PABLO BARTOL

"A la esquina le robé a los chicos y a los tipos pesados"

Está convencido de que la educación es una herramienta para rescatar a muchos niños de la pobreza y un futuro de marginalidad. Da batalla cada día en un barrio conflictivo.

Pablo Bartol

Siempre fue un apasionado. Es un hombre de fe y entregado a su fe. Y por ese camino llegó a la tarea que hoy lo ocupa a tiempo completo. Cree en la educación como herramienta para salvar chicos de un futuro en principio condenado a la pobreza y, como consecuencia casi inevitable, a la marginación. Hoy se encuentra al frente de uno de los cuatro centros educativos de gestión privada considerados como modelos, ya que pueden exhibir notables resultados. Pablo Bartol (52) trabaja en el barrio Casavalle desde hace más de dos décadas. Hoy el vasto predio que ocupa el Centro Educativo Los Pinos es una isla de orden y armonía en medio de un contexto extremadamente crítico. Cada día acuden unos 450 niños y adolescentes a tomar clases, los más grandes con la posibilidad de obtener un empleo al terminar su aprendizaje.

Pero antes de lograr esos resultados Bartol y el equipo de gente que forma parte del centro debieron trabajar largo y sostenido. De hecho, empezaron literalmente desde cero. El predio donde hoy se levanta el cuidado edificio central no era más que un baldío condenado a basural.

De algún modo eso demuestra para Bartol el poder de la fe y, en general, el de las convicciones. Lo cierto es que por ambas razones sigue viniendo a esta zona considerada como una de las más peligrosas según las estadísticas delictivas y está convencido de que en algún momento el efecto "bola de nieve" —como él le llama— terminará convirtiendo a este en "el mejor barrio de Montevideo".

Pablo Bartol viene de una familia numerosa —eran seis hermanos, uno de ellos falleció— y se crió en una Montevideo bien distinta a esta realidad periférica en la que trabaja. Asistió a los mejores colegios y liceos privados: Queens, Christian Brothers, Seminario. Pero al cursar el sexto año de bachillerato se cambió para el liceo Zorrilla de San Martín, y allí sintió que su vida daba un vuelco.

Era 1985 y el país volvía con fervor a vivir en democracia. Conoció por primera vez las asambleas estudiantiles y fue parte de los acalorados debates que empezaban a despuntar en aquella época.

Luego de probar suerte en Economía e Ingeniería se decantó finalmente por la flamante Ciencias de la Comunicación de la Udelar. Pero cuando se interrumpieron los cursos optó por continuar estudiando Relaciones Internacionales hasta recibirse. "Yo quería crecer más rápido y trabajar en el periodismo", cuenta. Y de hecho lo hizo al año siguiente, comenzó a escribir como freelance para El País y más tarde ingresaría a El Observador donde desempeñó un cargo gerencial.

Paralelamente su vocación religiosa lo impelía a hacer más cosas. "Como soy católico ¿qué hacía? Iba a enseñar catequesis a barrios periféricos de Montevideo, debo haber enseñado en no menos de diez o doce barrios", dice.

Cada sábado y domingo iba a Casavalle, no solo para impartir catequesis. "Iba a una plaza en Antillas y San Martín", recuerda. Jugaba a la pelota con los chicos, organizaba partidos, hablaba con ellos. Al poco tiempo consiguió un pequeño salón donde empezó a dar un cursillo de electricista con la idea de ayudarlos a tener un oficio. "Era como intentar empujar el carro poniendo el hombro, seas bueno o no seas bueno", dice.

Pero un buen día un cruce inesperado con un chico lo obligó a replantearse las cosas. Estaban jugando a la pelota y Pablo detuvo el partido para marcarle una falta. "Yo quería marcarle una sanción porque realmente había hecho las cosas muy mal. Y el chico me mira y me dice: Acá la plaza es de todos, vos acá no mandás. Y yo me dije, si yo no mando y no pongo límites no voy a educar nunca", recuerda. Lo cierto es que el episodio le dejó en evidencia que si de verdad quería aportar algo debía cambiar el rumbo. Y comenzó a buscar un espacio más amplio en el que poder brindar más cursos y más charlas con los niños.

De ese modo fue que encontró un enorme predio cercano a la avenida San Martín, que estaba parcialmente ocupado por un basural. Averiguó a quién pertenecía y por fin supo que el dueño era el empresario Leonardo Rozenblum, se entrevistó con él, le explicó cuál era su proyecto. Rozenblum le pidió un tiempo para pensarlo. Finalmente estuvo de acuerdo y se lo cedió mediante una donación. Así comenzó Los Pinos.

Pablo se dedica a la tarea a tiempo completo. "Yo soy miembro de Opus Dei, practico el celibato y entonces al tener esa libertad me puedo dedicar a distintas actividades al servicio de los demás", explica sin vueltas.

Mientras reparaban la modesta casa que utilizarían en poco tiempo lograron reunir el grupo inicial de 26 chicos. "Venían cuando terminaban la escuela, en contrahorario, y tenían que hacer los deberes, tenían informática, un poco de música, les dábamos una merienda cuatro y media de la tarde y se iban para la casa", cuenta Bartol.

De ese modo funcionaron hasta 2001, cuando el gobierno alemán se interesó por el proyecto y resolvió apoyarlo económicamente. Con ello fue posible construir el edificio donde hoy funciona el centro.

