El Personaje

Emma Sanguinetti: “Vivimos sumergidos en la imagen banal, vacía”

Es abogada pero su pasión la llevó hacia la crítica, la divulgación y la historia del arte. Ha tratado, desde siempre, hacerse un camino propio.

Emma Sanguinetti. Foto: Darwin Borrelli
Emma Sanguinetti. Foto: Darwin Borrelli

La sala de estar de Emma Sanguinetti está abarrotada de cuadros. No tiene una colección, pero le apasionan. Su padre, Julio María, le regala uno para cada cumpleaños. La presencia del arte enmarcado compite solo con los libros, que en esa habitación ocupan una estantería enorme, alta, de vértice a vértice en una pared grande. Hay otra más pequeña, como de mimbre, donde sigue la colección de páginas. En esa habitación es todo literatura. Hay más en su escritorio, y esos son de arte.

“Soy muy hogareña. Disfruto muchísimo, pero muchísimo de estar sola, y para mí los espacios en los que me muevo son muy importantes. Y obviamente los libros y los cuadros tienen un papel preponderante. Aunque claro, se llevan mal porque ocupan el mismo lugar, la pared, y no es sencillo. Tengo cuadros tirados por el piso porque no tengo lugar y los libros atiborrados”.

Lo de tanto libro y tanto arte tiene un por qué. En su niñez y adolescencia su casa se convertía en tertulia de artistas, y el contexto estimula. Además, a dos cuadras estaba la casa de José Cúneo, Emma tenía nueve o diez años y acompañaba a su padre, buen amigo del pintor, solo para sentarse quietita mientras charlaban. La quietud implicaba observar cada detalle.

Eso por un lado. Por otro, está su carácter solitario. Emma disfruta el estar consigo misma, y no es menor que la pintura y la literatura tengan la peculiaridad de ser buenas compañías para el silencio. Está convencida de que cuando no hay nadie más, no está sola del todo, los personajes de los libros son compañía.

Emma Sanguinetti es contadora de historias y una apasionada del arte al punto que se detiene delante de un cuadro por horas y si la emociona, llora. Emma es la estudiante del Elbio Fernández que después hizo abogacía, se recibió y ejerció hasta ver que no era lo suyo.

Ya se lo había dicho Ignacio Iturria en una charla que luego quedó inmortalizada en uno de los cuadros que tiene: “Decía que no tenía que ser abogada, que tenía que dedicarme al arte, que era un desperdicio. Y ese cuadro tiene a Florencia (Italia) por detrás, a una chica por delante que le da la espalda a la cúpula de Brunelleschi, y un tablero de damas, que es una especie de tablero de la vida, el destino y las jugadas que uno hace. Para mí es un cuadro muy especial”.

Emma, dice, es feliz. Es, además, la que tiene una lista de espera de 300 personas para sus clases de Historia del Arte (las imparte en librería El Virrey desde hace 15 años) y más de 200 alumnos repartidos en la semana. También tiene un blog en el que escribe —ahora un poco menos— sus reflexiones.

   

—¿Qué hizo que vos pudieras llegar a donde estás hoy y ser, dentro de todo, una persona libre?

—Fue un camino durísimo. No era posible vivir de la historia del arte, y aunque la gente tenga otros imaginarios, soy una persona normal que tiene que trabajar, que tenía dos hijos chicos en aquel momento cuando tomé la decisión de dedicarme profesionalmente a esto. Fue un salto al vacío. Tenía todo eso que tenía para decir, pero era posible que nadie lo quisiera escuchar, la idea del fracaso obviamente estaba ahí. Pero lo miro veintipico de años después y puedo decir que funcionó.  

   

Emma se deslinda todo lo que puede de lo que significa en este país ser una Sanguinetti. No por renegar de su familia, no por ser rebelde ni porque le pese, sino porque quiere, siempre ha querido, ser ella por mérito propio. “Yo no hablo de política, ni de mi padre, yo hablo de arte”, advierte para la entrevista. Es el terreno en el que se ha sumido y en el que se formó de manera autodidacta. No pinta, no dibuja, no garabatea: aprende. Lee, mira, observa, analiza, escucha, difunde, intercambia.

Emma Sanguinetti. Foto: Darwin Borrelli
Foto: Darwin Borrelli

Aprendió, en parte, de su abuela. María de Montserrat, la escritora, la de la generación del 45, la narradora, su maestra en el relato. De su abuela recuerda cuando iba a verla los sábados, y los tés que se tomaba en el living con Marosa di Giorgio. Y también rememora las veces que la abuela le leía la enciclopedia El tesoro de la juventud o la libretita que le regaló. “Me dijo ‘escribí todo lo que sientas, lo que veas’, y después yo se las contaba y ella me enseñaba a describirlas, no solo formalmente, sino desde mi sensibilidad”. Desde entonces anda siempre con una libreta y tiene cajas con las ya escritas y otras con las vacías. “Yo me empecé a enamorar de este universo de sensaciones que podía ser transmitido a través de las palabras”.

Contar historias es fundamental en lo que hace. En la oralidad, lo aplica en sus clases, en charlas y talleres (el 24 de octubre, a las 19.00, dará la conferencia El viaje y las huellas del arte en la Universidad Católica dentro del Ciclo de Conferencias de la Cátedra Magallanes dirigida por la historiadora Ana Ribeiro). También en Enter-arte, su columna en Radio Sarandí. En la escritura, esos relatos están en catálogos y libros de arte que ha publicado, sobre todo en los destinados para niños, como la premiada colección de libros de arte nacional con las vidas de Barradas (2003), Blanes (2006), Figari (2008), Petrona Viera (2009) y Torres García (2013) o los libros de texto para primaria que hizo junto a Anna Pignataro.

