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Gibraltar, día intenso en el desconocido Peñón

Otear el Estrecho a 426 metros de altura, perderse en su centro cultural e histórico, de compras por Main Street o un paseo costero en bici al atardecer. Muchos planes en suelo british.

Gibraltar
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Toparse con una singular cabina de teléfono roja es posible sin abandonar la Península. Gibraltar es ese exótico y, a la vez, cercano vecino de la provincia de Cádiz que se puede visitar con tan solo traspasar la frontera a pie desde La Línea de la Concepción. Encontrarse con sus 33.718 habitantes de habla inglesa salpicada de español, sus calles estrechas de rótulos y edificios con reminiscencias británicas y el apabullante Peñón, a cuya sombra se desarrolla la intensa vida comercial de la ciudad con la tercera renta per cápita más alta del mundo, es toda una experiencia.

“Tenemos un poquito de todo, pero en pequeñito. Esto es como un mini-Londres”, asegura entre risas Gail Francis-Tiron, representante de la oficina de turismo de Gibraltar.

¿Churros o beans?

En su afán por tener de todo, Gibraltar cuenta hasta con un jardín de aire inglés del siglo XIX, la Alameda, abierto por primera vez al público en 1816.

Un buen lugar para arrancar la ruta, rodeados de plantas y animales exóticos rescatados de barcos y domicilios particulares. Incluye la casa del Bicentenario (Bicentenary House), un invernadero que alberga hábitats tropicales y áridos.

Se pueden cargar las pilas para la caminata que viene en Piccadilly Garden Bar, un local donde lo mismo se degustan un desayuno inglés que unos churros famosos entre los gibraltareños.

Un mirador de cristal.

El peñón de Gibraltar es tan alto como parece desde abajo, 426 metros tiene su cima. Se puede subir en taxi, pero la forma más original es recurrir al teleférico Cable Car, que sube a la parte alta en apenas seis minutos (entrada y acceso al parque natural, 30 euros).

En el Peñón no hay que perderse el Skywalk, una impresionante estructura con suelo de cristal en la que se pueden apreciar dos mares, Atlántico y Mediterráneo; dos continentes, Europa y África, y uno de los estrechos más importantes del mundo para el tráfico de mercancías.

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Construido sobre los cimientos de una estructura base de la Segunda Guerra Mundial existente, el Skywalk está diseñado para resistir velocidades del viento de más de 150 km/hora y puede soportar el peso de cinco elefantes asiáticos, o 340 personas, al mismo tiempo

En las entrañas del Peñón.

 El Peñón de Gibraltar fue considerado, durante mucho tiempo, como uno de los pilares de Hércules, sumándose a la mística y la leyenda, y como alberga cuevas, se creía que las propias cavernas eran las Puertas del Hades o Infierno. En su interior hay más de 50 kilómetros de túneles.

Una de sus oquedades más famosas es natural: las estalagmitas y estalactitas de la cueva de San Miguel, formadas hace miles de años y que sirven hoy como auditorio. Desde ahí, y tras pasar por el puente colgante de Windsor y toparse con varios monos de Berbería —está prohibido tocarlos—, se llega caminando a los Túneles del Gran Asedio, excavados en la roca caliza durante el sitio a la ciudad de españoles y franceses desde 1779 hasta 1783 y reutilizados durante la Segunda Guerra Mundial.

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Castillo meriní

Poco patrimonio queda en Gibraltar anterior a su declaración oficial como colonia británica en 1713. Una de esas huellas son los restos del castillo de los Moros, ejemplo único de construcción de la dinastía meriní, levantado en el siglo VIII y hoy símbolo reconocible del Peñón. La ocupación de los árabes fue la más larga registrada en la historia de Gibraltar, desde el año 700 hasta 1309; más adelante, cuando se retomó en 1350 siguió hasta 1462.

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Aunque no es visitable, queda cerca del camino que desciende a Castle Street, una pintoresca vía llena de escaleras.

Eclecticismo urbano

Balcones y contraventanas de aires italianos, azulejos con impronta portuguesa, rejas de inspiración inglesa y cabinas rojas a lo british. Perderse por su casco histórico —Convent Place, hoy sede del Gobierno, es buen inicio— supone encontrarse con una suerte de parque temático multicultural. “Es una fusión entre lo británico y lo mediterráneo”, asegura Francis-Tiron. Sus estrechas calles y altos edificios, tanto históricos como modernos, delatan la escasa superficie que tiene Gibraltar para construir —apenas unos siete kilómetros cuadrados, algunos ganados al mar—.

Pasado prehistórico.

El carácter multicultural de los gibraltareños se manifiesta más allá de su inglés chapurreado de andaluz. En pocos pasos hay una catedral católica —Santa María la Coronada, construida sobre una antigua mezquita-—, una anglicana —la Trinidad, de estilo neomudéjar—, varias sinagogas y hasta un templo metodista.

El Museo Nacional de Gibraltar explica bien esta multiculturalidad, labrada a lo largo de una ocupación humana que arranca con los neandertales hace 120.000 años. El espacio sirve como centro de interpretación de las cuevas de Gorham, patrimonio mundial de la Unesco, pero no visitables.

Oda consumista

El momento compras se concentra en Main Street, la calle principal. Joyas, ropa, decoración, productos de parafarmacia o de alimentación deslumbran en los escaparates de esta calle que arranca en la icónica Casemates Square. Aunque si hay algo demandado son sus estancos y licorerías, con precios más económicos que en España (eso sí, solo se puede cruzar la frontera con un cartón de tabaco y una botella de licor).

Ciclorruta vespertina

Antes de que el sol se ponga, conviene circunvalar el Peñón para contemplar su costa al atardecer. Esta ruta se puede acordar con un taxista o se puede alquilar una bici eléctrica. En el paseo aguardan sorpresas como la playa de La Caleta, en Catalan Bay, cuajada de antiguas casas de colores de genoveses. Durante el siglo XIX, el Gobernador de Gibraltar solo concedía permisos de residencia en Catalan Bay a los pescadores y sus familias, otorgando un número limitado de este cada año. O el faro de Punta Europa, cuyas líneas blancas y rojas se erigen desde 1841 en el extremo sur del Peñón.

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Noche de casino y hotel flotante

La ruta por la costa puede acabar a las puertas de Ocean Village, ejemplo de la nueva arquitectura gibraltareña: altos edificios de hierro y cristal en terrenos ganados al mar. La zona está repleta de locales de ocio, aunque destaca el Sunborn Gibraltar, único cinco estrellas de la ciudad radicado en un lujoso yate de impresionantes suites, spa y vistas a la bahía de Algeciras.

La cena en su restaurante de la última planta puede ser aún más completa con una noche de casino en el mismo barco o en el cercano Admiral. Porque en este singular parque temático llamado Gibraltar todo es posible, hasta viajar a Las Vegas sin moverse del Estrecho.

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