HISTORIAS

¿Qué es Edith sin carnaval? 

Tiene 66 años y es la vedette icónica del Carnaval de Melo. Cree que lleva al candombe en la sangre y este es el primer año que no se pondrá tacos ni plumas ni saldrá a bailar a la calle con su gente.

Edith González, vedette referente del carnaval de Melo
Edith González, vedette referente del carnaval de Melo. Foto: Facebook Escuela de Candombe de Cerro Largo

El martes 7 de febrero de 2017 Edith González lloró. Faltaban unos minutos para el desfile inaugural del carnaval de la ciudad de Melo cuando supo que los integrantes de la Escuela de Candombe le habían pintado un número 50 a sus tamboriles y que desfilarían con un cartel que decía: “Edith González Escuela de Candombe - El pueblo y los carnavales te saludan en tu 50 carnaval”. Tenía 63 años.

El martes 7 de febrero de 2017 Edith González lloró tanto que no sabía si iba a poder desfilar. Ella, que baila desde los 11 años. Ella, a la que el pueblo espera en la calle. Ella, a la que le sacan fotos y a la que abrazan. Ella, que fundó junto a su hijo Robert la Escuela de Candombe en 1989. Ella, que tiene la piel negra como un tango, el cuerpo firme y estirado, el pelo siempre corto y la sonrisa pintada. Ella, que es carnaval. Ella, pensó que por primera vez no iba a tener la fuerza para atravesar las nueve cuadras del desfile con elegancia, con firmeza, con convicción.

Ese día, sin embargo, Edith González hizo lo que había hecho siempre: ponerse el traje, maquillarse y salir a desfilar en el carnaval con su gente. Allí, en la calle, entre plumas y brillos y con el cuerpo casi desnudo, es donde todo tiene sentido.

Los primeros días de noviembre de 2020 la ciudad de Melo quedó suspendida. El Ministerio de Salud Pública anunció que solo allí había 45 casos nuevos de coronavirus y que esperaban que hubiese más de 100. Después, el presidente Luis Lacalle Pou dijo que no estaba previsto que se celebrara el carnaval, que se había suspendido el de Río y el de Venecia, que la situación era compleja.

En los últimos meses del año pasado y el comienzo de 2021, los casos de COVID-19 explotaron en todo Uruguay. El Grupo Asesor Científico Honorario (GACH) que guía al gobierno en el manejo de la pandemia dijo, entonces, que el país estaba atravesando la primera ola del virus que detuvo al mundo. Y también, a Melo, a Edith y al carnaval.

¿Qué es Edith sin carnaval?

Edith González celebró 50 carnavales en 2017
Edith González celebró 50 carnavales en 2017. Foto: gentileza Edith González

En 1981 Edith desfiló con su grupo por primera vez en el carnaval de Melo. Tenía puestas unas medias de red y una malla dorada con un solo bretel, unos collares de perlas le caían sobre el cuello como una lágrima blanca. En la cabeza llevaba una vincha y de la vincha salía, hacia arriba, con una fuerza inusitada, una pluma dorada. Eran un grupo de amigos y familiares: cinco mujeres, cuatro tamborileros y dos bailarines.

Ocho años después el grupo había crecido; el novio de una de sus hermanas, que salía en el carnaval de Montevideo, les había dado clases y decidieron presentarse en las Llamadas al año siguiente, el desfile de candombe más importante del país, que forma parte del concurso oficial del carnaval.

En 1990 Edith viajó 400 kilómetros a Montevideo para inscribir al grupo en el desfile. El concurso exigía que le pusieran un nombre y le pusieron Escuela de Candombe de Cerro Largo. Edith fue la primera mujer dueña de una comparsa en Uruguay. Para presentarse compró 46 tambores con su propio sueldo. El viaje lo financiaba la Intendencia de Cerro Largo. Ese año y el siguiente ganaron el premio a Mejor Comparsa del Interior.

En 1993 volvieron a presentarse: obtuvieron el cuarto premio a nivel nacional. Fue una sorpresa. “Cuando nos dijeron nos queríamos morir, no entendíamos nada, desfilamos atrás de Morenada, que era una de las comparsas más importantes del país”.

Al otro día del desfile Edith se presentó, en nombre de su grupo, a retirar el premio. Estaba vestida con la ropa que una amiga le había prestado. Ella había viajado a Montevideo con lo puesto: una musculosa, un short y un par de chinelas. Después fue a almorzar al Mercado del Puerto con la gente del carnaval. En un momento entró Marta Gularte, una de las mejores vedettes del país. Cuando la vio Edith se puso de pie. Había llegado, para ella, la vedette definitiva, la mejor de la historia, la que lo hacía como nadie más.

