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Isidore Ducasse, el uruguayo que se convirtió en emblema de la literatura universal

Murió a sus 24 años en Francia, pero antes dejó una obra que idolatraron europeos y latinos. Ahora, las nuevas generaciones se acercan al Conde de Lautréamont.

Conde de Lautreamont
Isidore Ducasse, más conocido como el Conde Lautreamont.

Pistas. Documentos viejos que todavía sobreviven en la Iglesia Matriz y el Consulado francés dan cuenta de que nació y fue hijo de Dios: hay un acta de bautismo. Pistas. Documentos viejos que dan cuenta de que una vez hubo un padre, François Ducasse, y una madre, Céleste Jacquette Davezac, franceses, ambos de los Pirineos. Él, consular que por función terminó radicado en una Montevideo sitiada por la Guerra Grande. Ella, cortadora de vestidos que murió prematuramente cuando su hijo no había alcanzado los dos años de vida bajo un halo de misterio que hasta hoy, sin pistas ni cuerpo ni documentos, despierta conjeturas. Dos europeos que por destino o azar o decisiones terminaron en la otra —esta— orilla del Atlántico y su hijo, Isidore Lucien Ducasse Davezac, que nació en Uruguay un 4 de abril de 1846.

¿Más pistas? De las materiales hay que ir contando con los dedos de las manos. Algunas cartas resucitadas en libros posteriores, una partida de defunción escueta ubicada en Francia, una foto que aparentemente lo retrata, su libro y sus poemas, un documento que indica que Isidore visitó Uruguay dos años antes de su muerte. Pero ni casa, ni ladrillos, ni cimientos a la vista quedan de la vivienda de la calle Camacuá donde, dicen, “probablemente” nació. Como si lo hubieran borrado o como si jamás hubiera existido. En la ciudad donde nació Isidore Ducasse no le queda nada. O sí, pistas, documentos, que dan cuenta de que una vez uno de los grandes escritores de la literatura moderna nació en Montevideo. Y conjeturas que dicen que, tal vez, jugó en las callecitas de la Ciudad Vieja que tienen vista al mar.

Los cantos de Maldoror, edición uruguaya, por Hum.

De quien sí hay más indicios es del Conde de Lautréamont. Es él, el seudónimo de tres palabras, el que sobrevive a Isidore tras su siempre descrita como “trágica muerte” en París, a la edad de 24 años. “De esos 24 años que van de un sitio a otro, quedan una obra extraordinaria y algunos datos biográficos”, escribe Alma Bolón en el prólogo de la primera edición uruguaya de Los cantos de Maldoror, obra publicada en octubre por editorial Hum. (ver aparte).

Los cantos de Maldoror

Una edición para los lectores nacionales

“Publicar hoy íntegramente Los cantos de Maldoror es una manera de ayudar a su apropiación por parte de los lectores uruguayos. Aunque el autor de esta obra no hubiera nacido y vivido la mitad de su vida en la Ciudad Vieja, aunque sus primeros años no hubieran transcurrido en un momento tan particular como fue el sitio de Montevideo (1843-1850), aunque nada de esto hubiera sucedido, igual sería bueno que lo leyéramos, porque su obra pertenece al patrimonio universal. Uruguay ha dado escritores extraordinarios, pero Isidore Ducasse tuvo y tiene una proyección que sería un desperdicio no atender. Sería una distracción poco perdonable. Isidore Ducasse es un autor universal y es franco-uruguayo; si hasta ahora no se le había prestado mucha atención, eso puede repararse, inclusive para disentir”, escribe a Revista Domingo Alma Bolón, curadora junto a Beatriz Vegh de la edición publicada por HUM en octubre.

Para Lautréamont hay una calle en Montevideo y otra en un pueblo de Francia. Hay videos en YouTube donde señores de cabello blanco intentan descifrar su enigma, otros donde una melodía de piano oscura acompaña placas con fotos y datos de dudosa procedencia.

Para Lautréamont hay, también, una ópera, Maldoror, compuesta por Leo Mashlía. La devoción de los surrealistas. Hay librerías que llevan su nombre, libros y libros y escritos y más escritos que veneran su obra sublime Los cantos de Maldoror, y que buscan, a toda costa, tratar de dilucidar el entramado que explique quién fue el conde y quién fue, a fin de cuentas, Isidore Ducasse, el muchacho osado que le dio vida.

En 1869 el Conde de Lautréamont firma, por primera vez, una edición independiente de Los cantos de Maldoror publicada por el propio autor en Bélgica. En 1870 Isidore muere en un hotel de una París sitiada, no hay restos, están dispersos con otros tantos muertos de la época. Dos décadas más tarde y tras dormir en la mesa de un editor belga, la obra es finalmente editada en París.

