De Portada

El encanto del primer hogar

Historias sobre los desafíos y los beneficios que trae empezar a construir la independencia por su cuenta, lejos del día a día con los padres.

Florencia Barre. Foto: Leonardo Mainé
Florencia necesitaba encontrar un lugar donde Berlín, su perro, tuviera espacio suficiente para sentirse cómodo. Foto: Leonardo Mainé

"Independencia”. Esa es la palabra que casi todos los entrevistados de esta nota tuvieron en común. Esa o algún sinónimo como “ser responsable de mí mismo” o “libertad”. La consecuencia de esa independencia, para la mayoría, es la madurez. Crecer. Salir de la casa de los padres para desarrollarse y emprender un camino propio. Algunos antes, otros más tarde. Otros lo pueden premeditar, a otros se les impone. Lo importante, dice la psicóloga Mariana Álvez, es que “tener tu propio espacio a nivel psicológico es un tema de orgullo, de oportunidad de crecimiento, de independencia, de madurez, de desafío. Esa experiencia nos enriquece como personas”. También están aquellos que lo postergan por acompañar a sus familias y aquellos otros que lo adelantan porque no les queda otra. Como cuando hay que cambiar de ciudad para estudiar y madurar de golpe. Estas son historias de personas que ya dieron el paso y están construyendo su primer hogar lejos de la casa familiar.

Romper la tradición

Primero fue el dibujo de la casita de dos aguas, el sol brillando en el cielo celeste, el paisaje y la familia. Florencia (27) viene de una familia tradicional y de chiquita tenía la idea de que iba a salir de la casa de sus padres para casarse, “tener hijos y ser veterinaria; cosa que no va a suceder. Por lo menos por ahora”. Lo de la veterinaria está descartado, Florencia fue por la rama de la comunicación audiovisual.

Después fue la idea de irse bien lejos. “Tuve muy presente la intención de irme para afuera, incluso hice lo que se llama bachillerato internacional”, cuenta Florencia, y ahí estaba implícito lo de vivir sola. Todavía se acuerda de un catálogo que llegó a la biblioteca de su colegio, de la London College of Communication; lo vio, se enamoró, lo abrazó y dijo: “Yo voy a ir a este lugar”.

Dato

Convivir, otra opción para salir

Florencia se mudó con una amiga, Franco y Bruno se vinieron juntos de Nueva Helvecia y Stephanie se mudó con su novio Fernando. Muchas veces por un tema económico, otras por amor, pero la opción de mudarse de la casa de los padres acompañados, está. Tanto para Stephanie como para Florencia, que la convivencia sea un éxito depende -en parte- de darle siempre lugar al diálogo sincero. Hablar sobre todo aquello que molesta o establecer límites de antemano. También creen esencial respetar los espacios de cada uno. En el caso de Stephanie, dice que no le gusta que le hablen cuando se levanta, y Fernando lo entiende a la perfección.

En el camino, estaban esas películas hollywoodenses, “comedias bobas”, pero que mostraban cada vez más a mujeres independientes, profesionales, fuertes, viviendo solas. A Florencia le encantaba esa concepción, pero era algo que quedaba relegado a un segundo plano, porque lo primero era estudiar y salir al mundo.

Entonces todo cambió. Lo de irse a otro país se convirtió en deseo del pasado. El presente atrapó a Florencia con la necesidad de un espacio para ella. Por un lado, quería acercarse más a la ciudad: desde hacía ocho años vivía con su familia en La Floresta y la distancia se sentía cada vez más, sobre todo porque tiene cinco trabajos muy demandantes. “Todos implican que tome decisiones, que esté produciendo y por momentos necesitaba un espacio donde llegar, estar cinco minutos, descansar la cabeza, decir ‘estoy acá y ya arranco con otra actividad’.”

“También quería descubrirme a mí misma”, resalta. Florencia quería conocerse como adulta y construir algo propio. La casa, en la que vive desde hace dos meses, no es de ella, es un alquiler que comparte con una amiga. Pero es su lugar y se va materializando el ideal de espacio que antes construía en su cabeza. El sofá amarillo, la mesa con sillas de colores y las flores frescas son el resultado visual de algo mucho más grande: el primer hogar de Florencia fuera de la casa de sus padres.

“El día que le conté a mi abuelo que me iba a mudar, me preguntó si estaba todo bien, si tenía algún problema con mis padres y le tuve que explicar que no, que simplemente me quería ir a vivir sola y para él, en su cabeza, sonaba raro”, cuenta. Fue la primera mujer de su familia en salir de su casa porque quería vivir sola; salvo por su tía, que se fue a Punta del Este, pero por trabajo.

