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Festejar Navidad en Uruguay

Cinco extranjeros, uno de cada continente, cuentan cómo celebran esta fecha lejos de su país. Y destacan que la clave siempre es sumar.

Para Gesine Holschuh decorar la palmera de Navidad con sus hijos marca el comienzo de la celebración. Foto: Ricardo Figueredo.
Para Gesine Holschuh decorar la palmera de Navidad con sus hijos marca el comienzo de la celebración. Foto: Ricardo Figueredo.
Alain Koussom llegó a Uruguay para jugar al fútbol y lo eligió como lugar para vivir. Foto: Marcelo Bonjour.
Alain Koussom llegó a Uruguay para jugar al fútbol y lo eligió como lugar para vivir. Foto: Marcelo Bonjour.
Para la novel embajadora de Canadá, Joanne Frappier, esta será su primera Navidad en el Sur. Foto: Darwin Borrelli.
Para la novel embajadora de Canadá, Joanne Frappier, esta será su primera Navidad en el Sur. Foto: Darwin Borrelli.
Luz Cedeño y Luis Cuevas llegaron a Uruguay con la esperanza de recuperar su calidad de vida. Foto: Fernando Ponzetto.
Luz Cedeño y Luis Cuevas llegaron a Uruguay con la esperanza de recuperar su calidad de vida. Foto: Fernando Ponzetto.
Para matar la nostalgia, Luis Cuevas armó una banda de ritmos venezolanos que se llama Caribeños del Sur.
Para matar la nostalgia, Luis Cuevas armó una banda de ritmos venezolanos que se llama Caribeños del Sur.
Cada diciembre, la chef Aparna Soni organiza una cena navideña para sus amigos con platos típicos de la India. Foto: Fernando Ponzetto.
Cada diciembre, la chef Aparna Soni organiza una cena navideña para sus amigos con platos típicos de la India. Foto: Fernando Ponzetto.

En el salón Kundalini suenan las gaitas, los villancicos y los aguinaldos. Detrás del mostrador que atienden Luz Cedeño (51) y Luis Cuevas (58) hay una banderita uruguaya, pero allí se respira clima venezolano. La música de ritmos caribeños ayuda, aunque la esencia está en la sonrisa de esta pareja de inmigrantes que se apresta a celebrar, junto con su primer año en Uruguay, la primera Navidad fuera de su país. Al movimiento habitual de un kiosco en una tarde de diciembre, se suma la emoción de haber encontrado, esa misma mañana, las hojas de banano(aquí no hay plátano, que era el ideal) para preparar hallacas, el típico plato navideño venezolano. "Pero lo más difícil de conseguir era el onoto —advierte Luz— y también ya lo conseguimos. Es una especie de semilla que se tuesta y le da color a los guisos, así queda algo más rojizo. Lo trajo un chico venezolano y nos vendió un poco".

La felicidad en sus rostros no se debe solo a la proximidad de la Navidad. También a pasarla en Uruguay, un país que, según ellos, les devolvió las ganas de disfrutar la vida. "Hace unos siete años empezamos a sentir la necesidad de salir de Venezuela", cuenta Luz. "Era una necesidad inminente, por los hijos, por nosotros, veíamos que nuestra capacidad productiva iba en detrimento y nuestra seguridad también". Luis trabajaba en la industria petrolera y Luz es abogada. Además, juntos tenían un negocio de papelería y fotografía. "Hubo un momento en que nuestros proveedores se fueron del país y nosotros teníamos que contrabandear nuestros productos. Te vas acostumbrando a esa forma de subsistencia en la que todo vale. Pero llegó un día en que dijimos esto no es vida. Estamos criando a nuestros hijos en un mundo que no es el del deber ser…", explican.

Con la limitante del idioma (solo Luis hablaba inglés), su apuesta fue quedarse en el continente americano pero recuperar calidad de vida. Así, tímido, apareció entre las primeras opciones Uruguay, "el paisito… que resultó ser un paisote", dicen. "Porque siendo tan chiquitico nos ha abierto un sinfín de oportunidades y sobre todo tranquilidad", completa Luz.