A 150 años de su muerte, Montevideo vuelve a rendir sus cuentas con él, con ambos. La nueva edición de Los cantos de Maldoror con sus lecturas al público y su aparición incesante en escaparates de librerías y ferias, por un lado. Por el otro, la exposición con los seleccionados para el premio Paul Cézanne que otorga la embajada francesa y se exhibe ahora en el Subte de Montevideo, con artistas contemporáneos y jóvenes apropiándose de la historia literaria del conde y de Isidore, abren una nueva oportunidad para la conversación en torno a un autor siempre presente, pero encerrado en el nicho o en la memoria y la biblioteca de generaciones mayores. Lautréamont está de vuelta.

Rescate tangible.

Nicolás Pereira Scayola no leyó a Lautréamont hasta este año. En su casa de niño la formación científica no impedía la literatura, pero ni el nombre del conde ni el autor sonaron por allí alguna vez. “Ignoraba sus cantos, ignoraba a Maldoror, ignoraba al Conde de Lautréamont, ignoraba a Isidore”.

No hubo ni escuela ni liceo ni institución alguna que lo acercara. “¿Por qué?”, se pregunta en la presentación de su proyecto artístico. “Quizás por la oscuridad de sus palabras, por sus relatos obscenos, por su literatura maldita”. La historia de Nicolás no está aislada.

Nicolás Pereira Scayola, artista contemporáneo, seleccionado para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé
Nicolás Pereira Scayola, artista contemporáneo, seleccionado para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé

Y entonces —porque le interesó la propuesta del premio Paul Cézanne de 2020— se sumergió en sus páginas. Una lectura ardua, que le llevó unas cuántas vueltas atrás de páginas que no entendía, para así dilucidar el embrollo de esa escritura. Al final, añade: “Lo desconocido se fue transformando en propio, este tríptico de personajes conformado por Isidore, el Conde de Lautréamont y Maldoror, tan reales como ficticios, deambularon por nuestras calles y lo siguen haciendo, ignorados, olvidados, repudiados. Por qué? [sic]”. Acercarse a la obra de Nicolás es acompañarlo en una exploración urbana detrás de Isidore Ducasse, de su pista por Montevideo, para saber hasta dónde llega el olvido.

“Empecé a trabajar sobre el patrimonio tangible que hay sobre Isidore Ducasse. Sabemos que nació acá, en Camacuá y Brecha, deambuló por nuestras calles. Pero realmente no se conserva mucho, no se sabe mucho sobre él, incluso hay gente que dice que no existió jamás. Es un misterio”, dice a Revista Domingo. “Entonces empecé con la pregunta de qué hay acá: y acá lo que se conserva es el Hotel Pyramides, que queda en frente a la catedral, donde vivió el papá François Ducasse por 10 años, y donde murió en 1889”.

Las dos imágenes de tumbas que hoy cuelgan de una pared del Subte, junto a una videoinstalación, remiten a esa en la que fue enterrado Ducasse padre, en el Cementerio Central. “Aquí yace François Ducasse, fallecido en 1889 a los 80 años. Recuerdo de sus sobrinos”, escrito en francés, se lee en una de ellas. En la otra “7322515,66”.

Obra de Tinno Circadian, seleccionado para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé
Obra de Tinno Circadian, seleccionada para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé

“El nicho era lo tangible, lo más irrefutable, adentro está el cuerpo del padre. En Francia no queda casi nada. Está el edificio donde vivió él, en París, que tiene una pequeña placa con su nombre, y después una calle que se llama Lautreamont, en el pueblo donde nació el padre”.

En un invierno frío y pandémico, Nicolás caminó curioso, cauteloso, con su hija pequeña de la mano y una serena que los guiaba por el cementerio vacío. Esperaba, quizá, encontrarse con un panteón monstruoso de grande y simbólicamente representativo de la importancia del conde y su vida. Pero no. Hay, nada más, un nicho pequeño y pelado que arrastra una deuda desde fines de 1800.

