo un paciente: Acá me ven completo", resume Márquez.

La hormonización, insiste el médico, es un proceso que requiere tiempo y es la indicación de todo un equipo de salud. Es necesario que el paciente se realice varios análisis clínicos para ver si hay alguna enfermedad previa que el tratamiento pudiera empeorar.

Lo primero que hacen es un interrogatorio específico —"muchos pacientes son expulsados de su núcleo familiar y de la escuela y el liceo, eso se repite"—, un examen físico y estudios de rutina, que no solicitan en la primera consulta para fomentar un período de reflexión y la adherencia al servicio. Es también un modo de transmitir que es el inicio de un proceso largo que requiere tiempo, paciencia y decisión.

En la policlínica encontraron que la amplia mayoría de los trans varones no tienen hecho el Papanicolau. "Tuvimos que desaprender cosas. La camilla ginecológica también es para varones. Visualmente es un hombre, con barba, haciéndose el PAP. Y si está hormonizado ese procedimiento es muy difícil, más allá de lo simbólico, porque las hormonas provocan un proceso de atrofia de los órganos genitales. Todo esto nos hace enfrentarnos a desafíos permanentes", explica.

Hormonizarse sin supervisión e indicación médica es, remarca Márquez, peligroso. En sus años como médico ha visto muchos casos de daño hepático y renal e incluso personas que accedieron a tratamientos que no están aprobados para humanos. En la policlínica también los orientan en otras cuestiones, como el cambio de nombre.

En el Registro Civil se demoraron en llamarme para darme una respuesta. Lo hicieron como al mes y pico. Yo estaba un poco nervioso, angustiado. Pensaba, ¿qué hice mal? ¿Demostré lo contrario? Cuando me llamaron me explicaron que habían demorado por el tema de las licencias en enero. Ahí fui a levantar el papel, súper contento.

Más o menos por la misma época también me metí en todo lo que sea para ayudar a los demás. Hay un colectivo, Trans Boy Uruguay, donde te dan pila de información. Setiembre es el mes diverso, hay festivales. Yo canto, me gusta tocar la guitarra. Me dijeron que cante esta vez, me da un poco de vergüenza, pero si es para ayudar…¿Qué me gusta cantar? Si tengo que elegir tres temas voy por la Bersuit: Un pacto para vivir, Mi caramelo y La soledad.

Un poco después contacté a una abogada, Joanna Gaba Pereyra, eso fue en febrero. Busqué una particular porque si no demora mucho, estás años para cambiarte el nombre y es horrible. Me salió rapidísimo la audiencia judicial. Voy tachando los días en el almanaque. La cédula es muy importante: te tranca un montón de cosas. Con el nombre Jimena me cuesta un montón todo, hacer un giro, abrir una cuenta en un banco, buscar trabajo, viajar…por ahora me prohibí todo. Después de las hormonas no pude hacer más nada. Me da vergüenza estar explicando, fui a buscar un giro y me decían que les tomaba el pelo, que no era el de la cédula, por más que dejé claro cómo era la situación.

¿La vida después de la cédula? Soy una persona con miles de proyectos, quiero hacer pila de cosas. Primero que nada voy a estudiar, capaz que terminar el bachillerato tecnológico que estaba haciendo y diseño gráfico. Si no anotarme en archivos médicos que me gusta y es un curso corto. Después, no sé si trabajar acá o irme del país. Por lo menos viajar, porque ahora pasar por Migración, ¡olvidate!

Benja habla en la casa que comparte con Natalia, su hermana mayor. Ambos intentan acostumbrarse, con poco éxito, a un cambio de barrio que les cuesta: del Centro a Jardines del Hipódromo. La casa queda a los fondos de la vivienda de María, su madre, y en estos últimos días también vive allí Alex, que está pasando por el mismo proceso que Benja con menos suerte en cuanto al apoyo: su familia lo echó.

