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El encanto de Puebla, tradicional y moderna

En la tercera ciudad de México conviven las profundas raíces históricas, con obras de una metrópoli. Industrial, cultural y turística, es patrimonio de la humanidad. Y un lugar a conocer.

Puebla es la tercera ciudad de México

Puebla es una gran dama y una glamorosa jovencita a la vez. Un pueblito y una metrópoli. Es una biblioteca de 372 años y una modernísima rueda de la fortuna de 80 metros de altura. Es un sistema de túneles que les sirvieron al ejército mexicano para derrotar a los franceses y es también un sofisticado parque con rascacielos y teleférico incluido.

Cuenta la leyenda que Puebla empezó a ser construida en un extenso valle rodeado de volcanes —a 131 kilómetros de la capital del país— el 16 de abril de 1531, en un lugar señalado por los ángeles. O al menos eso contó el obispo de Tlaxcala, Julián Garcés, sorprendido por el sueño en el que esas criaturas celestiales se le aparecieron y le señalaron el sitio donde se fundaría una ciudad para la realeza española en épocas de la Colonia; una ciudad de paso —pero bella y suntuosa— entre la capital y el puerto de Veracruz. Por eso, el nombre: Puebla de los Ángeles. Aunque más tarde, y hasta hoy, es conocida como la Heroica Puebla de Zaragoza.

Hoy es la capital del estado del mismo nombre, con 218 municipios. Y es la tercera ciudad de México, después de la capital y de Guadalajara. Industrial, cultural y turística, fue declarada patrimonio de la humanidad en 1987. Más de 5.000 edificios y monumentos la hicieron ganarse ese título.

Pasado y patrimonio.

El recorrido por el centro histórico comienza por el callejón de Los Sapos. Se llama así porque por aquí pasaba el río San Francisco, que en tiempos coloniales se desbordaba con frecuencia y se llenaba de sapos.

Eso lo cuenta Alfredo Torres, abogado y guía de turismo desde hace 45 años; un hombre amable, estudioso y cuya estampa evoca al célebre presidente mexicano Benito Juárez, a quien recuerdan en monumentos patrios y en el billete de 20 pesos. Es bajito, de facciones gruesas, moreno. Se parece tanto que lo ha personificado en varias películas.

En esta calle peatonal de casonas coloniales y fachadas coloridas, repleta de restaurantes y terrazas para tomar café o cerveza, tiene lugar un mercado tradicional los fines de semana. Artesanías, tejidos y todo tipo de antigüedades se ofrecen a muy buenos precios.

A una cuadra queda el Museo Amparo —uno de los más importantes de la ciudad, en total son 55—, que ostenta importantes colecciones de arte prehispánico, colonial y virreinal, que comparten escenario con exhibiciones de arte contemporáneo. Y ostenta también una de las mejores terrazas de Puebla: desde allí se aprecian los techos y cúpulas de varias de las principales iglesias del centro (se cuentan 280 templos católicos en toda la ciudad). Una terraza que también es bar y restaurante y donde celebran recitales, conciertos y fiestas.

Unos 300 metros adelante se llega al zócalo, que es muy parecido al de la Ciudad de México. Allí se levanta imponente la catedral Basílica de Puebla, cuya construcción comenzó en 1575. Una joya arquitectónica y religiosa de Puebla y de México. Levantada en piedra negra, de estilos barroco y herreriano, está rodeada por una hilera de ángeles de bronce.

Y sus torres, que alcanzan 75 metros, se cuentan entre las más altas del país. Afuera, dos fuentes brotan del piso y los niños saltan y se refrescan. Hay que entrar a la catedral para ver sus colecciones de arte religioso, sus 128 ventanas, tres órganos colosales y el suntuoso altar mayor con sus columnas monumentales. La catedral es un espectáculo por dentro y por fuera.

Hay que caminar y disfrutar del zócalo, que viene siendo como la plaza principal de un pueblo: con palomas, con niños jugando, con vendedores de golosinas, con una fuente en la mitad, con árboles y jardines y con sus conservadas edificaciones coloniales, entre ellas el ayuntamiento (que es como la alcaldía). Y con sus terrazas, recomendadas para tomarse otro café (u otra cerveza).

