NOMBRES DEL DOMINGO

La escritora que volvió a ser libre

Con su última novela, La novena, la chilena Marcela Serrano también volvió a la pintura y salió de su “encierro” que ya lleva una década.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Marcela Serrano dice que escribir le ordena sus pensamientos. Foto: Sergio López/El Mercurio-GDA

Marcela Serrano es, al fin, libre. De niña escribía y escribía pero sintiendo que no podía dedicarse a eso; la figura de su madre, la consagrada novelista Elisa Pérez Walker, era demasiado fuerte. De adulta, ya escritora exitosa, iba y venía de presentaciones, entrevistas, giras y conferencias hasta que quedó en blanco, sintió que se le "acababa la batería", le hablaron de estrés crónico y decidió dar un paso al costado. Es así que hace poco más de una década vive apartada —salvo alguna excepción— de la agitada vida social chilena, lejos de los flashes y de las firmas de libros. Ahora, sabiéndose libre y con La novena, su décima novela recién editada, consiguió salir un poco de su escondite.

Los que la conocen la ven igual que siempre. Tras una nube de humo —hizo varios intentos infructuosos por dejar de fumar—, con esos ojos casi negros que miran y mucho, y con una sinceridad que mantiene tan intacta como su buena pluma. "Aplaudo al escritor que no necesita escondite. Yo soy lo suficientemente frágil y vulnerable para necesitarlos. Ahora, mi escondite es permanente. ¡Al fin! De los otros iba y venía, me escondía por un tiempo", dijo días atrás al diario El Mercurio de Chile.

Serrano se refiere así a su vida después de 2004 cuando en Lima, poco antes de ir a que la entrevistaran en un canal de televisión, le diagnosticaron estrés crónico, que podía convertirse en depresión. Regresó a Santiago, comenzó terapia y decidió un cambio drástico: retirarse de la vida pública.

A esa altura la escritora chilena ya era bestseller en buena parte de latinoamérica y Europa, con títulos como Nosotras que nos queremos tanto (1991), Para que no me olvides (1993), Antigua vida mía (1995), El albergue de las mujeres tristes (1997), Lo que está en mi corazón (2001) y Hasta siempre, mujercitas, el libro que promocionaba cuando todo cambió. Es una novela inspirada en sus primeros años, esos que tanto marcaron su vida, y que transcurrieron durante las vacaciones en el mismo terreno donde decidió retirarse cuando sintió que no podía más.

Diferenciación.

De niña, el universo de Marcela Serrano (1951) estaba plagado de mujeres: su madre, sus cuatro hermanas, sus tías. La excepción era su padre, el ensayista Horacio Serrano. Hombre particular para su tiempo, le transmitió que debía estudiar para independizarse económicamente. También le decía que tener hijos no era un deber sino una opción.

Su madre, una mujer tan hermosa como exitosa novelista, influyó profundamente en ella. "Yo dibujaba y escribía desde muy chica. Supongo que llegado el momento de elegir, opté por la pintura por un problema de diferenciación. Yo no podía seguir lo mismo que mi madre, y ahí entran muchas cosas, desde la culpa si eras mejor, desde el complejo si eras peor. Mi madre era muy famosa en Chile y adonde yo iba era la hija de ella. Mi identidad era ser hija de la escritora", dijo hace años al diario argentino La Nación. A eso se le agregó que en vez de alentarla en las letras, sus padres le fomentaron su habilidad por el dibujo, una actitud que ella más tarde les reprocharía.

Fue así que Serrano se anotó en la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Chile, donde se graduó. Ella y sus hermanas, que habían tenido años de "niñitas bien", se volcaron a la izquierda. "Pasamos de los vestidos elegantes a los blue jeans de la noche a la mañana. Mi pobre madre no tenía consuelo". Todavía faltaba lo más complicado: con la dictadura chilena llegó su exilio a Roma para no abandonar a Eugenio Alberto Llona, su primer marido.

Cuatro años después, y separación de Llona mediante, vendría en 1977 el regreso al Chile de Pinochet, el ganarse la vida en escuelas de arte, comenzar a tener pánico escénico, conocer a su segundo gran amor, el escritor Antonio Gil, tener a su primera hija, Elisa, y dejar el dibujo porque sentía que ese no era su lugar en el mundo.

La década del 80 traería el final de la dictadura. Sería el turno de un nuevo amor, su tercer —y según ella último—marido, el diplomático Luis Maira, con quien tuvo a Margarita. La pareja optó por un modelo poco convencional: departamentos separados pero comunicados. "Así nos ha funcionado. Insisto, puede ser pura fragilidad mía, puede haber gente que logre la felicidad durmiendo con su pareja. Lo malo de este sistema es que parece elitista porque necesitamos mantener y hacer funcionar dos casas". De este modelo rescata la libertad: de comprar lo que quiere en el supermercado, de eliminar la comida de la noche, de almorzar de paso, parada. Y también pondera la diversidad. "Los siameses no duran. El verdadero encuentro nace en la diferencia. Lo sé, ya llevo 31 años".