Aunque fueron varios años de darle vuelta a la idea, en abril tomó la decisión definitiva. Fueron meses de búsqueda y de ahorro, y en el medio, cada vez que veía algo que sabía que le podía servir para su casa, lo compraba. “Mi amiga, cuando vio todo lo que tenía, me dijo: ‘¿vos cómo tenés tantos platos?’ Son elementos, son cosas y no significan nada por sí solos, pero eran parte del ideal de construcción del espacio que quería. Yo era una adolescente alegre”.

Lo de compartir alquiler se dio de casualidad, porque justo su amiga necesitaba empezar de cero y porque sabía que la convivencia sería compatible. Aunque Florencia se reconoce más intensa y dice que sus estilos de vida no son tan parecidos, ambas saben respetar los límites de la otra y pueden, ante todo, tener un diálogo sincero. El otro punto importante fue el amor por los perros, Florencia tiene a Berlín, de gran tamaño, y su amiga a Lisa y Negra, por lo que la búsqueda de hogar dependía del espacio para ellos. Lo encontraron.

El paso

La casa de Max (29) no parece el espacio de alguien que se mudó hace dos meses. Todo lo contrario, da la impresión de que hace años que está ahí. El cuadro de Dragon Ball en la pared, los almohadones de joysticks sobre el sofá y las máscaras colgadas en el perchero, más bien hablan de alguien que hace mucho está haciendo de su casa algo más suyo.

Max Machado. Foto: Marcelo Bonjour
Identidad. Para Max salir de la casa de sus padres significaba conocerse más.
Foto: Marcelo Bonjour

Pero sí, hace dos meses que Max se mudó por primera vez de la casa de sus padres, en Las Piedras. Aunque hace cuatro que está detrás de los papeles y un año que resolvió dar ese paso. Hubo varios factores que confluyeron para que fuera posible, el primordial, fue que además de los trabajos freelance que venía haciendo desde hacía tiempo, consiguió un empleo fijo y pudo empezar a administrarse mejor.

Aparte, estaba la responsabilidad de dejar a sus padres. “Mi núcleo familiar es mi papá, mi mamá y yo. Ellos son jubilados y el único que cobra jubilación, mínima, es mi papá, por lo que yo era el sostén de la familia”, cuenta. Pero hacía mucho tiempo que Max soñaba con mudarse, con vivir en Montevideo y estar cerca de sus actividades del día a día. Lo retenía el hecho de que el dinero no era suficiente como para ayudar en su casa y subsistir. Además de administrarse mejor, dice que dejó la adolescencia de lado y ya no se compra ni comics ni videojuegos porque cree que “uno no puede ganar algo sin sacrificar algo más a cambio. También dije: ‘Ahora realmente no voy a poder ni viajar ni salir ni muchas cosas, pero voy a tener un espacio para mí que va a potenciar mi identidad’.”

“Te pintan eso de que cuando vivís solo es un desbunde. Pero para mí era más... No sé si terapia, porque de ser así sería una terapia muy cara. Pero era un redescubrimiento, sentirme más responsable de mí mismo”, explica Max. Si bien él era el principal aporte económico de su casa, en muchas otras áreas era una persona dependiente, por lo que dar el paso le significaba empezar de cero, manteniendo todo aquello que le hacía bien, pero siendo responsable “en forma absoluta” de su vida.

Ya en estos meses entre el encontrar apartamento y la mudanza, Max notó un cambio. Cuando el trámite de alquiler, hubo varios conflictos de intereses que supo manejar con prudencia y resolver. Él, que dice haber sido siempre un “enojón”, se sorprendió con cuan “diplomático” se había convertido. “Ya no era el tipo que igual te mandaba a cagar si tenía que hacerlo”, resalta.

El otro gran cambio fue en términos de “fe” y seguridad. Max no quería irse de casa por sus padres, que “están viejitos y con todos esos problemas económicos”, tenía ese miedo de “y si me voy qué pasa”, pero lo conversó con su madre y entendió que para ellos era importante verlo avanzar. En estos meses, a ellos no les sucedió nada, “era más mental mi traba”, dice, y eso le dio una seguridad interna que no tenía: “A mis padres los veo más felices que antes”.

La casa de siempre

Los 52 años de su vida, Andrea los pasó en la misma casa. Ahí, en esa construcción de estilo colonial con ventanas altas que dan a la principal plaza de Melo, jugó de niña, creció con sus hermanos y los vio partir para formar sus familias. Ella se quedó y hace dos años, su vida cambió radicalmente.