Adentro hay poca luz. El día lluvioso y una pared naranja y otra verde hacen que cueste acostumbrarse un poco al ambiente. Natalia se acerca y se une a la charla. Para ella este proceso fue bastante difícil, le costó aceptarlo. "De niño le hacía las trencitas y de repente veía que se sacaba todo. Y le ponía vestidito y cuando quería acordar estaba con un shorcito. No le gustaba mucho ni jugar a las muñecas ni a nada de eso. Quería todo lo relacionado con cosas de varones, y yo quería que hiciera más cosas de nena".

A medida que pasó el tiempo, Natalia sabía bien adentro suyo lo que sentía Benja pero no quería, no podía asimilarlo. "Pensaba que era una manera de ser", dice. Primero, recibió la noticia de que a su hermana le gustaban las chicas. "Es tu vida, hacé lo que te parezca", le dijo. Lo fuerte vino cuando le dijo que iba a pasar a ser Benja. "Es como que tenés que hacer un cierto duelo. De tener una hermana pasé a tener un hermano. Todos esos recuerdos de mi hermana, se terminaron en mi cabeza. Pasé a ser la única mujer entre los hermanos".

Para Natalia quizás la primera dificultad tangible fue al nombrarlo. Había pasado 20 años diciéndole Jime y, de pronto, tenía que llamarlo Benja. La costumbre pesaba demasiado. Decía Ji…sin pensarlo, se trababa, no lo quería lastimar pero tampoco podía usar su nuevo nombre. Tomó un camino intermedio: empezó a decirle Negri. Ahora la situación terminó de asentarse; sin pensarlo, le sale Benja.

De las puertas para afuera a Natalia tampoco le fue fácil. La gente está acostumbrada a decirle "tu hermana". "Y vos a veces no sabes cómo decir…ahora es mi hermano. Es Jimena pero ahora no es más Jimena, ahora es Benjamín, tiene barba". Más que por ella, le preocupa contarlo porque hay mucha maldad. Entonces, ha optado por un camino intermedio: solo compartirlo con la gente más cercana.

Mientras Natalia habla llega Martín, el hermano mayor. Los tres festejan el reencuentro después de algunas semanas. A él tampoco el cambio le fue fácil. "Para mí todavía está en la cabeza la niñita de colitas corriendo, jugando a la pelota. Cuesta pero uno lo hace por el bienestar de él".

De todos modos, Martín pone algo por encima de todo: la felicidad de su hermano. "Que sea feliz de la forma que él quiera. Yo viví muchas cosas diferentes, vi muchas parejas en que la mujer no es feliz, mujeres que se suicidan, que no pueden afrontar a la sociedad. Y cuando Benja dio ese paso tenía que tener el apoyo de mi parte porque tenía más valor que cualquiera de nosotros. Fue una decisión que me sorprendió porque tenía que tener una convicción brutal de quiero esto para mi vida".

Martín también le hizo algunas advertencias: que va a ser cuestionado y, por eso, tiene que ser fuerte. Porque él asumió su cambio, pero a la sociedad le cuesta bastante más. Benja los escucha y sonríe. "Ya falta menos", dice, y empiezan a hablar sobre la audiencia judicial.

Pocos minutos después de las 14 horas del 1° de agosto Benja, María, su madre, la abogada Joanna Gaba Pereyra y una decena de amigos cruzaron la puerta del Juzgado de Familia de Rondeau y Valparaíso. Benja de pantalón de traje, corbata, camisa y una sonrisa imborrable. Los nervios duraron poco tiempo; enseguida convocaron a la audiencia. "Jimena" se escuchó bajito por los parlantes. Quizás sería la última vez que tuviera que pasar por eso de que llamaran a Jimena y apareciera Benja. El "Fagúndez" sí sonó más fuerte.