Con ese amor Serrano consiguió, al fin, su destape como autora; no de escribir en sí —ya que en su casa de la infancia escribir era tan natural como comer— sino de crear una novela catártica para sentirse mejor y sacar afuera tristezas y alegrías. Por esos tiempos su madre dejó de escribir, lo que fue clave para que Serrano aceptara la presión de su marido y decidiera publicar la entrañable Nosotras que nos queremos tanto. Con ese libro ganó el premio Sor Juana Inés de la Cruz y empezó un camino que la convertiría en una de las voces femeninas más destacadas de la región, junto a Isabel Allende, Ángeles Mastretta y Laura Esquivel.

El resto de la historia es bastante conocida: triunfos, premios, y cuándo no, una cierta crítica por lo femenino de su literatura. A ella, que admite que es feminista, eso no le preocupa. Ha dicho varias veces que tiene claro que hombres y mujeres son diferentes, pero que cuando escribe lo hace como una autora que narra historias de sentimientos, de personas, y no desarrolla tesis ideológicas.

En orden.

Hace ya 25 años desde que Serrano publicó por primera vez, y nunca dejó de escribir. Lo necesita; el único orden posible en su cabeza es la escritura. En sus textos hay muchas mujeres queribles y también, en ocasiones, algo de autobiográfico. Mujercitas, de Louise M. Alcott, fue el primer libro que leyó en su vida. Ese texto la marcó más allá de la ficción: con sus hermanas jugaban a interpretar sus personajes y a partir de allí comenzó a escribir novelas "cortas y ridículas", una copia del clásico de la literatura juvenil. Muchos años después vendría su Hasta siempre, mujercitas.

Con esas hermanas, Paula, Sol, Margarinta y Nena, fue que cuando murieron sus padres decidieron construir una casa para cada una en el enorme terreno donde pasaban sus vacaciones en la infancia. Marcela encontró allí el sitio ideal para concretar ese retiro que en 2004 se hizo tan necesario. Es el mix perfecto: está varios días sola y los fines de semana pasa en familia. Los miedos comenzaron a irse — "todas las líneas esenciales" de su vida ya están dibujadas, y eso ayudó mucho—. Pasó de recluirse totalmente a, desde hace pocos años atrás, tener una vida social acotada. Al menos la pública, porque ella sostiene que, aunque la prensa no suele enterarse, sí va a Santiago y se reúne con amigas en sitios como restaurantes.

Ahora salió un poco más del cascarón —en 2011 había hecho una mínima presencia pública con su libro Diez mujeres— para hablar de La Novena, su nueva novela, donde por primera vez utiliza un narrador masculino aunque la historia se centra en mujeres de varias generaciones. Cuando terminó de escribirla Serrano se encontró de nuevo con la plástica. Volvió al collage, una técnica que le han dicho devela su inconsciente. Suele hacer mujeres decapitadas; todavía no sabe el porqué. Lo que sí tiene claro es que, por fin, es libre.

En el sitio indicado.

"Huyo del ruido, el metafórico también. Busco esas horas preciosas que despilfarré en otros tiempos, lentitud, que los días se alarguen porque tengo ganas de hacer tantas cosas. Algunas de ellas pueden ser tan simples: podar una planta, caminar con mis perros. Pero también desde allí buscar ese tono del que hablaba", decía Marcela Serrano hace pocos días al diario El Mercurio de Chile. El tono al que se refiere es el necesario para escribir La Novena, su última novela. Esa que esperó para que su casa de Mallaruco estuviera lista porque necesitaba narrarla desde su lugar de origen, al ritmo del campo, con el silencio y la falta de urgencia.

Así nació una historia que transcurre entre 1985 y 2005, aunque el epílogo se escribe desde el presente. El punto de partida es cuando Miguel Flores, un estudiante universitario, es detenido en una protesta contra la dictadura de Pinochet y más tarde enviado a una zona agrícola. Allí es acogido por Amelia, que le abre un mundo muy distinto al suyo propio. Es, ante todo, una historia de traición, de traicionadas y traicionados.

"Creí al comienzo que escribía una novela sobre la traición, y de repente, a pesar mío, me fui dando cuenta de que se trataba del perdón. Y así siguió hasta advertir que también era una novela sobre la creación de vínculos. Pero no era una cadena causal entre vínculo, traición y perdón, por el contrario, tienen sucesiones extrañas. Lo que hace al ser humano único son sus contradicciones y quise explorar esa materia", dijo.

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