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Famosos de entrecasa

En distintos barrios y con diferentes estilos, las moradas de algunas personalidades destacadas del Uruguay no solo son un aporte al entramado urbano, sino a la historia y la identidad de todo un país.

La familia Zorrilla en su casa de Punta Carretas.
La familia Zorrilla en su casa de Punta Carretas.
La casa de los Zorrilla en Punta Carretas hoy es un concurrido Museo.
La casa de los Zorrilla en Punta Carretas hoy es un concurrido Museo.
La casa del arquitecto Julio Vilamajó, sobre la avenida Sarmiento.
La casa del arquitecto Julio Vilamajó, sobre la avenida Sarmiento.
La casa de Susana Soca, sobre la calle San José.
La casa de Susana Soca, sobre la calle San José.
La casa que Juana de Ibarbourou tuvo en el barrio Buceo.
La casa que Juana de Ibarbourou tuvo en el barrio Buceo.
La casa de Alicia Goyena, donde hoy funciona un espacio cultural.
La casa de Alicia Goyena, donde hoy funciona un espacio cultural.
La casa de Obdulio Varela, en Villa Española.
La casa de Obdulio Varela, en Villa Española.
La casa del artista Carmelo de Arzadun, en Punta Carretas.
La casa del artista Carmelo de Arzadun, en Punta Carretas.

DANIELA BLUTH

Algunas fueron minuciosamente planificadas, otras aparecieron con el encanto de la improvisación. Algunas formaron parte de un legado familiar, otras resultaron del sacrificio y el ahorro. Algunas albergaron a las más ilustres personalidades, otras oficiaron como íntimo refugio de sus moradores.

Ubicadas en el Centro, Punta Carretas, Buceo o Villa Española, las casas consignadas por Domingo tienen en común el hecho de haber formado parte de la historia de personalidades destacadas en lo suyo, de las artes al deporte. Y así, además de su aporte más visible al entramado urbano de Montevideo, también contribuyeron a forjar una identidad nacional que aún hoy se mantiene en pie.

El clan.

Entre altos y vidriados edificios, la casa de veraneo de Juan Zorrilla de San Martín, es uno de los íconos de la rambla montevideana a la altura de Punta Carretas. Propiedad del Estado desde 1936, allí funciona el Museo Zorrilla, que resguarda documentos, pertenencias y mobiliario del poeta, además de contar con una sala de exposiciones temporarias. De estilo netamente español, la casa fue construida en dos etapas. La primera comenzó en 1904, cuando la rambla ni siquiera existía, en un solar adquirido a Francisco Piria. Por ese entonces Zorrilla vivía con su familia en Rincón y Treinta y Tres, en la Ciudad Vieja. Lo primero que se levantó fue la torre blanca, donde el poeta planeaba escribir. Cuenta la leyenda que "por allí paseaba don Juan su nerviosa y ágil figura, de prolija barba, ataviado casi siempre de negro, con su gorra blanca de marino y ocasionalmente un bastón. Esa es la imagen física que sus contemporáneos tenían de Zorrilla, un hombre de conversación amena, ademanes enérgicos, espíritu abierto a todo y a todos, y que supo ganarse el aprecio y cariño de sus conocidos y aún de los que no lo conocían".

La ampliación llegó en 1921 y estuvo a cargo de su hijo, el artista y escultor José Luis Zorrilla de San Martín. La casa creció con un gran comedor donde se destacan una chimenea bordeada de azulejos y un gran mural que José Luis pintó en 1927 como una suerte de ensayo de muralismo. Al mismo tiempo se rediseñó el jardín; de esta época son la fuente y el banco de azulejos españoles, dos de los elementos que aún hoy llaman la atención de los visitantes. Pero la presencia de los Zorrilla en el barrio no termina allí, sobre la calle Tabaré aún está el taller de José Luis, una construcción de líneas modernas con acceso restringido (abre el Día del Patrimonio). "El taller de este escultor es uno de los espacios interiores más atractivos, y poco conocidos, que se puede visitar hoy en Montevideo", destaca el arquitecto y doctor en Historia del Arte William Rey Ashfield. En la misma cuadra también perdura la casa del escritor Raúl Montero Bustamante, hoy sede del Círculo de Bellas Artes.

La humanista.

"(…) sin casa anduve entre las casas
En la común huida yo vagaba apenas.
Y sin sorpresa entre el asombro
De aquellos que perdían
por vez primera, perdí de nuevo lo ya perdido".