Ya de antemano la jueza Carolina Álvez Hourcade había hecho saber que no quería mucha gente en la audiencia. Dos acompañantes y los testigos, que pasan a medida que son convocados. Las preguntas se repitieron bastante a los cuatro allegados que brindaron testimonio: tres amigos y una exnovia de Benja. Desde cuándo lo conocían, si siempre lució como varón, cómo se presentaba, cómo actuaba, si tener un nombre en la cédula y el aspecto de otro género le complicaba estudiar y trabajar, si se había sentido discriminado. Las respuestas también fueron todas en la misma dirección: que desde que lo conocían a Benja lucía como varón, que hace más de tres años se hace llamar Benja, que actúa como un hombre, que se vestía con los demás chicos en el vestuario de su extrabajo, que para todos era uno más, que estaba desocupado y en eso mucho tenía que ver este tema.

Álvez Hourcade hizo sentir a Benja cómodo desde el principio. Dejó claro que quizás tenía que llamarlo Jimena durante la audiencia porque todavía esa era su denominación legal, pero no lo hizo. Optó por referirse a "la persona". Y aprovechó cuando se producía el recambio de testigos para hacerle algunas preguntas en tono informal. Si tenía apoyo familiar "Sí", contestó mientras le sonreía a su madre sentada detrás suyo—, si había dejado de estudiar por esto —"un profesor me la hizo muy difícil y no fui más"—, si pensaba ahora volver a estudiar —"sí, claro, en cuanto pueda"—. "La persona es un todo", dijo la magistrada después de escuchar a los testigos. "Y es importante que la denominación corresponda con el ser". La sentencia no había sido dictada —faltaba la vista fiscal— pero la decisión parecía haber quedado clara. Benja salió y abrazó a su mamá. Después a sus amigos. Bajó de la sala de audiencias con los pulgares en alto. Todos aplaudieron.

¿Me definís este día en tres palabras?

—¿Pueden ser siete? El día más feliz de mi vida.

—Pueden ser más; podés decir todo lo que quieras.

—Ahora soy yo totalmente.

Se mueven en grupo y por el boca a boca.

Una mujer trans desde el principio de la dictadura, que vivió en el exterior, fue el primer caso que la abogada Joanna Gaba Pereyra tuvo de cambio de identidad de género. Fue enseguida que se promulgó la ley en 2009, incluso antes de que se reglamentara. "Es una señora de más de 50 años, que tiene una pareja hombre. Se operó en el exterior", comenta. Después tuvo una suerte de "avalancha" de clientes que querían también solicitar el cambio de nombre ante la Justicia. "Son personas que suelen estar bastante al margen, te quieren ver a última hora de la tarde, caen de a varios. Se sienten muy inseguros", explica. Esa inseguridad está ligada con la fuerte discriminación que suelen sentir. El hecho de que por ser transexuales les sea difícil conseguir un trabajo hace que la prostitución sea de las pocas salidas laborales que encuentran.

Hasta ahora, Gaba Pereyra había tenido clientes que querían formalizar su situación de mujer y eran adultos. El caso de Benja tenía para ella dos particularidades: fue el primero que el cambio era hacia varón y también era mucho más joven que el resto. A partir de él conoció a otros chicos en la misma situación. "Al margen del caso de Benja he visto que muchas veces cuando no tienen trabajo terminan en prostitución. Siendo tan jóvenes además, hay quienes tienden a volcarse a la droga", relata. Todo eso se relaciona con que van a buscar trabajo y directamente no se los dan. En el caso de los cambios a varón, es más fácil cuando ya cuentan con el documento, porque pasan más desapercibidos. De hecho, cuando Benja tenga el suyo la abogada cree que no le será dificultoso conseguir empleo.

HAY VARIOS CASOS.

Cuando es un menor de edad.

Tanto a la policlínica de Salud Familiar y Comunitaria que funciona en el Saint Bois como a la comisión que realiza el informe técnico necesario para tramitar el cambio de nombre han llegado transexuales menores de 18 años. Y en ambos ámbitos los reciben y asisten.

