VIAJES

Explorar Marruecos, entre tradición y belleza

Desde las montañas del Rif hasta la Medina de Fez, un viaje por este país que con historia, excelente gastronomía y precios convenientes, que cada vez atrae a más cantidad de viajeros.

Ferias con tradición
Con vista hacia el Mediterráneo
Puertas hacia una cultura
Paseos en la ciudad
Una mirada hacia una cultura para nosotros poco conocida

Marruecos es un país muy atractivo para el turismo porque tiene bellos paisajes, cuatro interesantes ciudades imperiales, ciudades antiguas encantadoras, buena gastronomía y precios convenientes. En esta oportunidad diseñamos un itinerario poco convencional e ingresamos a Marruecos por Melilla, una ciudad española en el Norte de África, donde llegamos por avión. Desde allí teníamos que cruzar la frontera hasta Nador, la ciudad Marroquí en la que nos esperaba un chofer con su Land Cruiser y, lo que sospechábamos aventurado resultó fácil y divertido.

Al salir del aeropuerto de Melilla el conductor del taxi fue un guía perfecto para recorrer esa ciudad modernista hasta el límite del territorio español, continuamos a pie unos pocos metros, pasamos el control migratorio, e inmediatamente reconocimos a Ibarahim que nos aguardaba sonriente.

El viaje comenzó por una agradable ruta costera hasta Alhucemas, un lugar sobre el mar Mediterráneo donde pretendíamos reponernos del vuelo que partió de Sudamérica, llegó a Europa y terminó en África; y en ese Spa disfrutamos de un grato convite de sardinas a la brasas, el plato típico de la región.

Teníamos mucho por andar y partimos de Alhucemas con dirección a Chefchaouen por un camino que atraviesa las montañas del Rif, vimos bosques de cedros y de pinos, laderas aterrazadas preparadas para la siembra, pastores que cuidan sus rebaños y sencillas casas rurales con ventanas de originales diseños.

Chefchaouen es una vieja ciudad que se formó con la llegada de árabes y judíos expulsados de España, y su color azul intenso me impactó desde lejos. Fue un amor a primera vista que culminó con la llegada al hotel Darech Chaouen, donde nos instalamos. El hotel estaba a muy pocos pasos de una de las puertas de la medina y salimos a recorrer las callecitas serpenteantes colmadas de tiendas que exhiben productos locales: carteras y babuchas de cuero que tapizan las paredes de los comercios con una impactante paleta de colores, una original cestería, textiles y hasta una notable variedad de especias muy requeridas en la cocina bereber, cuyo perfume resultaba una invitación irresistible a incursionar por los pequeños restaurantes de la medina.

Llegamos hasta la plaza Uta el Hamman donde se encuentran la Gran Mezquita y la Kasbah con sus jardines, un bello panorama que se puede disfrutar desde simpáticos cafés, donde tomamos un rico té de menta acompañado de masitas especiadas.

Mientras yo curioseaba percheros en busca de diseños originales, mi marido consultaba TripAdvisor para encontrar un restaurante bien calificado. Elegimos Beldi Bab Ssour, un simpático lugar con precios populares y buena comida.

Esa noche nos deleitamos con una degustación de especialidades marroquíes y nos frustramos con un tajine de verdura que solo tenía zanahorias. Sin embargo, tomamos la falta de provisiones con humor, y nos compensaron con un delicioso queso de cabra acompañado de mermelada de moras y masas hojaldradas.

El regreso al hotel no fue una tarea fácil, porque a medida que dejábamos atrás el restaurante las calles nos resultaban irreconocibles, los bazares habían cerrado, y sin nuestros puntos de referencia caminábamos a ciegas delante de puertas anónimas.

Seguros de que nada malo podía suceder en ese lugar encantador fuimos identificando, como en un acertijo, una pared con macetas de colores, algunas puertas talladas y la orientación de las escaleras, hasta que finalmente escuchamos el sonido del agua que anunciaba la proximidad del puente que conducía a la salida.

Mercado y mar

Dejamos atrás las montañas de Chefchaouen y de camino a la costa del Mediterráneo nos detuvimos en Tetuán porque, después de ver El tiempo entre costuras, teníamos curiosidad por conocer personalmente aquellos entrañables escenarios.