Viajera incansable, Susana Soca pudo haber conocido los palacios más hermosos de Europa, pero su casa fue, sin dudas, una sola, ese edificio hoy de fachada gris y deslucida en San José 822, donde funcionan dependencias públicas vinculadas a Codicen, Anep y UTU. Allí nació, hija del doctor Francisco Soca y de Luisa Blanco de Acevedo, en 1906. Y allí vivió hasta el momento de su trágica muerte, en un accidente aéreo, en enero de 1959. Durante su niñez y juventud vio desfilar por sus salones a los más interesantes personajes de la intelectualidad local. "Se hacían importantísimas tertulias, al igual que en la casa de Vaz Ferreira, en torno a las letras, las artes, la música", explica el arquitecto Rey Ashfield. Criada y educada en ese ambiente, no es de extrañar que, ya adulta, Susana decidiera utilizar su dinero y sus vínculos sociales para ser "una humanista", como la define la escritora Claudia Amengual, autora del libro Rara Avis, que recorre su vida.

Actualmente, dos puertas pequeñas franquean el gran portón enrejado por donde entrarían, al principio, carros tirados por caballos y, más tarde, los autos de la familia. "La reja es una auténtica belleza como toda la obra de herrería que hay en la casa y que va quedando escondida por venecianas de plástico o biombos inoportunos que son una burla al señorío original", escribe Amengual. Quienes conocieron a Susana mencionan el sótano, un lugar inmenso que hoy se utiliza como sala de psicomotricidad, como el lugar donde se celebraban las tertulias culturales. "Eran en la calle San José, en su propia casa, tenía un lugar estupendo para recibir a los intelectuales", recuerda Roberto Sapriza en el libro. Y agrega que "un gran premio Nobel como Camus seguramente estuvo ahí". Lo que sí es seguro es que por allí pasaron Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández y Esther de Cáceres, por nombrar solo algunos. Es que además de ser poeta y ensayista, muchas veces Susana hizo de mecenas, impulsando la obra de autores uruguayos dentro y fuera de fronteras, una suerte de gestora cultural en tiempos sin Internet. "Fue un mecenas infernal, una mujer muy generosa", resume la historiadora María Emilia Pérez Santarcieri. Unos días después de su muerte, en la revista Sur, Guillermo de Torre rindió homenaje a aquella casa: "Donde Susana Soca, rasgando la penumbra que cubría siempre los salones, mantenía encendida una luz espiritual, una ventana abierta del Uruguay sobre el mundo".

El arquitecto.

Comparar la casa de Julio Vilamajó con la de Frank Lloyd Wright, Le Corbusier o Walter Gropius podría parecer una locura. Pero no lo es. Porque al igual que las modernas moradas de estos grandes nombres de la arquitectura mundial, la que el uruguayo construyó en un pequeño predio en el cruce de la ruidosa Sarmiento y la silenciosa Domingo Cullen, pasó de ser una simple vivienda particular a una casa museo y, desde 2012, tiene sus puertas abiertas al público. Claro que la zona no es la misma que cuando, hace más de 80 años, Vilamajó hizo los primeros esbozos del proyecto. De hecho, Sarmiento ni siquiera estaba en los planes y Cullen era una especie de rambla en una zona elevada de la ciudad. Quizás por eso la casa se levanta como una torre defensiva de la intimidad de su vida doméstica, un prisma de cinco niveles y pocas aberturas, que son las encargadas de sugerir las funciones de cada espacio. Entre el garaje en la planta baja y el estudio que se abre completamente al barrio en el último piso, se suceden el estar íntimo, un comedor amplio y el dormitorio principal, que circula en torno a la escalera. Además, cada espacio está identificado con un determinado material. Para el arquitecto Aníbal Parodi, uno de los involucrados en el proyecto de recuperación de la Casa Museo Vilamajó, es como si cada uno de ellos fuera "una pequeña escenografía". Los muebles que habitan cada espacio fueron reconstruidos a partir de fotografías en blanco y negro, a excepción del juego de estar, que es original.

La casa tiene influencia de los jardines del Generalife, los balconeos del vienés Adolf Loos y el rigor geométrico de Le Corbusier. En la fachada, decorada con proas de barco en cerámica —en clara alusión a la Casa de las Conchas, en Salamanca—, el escudo familiar fue sustituido por una mitológica cabeza de Medusa que, desde lo alto y sobre el eje de acceso, custodia la vivienda. En la década del 70 la casa pasó al Estado y en 1990 fue declarada Monumento Histórico Nacional.

La poetisa.

