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La infranqueable barrera de los tres millones

¿Por qué nunca superamos los "tres millones"? Un nuevo estudio indaga en la liberación femenina y su incidencia en la natalidad

Hinchada Uruguay
¿Siempre vamos a ser "tres millones"?. Foto: Commons.

Un país de tres millones. La cifra, en realidad, trepa a los 3.471.807, según los registros más recientes. Oficialmente no se cuentan los uruguayos que residen en el exterior, algo más de medio millón, según estimaciones consulares. El “paisito” lo es por su demografía, no por su extensión territorial (176.200 kilómetros cuadrados), superior a la de varios países europeos, con más vacas que gente (12 millones de cabezas) y la capacidad de producir alimentos para 50 millones de personas. Esas son algunas de las cifras que dibujan al país, aunque no lo explican. ¿Por qué la población no crece? De hecho, las proyecciones estiman que en medio siglo la población comenzará a disminuir lentamente en los próximos 50 años.

El comportamiento de los habitantes tal vez pueda echar luz sobre estas tendencias. De hecho, superamos la barrera de los tres millones recién en 1985, con la restauración democrática. Por entonces, muchos uruguayos en el exilio regresaron al país cuando las garantías individuales fueron restablecidas y la vida institucional volvió a florecer.

En los últimos tres años, estos números también se vieron impactados por contingentes migratorios, un fenómeno nuevo en un territorio que se construyó a partir de fuertes olas de inmigrantes entre mediados del siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX. No obstante, estos “nuevos uruguayos” -en su mayoría centroamericanos, con la diáspora venezolana como principal componente- apenas movieron la aguja, que sigue clavada en los tres millones y poco.

El balance demográfico tiende a compensarse para mantener esta cifra. Una reciente investigación sondea la posibilidad de que las disoluciones de parejas haya sido un factor con incidencia en la fecundidad y algún tipo de efecto en los índices de natalidad.

Sin embargo, esa misma investigación comprueba que la desaparición de los vínculos de pareja no es la explicación. Se trata de la tesis de doctorado en Ciencias Sociales con especialización en Estudios de Población, de Mariana Fernández Soto: El efecto de las disoluciones conyugales en la fecundidad de las mujeres de Montevideo.

El principal hallazgo de esta investigación es el cambio de comportamiento en las mujeres uruguayas. En las generaciones más antiguas -aquellas nacidas entre las décadas de 1950 y 1960- los lazos de pareja eran más perdurables. Cuando estos se interrumpían, había un impacto directo sobre la fecundidad. En otras palabras: si una mujer no había tenido un hijo durante su primer matrimonio, las posibilidades de que lo tuviera luego de divorciarse eran mínimas.

La barrera de los tres millones es por ahora infranqueable.
Una barrera que parece imposible de superar.

Los cambios generacionales

En las nuevas generaciones, los vínculos matrimoniales tienden a ser cada vez más cortos. Pero a diferencia de las generaciones anteriores las mujeres mantienen una alta fecundidad. Es decir que aún si no tuvieron hijos en su primera relación de pareja, podrán tenerlo en la siguiente. Y lo más probable es que lo tengan, según las estadísticas. “La edad a la disolución es una de las variables que más explica la probabilidad de conformar una segunda unión: cuánto mayor es la edad, menor es la chance de entrar en una nueva unión pos divorcio”, señala Fernández Soto en un pasaje de su estudio. Y añade que, según los estudios estadísticos, los hombres tienen una mayor probabilidad de volver a formar una segunda unión que las mujeres.

En términos generales quienes tienen mayores probabilidades de volver a formar una pareja luego de una separación son los varones jóvenes y sin hijos de su primera unión. Y ello tiene que ver con que cuando ocurren las separaciones, si además hay hijos lo más probable es que estos continúen conviviendo con la madre que con el padre.

Lo cierto es que en los últimos años la composición de la familia tradicional ha ido cambiando, incluso a niveles radicales respecto de los modelos tradicionales. Familias ensambladas -con hijos de los dos componentes de la pareja- y familias monoparentales, forman parte de un amplio abanico de opciones. Al mismo tiempo, los matrimonios legalmente constituidos son una franca minoría. Un alto porcentaje de estos, además, terminan en divorcio.

“Desde mediados de la década de 1980, el divorcio y las separaciones han experimentado un aumento de gran magnitud. De acuerdo a los últimos datos disponibles, más del 30 % de los matrimonios terminan en divorcio y la proporción de personas de mediana edad separadas o divorciadas también creció de forma considerable”, afirma el estudio.

Lo cierto es que esta tendencia se ha venido incrementando al punto de que las separaciones son aún más frecuentes en las uniones libres, y en las nuevas generaciones tienen lugar con una frecuencia notoriamente mayor.

