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Encontró petróleo, se hizo empresario, integró el gobierno de Reagan y es el nuevo embajador de Estados Unidos en Uruguay

El embajador Kenn George recibió a El País en su residencia, en la primera entrevista que da para un medio de prensa uruguayo. 

Kenn y Tricia George
Dos texanos con gusto por el mate. Foto: Leonardo Mainé. 

La primera en recibir a Revista Domingo es Tricia George, la esposa del embajador. Tanto ella como parte de su equipo se mueven dentro de la residencia con confianza, pero aún con cierta formalidad. Hace solo tres semanas que ella y Kenn George, el nuevo embajador de Estados Unidos, se instalaron, y es una casa grande. Hasta el propio embajador luego de la charla dirá que es demasiado espacio para ellos.

Al menos parte de ese espacio será mejor aprovechado cuando lleguen de visita los hijos y los nietos. “Tenemos tres hijos y una hija, todos en el sector empresarial. Y cuatro nietos. Todos están muy contentos de que ya estemos aquí. A todos les gusta viajar y ya están haciendo planes para venir a visitarnos. Así que nos estamos preparando para cuando lleguen. Tenemos muchas expectativas de salir a recorrer la ciudad”, dice Tricia mientras esperamos que llegue su esposo.

familia Kenn -Tricia George
La familia de los George. Foto: Embajada de EE.UU.

Cuando llega, George se sirve un mate, una de sus bebidas preferidas además del café. Tanto ella como él adquirieron el hábito en Argentina, adonde fueron varias veces. “Somos texanos, nos encanta la caza de palomas”, explica ella mientras que él reacciona con asombro ante la distinción de tomar mate a la uruguaya y a la argentina: “Espera un minuto. ¿Me estás diciendo que hay diferencias? ¡Demasiado sofisticado para mí! Yo lo tomo de la bombilla (lo dice en español)”, comenta entre risas.

Todos en la familia George toman mate ocasionalmente. Siempre en casa, claro. “En Estados Unidos es otra cosa. Uno no puede entrar a un restaurante y pedir un mate. Y tampoco es algo que lleve al trabajo. Pero acá, siendo una cultura matera, es mucho más fácil y frecuente”.

Vestido formalmente y con varios adornos como accesorios es difícil imaginárselo embadurnado de petróleo en el desierto de Texas, pero ahí están sus orígenes.

De joven construyó un emporio comercial a partir del petróleo que extraía del suelo tejano. “Siempre supe que quería tener mi propio emprendimiento, ser mi propio jefe. En aquellos años vivíamos en Houston. No teníamos hijos, no teníamos responsabilidades. Tricia tenía un buen empleo, yo también. Nos iba muy bien. Pero un día desperté y me dije: ‘Quiero tener mi propia compañía’. Y ella me acompañó, aún no entiendo cómo accedió. Porque yo no tenía nada en ese momento. Pero tuve suerte: encontré petróleo”, recuerda.

Ese fue el primer paso en un trayecto empresarial que fue in crescendo hasta 1980, cuando Ronald Reagan ganó las elecciones presidenciales, derrotando a Jimmy Carter. George, entonces, fue abordado por representantes de la administración Reagan para que se encargara de trabajar en el servicio exterior y promover los intereses comerciales de Estados Unidos en el mundo. Había que mudarse de Texas a Washington, y George vendió la empresa que había construido para dedicarse a la política.

—¿Fue un cambio muy grande dejar Texas y la vida empresarial para mudarse a Washington y empezar en política?

—La peor parte se la llevan las esposas. Es mucho más difícil para ellas. Cuando a uno lo contratan para algo, uno se involucra completamente y pone toda su energía en eso: hay que resolver problemas y surgían grandes oportunidades de cambiar lo que estábamos haciendo en el mundo. Sabíamos lo que estábamos tratando de lograr, y con Reagan teníamos una visión muy clara y específica de lo que queríamos para el futuro. Ellas tienen que encontrar nuevas amistades, encontrar una escuela para los niños, encargarse del hogar...

Su esposa dice que no fue para tanto: “No fue un cambio tan grande. La administración de Reagan estaba llevando a la capital a muchas personas del sector empresarial. Y Kenn estaba a cargo de las oficinas comerciales de todas las embajadas estadounidenses. Eso le dio a él mucha expertise en promover los intereses de nuestras compañías en el mundo. Pero es curioso cómo da vueltas la vida: él y yo nos conocimos justamente en el estado de Virginia, donde está Washington. Éramos dos texanos lejos de casa. Así que cuando Kenn empezó en la administración de Reagan y nos mudamos de Texas a Washington, en cierta manera fue como un regreso. Por ejemplo, yo tenía una compañera de facultad que seguía viviendo ahí, y me reencontré con ella. Seguía teniendo amigos ahí y dos de mis hijos nacieron ahí. Fue un tiempo muy lindo en nuestras vidas, conocimos mucha gente interesante”.