Cuando se trata del análisis para adecuar la identidad en los documentos se solicita que un representante legal firme la solicitud. Además, en esos casos también se entrevista a esa persona, todo lo cual queda en el documento que le entregan.

En el caso de la policlínica han recibido chicos de 13 años en adelante, varios también con sus familias. Ese grupo tampoco escapa a la discriminación. "He tenido que llamar a liceos para pedir que a ese usuario lo nombren con el nombre que él o ella eligió. Inclusive tengo pacientes que la Justicia les aprueba el cambio de identidad y les siguen llamando de la otra manera en el centro de estudios", cuenta su responsable Daniel Márquez. "Trabajamos mucho los derechos de los usuarios. También con las familias para que todos se empoderen con sus derechos", concluye.

Decidió Contar su historia con un objetivo: ayudar.

"Yo no pensaba contar mi historia, soy súper reservado, pero Pablo, un amigo, me escribió desde Chile y me dijo: Acá hay un montón de casos, de los cuales muchísimos terminan en suicidio. Me pidió que hiciera un video cortito. Lo grabé con cara de dormido, quería brindar ayuda, información, que fue lo que yo no tuve al principio". Subió el video a YouTube, que días después, y tras pedirle permiso, fue compartido por la DJ Paola Dalto (foto), a quien conoce desde hace años. Ahí se hizo masivo. "Fue como un boom, se me acercó un montón de gente", cuenta Benja.

Ir al baño es un problema.

Una de las dificultades que enfrentan las personas trans, sobre todo mujeres, es que en ciertos lugares públicos les impiden ingresar al baño de damas. Pretenden que usen el de hombres, con la incomodidad que genera para ellas y también para los usuarios.

En febrero de este año el Teatro Solís inauguró el primer baño inclusivo, que es de acceso universal para hombres, mujeres, trans y personas con discapacidad. La Intendencia de Montevideo prevé el año próximo elaborar un nuevo reglamentación sobre el tema, dijo Andrés Scagliola, coordinador de la Secretaría de la Diversidad de la comuna.

"Llamar a la persona por el nombre que eligió ya hace que venga".

Hace dos años las personas trans acudían a la Policlínica de Medicina Familiar y Comunitaria del Saint Bois como si fuera algo clandestino. Iban vestidas neutras e incluso al responsable, Daniel Márquez, lo abordaron varias veces en el estacionamiento del hospital porque les daba vergüenza presentarse en el servicio. De a poco, eso fue cambiando.

"Llamar a la persona por su nombre, con el nombre del género que se siente, eso ya genera que quiera venir, porque la exclusión es el principal problema", resume el especialista. Y agrega: "El primer contacto tiene que ser de empatía, que no se juzgue. Nosotros no abordamos a la persona trans teniendo el prejuicio o el diagnóstico de que la persona está enferma. Nuestra premisa es que está sana. Estamos para que su salud esté mejor y hay indicadores de sobra que ello ocurre".

Según Márquez los principales problemas de salud que tienen son "el odio y discriminación que les ejercen. Y no hay una pastilla para curar eso".

El método de trabajo de la policlínica, el tipo de abordaje que practican y su coordinación con otros servicios —que hacen que el paciente no se pierda en el medio del sistema— redunda en que cada vez reciban más pacientes. A su vez, sus protocolos —como el de hormonización— son tomados como referencia por otros países de la región. "El caso de Uruguay comenzó a ser líder. Y empezaron a venir personas a formarse con nosotros. Ahora tenemos todo el año ocupado con pasantes extranjeros; no podemos recibir más".

Márquez pasó de que lo abordaran con vergüenza a que ahora, cuando llega los martes a la consulta, la sala de espera está repleta de pacientes trans. Y cuando se va, también. "Porque esperan a que el último sea atendido, y se van todos juntos. Hay como una comunidad sumamente fuerte".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)