“El año pasado se derrumbó una parte de esa pared, a pocos metros, con 67 tumbas, y fue sorprendente encontrarme con ese nicho, que sobrevivió; fue bastante fuerte. Me acerco a la necrópolis en la Intendencia para averiguar cuál era la situación, me atienden y me dicen que figura como Francisco Ducassa -estaba mal escrito- y ‘no te conviene pagarlo’. Pensaban que era de un bisabuelo. Hay una deuda de siete millones. El tema es que los nichos, cuando vos pasás 10 años sin pagar, la Intendencia puede remover los restos, pero en este caso está así, conservado. Se pudo remover ese nicho y barrer con los restos del padre de Lautréamont. Para mí fue absurdo que algo tan importante esté conservado. Y ese absurdo también tiene que ver con el olvido de nuestra sociedad”. Pero la prueba tangible sobrevivió. Hubo un padre.

El próximo paso, dice Nicolás, es llevar una contactografía de esa tumba a París o los Pirineos, pero con los datos de Isidore y el recuerdo del Conde de Lautréamont. “Lo que genero yo a partir de eso es traer a la vida al conde de Lautréamont, que es quien en el video de mi obra recorre desde el hotel, por las calles actuales, con los grises, la gente durmiendo en la calle, la situación que se está viviendo, la miseria, la oscuridad -que conecta muy bien con lo que narran los cantos- y llega al cementerio. Nadie se hizo cargo de la deuda, entonces el mismo conde tuvo que volver, 150 años después, a destruirla”.

La aventura de leer por primera vez Los cantos de Maldoror

Para Rafael Courtosie Los cantos de Maldoror fue entender que en la poesía no había límites. “Mi primer encuentro con Lautréamont fue a mis 13 o 14 años, con una edición bilingüe. Fue algo que percibí como un deslumbramiento poético que nada tenía que ver con la versificación más profesional, sino que eran poemas en prosa. Y en un Uruguay que por entonces estaba bastante agitado, leerlo fue iluminarnos en las diversidades. Y ese desafío fue retomado después por diversas generaciones. Desde las vanguardias europeas y latinas, hasta los poetas del 30, del 45 y del 60 de Uruguay”.

En el prólogo de la edición uruguaya de Los cantos de Maldoror (Hum) Alma Bolón habla sobre la ruptura de la sintaxis y la puntuación, la osadía del autor, de su “vagabundeo” y a su vez de su objetar constante. De releer y releer y releer para entender, pero no desanimarse. Dice Fabiana Puentes, joven artista contemporánea, que para ella leer a Isidore Ducasse es quedarse más con sensaciones y emociones, con imágenes, que con la comprensión exacta del texto, que puede frustrar a un lector cansado.

Nicolás juega con la retribución económica al padre, porque de no ser por él, el Conde de Lautréamont probablemente no habría nacido o habría tomado otros rumbos. “Luego del liceo en Tarbes y en Pau, Isidore vivió en un barrio parisino entonces elegante y caro, su padre le enviaba dinero e incluso solventó la edición (independiente) de Los cantos de Maldoror”, recuerda Alma Bolón en un intercambio de emails para esta nota. Entre esas líneas también escribe: “No solo en la literatura. En Uruguay, Isidore Ducasse, Los cantos de Maldoror y el Conde Lautréamont han estado presentes en un número alto de obras literarias, plásticas y musicales. Hay retratos imaginarios de Ducasse antes de la aparición en 1977 de la foto que se le atribuye, luego hay retratos a partir de esa imagen, hay figuraciones del personaje Maldoror y hay figuraciones del bestiario que vive en esa obra”.

Pruebas de dudas.

Las paredes del Centro de Exposiciones Subte se dividen entre las negras, muy negras, y las blancas muy blancas. Caminar entre la blancura incandescente lo puede llevar al visitante a darse de frente con el costado más melancólico de la selección de obras. Ahí, al costado del cilindro de colores fluorescentes titulado Slinky, con el que Santiago Grandal conecta la infancia de Isidore, rota, con la suya. Ahí, casi en frente a la mesa donde Camila Lacroze recrea la letra del autor para volver a escribir una acta de defunción acorde con su nobleza literaria. Ahí, de camino hacia las Ventanas de Maldoror infinitas que creó Ana Agorio parafraseando obras pictóricas históricas, se escucha un sonido de radio antigua que se mezcla y se pierde en la atmósfera reverberante de la sala inmensa.

La radio, tan vieja que casi pierde sus perillas, está sobre una estantería de madera noble, la misma donde reposa un frasco marrón en el que se lee una etiqueta que dice “esenc. de melosa [sic]”, donde descansa una Biblia abierta en su Apocalipsis, una cruz y objetos varios que no están colocados sin intención.

Fabiana Puentes, artista contemporánea, seleccionada para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé
Fabiana Puentes, artista contemporánea, seleccionada para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé

Fabiana Puentes leyó Los cantos de Maldoror de adolescente. Porque le gustaba y por la misma inquietud que después leyó a Antonin Artaud, a todos los poetas malditos, y por la que después decidió trabajar varios años en librerías.