—¿Tuvo una relación cercana con Reagan?

—-No. Teníamos amigos en común pero en realidad no tuve relaciones cercanas con ninguno de los presidentes excepto, tal vez, con George W. Bush. Él y yo no éramos íntimos, pero nuestras familias se conocían. Yo estuve en la legislatura de Texas cuando él fue gobernador. Y su esposa Laura creció a seis cuadras de mi casa. Entonces, nuestras familias se conocían aunque nunca hicimos negocios juntos.

George vuelve a recordar el apoyo de su esposa durante esos años, en los cuales él viajaba y trabajaba mucho. Fue en esos años que llegó por primera vez a Uruguay, en 1981. Le llamó la atención entonces que en las calles montevideanas siguieran transitando autos de marcas estadounidenses con muchos años encima, y cómo no queda nada de eso hoy.

“Ser aliado de Estados Unidos no es difícil; no pedimos mucho”

Para Kenn George, América Latina puede ayudar a Estados Unidos en el escenario global actual. Según su visión, “ser aliado de Estados Unidos no es difícil. No pedimos mucho. Lo que pedimos es que no seas nuestro enemigo. Si creas una estructura económica y social, como Uruguay, en la que hay fe en la democracia, en el imperio de la ley, en las libertades individuales, en elecciones libres y transiciones pacíficas de una fuerza política a otra (como de Barack Obama a Trump, por ejemplo), entonces puedes ser aliado de Estados Unidos. No le deseamos mal a nadie en este hemisferio Lo que queremos es más paz y prosperidad. En China pasó eso: dejaron entrar al capitalismo y millones de personas salieron de la pobreza. Hemos cometido errores, sin dudas. No estoy justificando todo lo que ha hecho Estados Unidos. Pero invariablemente allí donde hemos estado hemos intentado ayudar a quienes comparten esos valores. Pero, nunca quisimos decirle lo que tenían que hacer. Lo que sí intentamos es que el otro lado no los atrapara en su red. Ser nuestro aliado es fácil: sé bueno con tu pueblo”.

Está contento de finalmente haberse instalado en Montevideo. Hacía más de un año que estaba nominado para el puesto, pero “por ninguna aparente buena razón” se demoraba la mudanza. Ahora que está acá, afirma que han sido semanas movidas. “No es muy frecuente que uno llegue en medio de un proceso electoral”, comenta. Más allá de los cambios, dice sentirse como en casa.

—¿Por qué?

—Ustedes están a la misma distancia del Ecuador que nosotros en Texas, por lo cual el clima es muy parecido. Ella (señala a su esposa) creció en la parte este de Texas y su familia tuvo emprendimientos ganaderos. Aquí hay muchos emprendimientos ganaderos. Yo, que soy de la parte occidental de Texas, también pasé años en estancias alrededor de ganado y caballos. Competí y fui campeón de equitación en mi país. Este es un lugar al cual llegamos y podemos sentir —casi instantáneamente— que, con excepción del idioma, estamos en casa. Ustedes tienen el puerto de Montevideo, nosotros el de Houston. Ustedes tienen una industria forestal, nosotros también. Ustedes tienen ganado, nosotros también. Ustedes tienen productos agrícolas, nosotros también. Ustedes son autosuficientes en energía, nosotros también. A ustedes les gusta la democracia, a nosotros también. Además a Tricia y a mí nos encanta la carne. Está bien: en Texas no se juega tanto al fútbol ¡Pero tenemos a los Dallas Cowboys! (risas).

Kenn George a caballo
Kenn George siempre estuvo cerca a la naturaleza y el ámbito rural. Foto: Embajada Estados Unidos.

—¿Cómo lo contactó Donald Trump para ocupar este cargo?

