Clever Lara

"Lo que importa es la mirada, no el modelo"

Comenzó a formarse de niño en las artes visuales, en su juventud su dominio de la pintura lo convirtió rápidamente en un referente y ganó reconocimiento internacional.

Clever Lara consolidó un estilo que lo distingue en el mundo entero.

Es como una gran ventana que se abre sobre un paisaje interno y en ruinas. Los escombros desbordan, una luminosidad fría cae desde el cenit. Hay objetos rotos, reina el abandono. Parece la escena de un sueño ominoso y recurrente, de esos de los que cuesta olvidarse. Es un cuadro de Clever Lara (65), uno de los pintores uruguayos más reconocidos en el exterior, cuya obra se ha convertido en referente de un país que cuenta con una nómina de artistas enorme portento desde su misma fundación con Juan Manuel Blanes a la cabeza.

La vieja casona sobre la calle Maldonado en la que vive desde hace años guarda pinturas propias y de otros maestros de la pintura uruguaya. En una de sus habitaciones hay un hermoso vitral que, según sus propias averiguaciones, data de 1908. Bajo la claraboya de la sala principal está una de sus pinturas, un lienzo de gran tamaño que descansa sobre un caballete. Otra pintura, otro lugar abandonado y en ruinas, de menor tamaño se ubica en el otro extremo de la sala, junto a la puerta de su estudio, otra vasta dependencia cuyas paredes están cubiertas por libros, una presencia dominante en la casa del artista. Frente a la casa, por la otra vereda y en otra vieja casona, se encuentra el taller en el que lunes y miércoles Clever Lara habla con sus discípulos de filosofía, de literatura y, por supuesto, de pintura. Entre ambos polos orbita la vida de este artista intenso, convencido de que entre la pintura y la docencia hay un mismo cordón de creatividad.

En el taller sus discípulos trabajan a su aire. Por la mañana han discutido los textos de algunos de los autores referentes del surrealismo que han estado estudiando —André Breton, Alfred Jarry, Lautremont, entre otros—, algunas de sus citas quedaron escritas en la pizarra. En una mesa más apartada dos veteranos amigos del pintor disputan una silenciosa partida de ajedrez. No es raro que el propio Clever esté en uno de los lados del tablero.

En 2015 fue homenajeado al cumplirse cuarenta años como docente en artes visuales, artistas de la talla de Hermenegildo Sábat vinieron a dicho homenaje. Una vida consagrada al arte que comenzó hace muchos años en el interior.

Tierras coloradas

Clever Lara nació en Rivera en 1952. Tenía apenas siete años cuando descubrió que amaba dibujar. A los diez componía dibujos sobre papel manteca para hacer figuras en movimiento, eran los rudimentos de la animación. Clever era un chico muy despierto, leía historietas y libros, creaba sus propias historias y su inclinación al dibujo era tal que pronto su madre lo incitó a desarrollar esa habilidad.

"Mi intención era crear historietas, inventaba personajes, hacía película con imágenes fijas, pasaba las imágenes y hacía las voces de los personajes", cuenta.

La madre lo envió al taller de expresión plástica infantil que orientaba el maestro Osmar Santos en Rivera, quien a su vez era discípulo de Edgardo Ribeiro, vinculado al taller de Torres García.

"Entonces a partir de la concurrencia al taller empiezo a descubrir un mundo diferente. A los once años, Osmar Santos me da un libro De lo espiritual en el arte de Kandinsky para que leyera. Después, a los doce, El oro de sus cuerpos, una biografía sobre Gaugain y La luz deslumbrante, sobre la vida de Tiziano. Yo los leía con doce años, me acuerdo perfecto del momento y hasta del lugar donde los leía", cuenta el artista.

El hiperrealismo de Clever Lara es su marca personal.
El hiperrealismo de Clever Lara es su marca personal.

Esos primeros escarceos con la pintura le dejaron saber dónde estaba su futuro. Poco después su hermano mayor ingresaría a la universidad y ello implicó que su madre, él y su hermana menor se mudaran definitivamente a Montevideo. Y allí continuó su formación en el taller de Edgardo Ribeiro. Y allí entró en otra dimensión, él era apenas un chico de doce años pero ya se codeaba con artistas de enorme magnitud que pasaban por el taller: Santiago Chalar, Alfredo Zitarrosa, o Atahualpa Yupanqui.

"En el taller conozco todo ese mundo nuevo, entonces hay un contraste entre la diversidad de enfoques que por la propia naturaleza de un taller de expresión plástica infantil tiene y por las características del propio docente, que le gustaba que se hicieran exploraciones en las cosas, y luego caer en un taller que tiene una orientación, que tiene una visión del arte muy concreta, derivada del taller Torres", dice.