Juana de Ibarbourou tuvo muchas casas, pero solo una de la felicidad. O al menos así definió a la vivienda sobre la calle Comercio (actual Mariscal Solano López) en una histórica fotografía de 1924. "Mi casa de la felicidad, calle Comercio Nº 318 —recién hecha— setiembre de 1924...", reza la leyenda de esta imagen, una de las más conocidas de la vida privada de la escritora y poetisa. Juana vivió en ella entre setiembre de ese año y octubre de 1942, cuando falleció su esposo, el mayor Lucas Ibarbourou. Por aquellos años la casa lucía una fachada de azulejos que la distinguía del resto y que hoy ya no están. Sin embargo, la construcción se mantiene vigente y vital, hoy habitada por una familia que conoce su historia. De sus huéspedes originales se conservan algunos elementos decorativos y, sobre todo, varias plantas que supieron hacer las delicias de la escritora, siempre rodeada del verde y el mar. La casa no abre sus puertas al público salvo raras excepciones.

Mientras vivió en esa casa Juana fue proclamada "Juana de América" (10 de agosto de 1929), publicó las obras La rosa de los vientos (1930), Estampas de la Biblia (1932) y Nuestra señora de los Loores (1934). También por esos años participó en el histórico (casi mítico) encuentro en Montevideo con Alfonsina Storni y Gabriela Mistral.

Según el libro de Diego Fischer Al encuentro de las Tres Marías, Juana escribía en el tercer piso de la casa, en un cuarto grande con dos ventanales por los que entraba mucha luz. Junto a esa habitación, en una terraza con vista al mar, cultivaba claveles y cuidaba a sus perros. Sobre todo en verano, Juana pasaba buenos ratos en el jardín.

Juana Fernández Morales nació en Melo (Cerro Largo) en 1892, donde vivió hasta la juventud. Allí, el patio de su casa albergaba la higuera que, años después, dio origen a uno de sus poemas más populares. En Montevideo, su primera residencia estuvo ubicada en la calle Asilo 50 (que con los años pasó a ser 3621), entre las calles Pernas y Comercio. Vivió allí tres años —entre 1918 y 1921— y escribió sus tres primeros libros: Las lenguas de diamante, El cántaro fresco y Raíz salvaje. Hoy esa casa ya no existe, pero en la entrada de la nueva vivienda del barrio La Unión una placa le rinde homenaje.

EL artista.

Si bien su obra más conocida son los paisajes de Las Flores, el artista Carmelo de Arzadun también pintó algunas calles de Punta Carretas. ¿Por qué? Justamente porque allí, en ese barrio de calles angostas y árboles frondosos, construyó su vivienda. Hacia 1931, el arquitecto Juan Antonio Scasso —autor del Estadio Centenario y la Escuela Experimental de Malvín— levantó una casa moderna que conjugaba la vida familiar en la planta baja y un amplio taller de doble altura y luz cenital en la planta alta. "Es una casa muy simple, pero súper moderna para la época, debe de haber despertado muchos enojos", dice el arquitecto Rey Ashfield.

Arzadun, quien había residido en España y estudiado en Francia, vivió allí con su esposa Micaela y sus dos hijos, Néstor y Raquel. Causalidades de la vida, desde fines de los 80 la vivienda es propiedad de otro pintor, Osvaldo Leite, quien inspirado en el maestro de óleo también armó en esa segunda planta cargada de conocimientos y colores, su atelier. Hoy Leite, formado en la escuela de Torres García por Edgardo Ribeiro, reside entre Uruguay y Europa.

"Siempre supimos que la casa perteneció a Carmelo de Arzadun", cuenta Verónica Leite, escritora, ilustradora e hija de Osvaldo. "Y al conocerla te das cuenta que está pensada para ser usada por un pintor", agrega. Aunque la construcción tuvo más de una reforma, el segundo piso conserva el espíritu de antaño: un espacio amplio, de doble altura y con un modo peculiar de integrar la luz.

Además de una innegable energía, de su fundador queda un pequeño vitral circular sobre la puerta de acceso que, mirado desde el interior, luce sus iniciales. "¡Eso nos dimos cuenta después de habernos mudado!", admite Verónica, quien prefiere mantener en reserva la dirección. Es que, parte del encanto de esta casa, es su sencillez. No está abierta al público, pero son frecuentes las visitas de estudiantes de arquitectura, quienes buscan conocer los misterios detrás de una fachada que, aún hoy, se distingue del resto.

El crack.

—¿Qué pasó con aquella famosa colecta que se hizo para su casa?

—¡La colecta! ¡No me haga acordar! Me dijeron que ya estaba la plata, que me iban a comprar una casa que estaba allá por la calle Bartolomé Mitre y no que acuerdo qué otra calle (…). Fuimos a verla. Costaba setenta mil pesos, pero con las colectas que se habían hecho en Montevideo y el interior, la plata alcanzaba. Al otro día me cita la directiva para decirme que la plata se había volado, que había desaparecido.

—Es brava, ¿no?

—¡Qué si es brava! ¿A quién mandás preso? Tenés que meter a un pueblo. De los setenta me dieron solo diez y Peñarol puso otros diez. Teníamos el terreno y con esa plata y la hipoteca, construimos.