Más allá de los distintos puntos de partida —desde Camerún a la India—, la gratitud es el sentimiento que predomina en las historias de quienes llegaron a Uruguay en busca de trabajo, descanso o amor y hoy preparan su Navidad mezclando tradiciones de aquí y allá. En un apartamento en Jacinto Vera, un rancho en Punta del Diablo o una casa en La Barra, hay muchos extranjeros que suman sus diferencias y hacen que la típica forma de celebrar en Uruguay adquiera una nueva dimensión.

Desde Venezuela, Luz Cedeño.

En la mudanza que Luz y Luis hicieron en dos etapas —primero él con Miguel, el mayor de los hijos; luego ella con los dos más "pequeños", José y Daniela—, quedaron muchas cosas en el camino. Entre ellas, toda la decoración navideña que Luz colocaba en su casa cada año en octubre. Cambiaba desde el felpudo de la entrada hasta las cortinas de la cocina, pasando por las sábanas, "edredones" y manteles. También armaba pesebre y un árbol de Navidad, que quedaron en manos de una vecina y una tía. "Tenían mucho valor sentimental y venderlos por tres centavos no tenía sentido, preferimos regalárselos a alguien que sabíamos que lo iba a apreciar". El próximo 29 Luz cumplirá un año en Uruguay y si bien después de tener la cédula pudo comprar la "llave" del quiosco, las finanzas todavía no son las ideales. Por ahora, entonces, no habrá arbolito ni chirimbolos. "Lo que no se va a salvar es la comida, la música y la unión en la mesa".

Además de las hallacas, una especie de guiso de carnes de gallina, cerdo y vaca envuelto en hojas de plátanos, "amarrados" y hervidos, los Cuevas van a preparar pan de jamón y ensalada de gallina. En Venezuela, la fiesta arranca temprano en la mañana, cuando todo el mundo empieza a meter mano en la cocina. "Los veteranos hacen el guiso y a los chiquitines les enseñamos a amarrar". Los más católicos (alrededor de 80% de la población), asisten primero a misa para recién luego juntarse a cenar. Y durante todo el día suenan los aguinaldos, esas mismas canciones navideñas que Luis escucha en el quiosco y desde hace unos meses toca con Caribeños del Sur, un grupo formado por venezolanos.

La banda ya estuvo varias veces en la Feria de Tristán Narvaja y hace un par de semanas musicalizó una misa para juntar fondos para las familias venezolanas más necesitadas en Uruguay. Salvo alguna vecina que los invitó a irse con sus canciones de regreso a Venezuela, la respuesta del público fue positiva, cuentan. "Mucha gente se detenía porque el sonido y los instrumentos son distintos. Y lo de la señora… bueno, fue un grano de arena en el médano de cosas buenas", dice Luz. Esta noche, seguramente habrá una nueva función.

Desde Camerún, Alain Koussom.

"Ella es mi salvación". Lo dice Alain Koussom (33) y señala a su pareja, la uruguaya Ana Rodríguez, que acaba de entrar a su casa de ir a buscar a Matías, el hijo de ambos, al jardín. Alain no es un recién llegado a Uruguay, pero el español todavía le cuesta. Salió de Camerún a los 18 años con el sueño de ser futbolista. Y aunque en parte lo logró, el camino no fue sencillo. Todavía se siente observado al caminar por las calles de Pocitos, el barrio donde vive, todavía le resulta difícil conseguir un trabajo estable, y todavía se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de la familia numerosa que, al otro lado del océano Atlántico, ve en él el símbolo de la esperanza.

Cuando aterrizó en Montevideo, en noviembre de 2002, le detectaron una enfermedad pulmonar que le llevó varios meses superar. Una vez curado, voló a jugar a Costa Rica y volvió recién en 2004, con pase para Salto Fútbol Club. Recorrió cuadros del interior como Deportivo Maldonado hasta que, en 2009, una lesión en la rodilla lo alejó de la cancha. Un año sin jugar y de nuevo en un plantel; fue el turno de Bella Vista y Cerro. Pero las lesiones siguieron y hubo un momento en que Alain sintió que no podía más. Se quedó sin club, sin contratista y sin casa. La tuvo que pelear solo y lo logró. Al poco tiempo abrió un lavadero y después se empleó como mozo y barman. Hoy trabaja en la seguridad del Casino Parque Hotel, paradójicamente uno de los trabajos "más tranquilos" que ha tenido, dice.

En el living de su casa, donde abundan los juguetes de Matías, el árbol de Navidad ocupa un segundo plano. Una parte quedó armada desde el año pasado, algunos adornos se sumaron en las últimas semanas. Y en lo alto hay un dibujo de su hijo, claro.