Pero esos años formativos fueron vitales y tal vez decisivos. Cuando llega a los 18 y comienza a estudiar en la Facultad de Arquitectura Clever ya carga con un bagaje de conocimientos y experiencias que lo diferencian de su coetáneos. Había trabajado con todas las técnicas, había recorrido desde la pintura a la talla en madera y la escultura, el collage, el grabado.

En el verano de 1973, con 20 años recién cumplidos, Clever Lara gana un premio nacional de dibujo. En pocos meses más la historia del país da un vuelco y Lara decide recluirse en su arte. Un par de años después comienza a impartir clases en el Instituto de Bellas Artes San Francisco de Asís. Encuentra en la docencia su segunda vocación, pero unos años más adelante, en 1979, el régimen cierra el instituto. Lara continúa dando clases pero en talleres particulares.

En 1981 recibe un espaldarazo definitivo en su carrera artística. Su obra es seleccionada para participar en la prestigiosa Bienal de San Pablo. De allí en más sus cuadros comenzarán a ser expuestos en las galerías más exigentes.

En 1984 recibe la beca Guggenheim y comienza a estudiar grabado en metal en Nueva York, donde reside por un tiempo.

En 1986 llega a la Bienal de Venecia, los reconocimientos no paran de llegar y su obra es valorada por su enorme originalidad. Los viejos bodegones abandonados se convierten en un sello distintivo de su obra.

"Con técnica muy precisa, casi hiperrealista, su mirada hacia deshechos que nadie pensaría en crear una obra de arte, Lara los ubica de tal forma que aparecen como un grupo triste, alegórico en cuanto a lo americano y que acaparan la atención de quien los observa. Sus obras dejan en el espíritu una sensación de pertenencia a una región del mundo que nos pertenece e identifica", escribió Lilia Muniz a propósito de su obra pictórica.

Lara recuerda una reflexión de Paul Klee, quien sostenía que "uno pasa a tener un estilo cuando lo que hace no lo puede hacer de otro modo".

"En realidad yo creo que en arte tiene que haber como una búsqueda intensísima, pero al mismo tiempo un abandono, una aceptación de las consecuencias de esa lucha intensísima, un abandono de metas o de propósitos a priorísticos, hay que aceptar lo que viene", reflexiona el propio artista.

—Es muy extendida la creencia de que el pintor pinta un modelo, ¿sin embargo usted dice que el artista pinta lo que lleva en su interior?

—Si fuera un modelo externo, imagínese un retrato de un personaje pintado por Velázquez y otro pintado por otro pintor. Uno ve la resolución de la pintura de Velázquez, que no es el modelo que pintó sino lo que elaboró como lenguaje pictórico, el mismo retratado. Por supuesto estoy poniendo un ejemplo excelso, podrían entre dos pintores buenos dos respuestas completamente diferentes, uno se preguntaría qué más importa: ¿el modelo, o quién pintó el modelo? Lo que importa es la mirada, quién mira, no es el modelo, y la pintura es eso. Lo mismo en la literatura, sobre un mismo tema se pueden escribir dos cuentos distintos, pueden ser extraordinarios ambos, pero son completamente diferentes, o sea que lo que importa es la mirada, el tema está implicado.

A menudo en su taller Lara se encuentra con aspirantes a discípulos que confunden la maestría en la técnica con el talento creativo. "Es uno de los equívocos que existe en la enseñanza del arte, mucho más importante que la técnica es hablar de filosofía, a hablar de literatura, de las vivencias, humanizar al extremo a la persona", dice.

Su legado, entonces, no solo vive en sus pinturas y trabajos en madera. Vive en el puñado de discípulos que lo sigue.

SUS GUSTOS

Fútbol. Le gusta mucho el fútbol, se define como "sufrido hincha de Peñarol" y fanático de la Celeste. Pero también jugó al fútbol durante mucho tiempo. "Cuando la rodilla me resistía, jugué al fútbol tres veces por semana. Jugué de nueve, era más que nada oportunista, tenía el arco entre ceja y ceja", bromea.

​Ajedrez. En su taller hay una mesa exclusiva para el tablero de ajedrez y las piezas. Casi nunca está vacía, y muchas veces él es uno de los contrincantes que se debate en los 64 casilleros, con la suerte de blancas o negras. Su pasión por este juego va más allá, en su escritorio tiene un mini tablero en el que estudia y analiza partidas famosas.

Literatura. Ahora está leyendo casi toda la obra de William Faulkner. Comenzó haciéndolo como un homenaje a otro de sus autores predilectos, Juan Carlos Onetti, y se apasionó por las novelas y cuentos del escritor de Misisipi. "Me gusta seguir la obra de un autor, soy exhaustivo", explica Lara. En su escritorio se apilan los libros en larga lista de espera.

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