Cabeza de Turco i WASHINGTON ABDALA

Algo extraño con Rial

Yo no sé si se lo dicen en la cara en Buenos Aires, no sé si le temen porque él juega a generar eso, y como tiene piquito contestador más de uno se le achica. Así que no estoy seguro si le espetan en el rostro que lo que hace (o hacía) es una gran "bananada" creyendo que está bueno andar "franeleando" con una mujer con semejante diferencia edad.

WASHINGTON ABDALA

Si, está bárbara la dama, lo sé, no me chupo el dedo, pero hay algo que rechina en el vínculo "quente" entre el veterano y la "niña". Y no es que no sea histórico este asunto de las diferencias de edad: Charles Chaplin, Pablo Picasso, Horacio Quiroga, que sé yo, por citar algunos casos notorios que me vienen a la mente de historias de hombres con mujeres hiper jóvenes. Y el mundo no se detenía por sus aventuras. Pero era otro mundo, más machista, sin selfies, sin paparazzi y sin tanto narcisismo psicótico. Hoy, todo nos llega y vemos la imagen del beso antes de entrar al hotel que antes no resultaba obscena, y ahora —a pesar de la liberalidad del presente— nos llama la atención. Una paradoja de la libertad global en tiempo real (y hay diferencias y diferencias de edad, claro).

Algo suena extraño, algo está fuera de cuadro con Jorge Rial y su noviecita andando de la manito por la vida. Ridiculona la escena, por decir lo menos. No sé si como él se ocupa de develar secretos de la gente —y se creía Catón— y un día su secreto explotó de manera violenta, quizás eso hizo detonar el ogro de la sociedad por verlo arrastrarse cual gusano en sus propias heces. O quizás es la envidia que habla por boca de muchos hombres que querrían ser él y darse el gusto con una damisela de esa voluptuosidad (y nada más). No sé lo que es, pero suena todo tan patético verlo supuestamente enamoradito, tan cuchicuchi y tan perdido entre las piernas duras de la modelo, que Gustavo Cerati se reiría a carcajadas de él ("…entre tus piernas…").

Es verdad, algunos hombres en estos tiempos se parecen a Rial, sobre todo los que tienen billetera que mata galán. Igual, ya le llegó la misma moda a las chicas. Sobran damas de tramos etarios similares a los del comunicador (mujeres de más de cuarenta años) que hacen lo propio con engendrillos masculinos a los que "adquieren" cual hámster para jugar con ellos y luego ponerlos en sus jaulitas. La adorada Susana Giménez es el epítome de estos comportamientos.

Que quede claro, no estoy "cosificando" nada, que cada cual haga lo que se le de la gana con su vida. Somos seres libres, y si mujeres jóvenes quieren entregar sus almas a viejitos con "power", todo bien; y si mujeres con peso logran conquistar a varoncillos domados, tampoco me tiro por los balcones. Eso sí, solo afirmo: ¡Pica! ¡No se coman los ravioles fríos! (Hasta en el moderado Uruguay sobran casos de personas en la misma).

Porque en el fondo alguna gente se quiere engañar: confunde erotismo con amor, calenturas con enamoramiento, seducción con romance y el resultado es este mamarracho posmoderno que nos muestra de forma absurda a Jorge Rial metiendo piquitos y sonriendo cual quinceañero "debutando" (cuando él se creía el rey del mambo). ¡Perdiste bichito! A eso se le llama andar haciendo papelones que causan penita. Ni siquiera pena, para eso el drama tiene que ser serio. Cuando es una cosita así, tan menesterosa, solo produce penita, muy chichipía y terraja.

Y no estoy rechazando los amores en edades divergentes, los puede haber, y si los hay descorchemos champagne. El amor si es en serio se ocupa de mostrarse sin barreras y se le reconoce siempre en su autenticidad iracunda. Shakespeare básico. No niego eso.

De seguro me saltarán algunos a decirme que esta mirada es sesgada y dogmática. Se equivocan. No es un tema de género, de sexo, de prejuicios o de ser menos liberal. Sucede que hay gente a la que no le creo, sospecho que hubo intenciones aviesas, nada de amor y mucha aspiración burda en la escala del juego social para prenderse en semejantes aventuras ridículas. Insisto, habrá alguna excepción, pero la regla con el pasar del tiempo se confirma: fue todo una berretada mayúscula que tenía motivaciones viles y que estaba lejos de la canción romántica a la luz de la luna. El retrato final de Dorian Gray muestra siempre su rostro horrendo. Oscar Wilde lo enseñó todo.

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