Como integrante de la Iglesia Evangélica Protestante, la Navidad siempre formó parte de la vida de Alain. En Camerún la festejaba en familia, a veces en la ciudad y otras en la tribu Baleng, de donde era originaria su madre. Su padre, de la tribu Bandjoun, era polígamo: tenía tres mujeres y quince hijos; él es el mayor de la última esposa. En Navidad, al igual que en otras fechas importantes, la familia pasaba unida. "Durante la fiesta estaban las tres juntas… después se agarraban a las piñas", dice y ríe. En aquella época, lejos del asado y las achuras que ahora prepara en compañía de su familia por adopción, el camerunés disfrutaba de una especie de polenta hecha a base de plátanos hervidos sin cáscara y sopa de maní con pescado. Pero la estrella de la mesa era el "koky", una pasta de textura similar al tofu preparada con porotos y aceite de Palma.

En estos casi 15 años Alain solo volvió a Camerún tres veces. Y nunca barajó la opción de regresar allí definitivamente. Dice que en Uruguay sufrió mucho y que aún hoy le resulta difícil salir adelante, pero no se rinde. Lejos de los sueños de gol que lo trajeron por estos lares, sigue siendo el sostén económico de su familia. "Acá puedo luchar por salir adelante. Hace falta un poco de sacrificio y otro poco de perseverancia, pero se puede".

Desde Europa, Gesine Holschuh.

Para la primera Navidad que pasó en Uruguay, la alemana Gesine Holschuh (50) investigó, buscó y reservó un pino natural. Pero cuando lo fue a buscar no era un árbol como los que solía tener en su casa de Bruselas, de tres metros de altura y ramas frondosas. La versión local era pequeña y magra. Diseñadora con marcada preocupación estética, declinó comprarlo y buscó otra alternativa. Y así, con un poco de imaginación, la palmera que había en el jardín de su casa de La Barra se convirtió en un improvisado y original árbol de Navidad.

Desde entonces, decorarla marca el inicio de los ritos navideños en familia. "Los niños se encargan de la decoración. Todos los adornos son hechos a mano y típicos de los países de la región, cosas que compramos en viajes por Argentina, Perú, Colombia", cuenta. Pero también hay algunas piezas traídas de Europa, de esas que pertenecieron a alguna abuela y vienen pasando de generación en generación. Las tradiciones son una pieza clave para Gesine, su marido Bernard y sus tres hijos, Marthe (18), Lillan (15) y Finn (12). Por eso, aunque no caiga nieve como en Alemania ni haya el frío húmedo de Bruselas, prenden velas alrededor de la palmera en cuestión, cantan canciones típicas germanas y preparan varias recetas de galletitas que circulan durante todo el día para convidar a quien se quiera acercar. Claro que también hay algo de playa y mucho de carne sobre la parrilla.

Pero los festejos, de hecho, empiezan varias semanas antes, concretamente cada 6 de diciembre, día de San Nicolás. Según la tradición en los Países Bajos, los niños de la casa ponen sus zapatos en la estufa y esa mañana San Nicolás les deja regalos. En la familia de Gesine, cada hijo recibe algo así como una cuerda-calendario que se coloca en la escalera de la casa y tiene un obsequio para cada día hasta llegar al 24 de diciembre. "Da mucho trabajo porque son 18 regalitos para cada uno, aunque en general son cosas que se van comprando todo el año y no son grandes. Ponemos galletitas, un diario, etcétera. Todos envueltos en papeles con motivos navideños. Siempre estoy intentando dejarlo pero los niños me piden por favor que no", dice Gesine con sonrisa cómplice.

Así vive la Navidad esta familia belgo-alemana desde que tiene casa propia en La Barra, una zona de la que sus cinco integrantes se enamoraron más de diez años atrás. Un día, cuando Gesine todavía trabajaba en la consultora McKinsey, en Hamburgo, un amigo casado con una argentina la invitó a festejar su cumpleaños número 40 en José Ignacio. Ella nunca había escuchado hablar de Uruguay ni encontró una guía que la instruyera sobre el exótico destino. Pero se animó a cambiar los planes que ya tenía para esas vacaciones y probar. "Le pregunté a mi padre, que había viajado mucho por trabajo, y él me recomendó venir. Desde que llegamos nos encantó. Me gustaron las playas grandes y naturales y que le gente estaba muy relajada… ese ambiente nos cautivó".