A la vuelta del zócalo, en la casa de la cultura Pedro Ángel Palou, queda un lugar mágico: la Biblioteca Palafoxiana, que a simple vista parece la biblioteca de las películas de Harry Potter.

José Luis Hernández, guía del lugar, explica que es la primera biblioteca pública del continente americano y que su origen se remonta al año de 1646, cuando el obispo Palafox y Mendoza (de ahí el nombre del lugar) donó su biblioteca personal, compuesta por cinco mil volúmenes. Hoy en día son 45.000 libros, más de 5.000 manuscritos, y aunque parece un museo, la biblioteca sigue viva. Son tres niveles de estanterías que llevan estos nombres: Dios, Dios Hombre y la Ciencia del Hombre.

Caminando por las calles de Puebla encontrará —casi— una iglesia en cada cuadra. Y todas merecen atención. Pero hay una de visita obligada: la capilla del Rosario, contigua al templo de Santo Domingo. Data del siglo XVII y es la máxima joya del barroco mexicano. Es un verdadero tesoro: las pinturas, toda la decoración y los azulejos están forrados con láminas de oro de 22 quilates. El papa Juan Pablo II la bautizó en 1979, en su visita a Puebla, como "el relicario de América". Hay mucho más para ver del lado más tradicional. Hay que ir al mercado de artesanías de El Parián. Hay que caminar por el barrio del Artista y vale la pena conocer las fábricas de loza, jarrones y otras artesanías en la técnica de talavera.

Y hay que darle gusto al paladar. De aquí es el famoso mole poblano, y aunque en general se prepara muy bien, el más recomendado —con premios internacionales— es el de La Casita Poblana. Y la chef y gerente, Angélica Bravo, es la mejor anfitriona posible.

Túneles secretos.

Para conocer más sobre la historia de Puebla hay que buscarla bajo tierra —literalmente— en un sistema de túneles. Y aunque tienen más de 500 años de historia, recientemente fueron restaurados y habilitados en el circuito turístico Secretos de Puebla.

El guía Alfredo Torres explica que estos pasadizos subterráneos fueron construidos después de la fundación y que sirvieron para la movilización de los materiales con los que se levantaron las iglesias y demás edificaciones. Y más adelante le sirvieron de trinchera al Ejército Mexicano en la legendaria batalla del 5 de mayo de 1862. "Los soldados se escondieron y se replegaron por los túneles, y sorprendieron y vencieron a los franceses, que después dijeron que el ejército mexicano brotaba de la tierra", evoca Torres sobre esa victoria épica que se conmemora cada 5 de mayo y que hoy se recrea en estos túneles, decorados con luces de colores y ambientados con música y con pantallas con imágenes de la batalla.

El lado moderno.

A 10 minutos del centro histórico queda un lugar donde se combinan la historia, el arte y la ciencia, todo, dentro de sofisticados escenarios: el Centro Cívico Cultural 5 de mayo. Después de dar un paseo por los fuertes de Loreto y Guadalupe, vale la pena conocer el Museo de Antropología, el Planetario, el lago de la Concordia, el Mirador de la Mantarraya y el Museo de Historia Natural; este último, recomendado para los niños: tiene una impresionante colección de animales disecados y de dinosaurios.

En esta zona queda también el recientemente inaugurado Teleférico de Puebla, que cuenta con dos tramos: uno de 58 metros y otro de 48, y que permite una panorámica privilegiada del centro histórico. Y si el día está despejado, el soberbio volcán Popocatepetl se dejará ver en todo su esplendor.

La próxima parada debe ser en el sector de Angelópolis, no sin antes hacer una visita —también obligada— en el Museo Internacional del Barroco, una fascinante obra del arquitecto japonés Toyo Ito, inaugurada en el 2016. Es todo un santuario para los amantes del Barroco.

Y bueno, ya en Angelópolis se puede ir de compras en las tiendas de diseñadores famosos, o de fiesta, y hay que subirse a la Estrella de Puebla, una rueda de observación que se eleva hasta los 80 metros. Y la lista sigue. 

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