Ese diálogo que el campeón del 50 Obdulio Varela tuvo con César Di Candia, terminó con el dato de que, en realidad, fue Doña Cata, su esposa de toda la vida, la hija de inmigrantes húngaros con la que "el Negro Jefe" se había casado varios años antes del hito de Maracaná, la que construyó la casa. "Él no quería edificar acá. En ese entonces este era un barrio horrible, lleno de barro. La hicimos con plano económico. Nunca me comentó nada de la casa. Cuando estuvo pronta vino a verla y nos mudamos al día siguiente", cuentan ambos en el libro Tratos, retratos y destratos.

Pero esa no es la única historia que rodea a la casa de Obdulio, que ya tiene casi tanto de leyenda como el propio futbolista. En una entrevista con el periodista Franklin Morales para el diario Hechos, Obdulio contaba también cómo llegó a sus manos ese terreno ubicado en la calle 20 de febrero, pleno Villa Española. Al parecer, un día llegó un camionero a pedirle plata, 800 pesos para comprar cubiertas, y como forma de pago le ofreció un terreno que estaba comprando a plazos. Obdulio dio el sí sin saber dónde quedaba y nunca lo fue a ver. "Pasaron años, fracasó la colecta para regalarle una casa, pasó el fútbol y la gloria sólo eran recortes viejos guardados en tres valijas sobre el ropero. Su mujer compró un cuaderno y vendieron el auto: ya habían tomado la decisión de hacerse cargo de la construcción. Rayó el cuaderno y en las columnas hizo el presupuesto y dibujó los planos. Tenía experiencia: su padre era constructor y ella ayudaba a liquidar jornales, a seguir el imprevisible rastro de los préstamos, a preocuparse por el hierro redondo, la arena de río y los ladrillos de campo… El ingeniero Butazzi no le cobró "la firma". Estuvo tres años yendo y viniendo pero la terminó: le había costado $ 50.000 que aun reembolsaban al Hipotecario. Jardín, tres dormitorios, dos baños y un fondo con gallinas", escribió Morales. Según aquella entrevista, pasaron nueve años hasta que Obdulio se animó, en un taxi y por las barrosas calles de tierra, a ir a conocerla. Cuando llegó, no podía creer que aquella casa era suya. "Se puso a llorar de alegría, de agradecimiento". Allí vivió hasta su muerte, en 1996, a los 78 años.

Más educación y cultura, el legado de Alicia Goyena.

En el número 1079 de la calle Pablo de María, la casa donde vivió la docente y directora del Instituto Batlle y Ordóñez, conocido popularmente como "La femenina", continúa con la labor de su habitante original. Desde 1986 funciona allí la Cátedra Alicia Goyena, que desarrolla actividades académicas, artísticas, literarias y científicas, además de dedicarse a la permanente formación de los docentes uruguayos.

El edificio cuenta con la biblioteca Carlos Real de Azúa, una sala de lectura, dos salas de exposiciones, una destinada a conferencias y otra para la proyección de audiovisuales. Además, se conservan hasta el día de hoy algunos de sus muebles y utensilios: dos bibliotecas completas con los ejemplares originales de sus libros, el juego de sillones de su despacho, un escritorio y el cuadro de Rodó obra del pintor Casanovas Clerch, entre otros objetos de valor patrimonial e histórico. "Ella vivía allí, pero pasaba más tiempo en La femenina que en cualquier otro lado. Y eso es real a tal punto que una vez, para un cumpleaños, le regalaron un sillón para que durmiera en el Instituto", recuerda con el cariño de quienes la conocieron María Emilia Pérez Santarcieri, cuyo primer trabajo fue junto a Goyena.

La profesora fue nombrada directora del Instituto en 1944. Su mayor preocupación fue extender la educación curricular a las mujeres. Falleció en 1977, a los 80 años.

Convertir las casas en museos.

Hoy, buena parte de los museos del Estado funcionan en las que fueran las casas de los principales actores políticos, artistas y héroes del Uruguay. El Museo Histórico Nacional es el ejemplo más claro de ello. Sus sedes, repartidas sobre todo en la Ciudad Vieja, se ubican en las que fueran las viviendas de Rivera, Lavalleja, Giró y Garibaldi, entre otros. "Eso ocurre gracias a la gestión de Juan Pivel Devoto, quien tenía una visión conciliadora de la historia", explica el arquitecto y expresidente de la Comisión de Patrimonio William Rey Ashfield. "Su comprensión del patrimonio tenía mucho que ver con su mirada de la historia y fue promoviendo una patrimonialización muy fundada en el valor y la importancia del propietario de la casa", explica.

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