Ingresar a la medina en pleno jaleo del mercado y caminar sin tropiezos no resulta fácil pues los productos se exhiben a ambos lados de la calle y dejan poco espacio para repartir entre comerciantes, clientes, repositores y curiosos como nosotros que terminamos buscando refugio entre los muros silenciosos de los pasillos interiores. Callejones curvos donde las puertas de las viviendas se apartan unas de otras para proteger la intimidad, una característica de la arquitectura árabe, que contrasta con los balcones y ventanas de los edificios cercanos en el denominado Ensanche Español.

Precisamente allí, entre las blancas construcciones del protectorado español, la plaza Hassan II y el Palacio Real, encontramos el escenario ideal para evocar la historia que motivó la visita y lo celebramos con un té de menta en un típico café marroquí. Continuamos el recorrido hacia la costa atlántica y entusiasmados con el rescate de antiguos esplendores, decidimos almorzar en el Hotel Continental en la Medina de Tánger, cercano al puerto de arribo de sus ilustres huéspedes. Llegamos en un horario tan inoportuno que el comedor estaba desierto y solo pudimos disfrutar de la excelente vista de la terraza y unas copa en el bar.

Nuestra visita a Tánger fue realmente a vuelo de pájaro porque la meta del día era Asilah, una pintoresca ciudad balnearia sobre el Océano Atlántico, que cuenta con una larga historia de ocupaciones y tiene una blanquísima medina andalusí protegida del embate de las olas por una muralla que recuerda más de cien años de dominio portugués. En su interior, numerosas puertas azules esconden viviendas con jardines de los que escapan frondosas buganvillas en flor.

Después de un buen descanso y un rico desayuno, en el que nunca faltan las olivas, cargamos los bártulos y seguimos viaje por una ruta tranquila que nos alejó de la costa Atlántica.

En Fez nos esperaban nuestros amigos en el Riad Yamanda, una auténtica residencia estilo árabe andalusí con sobrios muros exteriores, que resguardan amplios ambientes con ornamentos característicos del arte islámico: paredes con mosaicos decorados en azul Fez, ventanales con rejas adornadas, enormes arcos de herradura con puertas talladas, y una doble altura que parecía interminable y que solo pude abarcar recostada sobre los almohadones.

Todo parecía preparado para que disfrutáramos de las placenteras costumbres marroquíes, un convite tentador que nos motivó a tomar una clase de cocina que empezó con las compras en el mercado y terminó en un almuerzo con el siguiente menú: ensalada marroquí, tajine de cordero y cous cous de pollo, casualmente el día de celebración del Moharram, que dio inicio del año 1.439.

Estábamos en una de las cuatro ciudades imperiales y la visita con un guía local nos pareció un programa inobjetable. Fue Yousef quien nos contó las historias del Palacio Real y el Mausoleo, nos acompañó en un paseo por la judería y nos reveló secretos de las viejas casonas que las cigüeñas vigilan desde lo alto de sus nidos.

Con él recorrimos los zocos de textiles, alfareros, zapateros y curtidores, para observar el trabajo de los artesanos que preservan las técnicas tradicionales, y nos llevó hasta el corazón de la ciudad donde está la Gran Mezquita Al Karaouine, a la que solo acceden quienes practican la religión musulmana. Este magnífico complejo arquitectónico alberga la Madraza, considerada con orgullo la universidad más antigua del mundo, un importante centro de aprendizaje islámico.

Continuamos por callejones abarrotados de tiendas y anticuarios y siguiendo la costumbre de un pueblo de experimentados comerciantes la visita terminó con una exhibición de productos muy tentadores. Si bien caminar solos por la medina de Fez nos hizo víctimas del acoso de guías ocasionales que ofrecían sacarnos sanos y salvos de calles por las que dimos algunas vueltas de más, fue un placer deambular tranquilos y descubrir nuevos recuerdos. Yo encontré varios tesoros, el más preciado, los manteles bordados a mano con el tradicional punto Fez. 

www.cronicucas.blogspot.com

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