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La ficción es invencible

El escritor israelí Yuval Noah Harari expone en este ensayo las tres razones por las que las historias ficticias triunfan sobre la verdad.

Desde sus remotos orígenes los seres humanos representaron su historia en ficciones.
Desde sus remotos orígenes los seres humanos representaron su historia en ficciones.

Muchas personas creen que la verdad transmite poder. Que los líderes, religiones o ideologías que malinterpretan la realidad acaban perdiendo ante rivales con una visión más clara. Por ende, creen que apegarse a la verdad es la mejor estrategia para hacerse de poder. Por desgracia, esto solo es un mito que reconforta. De hecho, la verdad y el poder guardan una relación mucho más complicada porque en la sociedad humana el poder significa dos cosas muy distintas.

Por un lado, tener poder significa tener la capacidad de manipular realidades objetivas: para cazar animales, construir puentes, curar enfermedades, construir bombas atómicas. Este tipo de poder está estrechamente vinculado con la verdad. Si crees en una teoría física falsa, no podrás construir una bomba atómica.

Por el otro, el poder también significa tener la capacidad de manipular las creencias, con lo que lograrás que muchas personas cooperen de manera efectiva. Construir bombas atómicas no solo requiere una comprensión detallada de la física, sino además el trabajo coordinado de millones de personas. El planeta Tierra fue conquistado por los Homo sapiens —y no por chimpancés o elefantes— porque somos los únicos mamíferos capaces que cooperar entre sí en grandes cantidades. Además, la cooperación a gran escala depende de creer en las mismas historias, pero estos relatos no necesitan ser ciertos. Es posible unir a millones de personas haciéndoles creer en historias completamente ficticias sobre Dios, la raza o la economía.

La naturaleza dual del poder y la verdad se traduce en el curioso hecho de que los humanos sabemos muchas más verdades que ningún otro animal, pero también creemos en muchas más insensateces. Somos, al mismo tiempo, los habitantes más listos y los más crédulos del planeta. Los conejos no saben que E=MC², que el universo tiene 13.800 millones de años y que el ADN está compuesto de citosina, guanina, adenina y timina. Sin embargo, los conejos no creen en las fantasías mitológicas ni en los disparates ideológicos que han fascinado a incontables seres humanos durante miles de años. Ningún conejo habría estado dispuesto a estrellar un avión contra el World Trade Center de Nueva York con la esperanza de ser recompensado con 72 conejas vírgenes en otra vida.

Ficciones que unen

Cuando se trata de unir a las personas en torno a una misma historia, la ficción en realidad goza de tres ventajas inherentes sobre la verdad. La primera es que en tanto la verdad es universal, las ficciones tienden a ser locales. En consecuencia, si queremos distinguir a nuestra tribu de los forasteros, una historia ficticia nos servirá mucho más como un marcador de identidad que una historia verdadera. Supongamos que enseñamos a los miembros de nuestra tribu a creer que “el sol sale por el oriente y se oculta por el poniente”. Este sería un mito tribal bastante débil, puesto que, si me encuentro a alguien en la selva y esa persona me dice que el sol sale por el oriente, eso podría indicar que esa persona es un miembro leal de nuestra tribu. Pero también podría indicar que es un extranjero que llegó a la misma conclusión sin la guía de nuestra tribu. Por lo tanto, es mejor enseñar a los miembros de la tribu que “el sol es el ojo de una rana gigante que todos los días atraviesa el cielo de un salto”. Probablemente, muy pocos extranjeros llegarán a esa idea específica por su cuenta, más allá de lo inteligente que sean.

La segunda superioridad de la ficción sobre la verdad tiene que ver con el “principio de la desventaja”. Este establece que las señales confiables deben ser costosas para el emisor. De lo contrario, pueden ser imitadas fácilmente por los falsificadores. Por ejemplo: los pavorreales macho muestran sus aptitudes a las hembras haciendo gala de una enorme y colorida cola. Esta es una señal confiable de capacidad, porque la cola es pesada, voluminosa y atrae a los depredadores. Solo un pavorreal realmente capaz puede sobrevivir a pesar de esa desventaja. Algo similar sucede con las historias.

Si la lealtad política se mide a través de la creencia en una historia verídica, cualquiera puede fingir tal lealtad. Pero creer historias ridículas y extravagantes exige un costo mayor y, por ende, es una mejor señal de lealtad. Si le crees a tu líder solo cuando ella o él dice la verdad, ¿qué prueba eso? En cambio, si le crees a tu líder incluso cuando construye castillos en el aire, ¡eso sí es lealtad! Los líderes astutos algunas veces dicen de manera deliberada insensateces a fin de identificar a los devotos confiables de los seguidores condicionales.

La tercera ventaja, y la más importante, es que la verdad suele ser dolorosa y perturbadora. De ahí que quien se apega a la realidad pura tendrá muy pocos seguidores. Un candidato presidencial en Estados Unidos que le diga a la gente de ese país la verdad y nada más que la verdad sobre la historia de la nación, tiene completamente asegurada la derrota en las elecciones. Lo mismo sucede con los candidatos de todos los demás países. ¿Cuántos israelíes, italianos o indios pueden soportar la verdad inmaculada sobre sus naciones? Un apego absoluto a la verdad es una práctica espiritual admirable, pero no es una estrategia política ganadora.