Marta pidió un whisky.

—¿Me explican qué arreglo hubo con esos canarios de Melo para que ganaran un premio? —preguntó Marta.

—Siéntese, Marta— le dijo Edith.

—¿Y esta quién es?

—Soy la dueña de la comparsa de los canarios de Melo y además soy la vedette. Y la verdad Marta es que para mí la vedette del carnaval es usted, no importa lo que diga, tiene el derecho a decir todo lo quiera. Usted es mi ídola.

Marta la miró por encima del hombro, recorrió su cuerpo y dijo: “Pero sos una enana. Mi hija es una vedette de años y ¿vos le ganaste así?”

***
​Treinta años después Edith atendió el teléfono. Dijo “hola, corazón”. Tenía la voz áspera, brillosa y dulce. Alejó el teléfono de la boca, le pidió a sus nietos y a su hermana, con quien comparte su casa, que por un rato no la interrumpieran. Cerró la puerta de su cuarto y dijo: “Ahora sí, preguntame lo que quieras. Te cuento todo”.

Era un lunes de diciembre de 2020. Edith acababa de cumplir 66 años. Es soltera, trabaja en Antel, hace mandados y recorre la ciudad en bicicleta, guarda en su casa los trajes de la comparsa, no se presenta en Las Llamadas desde 2001 porque no consigue financiar el viaje para la escuela, tiene un premio Amanda Rorra - que reconoce el trabajo de mujeres afrouruguayas- y una foto con Angela Davis. Sabía, ese día, que en 2021 no habría carnaval.

Edith González y su Escuela de Candombe de Cerro Largo
Edith González y su Escuela de Candombe de Cerro Largo. Foto: Intendencia de Cerro Largo

Edith es la menor de cuatro hermanos. Su padre, que venía de una familia de carnavaleros, cantaba tangos y tocaba el saxo, llegó a Melo desde San José para hacer la instalación de la luz eléctrica de la ciudad. Conoció a Irma, se enamoró y se casaron, tuvieron cuatro hijos y nunca más se fue. El abuelo materno de Edith fue murguista y su madre era una gran bailarina de tango.

A comienzos de 1920 en la ciudad de Melo había dos centros sociales. El Club Unión y el Centro Unión Obrero. Las personas negras no podían entrar a ninguno. Como respuesta a esto, en 1923 se fundó el Centro Uruguay: un club exclusivo para negros donde las personas blancas tenían prohibido el ingreso.

Irma, que junto a su esposo formaban parte de la comisión del Centro Uruguay desde sus inicios, estaba embarazada de Edith cuando un día, mientras limpiaba el club, sintió contracciones. Edith casi nace allí, en el lugar donde se reúne su gente, en el que los tambores suenan con más fuerza.

A los 11 años comenzó a bailar con las comparsas del Centro Uruguay. Eran grupos que bailaban al ritmo de la samba brasilera, la música que se escuchaba en ese momento. Ella lo hacía porque siempre le gustó bailar (había hecho danza folklórica en la escuela) pero sentía que había algo en la forma de aquellos movimientos que no terminaba de cerrarle. Sentía, Edith, que la samba era un ritmo al que no pertenecía.

Un día escuchó a una cuerda de tambores y empezó a moverse. Bailó como si lo hubiese hecho desde antes de nacer. Lo hizo con la convicción de un rezo. Lo hizo porque los tambores tocaban candombe y su cuerpo se movía solo con una delicadeza salvaje, como si estuviese poseído por el sonido intenso y cortado que salía de las lonjas. Ese día lo supo. Edith no era samba. Edith era candombe.

“Bailar candombe es como ser negra: es algo que se siente en el cuerpo. Yo soy muy orgullosa de ser negra, de ser quien soy. Tengo 66 años y sigo vistiéndome como quiero, salgo en carnaval con dos piezas, me pongo colaless, dos piedras que me tapan los senos y salgo a bailar así. No me importa si estoy gorda, si tengo estrías, si voy con una chica rubia de 20 al lado. Yo sé que ella no va a bailar como yo, porque soy negra. Ese es mi orgullo. Me miro en el espejo y me siento divina, ¿por qué no voy a estar orgullosa de ser negra?—dice al otro lado del teléfono, con una firmeza de acero— A veces los negros se discriminan a sí mismos, se sienten culpables por ser negros. Yo no. Ni yo ni mi familia. Siempre he sabido frenar a quien se pasa en ese sentido. Una vez, yo tendría 15 años, estábamos en la clase de música del liceo y un compañero hizo un chiste referido a las negras, las figuras musicales y nosotras, o sea, mis hermanas y yo, que éramos las únicas tres negras del liceo. Terminó de hacer el chiste, yo me acerqué y le pegué una cachetada. Ahora somos amigos”.

