VIAJES

La Guajira, el último rincón de Sudamérica

Situada sobre el Mar Caribe y en el extremo norte del continente, en esta localidad colombiana conviven la cultura Wayúu con sus costumbres, la gastronomía típica y playas de aguas azules

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La Guajira, un rincón de Colombia que llama a ser explorado.

Viajamos muy lejos: cuando uno viaja a la Guajira la idea de lejanía aparece permanentemente. Lejanía de lugar, lejanía de tiempo, lejanía de todo lo conocido. Viajar a la Guajira es llegar a una mujer indígena cubierta por su manta colorida y su rostro pintado. Es una tierra de una gran belleza y de una rudeza muy fuerte del ambiente. El magnetismo envuelve todo el
lugar. 

La Guajira, situada sobre el Mar Caribe en el extremo norte de Sudamérica, es el territorio histórico de la etnia de los Wayúu. Los Wayúu durante la época colonial se dedicaron al comercio de ganado, perlas y otros tantos productos aprovechando la situación geográfica de múltiples encuentros de los imperios europeos en el Caribe. Durante el siglo XIX y comienzo del XX los Wayúu sufrieron un fuerte proceso de “colombianización” por parte del Estado y de la Iglesia. Hoy en día se habla de la existencia de unos 600.000 wayúu en Colombia y Venezuela.

En Riohacha encontramos su gran riqueza histórica, en Manaure sus blanquecinas y alejadas salinas y en el Cabo de la Vela nos maravillamos con sus increíbles atardeceres. En la Guajira, el atardecer se viste de rojo como la mujer wayúu que nos deslumbra con su embrujo.

Llegamos a la puerta de la Guajira. Riohacha es el lugar para armar base y seguir viajando con poca cosa a la espalda. Riohacha es hermosa y yo espero con ansias siempre la noche para ir a la plaza y ver el maravilloso espectáculo de su gente. Comemos en la calle ante algunos niños que se nos acercan con sus ojos curiosos y grandes para saber de nosotros.

Vamos en bicicleta al desierto por una solitaria ruta. Hacemos 40 kilómetros y llegamos a un caserío donde vemos a un niño de 10 años aproximadamente que nos mira con una escopeta en la mano. Impacta y mucho.

El agua para tomar ya no existe y hay que volver. En el camino nos cruzamos con un grupo de campesinos que se alegran, festejan y se ríen de nosotros. El sol nos devora y el desierto se mete en mi cabeza y mi cuerpo. Estamos de nuevo en Riohacha y nos desplomamos de cansancio en la plaza.

Quedamos unas horas descansando bajo la sombra del prócer almirante Padilla, héroe de las luchas de la independencia, de madre wayúu y padre negro. La historia posterior quiso borrar su pasado y aparece representado en pinturas con piel blanca. La cultura y la historiografía clásica no podían concebir que un mestizo pardo fuera uno de los héroes fundadores del país.

Al día siguiente recorremos el malecón de Riohacha y caminamos entre los artesanos wayúu que ponen su cultura y colores en mantas sobre la calle.

Nos metemos en la playa y aparece un niño de unos 10 años y esboza algunas palabras en inglés y queda sorprendido cuando hablamos en español.

Conoce de nombre a Uruguay y empezamos a jugar en la arena, haciendo un mapa de Sudamérica con el dedo y marcando los países. Saco de mi mochila una pequeña brújula que tengo como llavero y se la regalo, señalando que sabe mucho de Geografía y que tiene que tener su propia brújula. Vuelve contento con sus amigos mostrando el regalo de sus amigos gringos de Uruguay.

Luego nos dirigimos a Uribía que es conocida como la capital indígena de Colombia. Es una ciudad en donde te estallan los sentidos, sobre todo la vista. Todo está en movimiento: la gente, el mercado, los vestidos de las mujeres, las frutas y los carritos tirados por bicicletas que te llevan por toda la ciudad. Uribía es hermosa y caótica. De ahí nos movemos a Manaure, la ciudad de la sal, a ver el espectáculo único de la fusión de las salinas y el Mar Caribe. En el centro del pueblo vemos el monumento al obrero de la sal, que está trabajando con su pala. Aquí también estamos en un pueblo indígena y el paisaje está dominado por los vestidos coloridos de las mujeres Wayúu y el blanco de la sal. Las palas están clavadas en la sal y los hombres cargan las pesadas bolsas para ponerlas en un camión.

Nuestro destino final es el Cabo de la Vela: uno de los últimos rincones de nuestra Sudamérica. Yendo al Cabo, pinchamos una cubierta del camión. Paramos para cambiar la llanta en pleno desierto. Vemos peajes caseros que cobran al antojo, pero por suerte no hay nadie. Continuamos y van apareciendo unas casitas muy humildes que resisten los embates del viento y de la marginación. Caminamos por el Cabo de la Vela con mucho calor, viento y arena que tapan por igual. La gente del lugar tiene sus rostros curtidos por el sol y también por el olvido.

Tras armar la carpa en la playa y comer la típica arepa colombiana, vamos al sagrado Pilón de Azúcar en una moto que te lleva por un precio muy accesible. En el camino empezamos a hablar con el joven conductor sobre el tema de siempre: Edinson Cavani y Luis Suárez. El Pilón es el lugar donde van a reposar las almas de los Wayúu, los legendarios habitantes y guardianes de la Guajira.

Rocas se desprenden y el fuerte viento que te envuelve y quiere llevarte con él. El mar choca con mucha fuerza en el sagrado Pilón de Azúcar y se baten a duelo el mar y el desierto. La aridez del lugar y la sequedad son sus características fundamentales, pero de fondo aparece un gigante Mar Caribe que domina y vigila todo el escenario.

Volvemos a Cabo de la Vela y acampamos dos días en la playa, recorremos sus rincones y conocemos de cerca la cultura Wayúu. Mientras descansamos en las rocas nos encontramos con una artesana wayúu a la salida del monte sagrado; habla un español claro, pero se puede apreciar que no es su lengua materna. Se llama Arinda, tiene 21 años, está casada y tiene una pequeña hija. Nos cuenta sobre su cultura: la alfarería y los trabajos textiles son trabajos mayormente femeninos para los Wayúu. Los hombres realizan tareas sobre cuero, calabazas, cuerdas. El cuerpo wayúu es considerado como una plataforma artística simbólica donde poder expresarse a través de él. Utilizan los tatuajes como una forma de identificarse entre sus clanes. También están las pinturas faciales utilizadas como un ritual y como protección del sol. Los wayúu emplean esas pinturas para la decoración de sus embarcaciones. Sobre todo, pintan ojos en sus barcos como forma de poder ver siempre el regreso a casa.

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Paisajes imponentes, historias mínimas.

Volviendo a la carpa y caminando por la playa, también se nos acercan unas niñas y estamos por un largo tiempo hablando y jugando con ellas. Sus hermanos y primos están en un bote próximo en la costa, es sus tareas de pesca, y ellas juegan en la orilla.

Asusta la realidad de la mortalidad infantil en la Guajira. Esto parece ser parte todavía del largo exterminio del que son víctimas. Aquí hay toda una cadena de explotación; desde las grandes empresas que cambian los cursos de los ríos a su favor, hasta algunas familias wayúu que manejan a su antojo al resto de su pueblo.

Llega la noche y el cielo se pone naranja. Guardamos todo en la carpa y salimos a ver la noche en el Cabo. Todos los vecinos sacan su parrillita y se ponen a hacer arepas y otras comidas para vender.

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