Hoy, Maldonado es mucho más que su lugar de vacaciones. En 2013 Gesine fundó Wehve, una marca de prendas de tejido que utiliza lana merino uruguaya y produce a partir de cooperativas de mujeres ubicadas en varios pueblos del interior. Wehve —que proviene de la palabra weave, que en inglés significa tejer— se vende en tiendas multimarcas de Estados Unidos, Japón y Europa, donde además comparte vidriera con grifas exclusivas como Alexander Wang, Armani e Isabel Marant. Pero, además, Wehve es la razón que justifica que Gesine venga al menos seis veces al año a Uruguay y que, en diciembre, llegue antes que el resto de los miembros de su familia. "Este proyecto nació porque quería hacer algo acá y al mismo tiempo quería tener más razones para venir. Empezó como algo pequeño y complementario de otros trabajos, y ahora está creciendo y estoy solo dedicada a esto".

En los días previos a cada Nochebuena, Gesine alterna trabajo y familia, casi siempre acompañada por su hija Lillan, modelo de sus campañas y que acaba de cursar el último semestre del año en el Liceo Francés de Montevideo. Para hoy, la familia ya está reunida y en Maldonado. Pasan el día en la playa y haciendo deporte, dejando la cocina para cuando cae el sol. "Es mucho más relajado que en Europa —dice Gesine—, donde suena la música navideña todo el día. Estoy feliz de celebrar acá".

Desde Canadá, Joanne Frappier.

Para convertirse en embajadora, Joanne Frappier tenía un abanico de 57 destinos de los que podía elegir cinco. Uruguay fue su tercera opción; antes estaban Tanzania y Trinidad Tobago, después dos países de Asia. ¿Por qué Uruguay? "Porque nosotros somos francófonos, tenemos sangre latina y aquí se habla español. Solo sabía dónde estaba ubicado pero ningún dato específico, ni siquiera que tenía palmeras", dice la novel embajadora de Canadá mientras ríe y mira cómo se ondean las altas palmeras de la rambla República del Perú, donde vive desde agosto.

Con 55 años, este es su primer destino. "Mi madre siempre decía que yo era muy diplomática, pero de ahí a trabajar en diplomacia hay una diferencia", bromea y ríe otra vez. Antes de desembarcar en Montevideo, Joanne, geógrafa de profesión, trabajó durante más de 30 años en el Ministerio de Energía, Minería y Recursos Naturales. Y tenía fecha prevista de jubilación para octubre de 2017. "Pero cuando llegó el momento pensé que tenía demasiada energía para retirarme, no era el momento para eso, era el momento para cambiar de trabajo. Y eso hice".

En realidad, lo que hizo fue retomar un sueño de la adolescencia. "Desde que terminé el liceo siempre pensé que iba a trabajar fuera de Canadá, a salvar el mundo, eliminar el hambre mundial y sacar a las mujeres de la miseria". Con algo de experiencia en proyectos en Guatemala y Nepal, Joanne llegó con un pasado mucho más científico que diplomático. Ya recorrió varios departamentos de Uruguay y, dice, todos los días aprende algo nuevo. "Durante años trabajé con mapas y planos. Y acá mi trabajo consiste en asuntos de comercio, relaciones bilaterales, conocer el país y ver qué valores e intereses tenemos en común, que por suerte son un montón. Es un regalo en dos sentidos, por un lado es un honor representar a mi país y no creo que pueda pedir un lugar mejor que Uruguay. Como geógrafos (su marido, Albert, es ambientalista) estamos una posición privilegiada, central en Sudamérica, podemos probar distintas culturas que están muy cerca".

Para empezar a conocer, eligieron Punta del Diablo, donde pasarán su primera Navidad en el Sur y con calor. Hasta allí van a llevar la tourtière, una especie de torta que combina carne de cerdo y vaca condimentado con especias. Pero el plato fuerte este año será un salmón a la parrilla marinado con maple syrup (miel de arce), un producto típicamente canadiense que Albert produjo en su chacra cerca de Quebec y trajo meticulosamente fraccionado y embalado a Uruguay. "Es una especie de miel que se hace cada primavera, cuando la diferencia entre el día y la noche es de al menos diez grados. Se perforan los arces y se recolecta su savia, que es dulce. Se precisan 45 litros de savia para lograr un litro de syrup", cuentan.