En 1990 Edith fue elegida reina del Carnaval de Melo. Todos los miércoles el Centro Obrero hacía un baile para las reinas que llegaban de distintas partes del país y de Brasil. Ella tenía que seguir una especie de protocolo que decía que la reina de Melo era la encargada de recibir a todas las demás. Edith era reina pero no podía entrar al Centro Obrero: antes de ser soberana, era negra.

“No tuvieron otra opción que dejarme entrar. Yo era la reina municipal, la reina del pueblo, no pudieron ir contra la Intendencia y la gente que me había elegido”. Esa fue una de las primeras veces que una persona afrodescendiente pudo entrar al Centro Obrero y al Club Unión.

Por más de diez años Edith y su comparsa se presentaron en las Llamadas
Por más de diez años Edith y su comparsa se presentaron en las Llamadas. Foto: gentileza Edith González

El carnaval de Melo tiene un poco del carnaval de Montevideo, un poco del de Río de Janeiro y un poco del de Bahía. Sin embargo, el carnaval de Melo no se parece a ningún otro. Tiene candombes, reinas y sambas, banderas, bastoneros, brillos, vedettes y plumas. Tríos eléctricos, como Rapaduras de Ossobuco, detrás del cual desfilan cientos de personas cantando y bailando, y personajes históricos como el domador que desfila adiestrando a un hombre que se disfraza de oso todos los carnavales.

Tiene, también, sobre todo en los últimos años, invitados especiales. Una de las más frecuentes era Moria Casán, diva de la revista porteña, un ícono pop de 74 años. En 2016 y en 2017 Moria recorrió Aparicio Saravia —la calle principal de la ciudad, por donde se realiza el desfile— parada en un carro y agarrada de un bastón fijo al suelo. Tenía un vestido negro y transparente en las piernas, los brazos cubiertos y el pecho al aire, el pelo igual de negro e igual de lacio que siempre, la cara maquillada, brillante y lisa sin dejar ver ni siquiera una arruga. Saludó, bailó sutilmente, se sacó fotos, tiró besos, le extendió la mano a todos los que querían tocarla, sostuvo a bebés a los que padres y madres le depositaron en los brazos como si ella fuese una especie de santa milagrosa. Ese año, además, desfilaron Victoria y Stefanía Xipolitakis, mediáticas argentinas, y figuras uruguayas como Abigail Pereira o Claudia Fernández, que siempre llega a Melo a desfilar en la Escuela de Candombe de Cerro Largo.

El carnaval de Malo no se parece a ningún otro. Ese es el carnaval de Edith, el que habita desde que nació, el que lleva en el cuerpo entero. El que la aclama, como si fuese una diosa salvaje que baila lento mientras recorre la calle.

Edith González y Claudia Fernández en el Carnaval de Melo
Edith González y Claudia Fernández en el Carnaval de Melo. Foto: Intendencia de Cerro Largo

El 30 de noviembre de 2020 Edith cumplió 66 años y recibió de regalo un vestido que no se puso. No tenía sentido, ni el vestido ni el festejo. A Edith le gusta cumplir años porque le gusta vivir. Todos los años lo celebraba haciendo lo que más disfruta: bailando en las calles entre tambores, chorizos al pan y cervezas frente al Centro Uruguay. El año pasado lo celebró en su casa y solo con la familia cercana. Robert, el hijo, hizo una torta de dulce leche y pusieron música. Antes de las 12 de la noche tuvieron que apagarla por si llegaba la policía.

El 3 de diciembre de 1978 los tambores sonaron por última vez en el conventillo Medio mundo de Montevideo. Ese día las familias que vivían allí fueron desalojadas y el lugar fue demolido en una operación de la dictadura militar instalada en el país desde 1973. Ubicado en pleno Barrio de Sur, el conventillo era templo de la cultura afro. Desde entonces, el 3 de diciembre se celebra el Día Nacional del Candombe, la Cultura Afrouruguaya y la Equidad Racial.

Todos los años, el 3 de diciembre Edith y su comparsa hacen un desfile frente al Centro Uruguay que siempre termina en una fiesta. Es la celebración de la piel, de la música, del baile, de la cultura.

El 3 de diciembre de 2020 en Melo hubo silencio. Edith no salió a la calle a bailar. Nadie lo hizo. Ese día, en su casa, sin plumas ni brillos ni tacos, sintió algo que no entendía. Mientras ordenaba y limpiaba, creyó escuchar tambores.

*Esta nota fue producida en el marco del Laboratorio de Periodismo Situado

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados