VIAJES

Una fiesta a la Virgen de Guadalupe que convoca a 80.000 personas en el desierto

En un pequeño pueblo cerca de la frontera con Bolivia, miles y miles se congregan en un evento que aún no ha sido descubierto por la industria del turismo. 

Fiesta de la virgen en Ayquina
Foto;: El Mercurio. 

A las 23:45 de la noche de un sábado de setiembre, la plaza de Ayquina parece a punto de estallar. Los bronces y bombos de las bandas redoblan su misión: llenar el aire de melodías, como si no hubiese un mañana. Emocionada, la gente alrededor aplaude, canta, exclama también sin descanso.

Hoy este pueblo chiquito del altiplano parece a punto de colapsar por los miles de visitantes que vinieron de otros pueblitos también chiquitos para celebrar a la Virgen. Hay olor a comida callejera, a velas que se queman. Se siente un frío seco que congela los huesos, intensificado con las ráfagas polvorientas de viento a 70 kilómetros por hora que, dicen los lugareños, no son inusuales en esta zona del Norte Grande. Pero a nadie le importa: el clima no será impedimento para lo que está a punto de suceder.

Desde el cielo se vería lo excepcional que es esta noche: como por milagro, este pueblito es ahora un punto brillante en medio de miles de kilómetros cuadrados de desierto.

En rigor, Ayquina está a 74 kilómetros de Calama, en la Región de Antofagasta a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar y a solo dos horas de la frontera con Bolivia. Y cada año es el escenario de la fiesta religiosa más importante de la zona. Una celebración que bien podría hacerle el peso a la mucho más famosa -y cada vez más turística- de La Tirana, unos 400 kilómetros más al norte, en la Región de Tarapacá, por su música, sus colores y los bailes. Sobre todo, por la belleza en cada detalle de los trajes que usan aquí y por los casi 5.000 bailarines que -por una semana, incansables- no dejan de bailar en alguna de las 46 cofradías que llegan a homenajear a la Virgen de Guadalupe de Ayquina, en una conmemoración que dura diez días y termina cuando se marchan los casi 80.0000 visitantes que vienen a mirar.

Fiesta de la virgen en Ayquina
Fiesta de la virgen en Ayquina

En la víspera del 8 de setiembre comienza lo que podría considerarse el momento más álgido de la fiesta: es cuando la gente aquí conmemora el cumpleaños de la Virgen, repletando la plaza justo frente a la iglesia. Como todos los años, hay una tarima con la imagen de la Virgen y, junto a ella, un religioso celebra una misa multitudinaria. “Cada vez falta menos”, dice el sacerdote por altavoz e invita a todos a cantar.

Cuando quedan 30 segundos para la medianoche, todo cambia. El pueblo completo entra en un estado eufórico que recuerda un poco al de Año Nuevo. “Cinco... cuatro... tres...”, exclaman todos en el conteo, siguiendo el pom-pom-pom de los bombos. Cuando llega la medianoche, en todo Ayquina se escucha lo mismo: “¡Feliz cumpleañoooos!” y luego “¡Viva la Virgen de Ayquina! ¡Viva la reina del desierto!”.

Luego, las cofradías seguirán turnándose con sus presentaciones hasta que el reloj marque las 5:30 de la mañana. Solo entonces podrán descansar... durante una hora. A las 6:30 comienzan nuevamente los bailes. Llevan varios días así. Bailan de día, de noche, a la hora que sea. Con sus trajes mágicos y una energía inagotable.

Fiesta de la virgen en Ayquina
Fiesta de la virgen en Ayquina

“Lo que está claro es que hoy, en Ayquina cuando a un danzarín se lo ve bailando, está orando. Aquí el laico ofrece su sacrificio y no necesita de la mediación del sacerdote. No miden los gastos que pueden hacer... Sus trajes son carísimos. Y si a eso le sumas el arriendo de la pieza, la alimentación...", dice David Vargas, rector del santuario de Ayquina mientras las cofradías pasan más allá de la ventana.