La presentación de la mesa también es importante y por eso cuidada: "Es un festival para la vista, el paladar y el corazón".

Como buenos geógrafos, Joanne y Albert no podían tener un árbol de Navidad de plástico. "Cuando era niña —recuerda Joanne —toda la familia iba de excursión al bosque a cortar un árbol y después a la casa a decorarlo. Hoy se venden en grandes parkings, donde cada uno elige el que más le gusta. Un amigo forestador, Michael, siempre nos decía que los árboles son fuentes renovables, que se pueden cortar y que eso es saludable para los bosques", dice la embajadora. Por eso, cree que Michael estaría orgulloso de ver el árbol navideño que la pareja tiene frente al Río de la Plata. En realidad, se trata de una construcción artesanal, hecha a base de ramas naturales, cuidadosamente atadas a un perchero y decorada con los adornos que trajeron de Canadá, muchos de ellos hechos por sus hijos en la época de la guardería. Eso sí, no se puede regar.

En la noche de hoy, 24, ya en compañía de sus dos hijos, tienen programadas dos llamadas vía Skype: una a la familia de Albert en Quebec y otra a la de Joanne en el área de Otawa. "No vemos el momento de llamarlos desde la playa, con nuestros trajes de baños puestos, y el gorro de Papá Noel".

DESDE LA INDIA

La excusa perfecta

En su apartamento de Pocitos, Aparna Soni (32) tiene la mesa navideña puesta mucho antes de que el calendario marque el 24 de diciembre. Es que para esta ingeniera en biotecnología reconvertida en chef, la Navidad es ante todo una "excusa" para celebrar con amigos. "Mi familia es hindú y no festeja esta fecha, pero como en India tenemos todas las religiones siempre hay alguien con quien juntarse y celebrar", explica Aparna, quien llegó a Montevideo hace tres años por el trabajo de su esposo, sin saber nada del país y casi nada de castellano.

"Cuando llegué no tenía planeado trabajar, pero después de algunos meses me dieron ganas de hacer algo. Siempre había tenido el sueño de abrir un restaurante propio, pero en India no tenía tiempo...". Con el impulso de sus amigos del mundo en Uruguay, Aparna se puso a cocinar. Primero solo para sus conocidos, luego para vender por las redes sociales y hoy lo hace a "puerta cerradas" en restaurantes y casas particulares. Aunque su agenda se llenó, igual se hace un tiempo para ir a la playa, otra de sus grandes pasiones.

Aquí o en su ciudad natal, Jhansi, su mesa incluye platos de las distintas regiones de la India. Pese a no contar con los ingredientes —muchos los trae con la ayuda de amigos que vienen y van— Aparna logra preparar Vindaloo de pollo (típico de una región colonizada por los portugueses y por ende católica), pollo Tandoori y su versión vegetariana con coliflor, arroz Dum Biryani y Plum Cake, una receta británica que se volvió un clásico en la India también. Esos aromas y sabores acortan la distancia con su país, pero hay cosas que Aparna igual extraña. "A mi familia y la comida —dice y ríe—. Estas son recetas que encontrás en un restaurante, pero yo extraño comer en la calle. ¡Allí hay de todo! Casi no tenés necesidad de cocinar en tu casa".

TRADICIÓN QUE VA DE LA COCINA A LA MESA

La comida es el gran factor aglutinador de cualquier festividad, sea pagana o religiosa. En Navidad, si bien la mayoría de los extranjeros radicados en Uruguay se suman a la tradición del fuego y la parrilla, los platos típicos siguen siendo parte de su realidad o su nostalgia. Los venezolanos Luis Cuevas y Luz Cedeño movieron cielo y tierra para lograr una versión de sus típicas hallacas navideñas. Pese a la diferencia de temperatura con el Norte, Gesine Holschuh (de Alemania) prepara sus salchichas con ensalada de papas y Joanne Frappier (de Canadá) sus albóndigas de carne de cerdo. Aparna Soni, de la India, sigue al pie de la letra la receta que su hermana le dio de la Plum Cake. Aunque hay una diferencia, aclara. En su país, durante todo diciembre ella se convertía en "catadora" oficial, recorriendo todas las panaderías para probar una torta distinta cada día.

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