La casa seguía siendo la misma, esa con el patio interior lleno de hortensias y un comedor familiar inmenso donde pasó todas sus navidades. Lo que cambió fue que Amanda, su mamá, y a quien Andrea dedicó toda su vida a cuidar, había muerto. “Nada de lo que pueda decir va a ser lindo”, aclara Andrea, advirtiendo la dificultad de esta charla: “Pero es una realidad que después de toda una vida de estar cuidándola —porque en definitiva mamá estuvo siempre bastante enferma— no tener que hacerlo más se siente”.

El duelo fue grande. Andrea cambió. Los días fueron suavizando de a poco el dolor y meses después, decidió que si iba a quedarse en esa casa, el lugar de su vida, también tenía que cambiarla. “Reformé todo radicalmente comparado a cómo la tenía mamá, porque el recuerdo era muy grande y quería empezar una nueva vida”, cuenta. Para ella era “cambiar lo físico, con el dolor adentro”, pero estaba segura de que su madre, “donde quiera que esté”, estaría disfrutando por ella, porque, aclara, toda la vida quiso que se quedara en la casa.

Andrea. Foto: Federico Techera
Cambio. Andrea vive en la misma casa, pero su relación con el espacio es otra. Foto: Federico Techera

Su relación con el espacio también se transformó. Antes, su estadía allí era para cuidar a Amanda y dormir. Tenía su cuarto como lo quería, pero trataba de no marcar muchos límites porque, al final de cuentas, era la casa de su madre. Aunque era la que administraba la economía familiar y la que se ocupaba si había que llamar a un fontanero o un electricista, Andrea no sentía en ningún momento que aquella casa donde había pasado cinco décadas, fuera suya: “Mi madre era muy celosa de su casa y no me dejaba cambiar nada sin autorización”. Ahora sí. Disfruta del jardín -Daniel, su pareja, es el que lo cuida-, llenó todas las habitaciones de plantas y abre puertas y ventanas de sol a sol.

En Números

Los datos de la autonomía

La transición a la adultez cumple varios pasos importantes. Uno, no menor, es la salida del hogar de origen para formar una casa propia. En Emancipación y formación de hogares entre los jóvenes uruguayos: las transformaciones recientes, un artículo de la Universidad de la República, publicado por los sociólogos Daniel Ciganda e Ignacio Pardo, se explica que entre la década de 1900 y el año 2008 el cambio más significativo es que cada vez más los jóvenes se van no para formar familia, sino para vivir solos, con amigos u otros parientes. También indican que a diferencia de lo que ocurre en otros países, los jóvenes no demoran cada vez más en salir del hogar familiar, si bien hay excepción en los de estratos más altos y aquellos “que acumulan más años de educación”. Además, “la salida del hogar para vivir con la pareja es más tardía que la que concluye en un hogar no familiar”.

Para el artículo (de 2013), Ciganda y Pardo se basan en la Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud (ENAJ) y toman los datos las realizadas en 1990 y 2008. La última ENAJ se hizo en 2013 y en el artículo Cambios y permanencias en las transiciones a la vida adulta de los jóvenes en Uruguay, la socióloga Verónica Filardo explica que en cuanto a la edad de salida del hogar, no hay demasiadas diferencias. Otro dato que destaca la socióloga, es que “salvo para el nivel educativo hasta primaria -en el que se incrementan- , las distancias entre varones y mujeres en las edades de autonomización tienden a una convergencia mayor en el 2013”.

En Jóvenes y adultos en Uruguay: cercanías y distancias (2009), Filardo explica que el hecho de que muchos mayores de 25 años no se hayan independizado “indica que las condiciones del mercado de empleo, el apoyo de las familias y el desarrollo de políticas públicas fundamentales como las de vivienda están fallando a la hora de proveer oportunidades de autonomización a los jóvenes”.

Un lugar ideal

“Muchas veces las personas se van de sus casas porque no les queda otra, pero en mi caso no era así. Yo vivía con mi mamá y estaba de fiesta: nos llevábamos bien; era como vivir sola”, dice Stephanie (33), que hace casi un año se mudó con su novio, Fernando. Fue un desafío.

Tan difícil como dejar ese lugar donde se sentía bien para arriesgar a la vida en pareja, fue hablar con su familia para contarles las novedades. La clave de su diálogo estaba en explicarles que era una decisión pensada y que les iba a llevar tiempo dar el paso, después de todo, la búsqueda de casa nunca es cosa fácil. Se equivocó.