Y esto tiene que ver con un cambio en el comportamiento, sobre todo, de las mujeres en las últimas décadas: “La generación de mujeres de las décadas de 1960 y 1970 son las precursoras de cambios muy importantes en el comportamiento privado. Por ejemplo: uso efectivo de anticoncepción, cohabitación prematrimonial, relaciones sexuales prematrimoniales, incorporación preogresiva al mercado laboral e incremento de su nivel educativo”, señaló la autora de la tesis a Revista Domingo.

La realización profesional es una de las claves que ha incidido en, por ejemplo, el retraso en la decisión de tener el primer hijo. Muchas mujeres postergan la maternidad hasta más allá de los 35 años para conseguir logros en, por ejemplo, su carrera universitaria o laboral. El trabajo de Fernández Soto recoge las conclusiones de otros estudios que señalan que “las mujeres con mayores logros educativos tienden al retraso de la maternidad y las que alcanzan menos logros tienen un comienzo temprano”.

En cambio, la inestabilidad conyugal no parece tener una relación directa con la fecundidad. O al menos no la tiene en las nuevas generaciones, ya que el cambio de comportamiento comenzó a ser más marcado entre aquellas mujeres nacidas en las décadas de 1970 y 1979 -décadas a las que alcanza el estudio ya que aún no hay registros de generaciones nacidas a partir de la de 1990-, donde las relaciones de pareja son más cortas. Pero, a su vez, ello no tiene efectos sobre la natalidad porque las mujeres tienen hijos en nuevas relaciones, un aspecto clave que tiende a “compensar” los efectos negativos en las tasas de fecundidad. Dicho de otro modo: si una mujer no tuvo hijos en su primera relación estable de pareja es altamente posible que lo tenga en el siguiente vínculo.

La ruptura de parejas no significa, como antes, que la mujer no vuelva a tener hijos en una nueva relación.
La ruptura de parejas no significa, como antes, que la mujer no vuelva a tener hijos en una nueva relación.

Después de la ruptura de pareja

La investigación de Martínez Soto recurre a múltiples estudios, entre ellos aquellos que exploran las motivaciones que puede tener una mujer para tener hijos después de una ruptura.

Y encuentra tres factores que entran en juego. Primero, el “efecto compromiso”, que lleva a tener un hijo con la nueva pareja para afianzar el compromiso de la nueva unión. Después, el “efecto hermanos”, donde las personas que tienen hijos de una unión previa quieren darle un hermano o hermana. Y por último: el efecto de “estatus de progenitor”, que son aquellas personas que no tienen hijos y quieren ser padres. “Esta discusión se sustenta con la experiencia y comportamiento reproductivo-conyugal de los países desarrollados con niveles de baja y muy baja fecundidad”, apunta el estudio.

Una de las preocupaciones centrales de la investigación tiene que ver con un panorama de creciente inestabilidad conyugal y la disolución temprana de vínculos. Eso podría estar afectando las tasas de nacimientos de un país que tiene tasas bajas y una tendencia a la disminución en la población (ver nota aparte). Pero no. La investigación evidencia que esto no tiene impacto, ya que la recuperación de la “fecundidad perdida” ocurre en nuevas uniones y se compensa. Fernández Soto recurre, también, a investigaciones similares que se han desarrollado en varios países europeos (Italia, Francia y España) y Estados Unidos.

“La disolución de la primera unión no necesariamente implica el fin de la vida reproductiva de las mujeres, depende de ciertos factores pre y pos ruptura del vínculo. La investigación comprueba que no hay una relación negativa entre la disolución de la primera unión y el número de hijos que acumulan las mujeres”, se sostiene en la parte de las conclusiones.

En cambio, el estudio demuestra que la clave está en “la edad a la que se produce la disolución y la conformación de una segunda unión”. En este es donde se hallan signos de un cambio en el comportamiento de las mujeres uruguayas: “La proporción de mujeres de 25 a 29 años (nacidas en las décadas de 1970-1979) que rompió su primera unión es el doble que la más antigua (1950-1959)”. Ello explica que estén en condiciones de ser madres en el curso de una nueva relación, hecho que se verifica en forma estadística.

Lo cierto es que estos cambios de comportamiento ocurren como consecuencia de la generación de mujeres considerada como pionera: la de aquellas que nacieron entre 1960-1969. Fueron esas mujeres las que rompieron los esquemas tradicionales y cambiaron la fisonomía social uruguaya en forma definitiva.

