Urbanismo

De espaldas al mar en el viejo Montevideo

Durante sus primeros dos siglos de existencia, la ciudad ignoró la costa o la condenó a albergar cementerios, una cárcel y un hospital para contagiosos; la rambla cambió toda la perspectiva.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La costa sur de Montevideo antes de la construcción de la rambla.

LUIS PRATS

El rico patrimonio de los montevideanos empieza por su rambla, sus playas y los atardeceres en un río tan ancho y a menudo tan azul que lo llaman mar. Hoy la ciudad parece hecha para mirar hacia la costa, pero no siempre fue así: durante sus primeros dos siglos de existencia, Montevideo creció de espaldas al Río de la Plata.

La Muy Fiel y Reconquistadora nació, como se sabe, guarecida por las murallas coloniales y atisbando el horizonte, por si aparecían charrúas, portugueses o ingleses. Cuando rompió ese cerco, ya con el Uruguay independiente, la ciudad se extendió a la vera de los caminos que la vinculaban con la campaña. Esos senderos se formaron casi naturalmente con el paso de caballos, carros y personas sobre la parte más alta de cada cuchilla, porque era la única forma de transitar cuando llovía. Y se transformaron con los años en avenidas: 18 de Julio, 8 de Octubre, Agraciada, Millán, General Flores.

Mientras la población crecía hacia el norte y el noreste, la costa permaneció casi ignorada. Incluso sufrió el destino de albergar lo que nadie quería frente a su casa: cementerios, una cárcel, un hospital para contagiosos o un polígono de tiro.

Costumbres.

La primera zona costera habitada fue la del Barrio Sur, pero no eran las residencias de alto valor inmobiliario que se asoman hoy al mar, sino conventillos, casas modestas e incluso burdeles. En la concepción de los montevideanos de los siglos XVIII y XIX, el clima frente al Río de la Plata era extremo, sacudido por los pamperos en invierno y derretido por los calores en verano (los sectores pudientes veraneaban en sus quintas del Paso Molino). En 1835, la costa sur representaba además un lugar muy lejano de la planta urbana, por lo cual allí se instaló el Cementerio Central.

Los golfistas extranjeros se asombran en el presente por la existencia de un campo de 18 hoyos en una zona residencial, frente a la costa, pero la ubicación responde a esas mismas razones. A fines del 800, Punta Carretas era un vasto descampado, que se utilizaba como polígono de tiro por parte del Ejército o para la práctica de deportes, desde un hipódromo hasta los primeros partidos de fútbol en el país. Un grupo de golfistas de origen británico alquiló terrenos para hacer allí una cancha de nueve hoyos y fundar el Montevideo Golf Club en 1894. Los ingleses se marcharon hacia 1908 porque el precio del arriendo aumentó demasiado y se instalaron en los terrenos del actual Cementerio del Norte. En 1912, la recién constituida Comisión Nacional de Educación Física puso su vista en el predio —que había vuelto a quedar vacío— con la idea de construir canchas y pistas de diversos deportes, pero al final se otorgó la concesión a golfistas criollos, que fundaron el Club de Golf del Uruguay en 1922.

Siempre a fines del siglo XIX, las empresas concesionarias del tranvía comenzaron a promover las playas como paseo estival, con el propósito de aumentar la venta de boletos. Así surgieron Capurro, Ramírez y Pocitos como "balnearios". Y poco a poco la arena y los chapuzones conquistaron a los montevideanos, aunque iban a la playa vestidos y los baños eran breves.

Sin embargo, el cambio en las costumbres demoró en reflejarse en el paisaje urbano unos 30 años más. El gran imán que hizo que las casas comenzaran a mirar al mar fue la rambla. Su construcción se realizó en etapas: primero en el Parque Rodó y Pocitos, luego se unieron estas dos, después vino la Rambla Sur y finalmente la expansión al Este, más allá del Buceo. Recién hacia 1935, cuando la mayor parte de la obra estuvo lista, Montevideo terminó de abrirse a su litoral.

Viaje imaginario.

A fines de la década de 1920, cuando ya existían los palacios Salvo y Legislativo —íconos arquitectónicos todavía hoy—, un viaje por la costa de la ciudad hacia el Este hubiera revelado muchas sorpresas. Para empezar, por lo trabajoso, ya que no existía una vía de tránsito directa.