Stephanie Custodio. Foto: Leonardo Mainé
Flechazo. Stephanie pisó el apartamento y supo que era el lugar indicado para mudarse y empezar una nueva vida junto Fernando, su novio. Foto: Leonardo Mainé

“Toda mi vida alquilé con mi familia, de hecho, antes de que mis padres se divorciaran, ya éramos mamá y yo la que íbamos a buscar casa y sabía que podía demorar meses en conseguir algo que nos gustara”, cuenta. Tampoco tenían apuro. Entonces apareció la oportunidad en un edificio que no solo quedaba en Buceo -el barrio donde se crió y que le gusta más- sino que además era frente a la rambla. “‘¡Es este!’, dijimos”.

Antes de tomar la decisión definitiva, aunque sin perder mucho tiempo, Stephanie se tomó la molestia de recorrer los 12 apartamentos del edificio. Si bien en la inmobiliaria le dijeron que eran todos iguales, era ella la que tenía que decidir eso. Fue cuatro veces a la agencia, porque solo le prestaban tres llaves por vez, y cuando los vio todos, supo que quería quedarse con el del balcón y la mesada grande con vista a la playa, el segundo que visitó. Sabe que cuando hay inmuebles baratos y de tan buena oportunidad, vuelan, así que apuró los trámites y aquello de tomarse un tiempo para buscar, se hizo agua.

La mudanza transcurrió tranquila. Stephanie se mudó varias veces y estaba acostumbrada al caos. Pero Fernando es metódico y ella le confió la tarea. Después, fue cuestión de acostumbrarse el uno al otro. “Capaz no soy tan ordenada como Fer quisiera, pero cambié salado”, relata Stephanie, que confiesa que su cuarto en casa de su madre era tal caos que todavía no terminó de desarmarlo. Si bien hay diferencias, como en toda relación, cree que lo importante es no dar nada por sentado e incentivar el diálogo para mejorar.

Ahora, sentada en el balcón que da a la rambla, su parte favorita de la casa, Stephanie cuenta que lo primordial a la hora de mudarse es encontrar un lugar que uno sienta que es el indicado. Para ella, eso ayudó a sentirse cómoda desde un principio. Eso y el hecho de que tanto ella como Fernando disfrutan mucho de los momentos para uno. Si bien son cariñosos y afectuosos, ella tiene sus ratos para ver una película sola y él puede pasar el día mirando el fútbol que quiera. “No nos atomizamos”.

Crecer de golpe

A veces, no hay margen de elección: hay que abandonar la casa de los padres. Unos lo programan y lo piensan por años, otros lo deciden de repente y aún otros nacen con ese destino marcado. Al menos si el plan es hacer carrera universitaria y se es del interior. Así les pasó a Franco y Bruno, ambos de 18, que este año se mudaron de Nueva Helvecia a Montevideo para estudiar medicina y quinesiología, respectivamente.

Bruno y Franco. Foto: Marcelo Bonjour
Amigos. Bruno (d) y Franco se conocen desde chicos y se vinieron juntos a Montevideo para que el cambio de ciudad fuera más ameno y llevadero. Foto: Marcelo Bonjour

Lo que sí decidieron y planificaron fue mudarse juntos y con dos amigos más, Nahuel y Nicolás. Dicen que así se hace más llevadero, y ya que hay que estar a unos cuantos kilómetros de las familias, por lo menos están con amigos. En su caso, además, amigos de la infancia.

La suerte, cuentan, fue hallar el apartamento. Les “cayó de arriba” cuando estaban en la búsqueda. Vino con la mayoría de los muebles incluido y solo hubo que resolver el tema de los cuartos, porque había dos, y uno un poco más grande que el otro. Lo solucionaron fácil y sin misterios: tiraron una moneda. Otra decisión del principio —más bien de Bruno y Nahuel para sorprender a Franco— fue comprar un conejo. “En algo te ayuda tener una mascota, es compañía”, explica Franco. Confiesan que el que más se hace cargo es Nahuel, los demás lo alimentan cuando quedan solos.

Además del cuidado del conejo, las tareas están bastante repartidas. Se turnan a la hora de limpiar y Bruno es el que más cocina, aunque es algo en lo que todos colaboran. Entre los cambios de pasar de vivir con mamá y papá a estar solos, está el hacerse cargo cuando algo se rompe, y se les han roto unas cuantas cosas. “La palangana, la luz, la ducha, de todo”, dice Bruno y añade que siempre tratan de solucionar, aunque, admite, a veces sus padres los ayudan a buscar algún contacto y es cuando viene alguno de ellos a visitarlos que se hace la limpieza profunda: “nosotros la vamos llevando”.