La ruta para llegar

Hay que tomar la Ruta B-165 para llegar a Ayquina. Un camino de ripio que sale de Calama y se mete en un paisaje árido que va cambiando: primero, kilómetros de desierto plano, polvoriento; más adelante, relieves intermitentes y quebradas esculpidas por las ramificaciones de los ríos Loa o Salado. Hay unas plantitas color verde oscuro que adornan este paisaje a medida que uno va subiendo. El cielo es celeste profundo, con nubes esponjosas. Casi no hay otros poblados. Sí se ven las siete estaciones o paradas que recorren los peregrinos: unas estructuras metálicas parecidas a quioscos escolares, pero más grandes y abiertos.

La marcha desde Calama es la otra manera de expresar la devoción por la Virgen. Los peregrinos vienen solos o en grupos pequeños que tardan, usualmente, un día y medio en llegar. A veces acampan en las mismas paradas. O buscan alojamiento en localidades como Chiu Chiu, un pueblo con algo más de infraestructura turística, a 40 kilómetros de Ayquina. O se tapan con lo que sea, incluso cartón, cuando el cansancio no les permite dar un paso más durante la noche.

Hace unos años que en este trayecto además se instalaron estaciones o tambos, donde grupos subvencionados por la propia iglesia o personas por iniciativa propia apoyan con comida, agua y cuidados a los caminantes.

Marco Salas es uno de los segundos: junto a su familia arma un tambo, que financia con lo que recauda en el año, para apoyar a los peregrinos. Pasan toda la semana en esto, sin retribución.

Salas y su familia se ubican todos los años en Ramadillas, a unas tres horas de caminata de Ayquina. Ahí preparan tallarines, churrasco andino (pan amasado con jurel), tienen naranjas o hacen sopaipillas (tortas fritas) para los peregrinos. Es una tradición que mantienen desde los años 90. “En Los Andes o Lo Vásquez la gente camina un par de horas. Aquí en Calama caminamos un día y medio por el desierto más árido del mundo”, dice Salas, sin dejar de servir jugo a los caminantes que van llegando.

En Ramadillas, las caras van cambiando rápido. Algunos se sientan. Otros paran a hacerse curaciones en los pies. La mayoría toma agua y sigue. Mónica Barrera recupera energías en una silla de plástico a la sombra. Viene con su hija, con la que están cumpliendo una manda. No dicen más. Cerca, un trío de adolescentes recarga baterías con un plato de tallarines con salchicha: Michel Masilla (18), su polola Maritza López (17) y Aarón López, hermano de Maritza, dicen que pasaron mucho frío la noche anterior. Michel ya había caminado antes. “Por fe”, dice. Maritza y Aarón vienen más que nada para conocer el camino. "Como un desafío", dice Maritza.

Llegar a Ayquina unos días antes de la fiesta es asomarse a un sitio donde convergen dos universos. Por un lado, la gente que simplemente pasea, observa, toma fotos, come las tortas fritas gigantes o el pan amasado que venden por ahí. Del otro, el de los bailarines y sus trajes impresionantes, y movimientos incansables aún más impresionantes.

El de estos últimos es una especie de reino de fantasía. Algo así como un Narnia altiplánico, donde se ven humanoides peludos o emplumados, diablos y ángeles, princesas andinas, cóndores y osos forrados en lentejuelas y cascabeles, que bailan dando saltos y patadas como si fueran ninjas desérticos, todos deambulando a la vista del resto de nosotros, simples mortales.

Fiesta de la virgen en Ayquina
Fiesta de la virgen en Ayquina

Tanto colorido contrasta con los tonos usuales de este pueblo donde manda el ocre. Es polvoriento, es ventoso, es como si se hubiese detenido en el tiempo. Quizá eso se note menos en estos días, en que hay gente por todos lados, bailando o paseando.

A las casas usuales se suma un barrio nuevo y temporal: las carpas que se levantan a la entrada del pueblo. También hay un estacionamiento gigante, porque nadie entra en auto aquí. Aunque quisieran, no podrían. Además hay una feria, le llaman “el mall del pueblo”, donde los visitantes se abastecen de velas, santitos, comida rápida, ropa...

Esta es la única semana del año en que Ayquina tiene todas sus casas ocupadas.

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