VIAJES

El encanto de la vibrante Tel Aviv

Tel Aviv gana cada vez más páginas en las revistas de viajes como un lugar que vale la pena gracias a su escena gastronómica, barrios renovados con aires hipster, playas y espíritu cosmopolita.

Tel Aviv es la ciudad más europea de Medio Oriente por su espíritu cosmopolita.
Tel Aviv es la ciudad más europea de Medio Oriente por su espíritu cosmopolita.

Mientras la diligente camarera del restaurante Yulia lucía su castellano para tomar los pedidos, ya podía registrar un par de certezas en la libreta de notas de este viaje, lo que es bastante tratándose de una ciudad en la que apenas llevábamos un día.

La primera certeza era que en Tel Aviv es relativamente fácil encontrar gente, sobre todo camareros, que hablen castellano. O portugués. O la lengua de cualquiera de los cada vez más visitantes que vienen a esta ciudad de casi 400.000 habitantes, y de la que los medios viajeros vienen escribiendo cosas como que es la más cosmopolita de Israel (según The New York Times), la más joven (según La Vanguardia) o una de las 10 ciudades con “más acción” en el mundo (Lonely Planet).

La otra certeza la tenía en la cámara: había leído que en este lugar es posible tener hasta 300 días despejados al año (una estadística que los blogs de viaje repiten sin dar más pistas del origen de la estadística... así que ni siquiera debiera consignarla acá), y que eso significa que en Tel Aviv la luz es especial. Y eso, a su vez, significa que es el escenario de algunos de los mejores atardeceres del mundo.

El inigualable encanto de la costa del Mediterráneo.
El inigualable encanto de la costa del Mediterráneo.

Otra vez, 24 horas no son una muestra suficiente para sostener una afirmación como esa, pero las imágenes que tenía en la cámara, y los comentarios de los otros integrantes del grupo de prensa que recorríamos la ciudad coincidían en que, sí, la puesta de sol era especial. La puesta de sol la habíamos visto tan solo un rato antes y tan solo a unos metros del muy buen restaurante que resultó ser Yulia.

En ese momento estábamos en el puerto viejo de Tel Aviv, ahora convertido en un polo turístico, con galpones reciclados en enormes tiendas y en una seguidilla de sitios con terraza al aire libre.

El puerto tiene además unas amplias pasarelas de madera, donde este día sobraba espacio para ponerse en primera fila a la espera de que el sol se ocultase. El puerto de Tel Aviv tiene una historia más bien breve. Se fundó en 1936 como alternativa al histórico puerto de la entonces vecina ciudad de Jaffa, con la que mantenía una tensa relación (Jaffa llegó a ser la mayor ciudad árabe dentro del Mandato Británico de Palestina), y en 1965 dejó de operar, incapaz de recibir a los gigantescos barcos portacontenedores que se convirtieron en el estándar para el comercio por vía marítima. A comienzos de esta década empezó a convertirse en el sitio que es hoy. Por eso, salvo los restos de una antigua grúa, no queda mucho que haga pensar que esto alguna vez debe haber estado lleno de barcos de carga.

Las calles están equipadas para bicicletas y monopatines.
Las calles están equipadas para bicicletas y monopatines.

Gay friendly

Al puerto habíamos llegado como parada final luego de una caminata tranquila que empezamos unos metros más al norte, y unos minutos antes del atardecer, en la playa de Metzitzim, que a esa hora ya estaba casi desocupada, salvo por los visitantes atrasados -como nosotros-, que se desperdigaban por la arena, resistiendo el viento que se hacía notar a empujones.

Metzitzim es también un buen resumen del espíritu de los telavivíes (aparentemente, ese es el gentilicio de quienes viven en esta ciudad). Junto a esta playa -que tiene algo así como una “laguna” artificial, que la protege del oleaje, se ve una especie de cerco de paneles de madera, que delimita el sector para los bañistas religiosos (mujeres y hombres que pueden asistir en días diferentes), y, más allá, el área gay, que permite agregar otro apunte: Tel Aviv se considera una de las ciudades más gay friendly de la región.