“Yo maduré mucho más. Pienso distinto”, reflexiona Bruno sobre vivir por su cuenta. Franco cree que lo que más le gusta de esta nueva vida es que, aunque siguen dependiendo de sus padres, tiene otras libertades, sobre todo en los horarios. Es un chiquilín al que le gusta “vivir al revés, de noche”, y los horarios de la facultad le permiten manejar sus tiempos. Como tienen muchos amigos en común, las “juntadas” de la barra son en su casa; un detalle que no era casi necesario mencionar, porque se intuye de las latas de cerveza vacías y ordenadas en una estantería.

No están a tantos kilómetros de casa, así que cuando extrañan la comida o tienen ganas de compartir un poco con sus familias, se toman el ómnibus, algo que sucede casi todos los fines de semana, salvo cuando el estudio no lo permite. Incluso este año, justo cuando se vino, a Franco le dio apendicitis. Estando en facultad sintió un dolor muscular fuerte y cuando llegó al apartamento se volvió más insoportable, no se podía mover. Llamó a su padre, le dijo que se hiciera diferentes pruebas y cuando confirmó lo que era, lo fueron a buscar. Bruno, atento al relato de su amigo, remata: “El chiquitaje acá lo arreglamos nosotros, pero para fuerzas mayores los padres siempre están”.

Dato

El sueño de mudarse vs. la economía y otros consejos útiles

Bruno, que tiene 25 años, sueña desde adolescente con mudarse solo. Las ganas estaban, reafirma, pero “después salís al mundo y te das cuenta de que no es tan fácil”. Ahora, el plan parece mucho más cerca y lo proyecta para 2019. Tiene un trabajo estable, está buscando uno paralelo y su novia, que vive desde hace un tiempo con él en casa de sus padres, también está en campaña de conseguir trabajo. Esos son los factores principales para la mudanza. Después, está la búsqueda. Saben que el sur de Avenida Italia está descartado, aunque alguien les habló de que en el Palacio Salvo hay apartamentos “prolijos y baratos”.

Tanto Florencia como Max y Stephanie coinciden en que es muy importante pensar en el presupuesto a la hora de mudarse. “Ir juntando de a poco cosas o ahorrar algo porque mudarse implica muchos gastos de golpe”, dice Florencia, quien además agrega que es fundamental “darle a las cosas el tiempo necesario y que no gane la ansiedad”.

A Stephanie no le gusta ni pelear ni estresarse por dinero, así que desde un principio se organizó para evitar problemas a futuro. También cree que es esencial elegir un lugar en el que sentirse cómodo. “Mi apartamento es muy sencillo pero amo donde vivo en todos los aspectos”, aclara.

Max tuvo que dejar muchos gustos de lado. Uno fue dejar de comprar libros, aunque ahorró lo suficiente como para tener un lector digital y descarga libros cuando quiere: “Si sos planificado y honesto con vos mismo, el mes a mes es posible. Y disfrutable”. Otra cosa que a Max le funcionó fue pensar que “no se puede obtener nada sin primero dar algo a cambio. Para crear, algo de igual valor debe sacrificarse”, es una frase de su animé (serie de animación japonesa) favorito, que cita cada vez que necesita.

Lo que dicen los psicólogos

Autonomía para no fracasar

Todavía está vigente el esquema de la escuela, el primer trabajo remunerado, la primer pareja estable, la salida de la casa paterna y el primer hijo; pero ya no es un fenómeno universal, explica Juan Fernández Romar, profesor titular de Psicología Social en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Añade que este tránsito varía según el contexto y las posibilidades de cada individuo, pero “si el ciclo de emancipación y desarrollo de un proyecto vital autónomo con un sesgo personal no se alcanza, resulta catastrófico para la mayoría de las personas”.

Tanto la psicóloga Mariana Álvez, especializada en psicología positiva, como su colega Fernández, coinciden en que no importa cuánto demore, pero es necesario alcanzar la autonomía. De lo contrario “es un fracaso vital irremediable”.

Álvez cuenta que los beneficios de mudarse solo se ven a la hora de aprender a “valerse por uno mismo” y comprender cómo es la vida “lejos del seno materno y paterno”. Además, al empezar a ser responsable de sí mismo, se trabaja la autoestima. Cree que el desafío es mayor dependiendo del grado de autonomía de cada uno: “Algunos son muy prolijos con el dinero, mientras otros viven endeudados” indica, y aclara que es muy importante separarse de “los malos hábitos que se traen de la casa de origen” a la hora de emprender un camino solos.

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