En los barrios Sur y Palermo, las casas de modesta condición se apiñaban contra murallones que las separaban del agua, excepto en dos pequeñas playas, Patricios y Santa Ana. Cada tanto había baldíos y basurales.

La rambla Sur era un viejo proyecto de las administraciones municipales desde comienzos del siglo XX, con el objetivo declarado de embellecer la ciudad, a lo que se agregaba con cierto disimulo la intención de eliminar el Bajo y sus "vergüenzas". Los eternos dilemas presupuestales fueron postergando la decisión. Un episodio clave para el desarrollo de la ciudad fue el temporal de julio de 1923, uno de los más duros que sufrieron los montevideanos. Los barrios Sur y Palermo resultaron particularmente afectados. Sobre las ruinas de muchas casas se aceleró la obra: se demolió lo que quedaba en pie, el Templo Inglés cambió de sitio, se rellenaron las playas y el hormigón avanzó triunfante, aunque en los días de tormenta todavía hoy las olas siguen rompiendo sobre los muros, reclamando un espacio que alguna vez fue suyo .

Hasta ese momento, la rambla comenzaba recién frente al Parque Hotel, bordeaba el Parque Urbano (actual Rodó) y luego la cancha de golf. Desde la propia rambla se podía ver claramente la cárcel de Punta Carretas, rodeada por un amplio baldío que llegaba casi hasta la calle José Ellauri. Aseguran que el poeta Juan Zorrilla de San Martín lamentó el paso de la rambla, los automóviles y sus gases de escape frente a su residencia. Donde ahora se encuentra el parque de Villa Biarritz —cuyo nombre oficial recuerda precisamente al poeta— había un asilo para niños huérfanos, dependiente de la llamada Asistencia Pública.

El viejo Pocitos.

Cruzando Vázquez Ledesma (que entonces se llamaba Calle de la Prensa) comenzaba el viejo Pueblo de los Pocitos, aunque entre los chalets sobrevivían numerosos baldíos. Con un enorme y elegante hotel sobre la misma playa, era ya un barrio pujante, pero terminaba abruptamente en el arroyo Pocitos.

La rambla se cortaba al llegar al cruce con Barreiro. La siguiente cuadra mostraba casas prácticamente sobre la arena y pocos metros después de Pagola estaba el arroyo, que hasta algunos años antes había sido utilizado por las lavanderas que se encargaban de la ropa de media ciudad.

Sus aguas corrían con escasa fuerza, por lo cual a menudo se estancaban formando una laguna aproximadamente donde hoy se cruzan la rambla y Buxareo. No se utilizaba la palabra contaminación, pero eso era lo que ocurría con el arroyo, por lo cual sus alrededores no representaban un paraje muy apetecible. De hecho, muy escasas fotos guardaron su imagen. Cuando la corriente fue entubada, en la década de 1930, se lo consideró un gran avance urbano y sanitario.

Del arroyo hacia el Este se ubicaba el barrio La Mondiola, formado por algunas casas esparcidas entre quintas y una gran cantera entre las actuales Juan Laguna y 26 de Marzo, hasta llegar a los cementerios del Buceo y Británico, establecidos en 1872 y 1885, respectivamente. Después, estaba el camino de Propios (hoy bulevar Batlle y Ordóñez), que significaba el final de la ciudad.

Sobre la playita del puerto del Buceo existían ranchos de pescadores, que solían utilizarse por vecinos de buen pasar, deportistas y artistas para reuniones, comilonas o escapadas de solteros. Aquel barrio, medio malevo, medio bohemio, fue inmortalizado en el tango Garufa (1927).

Ya existían las avenidas Rivera y Luis Alberto de Herrera, aunque esta se denominaba camino Larrañaga —por supuesto, el caudillo blanco vivía, incluso era todavía joven— y ambas eran simples caminos. A fines del siglo XIX se instaló el Hospital Fermín Ferreira para tuberculosos, con varios pabellones y un parque arbolado en el sitio actual del Montevideo Shopping y el World Trade Center. A los fondos del predio corría el arroyo de los Chanchos, que desembocaba en el puerto del Buceo. Era una zona despoblada, lejana del Centro, ideal para el aislamiento que se aconsejaba a los enfermos.

Las ruinas del Fermín Ferreira permanecieron por décadas. Total, casi nadie pasaba por allí. La transformación radical de esta zona es mucho más reciente. Ese proceso marca cómo una ciudad nunca está del todo completa mientras haya vida, proyectos y nuevas costumbres.

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