Esto también lo había leído antes. Los telavivíes tienen especial debilidad por la happy hour. Y bien, eso, lo de la popularidad de la happy hour explica, por ejemplo, que en el acogedor hotel Yam (), donde estábamos alojando, cada tarde hubiese un sencillo bufett gratuito para los pasajeros, con bocadillos sabrosos, y vinos, champaña o cervezas refrescantes, que cometimos el error de probar justo después de ver la puesta de sol en el puerto viejo de Tel Aviv —el atardecer en esta época se produce poco después de las 17— y antes de ir a comer al restaurante Yulia.

Más temprano, antes de llegar a la playa de Metzitzim y al puerto viejo, habíamos hecho una parada en Sarona, el tercero de los muy diversos mercados que veríamos en la ciudad.

Sarona está en un moderno edificio que, a primera vista, parece un shopping , pero que adentro contiene la versión más variada y “ondera” posible de un patio de comidas. Aquí hay puestos donde venden también productos sofisticados, cuidadosamente elegidos y presentados en pizarritas escritas con tiza, o letreros hechos a mano (como si fueran rústicos, pero en verdad no lo son). Esas tiendas sirven para los que prefieren cocinar ellos mismos, en vez de pasar el rato acá tomando la decisión de qué comer, en un listado amplio de restaurancitos informales donde se puede encontrar desde la clásica pizza hasta ramen. 

Entre restaurantes y tiendas, aquí hay 91 locales que son solo el hito central de un barrio de construcciones antiguas donde hay museos, tiendas de ropa y accesorios, y espacios públicos donde un montón de familias deja sueltos a sus niños para que corran, jueguen y bailen con la música al aire libre, mientras ellos, los padres, los miran y fotografían a cada rato.

Lo dicho: Sarona era el tercer mercado que veíamos. Antes de llegar, habíamos tenido un rato libre en la feria de las pulgas de Jaffa, la vieja ciudad que desde mediados del siglo XX forma un mismo municipio con Tel Aviv (se habla de “Tel Aviv-Yafo”).

Ese sector de Jaffa está lleno de edificios históricos, de piedras color crema, que funcionan como tiendas de artesanías tradicionales (cada vez más convertidas en souvenirs), lo mismo que los callejones estrechos, donde la mercadería a ratos impide caminar de a dos. Pero (si ha estado en otros sitios así, valorará esto) los comerciantes parecen tomarse las cosas con calma, y salvo algunos llamados poco majaderos -en varios idiomas, a ver si le aciertan al del forastero-, no hay ese acoso usual de otros mercados.

Justo antes de Jaffa, habíamos pasado otro rato recorriendo el que sería el primer mercado del día, el popularísimo Shuk Ha’Carmel, o simplemente Carmel: varias cuadras de puestos de frutas y verduras, combinados con locales donde venden otros insumos -especias, panes, pescados-, pero también todo tipo de productos. Como en un persa.

Quizá lo mejor del mercado Carmel —que en algunos tramos estaba increíblemente abarrotado de gente; tanta que en realidad era difícil caminar— estaba en los alrededores, donde había algunos cafés y restaurantes donde los viajeros inteligentemente hacían una pausa alrededor de refrescantes cervezas. Y estaba también en el estrecho pasadizo que había detrás de los puestos, que casi ocultaban otras tiendas y sitios como el excelente, y ondero, Coffe At The Market, justo en una esquina desde donde uno podía quedarse mirando a la multitud, en todas su formas y aspectos y religiones e intereses, que pasaban apenas unos metros más allá.

Cuando llegué al final del mercado, y pensaba en volver, un señor se acercó a preguntar un par de cosas sobre la cámara que andaba trayendo, la misma que él había comprado hacía poco. Luego, como si nada, en un inglés pausado y con fallos, pero que se hacía entender, explicó algunas cosas que veíamos ahí.

Unos uniformados atándose el tefilín en el brazo izquierdo. Un par de mujeres musulmanas completamente cubiertas. Y, como si estuviese esperando la oportunidad, dijo antes de despedirse algo como “así debieran ser las cosas. Acá todos podemos convivir”. 

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