Pero antes de eso fue una "pelea" mano a mano por cada chico, ya que había que "convencer al barrio". "Una cosa es que te respeten y otra es cuánto te pueden creer. Porque vos le creés a una persona que haya sido parecida a vos, que haya vivido lo mismo que vos. Porque sino te miran y te dicen: Pah, a vos te fue bien, venís de otra, ¿no? Entonces no me digas dale, dale, porque no es así de fácil. Ahí siempre tuve claro que uno es un paracaidista, una persona que viene de otro contexto, algunos te van a creer y otros no", reflexiona.

Fueron los propios chicos los que hicieron "creíble" lo que estaba ocurriendo en Los Pinos. Y esa especie de "boca a oreja" se fue agrandando cuando salieron los primeros egresados, continuaron sus estudios y ya con carreras hechas volvieron al centro para convertirse en docentes de sus propios vecinos.

—¿Qué dirías que conseguiste en el barrio después de todo este tiempo?

—Acá en los cursos de capacitación laboral, que son para jóvenes de 18 a 24 años, se genera la cultura del trabajo, y yo sé que cuando vienen acá están haciendo la opción de si se dedican al trabajo formal o se dedican al delito. Pero a esos que están en el delito se los está llevando puestos esta "bola de nieve", primero porque los arrancó de la esquina, de estar en la esquina chupando vino, perdiendo el tiempo y buscando lío. Yo a la esquina le robé primero los electrones libres, los que estaban de paso, los bobos, los que estaban abriendo la boca y nada más, los arrastraban los vivos del barrio. A esos electrones libres los arrastramos todos, ahora estamos con el núcleo duro, le estoy sacando a la esquina tipos pesados, ¿y por qué se los saqué? Por esta cosa cultural del vivo que estaba en la esquina, que estaba en la estrategia de hagas las cosas bien o mal, igual te iba a ir mal. Ahora si hacés las cosas bien te va bien porque conseguís un trabajo bien pago, tenés tus cosas, el que paraba en la esquina ahora se lleva a la gurisa en la moto a pasear al Parque Lecocq y el que está todos los días en la esquina ve que le pasó por adelante y siguió de largo con una chica. Entonces la estrategia de la esquina ya no rinde nada, así que me lo llevé a ese chico. Me la estoy llevando puesta a la esquina, porque ya no es convincente quedarte ahí buscando una oportunidad o dándose manija contra algo.

Y los chicos "arrancados" a la esquina en cuentagotas lograron sanear una atmósfera todavía cargada por la violencia. Una sorda guerra de bandas de narcotraficantes que opera en la zona ha dejado más de una docena de muertes en poco más de un año, y varios heridos de bala. Mientras esto ocurre, miles de trabajadores que viven en el barrio tratan de sortear estos embates y salir adelante. Con este telón de fondo se topa cada día Pablo Bartol. "A mí la fe me hace amar, Dios nos quiere seamos como seamos", dice.

El fracaso del año.

Pablo Bartol está orgulloso de la cantidad de chicos que le "robó a la esquina". Pero no todos han sido triunfos. "Perdimos un chico de 17 años, que lo fuimos a buscar a la casa, sabiendo que estaba muy en la mala. Lo trajimos, estuvimos días y días con él. Se mandó mil macanas, le pedimos al grupo que lo banque igual, lo querían matar entre todos porque o le robaba el celular a uno o le rompía algo a otro, tenía un daño interior tremendo y ganas de hacer daño a los demás. Y el lunes pasado fue y le dijo al coordinador del grupo no quiero venir más. ¿Por qué?, le preguntó el adulto. Quiero volver a mi vida a de antes, a drogarme y a robar, que eso es lo mío. No hubo manera de detenerlo, y eso es uno de los fracasos de este año. Pero este ya era un chico que estaba incorporado al negocio del delito, porque era parte de un grupo. Entonces sacarle a esos grupos más o menos organizados, eso sí que ya es más difícil. Pero yo creo que cuando los vas aislando y vas haciendo que todos los jugadores del entorno sean más productivos ellos terminan teniendo menos clientela". Esa es la perdida durante este año. Bartol sabe que tarde o temprano volverá a ver el nombre del chico en las noticias policiales.

Sus cosas

LECTURAS
"Me gusta leer sobre ideas nuevas, por eso de que las buenas ideas son las que cambian el mundo", dice Pablo Bartol. De hecho, su "regalo" de Navidad es el último libro del economista Jean Tirol, reciente premio Nobel de Economía, con cuyas ideas coincide Bartol.

RUEDA DE MATE
​"Pierdo mucho el tiempo arreglando el mundo mientras mateo con amigos. Para mí resulta un ejercicio intelectual que me distrae, me hace pasar de los problemas del mundo a los problemas micro. A veces pensar en los problemas grandes te entrena mucho para pensar en los problemas chicos", señala Bartol, un apasionado de los debates.

EJERCICIOS
"Me gusta ver fútbol y a veces rugby. Intento con muy poco éxito hacer ejercicios", comenta Bartol. Dentro del predio del centro hay un vasto espacio verde donde se puede practicar ejercicio al aire libre, además del gimnasio propio de la institución. No obstante, aún no logra disciplinarse. "Me pongo un régimen de ejercicios y abandono a la semana", confiesa.​

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