Sin embargo, nunca se había preguntado por el autor, por el hombre que se escondió detrás de asteriscos con los que firmó la primera publicación del Canto primero (1868) y del conde.

Estudió el contexto a través de los libros del historiador José Pedro Barrán para encontrar de dónde venían inquietudes tan oscuras, para luego buscar quiénes más se habían interesado por la tríada: conde, Maldoror, Isidore.

El resultado lo plasma ahora en la pared junto a la estantería y un mapa. Por allí, cual tablero de detective, pegó estampas con los rostros de Salvador Dalí, Man Ray, Rubén Darío, Joan Miró, Fernando Butazzoni, Silvia Guerra y un largo etcétera de figuras de renombre internacional y autores uruguayos. “Tantos se interesaron por esa figura. Esa intriga que se despertó en mí, ya se había despertado antes en muchos otros. Porque, ademas, en esa cuestión de separar al artista de la obra, acá vemos que ellos estudiaron a la figura, al hombre, al conde, a Isidore. Y, sin embargo, hay un montón de información, pero mucha contradicción”. Ante esto Fabiana solo pudo plantear al espectador su duda, de esas incertidumbres plagadas de curiosidad y hambre de saber, que hasta parece que hacen cosquillas y ahogan.

La instalación es un gabinete de pruebas, que remite a los gabinetes de curiosidades, aquellos que surgieron en el Renacimiento como antecesores de los museos, donde los nobles exponían objetos, plantas, piedras, cráneos de animales de sus viajes por tierras lejanas. Esta, dice Fabiana, “son pruebas de dudas sobre la identidad del conde”, porque su vida también está marcada por el viaje entre Uruguay y Francia y todo lo que pasó después con su obra.

Obra de Santiago Dieste seleccionada para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé
Obra de Santiago Dieste seleccionada para el Premio Paul Cézanne. Foto: Leonardo Mainé

Y el vínculo entre Lautréamont y el arte contemporáneo es mucho más fuerte de lo que se puede pensar, cree Fabiana.

“Su forma de escribir fue, sin duda, disruptiva; es entendible que su éxito apareciera años más tarde porque la sociedad de su época no la tomaba como válida. Pero, además, en Los cantos de Maldoror Isidore toma parte de otros libros, de la Biblia, del Marqués de Sade, de un manual de aves y los copia y pega. Para unos es plagio, pero en el arte contemporáneo es apropiación y es válido, porque le da otro valor a lo que ya existe”.

Dice Rafael Courtoisie, escritor, poeta y un estudioso de la obra de Isidore Ducasse, que este “es un año fundamental, no por la celebración de un año más, sino por el reencuentro de una esencia. Nosotros, de algún modo, estamos siempre redescubriendo a Lautréamont, porque dice muchas cosas que, de pronto, no se quieren escuchar y son necesarias. En un año insólito, absolutamente sorpresivo, donde una pandemia nos habla de los límites de lo cotidiano, y viene Lautréamont, que escribió en parte en una ciudad sitiada, y nos habla sobre la condición humana. Reencontrarnos con Lautréamont es ponernos también en un camino de reencuentro con una identidad del Uruguay que a veces olvidamos”. Reencontrar a Isidore es ir tras las pistas.

Premios Paul Cézanne

Once artistas se apropian del Conde Lautréamont

Hay que bajar las escaleras grises que llevan desde la plaza del entrevero al Centro de Exposiciones Subte, darse de frente con una pared negra que enumera artistas: Ana Agorio, Tinno Circadian, Natalia De León, Santiago Dieste, Guillermo García Cruz, Santiago Grandal, Camila Lacroze, Matías Nin, Nicolás Pereira, Fabiana Puentes, Guillermo Stoll. Hay que caminar por donde el cuerpo indique o el ojo se tiente y contemplar a las 11 formas de entender (o tratar de) a Maldoror, a Isidore Ducasse, al conde de Lautréamont que propone la selección de obras para el premio Paul Cézanne que otorga la Embajada de Francia en Uruguay. En el recorrido, habilitado hasta el 29 de noviembre, el visitante puede toparse, por ejemplo, con el simbolismo de los zapatos de concreto tan propios de Santiago Dieste, por lo poético de la videoinstalación Iemanjá de Natalia de León, y la oscuridad de los dibujos en carbonilla y pastel que ilustran el mundo feo y maléfico de Maldoror. El premio se dará a conocer el próximo martes 24 de noviembre.

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