—Durante la época de Reagan, fui el encargado de finanzas del Partido Republicano en Texas. Ascendí dentro de esa estructura desde el nivel municipal, ayudando a candidatos del partido que se presentaban a elecciones locales y federales. Seguí trabajando en las finanzas partidarias y en la legislatura tejana, así que mi nombre, y el de Tricia, que estuvo involucrada en el Club de Mujeres Republicanas, eran conocidos. Y me habían pedido participar en muchas campañas electorales. Pero yo había empezado apoyando al exgobernador de Texas Rick Perry en las primarias del Partido Republicano. Era mi amigo y habíamos trabajado juntos muchos años. O sea, no empecé apoyando a Trump. Pero bueno, mi candidato perdió. Y yo tenía muy buenos amigos en Dallas que pertenecían a la organización de Trump. En un momento dado empecé a recibir llamadas de ellos. Y bueno: soy una persona que cree en los valores del Partido Republicano, en el mensaje conservador: impuestos bajos, libertades individuales, sentimiento de responsabilidad. Esos no eran los valores que proyectaba la candidata del Partido Demócrata. Así que al final fue una decisión fácil. A mí me gusta participar de la política, y votar. Sé que en Uruguay el voto es obligatorio y en Estados Unidos no. Pero, tanto a Tricia como a mí nos gusta involucrarnos y votar. Creo que si no participas de la vida política, no tienes derecho a quejarte después.

—Siendo un hombre originalmente de negocios y de un ambiente rural, ¿de dónde viene su vocación política?

—De mi madre. En mi familia, en realidad, no se hablaba de política. En Estados Unidos es común que la gente ponga en sus jardines carteles de a quiénes apoyan. Eso en casa nunca se hizo, aunque muchos de nuestros vecinos sí lo hacían. Mi padre, que fue geólogo, estaba inmerso en su mundo. Pero mi madre, que era mucho más extrovertida, había sido campeona de debates en el liceo. Y siempre me desafiaba y estimulaba a debatir. Un día, ella me preguntó: ‘¿Por qué no te presentas a elecciones? Y yo pensé: ‘¿Por qué no?’. Así que que me postulé para presidente del cuerpo estudiantil en el liceo y gané. También recuerdo el debate televisivo entre Nixon y Kennedy. Lo vi y ahí mismo me dije ‘eso me gusta’. Pero no quería ser un político profesional. Quería estar involucrado, pero no quería vivir de la política. Quería poder tener la posibilidad de decir que si algo no me gustaba, me iba a mi casa. Tengo que creer en la idea política para poder involucrarme. Si uno siente que es capaz de decir ‘no’ e irse, entonces uno tiene la libertad de tomar sus propias decisiones, aunque eso a veces sea difícil”.

La competencia con China
"Estamos despertando"
Gran Muralla China

Kenn George no tiene una postura demasiado optimista sobre el clima político que se vive en su país. “La situación en mi país es muy complicada. No creo haber vivido, ni siquiera durante la época de Watergate o la Guerra de Vietnam o Irak, que estábamos muy divididos, un estado de cosas como ahora. Estoy desilusionado de que no podamos ponernos de acuerdo en cosas que antes sí acordábamos. Valores comunes. Y todo por política”, comenta.

—¿Ese clima de división no hace que, por ejemplo, a Estados Unidos le resulte más difícil competir con China?

—Siempre tuvimos divisiones internas. Y vamos a superar este momento también. Durante la Guerra Fría estábamos de acuerdo que Rusia no era algo bueno para el mundo: una dictadura totalitaria disfrazada de una filosofía que ayudaba a los trabajadores. Nos llevó 70 años derrotarla, aunque fuimos socios contra el nazismo. Rusia no tenía mucho para vender. Y no tenía mucho dinero para comprar. Así que nuestra comunidad empresarial no estaba muy conflictuada al respecto. Pero, hoy estamos atravesando un período de despertar. Una de nuestras virtudes, pero también uno de nuestros defectos, es cierta ingenuidad de pensar que todos quieren ser como nosotros. Creemos que la democracia puede florecer en una cultura que nunca la tuvo. Uno no puede crear democracia apretando un botón. A nosotros nos llevó 200 años llegar a donde estamos ahora. Creímos que le podíamos dar la bienvenida a China, por eso entramos con Nixon, para crear una brecha en el sistema monolítico del comunismo. Esa fue una idea estratégica que tuvo éxito. Mao cometió grandes errores, que afectaron a millones y millones de personas, y llegaron sus opositores como Deng Xiaoping con ideas de abrir un poco el país hacia el capitalismo empezando en el ámbito rural, algo que el comunismo nunca había permitido. Y vimos que era alguien diferente, y le creímos. Estuve varios años en China en los 80 y ahí recién estaban empezando a creer en otro tipo de filosofía. Creíamos que el capitalismo, el libre mercado, las libertades individuales, todo eso iba a crecer y prosperar. Aparentemente, eso no será así. Demoramos en darnos cuenta de eso”.

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