“Mi excusa siempre es la vida de un pintor o la historia de un cuadro, para poner ahí adentro un concepto que luego se va acumulando. Historia tras historia resulta que tenés un montón de cosas que hubieran sido áridas de aprender si fuese a través de un proceso de aprendizaje”. Y en ese hilvanar de anécdotas está también su lucha por defender la palabra. Opina que uno de los problemas de hoy es la pérdida del lenguaje. “Hemos reducido la riqueza de nuestro idioma a diez verbos y a un montón de calificativos. Ya no construimos frases, ya no relacionamos las frases con la riqueza de los sentimientos que queremos expresar y ha habido entonces una especie de pérdida en la comunicación que es lo que hace que la gente no se entienda y crea que el mundo se divide entre blancos y negros, entre los que están de este lado y los que están de este otro. Pero el todo es gris. El mundo es un matiz, y las palabras antes nos ayudaban a entender esos matices”.

Libro Petrona Viera
Libro Petrona Viera

—Y en este mundo del blanco y el negro y a la vez un bombardeo de imágenes, información, ¿cuál es el lugar del arte?

—Yo creo que es fundamental, estoy empecinada con la introducción de la Historia del Arte en la escuela. Así como la palabra, la imagen es un código de comunicación y tiene su propio vocabulario, su gramática. Hemos saltado del mundo de la palabra a uno en donde todo nuestro imaginario y conceptos se construyen exclusivamente por imágenes, nada más que por imágenes, sin haber tenido el aprendizaje de la descodificación. Vivimos sumergidos en un mundo de imágenes y no entendemos cómo son capaces de manipularnos. Estamos regalados. Vivimos sumergidos en la imagen banal, vacía.

Bulimia de imágenes

Para Emma Sanguinetti parte de los problemas de la multiplicación de imágenes de la sociedad actual es que el otro está muy presente. “Existís si el otro sabe lo que hiciste, cuando en realidad tenemos que entender que existimos porque hacemos cosas que nos enriquecen a nosotros, no a través de los demás. Esa especie de bulimia de imágenes me pone un poquito frenética porque ni siquiera se llega a entender la relación con la imagen”. Cree que por eso hoy más que nunca la imagen tiene que pasar a ser tema fundamental en la educación. Tiene que haber un proceso de aprendizaje entorno a lo visual.

Además, la dependencia de la imagen y la falta de herramientas para descodificarla hace dudar del concepto de libertad. “La imagen hoy es un placebo. Sentís que la comunicación es tan exacta, tan inmediata, directa con el mundo, que terminás siendo un esclavo que alimenta esa especie de círculo vicioso, como si no existieras. Existir es una cosa muchísimo más compleja.” Trae a las muchachas pintadas por Edward Hopper en el siglo XIX, con las miradas perdidas en ventanas, y piensa que hoy, en lugar de las ventanas, el artista estadounidense pintaría pantallas.

Reflexiona, también, sobre el paso del tiempo, lo actual, la transformación de una ciudad a la que hoy considera peliaguda. “Montevideo antes era una ciudad amable”, dice, y lamenta que hoy deambular sea más un estado de transición, de paso, y no un estar ahí para conectar con el entorno. Por eso, quizá, su conexión con ella misma o con las historias de los libros y los cuadros es mayor. A Emma, la adicta al arte, le divierte y le da risa la idea de imaginarse retratada por un pintor histórico. Pero si su melena rebosante de rulos castaños y su boca ancha de sonrisa constante fuese un cuadro, sería, cree, uno de Dante Gabriel Rossetti. Tiene su cuota romántica y la atrapan las cabelleras largas, seductoras y misteriosas del inglés prerrafaelista. O Klimt y sus brillos. O si el pintor fuera uruguayo, le gustaría la belleza de las capelinas de plumas y mantos de flores de Carlos María Herrera. “Sería entre lo perverso o no inocente de Klimt y toda esa sensación etérea y atmosférica, evocadora, poética de Herrera”, comenta, pero luego admite: “Yo estoy enamorada de medio mundo”.

Sus cosas

Una pasión
Camiseta de Peñarol edición aniversario. Foto: @OficialCAP.
Peñarol

Es observadora del arte y contadora de historias. No disfruta hablando de política y prefiere pasar sumida en su mundo, o con su familia o con amigos. No es de tomar sol, más bien es de quedarse leyendo en casa hasta en la playa, pero hay algo que la mueve por fuera de todo eso: Peñarol, una pasión familiar compartida.

Un lugar
El coliseo, Roma. Foto: Pixabay
Italia

Sus viajes, por lo general, son de retorno al mismo lugar. Sola o con grupos a los que enseña historia del arte. “Cuando pienso en viajar cada vez más tengo ganas de volver a Florencia o Roma. El viaje como huida, como si precisaras nuevas experiencias, como si lo original estuviera solamente en lo nuevo, no es para mí”.

En su casa
Libro
Su biblioteca

En la biblioteca de la sala de estar tiene libros de literatura, en su espacio de trabajo son todos de arte. “En el escritorio es quirúrgico, es una biblioteca de trabajo. La del living es una biblioteca de placer. Los libros se acomodan solitos”. Los lunes dedica a la lectura formal. Para los fines de semana elige sobre todo novela negra.

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