Algunos pueden argumentar que los costos a largo plazo de creer en historias ficticias pesan más que las ventajas a corto plazo para lograr cohesión social. Que una vez que la gente adquiere el hábito de creer en ficciones absurdas y falsedades convenientes, ese hábito se extiende a cada vez más áreas. En consecuencia, la gente acaba por tomar malas decisiones económicas, adopta estrategias militares contraproducentes y no logra desarrollar tecnologías efectivas. Aunque esto ocurre ocasionalmente, está lejos de ser una regla universal. Incluso los fanáticos más fervientes y extremos suelen ser capaces de compartimentar su irracionalidad de tal modo que creen disparates en algunos campos, mientras que siguen siendo sumamente racionales en otros.

Pensemos, por ejemplo, en los nazis. La teoría racial del nazismo se basaba en pseudociencia. Aunque trataron de reforzarla con evidencia científica, tuvieron que silenciar sus facultades racionales a fin de desarrollar una creencia lo suficientemente fuerte para justificar el asesinato de millones de personas. No obstante, a la hora de diseñar las cámaras de gas y preparar los horarios de los trenes hacia Auschwitz, la racionalidad nazi salía intacta del escondite.

Lo que es cierto acerca de los nazis también es aplicable a muchos otros grupos fanáticos a lo largo de la historia. Resulta aleccionador darse cuenta de que la Revolución Científica comenzó en la cultura más fanática del mundo. En los días de Colón, Copérnico y Newton, Europa tenía una de las concentraciones más altas de extremistas religiosos y el nivel de tolerancia más bajo en su historia.

La capacidad de compartimentar la racionalidad tal vez tenga mucho que ver con la estructura de nuestro cerebro. Distintas partes del cerebro son responsables de distintos modos de pensamiento. Los seres humanos podemos desactivar y reactivar de manera inconsciente las partes del cerebro que son fundamentales para el pensamiento escéptico. De esta forma, Adolf Eichmann quizá mantenía desactivado su lóbulo prefrontal mientras escuchaba a Hitler pronunciar un discurso apasionado, para luego echarlo a andar de nuevo y organizar cuidadosamente el horario de los trenes hacia Auschwitz.

Incluso si hay que pagar algún precio por desactivar nuestras facultades racionales, las ventajas de una mayor cohesión social suelen ser tan grandes que las historias ficticias suelen triunfar una y otra vez sobre la verdad en la historia de la humanidad. Los académicos lo han sabido desde hace miles de años, razón por la cual a menudo han tenido que escoger entre servir a la verdad o a la armonía social. ¿Debían proponerse unir a las personas asegurándose de que todos creyeran en la misma ficción o debían dejar que la gente supiera la verdad, aunque el precio a pagar fuera la discordia? Sócrates eligió la verdad y fue ejecutado. Las instituciones académicas más poderosas de la historia —sean sacerdotes cristianos, mandarines confucianos o ideólogos comunistas— antepusieron la unidad a la verdad. Por eso fueron tan poderosas.

Harari, el escritor israelí con una visión revolucionaria.
Harari, el escritor israelí con una visión revolucionaria.

Un pensador atípico y con mucho éxito

Nació en 1976, en la pequeña ciudad, del distrito de Haifa, Kiryat Atta. Se formó como historiador, pero fue como pensador contemporáneo que adquirió su notoriedad internacional.

En 2011 publicó el libro Sapiens: de animales a dioses, en el cual trazaba y comentaba el desarrollo de la especie humana, desde sus vulnerables inicios hasta su total dominio del planeta. Ese éxito editorial lo catapultó hacia la fama global, y su libro se convirtió en referencia para algunas de las figuras culturales, políticas y culturales más influyentes de la actualidad.

Unos años más tarde, Hararie publicó Homo Deus, en donde ahonda en los conceptos del primer libro, y donde además plantea hipótesis sobre posibles futuros de la especie y su esfuerzo por eternizarse.

Luego de alcanzar el reconocimiento descifrando la historia y exponiendo ciertos diagnósticos sobre la contemporaneidad, Harari parece haber querido pasar a la acción: ofrecer posibles soluciones a los problemas que aquejan a las sociedades actuales. De ahí, posiblemente, el título de su más reciente libro: 21 lecciones para el siglo XXI (Debate, $ 690), editado el año pasado, en el cual ofrece una serie de recomendaciones como posibles salidas a algunos callejones del presente.

En 2016, Harari estuvo en Uruguay, en donde fue el orador principal del evento empresarial que se organiza anualmente en Punta del Este, Punta Tech. Ahí, fue entrevistado por El País y dijo, entre otras cosas, que “Ya no será el dinero el que definirá en qué casta estarás, sino el conocimiento”.

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