Pero esta suerte de “liberalización” en las relaciones de pareja no tiene -como podrían sostener posiciones más conservadoras- relación directa con una baja en las tasas de fecundidad y por ende en el crecimiento mínimo o negativo de la población. Esta es una de las principales conclusiones del estudio. “El incremento de los divorcios y las separaciones no supone una disminución de la fecundidad, o que haya menos nacimientos”, señala la autora del estudio.

Lo cierto es que las razones de que Uruguay sea el país de los tres millones obedece a razones tanto estructurales como históricas. La denominada “tasa de reemplazo” está por debajo de la global, en Bolivia, Haití y Guatemala, países en los que las mujeres tienen tres hijos en promedio. En Uruguay, el promedio es de dos. La expectativa de vida es de 77,5 años, “un país de viejos”. Y, por último, el otro factor que ha mantenido a raya el número de la población es la emigración, una constante desde la década de 1960.

Lo que tampoco se explica es la cantidad de “cracks” que el “paisito” le da al fútbol, las artes y las ciencias.

Las mujeres pioneras de ayer abrieron el camino a las feministas de hoy.
Las mujeres pioneras de ayer abrieron el camino a las feministas de hoy.

Menos bebés celestes

Los autores canadienses Darrell Bricker y John Ibbitson sostienen en su libro El planeta vacío que la población mundial tenderá a una lenta extinción en los próximos siglos, un tema del cual Revista Domingo publicó una nota el 28 de abril. ¿Qué pasa al respecto en Uruguay? El noviembre del año pasado, El País publicó una nota con la demógrafa Wanda Cabella, a raíz de un dato que sorprendió a los estudiosos de los cambios en la población: “En solo tres años, los nacimientos se han desmoronado un 15%. La caída es tal que Uruguay está próximo a una tasa de fecundidad que se estimaba llegaría recién en 2050”. La clave parece ser la baja del embarazo adolescente, que se redujo a la mitad desde 2015. Cabella decía al respecto: “Lo que sorprende es la magnitud de la caída de estos últimos tres años: más de 7.000 nacimientos menos. Ya se había dado una baja entre 1996 y 2002, pero ni siquiera a esta velocidad”.

Cambió la idea de maternidad y paternidad en más jóvenes

“Hace poco di una charla que me solicitó una empresa por el día de la madre y la jefa de recursos humanos me advirtió: ‘Mirá que tengo personas que no son madres, y me interesaría plantear el tema de cómo ser madre sin culpa. A su vez, quiero que les puedas trasmitir que se puede ser madre y trabajar’”, recuerda el psicólogo Alejandro de Barbieri, autor del libro Educar sin culpa. Él ha observado un cambio en la actitud hacia la paternidad/maternidad en las nuevas generaciones. “Nuestros padres querían ser padres antes que profesionales, ahora en cambio lo importante es tener un trabajo, la profesión, después viajar y después recién empezar a pensar en tener hijos”, observa. Y el psicólogo señala, asimismo, que una de las razones principales en la disolución de vínculos conyugales pasa por la educación y crianza de los hijos. “Una de las dificultades que existen hoy en sostener una pareja son los distintos puntos de vista en cuanto a la educación, los estilos de crianza. El papá opina una cosa, la mamá opina otra y eso ya genera una tensión en la pareja”, ilustra. Muchos de los problemas que le plantean sus pacientes en consulta son de esta índole.

Muchas maternidades se postergan por el desarrollo profesional.
Muchas maternidades se postergan por el desarrollo profesional.
CONTROL DE NATALIDAD

Lo que dicen los expertos

Los expertos señalan que la mayoría de las políticas de control de la natalidad, tanto para estimularla como para restringirla, están condenadas al fracaso. “Los países que han querido aumentarla no lo logran porque no hay políticas que cambien la conducta, con incentivos sostenibles. En países nórdicos lo que les da resultado es mejorar un poco cuando mejoran las condiciones de género, cuando hay equidad, cuando la mujer puede volver al trabajo en las mismas condiciones en que se fue, cuando se encuentra la corresponsabilidad para que los padres también asuman la crianza”, señaló a Revista Domingo el demógrafo Daniel Macadar, asesor del Fondo de Población de Naciones Unidas. “En el mundo actual retirarse del mercado para tener hijos, para muchas mujeres, es sinónimo de postergar su éxito laboral, su crecimiento. Entonces, las políticas han funcionado, pero con muy pocos decimales. Han ido por el lado de subir de 1,3 a 1,5 no alcanzando al reemplazo ni mucho menos. Los incentivos económicos -eso del ‘pan abajo del brazo’, como por ejemplo el que hizo España- no sirvió para nada, porque tienen uno de los niveles de fecundidad más bajos de toda Europa”, agregó el experto. Los estímulos materiales pueden llevar a instalar una suerte de lógica perversa en la maternidad, sostuvo Macadar.

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